miércoles, 1 de febrero de 2017

Subid valientes al tren del progreso tecnocientífico, apoderaos de la locomotora

(Tomás Morales SJ. Extracto de TESORO ESCONDIDO (1983). PP. 222-230

La máquina, la industria, la técnica deben estar al servicio del hombre, no al revés. Pero para conseguirlo hay que someterlas a una ética de la persona, del amor, de la libertad.
Imperdonable error repudiar los avances científicos o técnicos queridos por Dios, necesarios para el desarrollo del hombre; pero es ilusión racionalista no comprender que es necesario elegir entre una civilización esencialmente industrial y una esencialmente humana, para la cual la industria no es en realidad más que instrumento (Maritain).
Homo faber – homo sapiens
El homo sapiens no se deja deslumbrar. Mantiene la cabeza sobre los hombros. No la pierde alocado ante el progreso técnico o el avance científico. Permanece en equilibrio. Contribuye con entusiasmo a ese desarrollo, pero prefiere adorar a Dios Padre que quemar incienso ante ídolos que despersonalizan mecanizando al hombre.
El homo faber acaba dejándose esclavizar. Modernos y prodigiosos instrumentos multiplican la potencia de sus sentidos. Puede ver, oír, medir cuanto existe. Engolfado en su actividad sensorial, complaciéndose en su multiplicado poder visual o auditivo, se deja drogar por los sentidos. Embotando su inteligencia se hace menos apto para madurar y asimilar las ideas rectoras que deben orientar su vida e iluminar su destino.
Estos instrumentos, cuando no los controla el espíritu, atrofian la voluntad, que se hace abúlica, lo incapacitan para el esfuerzo. El homo faber prefiere no molestarse, hundirse en la comodidad y molicie, aprovechando la energía física que le proporciona el cerebro electrónico o la máquina de afeitar. Se aprisiona cada día más en un sistema mecánico que merma estímulos que antes lo inducían a desarrollar su propia y personal energía.
La materia contagia al homo faber sus características propias: superficialidad e inestabilidad. Enloquecido por las velocidades supersónicas, transfiere el «valor rapidez de movimiento» de la materia a realidades morales, cuya perfección no depende de vertiginosas mutaciones, sino de la lentitud de sosegados procesos psicológicos y de la fidelidad a tradiciones largamente elaboradas a lo largo de los siglos.
El homo sapiens, por el contrario, mira hacia dentro. Descubre y admira el microcosmos que es el hombre. Sin salir de él, interpreta y señorea el mundo exterior: ciencia, técnica, progreso. Puede hacerlo, pues conserva su libertad, no está esclavizado por los sentidos, a diferencia del homo faber, que se deja aprisionar por ellos.
Mirando al mañana
No os consideréis vencidos e impotentes ante el avance de la cultura. Subid valientes al tren del progreso tecnocientífico, apoderaos de la locomotora. Si sois cristianos de verdad, seréis contagiosos. Al veros actuar, todos dirán: en este hombre hay Alguien que vive y le mueve. No repartir tus riquezas de cristiano vivificando a la cultura es robar a los que te rodean.
El hombre de valer no es el que razona, sino el que irradia. Cuanto más te exijas más te irradiarás. Las almas se iluminan unas a otras como las antorchas. Una sonrisa irradiante es más barata que la luz eléctrica. No cuesta nada, pero ilumina mejor.

La fe no contradice los adelantos científicos. Los acepta, e ilumina a la razón humana para darles una explicación ulterior que la ciencia física no alcanza.