miércoles, 1 de febrero de 2017

Maestras en el aula y en la vida

Por José Antonio Benito
Entrevista familiar a mis tías Emilia y Ángeles
Mi pasión por la educación se la debo a ellas. Siempre he querido ser como ellas:
dar lo mejor de mí para los alumnos y entregarme a ellos para que consigan ser las mejores personas del modo más atractivo. Entre las decenas de suscripciones a Estar de mi hermano Juan Luis y mías, la suya fue la primera. En sus más de 50 años como maestras nacionales han podido formar cristianamente a miles de alumnos. En todo momento han apoyado (espiritual y económicamente) a nuestro Movimiento de Santa María. He vuelto a su casa para conversar, ver fotos, hojear libros, comer y plantearles algunas preguntas por sugerencia del director de la revista.
—Dice el refrán que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Creo que aquí el refranero se confundió. Yo lo cambiaría. Diría: «a quien Dios no le da hijos, la Madre de Dios le multiplica los hijos en sus sobrinos».
Pues sí, porque en ningún momento nos hemos sentido «solteronas» sino «tías» de verdad, casi como madres con los 13 sobrinos (que al casarse nos enriquecen con 6 más) y 10 resobrinos. Hace un año celebraron nuestros «50 años» laborales y nos lo testimoniaron con un homenaje familiar inolvidable, en el que nos entregaron un libro-testimonio con cartas personales. De igual modo quedó de manifiesto en la misa de acción de gracias, seguida de un ágape familiar.
—¿Qué hacen ahora que ya han traspasado la dorada edad de los 80 años?
Pues no te creas, que casi no paramos. Hace unos años nos graduamos en la Universidad de la Experiencia de la Pontificia de Salamanca. Y para no perder la costumbre seguimos como catequistas y en el coro de la parroquia de Sancti Spiritus de Salamanca. Siempre que podemos participamos en las actividades del Movimiento de Santa María en Salamanca, charlas, retiros, encuentros. Y si Juan Luis o Luis María nos llaman echamos una mano en la cocina para los Ejercicios Espirituales en Santiago de Aravalle.
—Vamos un poco hacia atrás, yo ni había nacido y ustedes ya andaban por esos pueblos de Dios como maestras nacionales.
Pues sí. En cuanto terminamos el Magisterio y sacamos las Oposiciones nos tocó enseñar por pueblos muy pequeños como Escuernavacas o Sexmiro en Salamanca donde nos tocaba ir a lomo de burro. Más adelante en Villanueva de la Serena y Trasierra (Badajoz), Madrid, Ávila, Salamanca. ¡Qué cantidad de peripecias podríamos contar!
—Lo que siempre he visto claro es que el Señor les ha dado una vocación de plena dedicación a la enseñanza en beneficio de miles de alumnos.
No te quepa la menor duda. Para las dos ha sido una gracia la oportunidad de formar en valores, buenos modales, profesionales competentes, cristianos comprometidos. Da gusto caminar por Salamanca y ver que se te acerca un antiguo alumno para darte las gracias por la educación impartida. Otra de las alegrías es ver que bastantes han elegido educación y siguen nuestros pasos.
—Hoy es difícil conjugar la profesionalidad con la vida de fe. Hay bastante desánimo y falta de apoyo.
La verdad es que siempre hemos querido dar buen ejemplo, ir por delante en el camino, ofrecernos al párroco, a las familias, buscando el bien del alumno. Y, a pesar de la falta de recursos, pobreza de medios, lo que más recordamos es la generosidad de la gente de los pueblos que siempre te brindaban comida, el calor del hogar; no echabas de menos tu familia pues —al tener que compartir su casa— te hacían sentir uno de ellos. Si vieras con qué alegría nos han recibido cuando hemos vuelto a alguno de estos pueblos.
—Como parte implicada, siempre estaré agradecido al apoyo brindado a sus dos hermanas Juana y María Antonia, junto a sus familias
En aquellos tiempos (década de 1950) pocos eran los jóvenes —menos las mujeres— que estudiaban; nosotras tuvimos esa suerte, ese privilegio y como que sentíamos la responsabilidad de devolver ese don y retribuirlo en los sobrinos, en nuestros alumnos. Además, siempre lo hemos vivido como una familia abierta en la que nunca ha habido puertas sino una correspondencia permanente.
—¿Y qué me dicen de la relación de la escuela con la parroquia?
Desde niñas, en Rollán, vimos la unión de la escuela con la parroquia a través de nuestra familia. La parroquia es como la familia de las familias que nos ayuda a vivir y sentir la Iglesia. Como maestras siempre llevábamos a los alumnos a la iglesia, los acompañábamos en las procesiones, en la liturgia, les preparábamos para los sacramentos (especialmente la primera comunión y confirmación); veníamos a ser como puentes para que el párroco fuese a la escuela, a las familias.
—¿Cómo han logrado integrar estas realidades distintas y, a veces, distantes (escuela, parroquia, familia, grupo, municipio?
Es cuestión de organizarte tu tiempo y priorizar. Hemos intentado hacernos a todos, buscando siempre lo mejor, unas veces participando en cursillos de cristiandad con uno de los sobrinos, otras en las de la Milicia de Santa María. Y siempre, muy metidas en la parroquia y la diócesis que nos ha tocado.
—Para terminar, háblennos del padre Tomás Morales, de Abelardo, de la revista Hágase Estar.
Ángeles: Tuvimos la suerte de conocer al Padre Morales y nos parece ejemplar, maravilloso, lo mismo que Abelardo; los dos han forjado un estilo ideal para bien de los jóvenes y las familias; estamos muy agradecidas con ocasión de haberlos tratado en numerosas actividades, como retiros y encuentros...
Emilia: La revista me encanta, me leo todos sus artículos, tan llenos de vida para la formación... y la veo cada vez mejor, más páginas, a color; habría que aconsejarla a los padres, a los hijos, a todos.
Termino con el testimonio de nuestro querido papa Francisco que valora tanto la sabiduría de los mayores y los emplaza a estar en primera línea, en sintonía cordial con los jóvenes: «¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos! Y esto es lo que hoy le pido al Señor: ¡este abrazo!» (11 de marzo del 2015).
Queridas tías, gracias por ser como han sido, gracias por ser como son, gracias por seguir aspirando a cumplir el sueño diseñado por Dios hasta la morada celestial.