miércoles, 1 de febrero de 2017

la despedida de amparo los límites de un corazón libre

La Biblioteca de Autores Cristianos ha publicado recientemente una selección de cartas del P. Tomás Morales (Vida y obras de Tomás Morales, SJ. III Epistolario, Madrid 2016), en edición preparada por María Victoria Hernández, postuladora de la causa de canonización del siervo de Dios Tomás Morales, con prólogo de Mons. Carlos Osoro. Se trata de un elenco de 543 cartas de las más de 2.700 que se conservan. Están distribuidas en cuatro grandes apartados: a su familia; a Cruzados y Cruzadas de Santa María; a religiosas de vida contemplativa, fundamentalmente carmelitas descalzas; y a destinatarios varios.
Aunque dentro de esa selección se ha integrado en el cuarto bloque la que envía como despedida a su novia, Amparo García Monsalve (nº 466, pp. 438-439), sin glosa alguna, nos ha parecido interesante reproducirla aquí con algunos comentarios, dada la importancia que tuvo dentro de la vocación del P. Morales.
Me gustaría señalar en primer lugar cómo la carta nos llegó de forma fortuita, siguiendo esas mil casualidades que tiene la vida. Yo tenía en la Universidad Autónoma de Madrid un alumno de latín con el que trabé gran amistad. Un día en la tutoría me comentaba que había tenido el día anterior una interesante tertulia en casa de los García Monsalve. Le interrumpí para preguntarle si en esa familia había una Amparo. Sorprendido, me dijo que sí. «Y tú, ¿cómo lo sabes?» —me preguntó. «Es que fue novia de Tomás Morales —le dije—, cuya vida estoy ahora escribiendo». «¡Pero si es mi cuñada!». Cuando Amparo murió, seis meses después del P. Tomás (16-III-1995), su hijo se puso en contacto conmigo para dármela.
Tomás la escribe el 6 de mayo de 1932 desde Bolonia. Se encuentra en ese momento en una encrucijada de su vida, un cruce de caminos entre la llamada a una vocación religiosa y la atención a un amor humano. La carta es fundamental para su proyección futura, porque aunque deja traslucir que ya había cortado afectiva y efectivamente con ella, una vez formalizada por escrito la renuncia a este afecto, quedará libre para ocho días más tarde decir SÍ a la llamada que siente recibir de Dios.
El rejón del amor humano
¿Quién era Amparo? ¿Cómo entablaron su relación? ¿Cuánto duró? ¿Qué produjo la ruptura? ¿Cómo reaccionó ella al leer la carta? Muchas preguntas podríamos hacernos y a varias podemos responder. Se conocieron en Barcelona, en la Exposición Universal de 1929; era septiembre. Tomás tenía veinte años, ella tres menos. Tomás paseaba trajeado por las calles y pabellones de Montjuic acompañando a los representantes extranjeros que habían ido a Sevilla al Congreso de Pax Romana, y habían aprovechado para acudir luego a Barcelona a ver la Exposición Universal.
Amparo había ido en tren con su hermana Ana María. El trayecto fue penoso y casi pudo convertirse en trágico. El tren descarriló a mitad de recorrido y —me contó ella en su día— «nosotras hicimos promesa a la Virgen de que si no nos pasaba nada, ese día iríamos a misa, confesaríamos y comulgaríamos. Un hambre horrible. Figúrate, en esa época el ayuno eucarístico era de doce horas. Estuvimos más de veinticuatro sin probar bocado para cumplir la promesa que habíamos hecho. Imagínate qué hambre. Fuimos unas tontas».
Las hermanas García Monsalve llegan sanas y salvas a Barcelona. Allí se juntan con sus amigos Domingo, José Luis y Mª Victoria de Arrese, tres hermanos con los que congenian a las mil maravillas. Paseando juntos por el recinto ferial se encuentran casualmente, como suele ocurrir casi todo en esta vida, así, por culpa de esa providencia que solemos llamar azar o casualidad, con Tomás. «Todavía lo estoy viendo. Él estaba de espaldas, muy bien vestido, paseaba solo. José Luis, que era muy amigo suyo, nos presentó».
José Luis de Arrese estudiaba Arquitectura y pertenecía, como Tomás, a los Estudiantes Católicos, de los que era un activo miembro. Oriundo de Bilbao, con el tiempo formaría parte de sucesivos gabinetes del Gobierno por un largo período de 14 años (1943-1957), como Secretario General del Movimiento y ministro de la Vivienda. Sería hombre de indudable influjo en la vida nacional de los años cincuenta, y pieza decisiva en el desarrollo de la constructora de viviendas del Hogar del Empleado que había de fundar el padre Tomás Morales, SJ.
A Tomás se le va a complicar ese día la vida, no cabe duda. Amparo era una joven de diecisiete años, pequeñita y simpática, que sabía atraerse las miradas de cuantos estaban con ella. De buena familia, su padre, Miguel García, había sido juez en Valencia. Hacía unos años que había ido destinado a Madrid como magistrado del Tribunal Supremo. Amparo había pasado unos años interna, ¡casualidades de la vida!, en el colegio de los Sagrados Corazones de Chamartín, justo enfrente del colegio de Nuestra Señora del Recuerdo, donde Tomás estudió siete años interno.
A Tomás se le trastoca la vida, porque él comienza entonces quinto curso de Derecho, pero además de estudiar y de organizar saraos en el viejo caserón de San Bernardo (la Universidad), tiene ahora que pasar tiempo con los amigos, y con esta joven que ha conocido en Barcelona. Un noviazgo requiere tiempo, estar con el otro, y eso es precisamente lo que Tomás no está acostumbrado a gastar.
Tiempo para salir, pasear, hablar… Amparo no es propiamente su primer amor, ni siquiera el primero correspondido, aunque sí el más estable. El verano anterior (1928), estando en el balneario de Corconte (Burgos), en esos días de holganza estival, tranquilos, sin prisas, se fijó en una chica, aunque ella no se fijó en él, sino su prima, que a Tomás no le interesaba nada. Un triángulo de búsquedas sin encuentro. Todo quedó en sueños de una noche de verano, requiebros y lances fallidos. Así lo narraba él en una plática:
«Hace unos cuantos años, cincuenta y seis o no sé cuántos, resulta que yo estoy aquí [Compañía de Jesús] porque estaba enamorado de una, y esa era prima hermana de una que estaba enamorada de mí. Y a mí me tenía sin cuidado esta y me interesaba la otra. Y durante quince días en un balneario del norte de España […] me digo: ‘Estupenda ocasión’, pero claro, la interfecta, por ser fiel a su prima, pues nada» (Ejercicios, 21-VIII-1988).
Pero esta vez es distinto, no quiere dejar pasar la oportunidad. Pasean. ¿Adónde van? Pues a los lugares de moda en el Madrid de entonces, a pesar de que la crisis de 1929 también le llegó a la capital madrileña. Tanto ella como Victoria de Arrese, a las que tuve la oportunidad de entrevistar en 1992, me cuentan cómo por las tardes se asoman por el café Molinero, cerca de la iglesia de San José. Molinero se había hecho famoso en Madrid porque a todo cliente, aparte de la consumición le daban de entrada agua con un azucarillo, mezcla de almíbar, clara de huevo y zumo de limón que, al empaparse en agua, se deshace y la endulza.
A veces acuden a La Granja del Henar, un café típico en la calle de Alcalá; o se acercan a Garibay, que abría sus puertas en la Gran Vía. Los fines de semana hay plan especial. A veces acuden a los conciertos que se dan en la Sociedad Cultural, en la calle Príncipe, o van a pasear al Retiro. Véanlos dar una vuelta con la madre de alguno de los dos. Pasear en los años veinte una pareja no era como hoy. Caminar solos era propio de un matrimonio. Los novios o los amigos paseaban en compañía de alguien, sobre todo con la madre de uno de los dos. ¿Usted ha oído la expresión ‘ir de carabina’? Pues eso.
A Amparo le encanta bailar, pero no logra llevarse a Tomás. La empujan su hermana Anamari y Victoria, que tienen seis años más que ella y están más puestas en hombres, es decir, que saben más de coquetear, templar y contemplar, rogar y hacerse de rogar, tantear y torear a jóvenes; que los han tratado, en definitiva, porque en este tema como en tantos otros, la experiencia, que debe llevar a la naturalidad, lo es todo. Tomás no quiere ir a bailar. De vez en cuando acude con ellas a Sakuska, local donde ofrecen música, baile y canciones. Se encuentra en la calle Alcalá, cerca del recién construido Palacio de Telecomunicaciones, más conocido como Correos. Por un té completo con música les sale la tarde por dos pesetas, pero «el atractivo estaba en aquel príncipe ruso que salía a cantar y luego se empezaba a meter con todas las chicas; era muy guapo» (Victoria de Arrese), y eso les encantaba.
En esa época era muy normal también reunirse en casas particulares para pasar la tarde y bailar al son marcado por el gramófono, que a veces perdía revoluciones y deformaba la música. Salía más barato. Estas familias están muy bien relacionadas. Una docena de jóvenes universitarios y veinteañeros en general. Sin frivolidad, con naturalidad en el trato, que no excluía la cortesía.
Las oposiciones suspendidas
Tras casi dos años de relación, en mayo de 1931 Tomás suspende las oposiciones de abogado del Estado. Intelectualmente ha pasado un año muy intenso, así que decide descansar unos días. Cambia el ritmo de vida. Amparo se ha ido a vivir con su abuela a un piso que tienen en la calle Covarrubias, esquina con la calle Génova. Él ya no tiene que cantar temas al preparador. Empieza a asistir a misa de 9 con ella en la iglesia de Santa Bárbara. Después se quedan a hacer unos minutos de meditación y desayunan juntos.
Ella le sigue invitando al baile, pero a Tomás esta diversión no le va. «Era un poco tostón —me dice Mª Victoria de Arrese—, más que un novio parecía un director espiritual». Quizás por eso Tomás caía tan bien en la familia de Amparo. «Me solía insistir cada día —explica Amparo— si había hecho la meditación, la lectura espiritual, etc.». Claro, que todas estas apreciaciones se refieren ya a este último período de relaciones, 1931, no a los inicios, cuando «era realmente encantador». ¿Qué le ha hecho cambiar a Tomás de actitud? Quizás una llamada que lleva dentro, aunque él no vea claramente cuál es la voluntad de Dios. O quizás la ve, pero no se decide. De los Estudiantes Católicos estaban saliendo espléndidos profesionales y católicos que se estaban casando, y que querían cambiar un catolicismo aburguesado por otro más comprometido.
Han pasado ya dos años de relación y Tomás quiere ver clara su vocación. Sabemos por la Memoria de la Junta de Ampliación de Estudios que, en su sesión del 2 de octubre, le concedieron una beca de seis meses para ir a Alemania, sin especificar a qué ciudad, a realizar estudios de Derecho Administrativo. Sin embargo, no hará uso de ella, ya que el 7 de noviembre de 1931 solicitará al Patronato del Colegio de España una beca para ir a Bolonia a doctorarse en Derecho. Se la conceden. Cuando en enero de 1932 parte para la ciudad italiana, su despedida temporal tiene algo de definitiva. Parte para estudiar, pero también para comprobar si lejos de Amparo siente la vocación.
Un corazón libre
Se ha hecho siempre mucho hincapié en cómo recibió Tomás la llamada a raíz de una breve carta de un amigo de los Estudiantes Católicos recién entrado en el noviciado de la Compañía, y cómo él dijo SÍ inmediatamente. Pero quizás nunca se ha incidido lo suficiente en que ocho días antes de aquella gracia de Pentecostés (14-V-1932), Tomás había quedado libre en su interior, había cortado todas sus amarras, se había sentado a escribir a Amparo… tras verlo claro. Años más tarde, en su predicación, insistirá en que para poder llenar un vaso de buen vino, previamente lo has debido vaciar de agua o del líquido que contenga. Si el vaso está lleno, el líquido que quiere verterse dentro no puede entrar.
Sí, el 6 de mayo de ese año le escribe una carta, modelo de equilibrio y madurez, felicitándole por su santo, en la que se despide y le indica cómo ha jugado siempre limpio con ella. Se trata de una carta entrañable, la más antigua que conservamos de su puño y letra. Está escrita en una cuartilla por los dos lados, con orientación vertical, con letra caligráfica y firma autógrafa.
Tomás deja a Amparo, pero entra en el noviciado con la rica experiencia de un amor humano. Nada de lo que se hace con recta intención resulta baladí. Opta por la vocación religiosa tras conocer el mundo. Para llegar a escribir ese escueto texto ha debido hacer un largo discernimiento. Esa rica experiencia le servirá en su dirección espiritual para aconsejar a cuantos dirige. «Sesenta años se cumplieron el miércoles 13 mayo 1992 en que la Virgen hizo el milagro, a los quince años de aparecerse en Cova de Iría. El milagro, ¿en qué consistió? Aquellas palabras que yo había oído muchas veces y había leído muchas veces, me derribaron del caballo; del caballo de mi carrera, del caballo de mi doctorado, del caballo de mi novia, de mi familia a quien quería mucho, que me estaba esperando en Madrid» (Homilía, 24-V-1992).
Nunca más se vieron, prueba irrefutable de que eran mucho más que buenos amigos. Tomás, ya desde el noviciado, le comunicó su ingreso en la Compañía. Ella era joven, no quedó para vestir santos. Se casó en Madrid en 1943 y rompió, ¡lástima!, todos los recuerdos personales que le ligaban a Tomás. Tan solo quedó esta carta.
Pero esta no es una carta más.
* * *
Bologna, 6 de mayo de 1932
Mi buena amiga Amparo:
No quiero dejar pasar el día 10 de mayo sin que recibas mi felicitación. Por eso salen estas líneas desde Bolonia con la suficiente anticipación para llegar a tus manos el día de tu santo.
Supongo que te dignarás aceptar, entre las muchas felicitaciones que en este día seguramente recibirás, la de un buen amigo, que siempre te recuerda como te mereces y que un día te quiso —tú, mejor que nadie, lo sabes— con toda su alma, convencido plenamente de que eras tú la mujer que la Providencia ponía en el camino de su vida, para unir con ella su suerte en la presencia de Dios. No fue así y en cuanto me convencí de ello y obrando como me dictaba mi conciencia, decidí cortar cristianamente las relaciones que nos unían, sobreponiéndome al natural dolor que me producía ver caer desechas (sic) mis primeras ilusiones.
Como ves, procuré proceder siempre con toda la rectitud que supe y por ello creo que aceptarás mi felicitación en el día de tu santo, acompañada también de mis mejores deseos. Que seas muy feliz, Amparo, y que para serlo te propongas ser cada día más cristiana y cumplir cada vez mejor la voluntad de Dios sobre ti, fundamento de toda verdadera felicidad. Es esto lo que te deseo de todo corazón y, para que se convierta en realidad, no faltan mis oraciones diarias, como tampoco faltarán especialmente el día de la Virgen de los Desamparados.
Recibe un afectuoso saludo de,
Tomás Morales