miércoles, 1 de febrero de 2017

La ciudad de las bicicletas arrumbadas

Por José Luis Acebes
Aquella tribu en su migración llegó a una ciudad extraña. La recorrieron casa por casa, pero no encontraron a nadie. A las puertas de muchas casas había unos artilugios curiosos, casi simétricos, cada uno con dos círculos. Había docenas de ellos. Los llamaron «bicicletas». Unos eran grandes, otros del tamaño de los niños; algunos eran robustos, otros, más estilizados… Pero no lograban entender para qué servían… O si servían para algo. Cuando los agarraban por el manillar, con las ruedas en el suelo, se movían algo. Algunos se aventuraron más y llegaron a colocar las manos o los pies sobre los pedales, pero solo conseguían estrellarse contra el suelo. Después de muchos rasponazos en brazos y piernas, el Consejo de Ancianos prohibió que en adelante nadie se subiera a las bicicletas de la ciudad, y determinó que éstas fueran expuestas en una sala-museo del Ayuntamiento, para que todos pudieran admirar sin riesgos los artefactos.
Un día, lejos de la ciudad, un jovenzuelo se encontró una bicicleta oculta entre unas zarzas. Entendió que la prohibición recaía sobre las bicicletas urbanas. Ésta era diferente: era más antigua, y aunque estaba oxidada, todavía se movía. El joven llevó la bicicleta a un prado, y tras unas cuantas pequeñas caídas, logró dar unas pocas pedaladas seguidas. La experiencia fue excitante. Echó aceite de la merienda en los engranajes y comprobó que ahora la bici apenas chirriaba y que costaba menos hacerla avanzar. Unos minutos después ya alcanzaba mayor velocidad que el mejor corredor de la ciudad. Sospechó que nadie hasta entonces había disfrutado tanto como él: la velocidad que lograba apenas tenía límites…
Al caer la tarde, extenuado y feliz, se dirigió a la ciudad montado en la bici. Cuando los chiquillos le vieron acercarse tan veloz, corrieron excitados hacia él. Muchas de las mujeres no dejaban de gritar: —¡Se ha vuelto loco, se va a matar, que alguien le pare…! Pero algunos de los ancianos se llenaron de estupor: comprendieron de pronto que el chaval había encontrado la razón de ser de esos aparatos.
Pocos días después casi toda la tribu se desplazaba en bicicleta: unas les venían mejor a unos y otras a otros, pero todos eran capaces de trasladarse rápidamente por todas partes…, y lo que era más curioso, habían descubierto la fascinación del viento revolviendo el pelo, jugueteando sobre el rostro. La ciudad se llenó de alegría.
Moraleja:
Algunas cuestiones, como las bicis, solo se comprenden cuando se ponen en movimiento. Es la experiencia de quienes gastan el verano ayudando a los demás: descubren que el tiempo ¡y la vida! cobran un sentido nuevo.
Dicho de otro modo, las ideas solo se entienden cuando se viven. La luz del amor llena de color la vida si se concreta al descomponerse en el arco iris de las obras de misericordia.
Basta con que uno solo descubra la razón de ser de las cosas y de los acontecimientos, y se llene de entusiasmo, para que toda una ciudad se contagie y se llene de alegría.

Nuestro modelo es la Virgen camino de la montaña. Se puso en movimiento y puso en movimiento: nos enseñó la alegría oculta que hay en servir y en llevar a Cristo a los demás.