miércoles, 1 de febrero de 2017

Henri Ghéon (1875-1944)

El hombre nacido de la guerra
Por Jesús Amado
Extracto de la carta espiritual publicada por la Abadía de San José de Clairval en Flavigny sur Ozerain (Francia)
 Henri Ghéon nació en 1875 en Bray-sur-Seine (Francia). Hijo de madre cristiana y de padre no creyente. Las pasiones juveniles y el mal ejemplo de su padre hacen que rechace tempranamente toda idea religiosa.
Ya adulto, Ghéon se establece como médico en su pueblo natal: «Aprendí esa profesión para asegurarme la independencia, y ejercí de médico durante ocho años con lealtad, aunque sin pasión». Eso le permite escribir en horas libres. De gran sensibilidad, reconoce que el arte «recoge el cetro de Dios, que se ha quedado sin herederos. La belleza en todas sus formas —literatura, música, pintura— es la dama a la que debe servir el artista».
Visita Florencia, y allí Henri descubre a Giotto y al beato Fray Angélico. En su arte puede ver no solamente belleza, sino una fe que rezuma de los rostros virginales, de los cuerpos castamente vestidos, de las actitudes y de las miradas. Él, sensible como es —solloza de emoción en el claustro del convento de San Marcos—, no puede evitar sentirse conmovido: «En San Marcos, donde Cristo expiraba en la cruz —escribe— y donde la Virgen esperaba al Ángel en un pasillo desnudo y silencioso, incluso nuestros sentidos poseían alma. El arte ya me había transportado antes, pero nunca tan alto».
De regreso a Bray, Ghéon vive con su madre ya viuda, a la que ama con pasión (de ella dice que «la buena mujer lo asumió todo: el pecado de mi negación religiosa y el desvelo por mi salvación»). El arte de Fray Angélico le había conmovido, pero entonces llega el sufrimiento. Muere su madre en accidente. Durante la misa de funeral, «fijé la mirada en la Eucaristía que elevaba el sacerdote para decir: “¡No estás! ¡No! No puedes estar, porque no me habrías robado lo que más amaba”».
En agosto de 1914 estalla la guerra. Henri Ghéon, demasiado débil de salud, es declarado inútil para el servicio. Sin embargo, desea compartir los peligros de los hombres de su edad, por lo que se enrola como médico en la Cruz Roja. Y es allí, entre las trincheras, donde tiene un encuentro providencial con un oficial de profunda fe: Pierre Dupouey. Nacido en una familia católica, Dupouey había rechazado el dogma, «que pesaba —decía— como una losa insoportable en el pensamiento y en la moral». Pero en 1911 Dupouey se casó con Mireille de la Ménardière, y el ejemplo sólo de esa joven cristiana, pura y recta, consiguió más que todos los libros para reconducirlo a Dios. Ambos esposos llevaron una vida acompasada por la lectura de autores cristianos, la práctica de los sacramentos y las buenas obras.
El 28 de enero de 1915 es la fecha en que Ghéon y Dupouey se encuentran por primera vez. Vuelven a verse, de forma que profundizan en la amistad y en las confidencias. Escribirá Henri más tarde: «Sin sospecharlo, Dupouey se hace cargo de un alma, la mía». Intempestivamente, el 3 de abril, sábado santo, una bala enemiga abate a Dupouey. Pero la semilla ha quedado plantada y apunta ya el fruto. Henri recibe una carta de su viuda, Mireille, que entre otras cosas le dice: «Dichosos los corazones para quienes la muerte es lo contrario de la nada y el amor supera la tumba. ¿Acaso se llora por un santo?». Medita sin cesar sobre esa muerte, sobre esa carta. Es la brecha por donde se precipita la gracia. El Dupouey muerto no puede estar muerto por completo. Y si sobrevive, significa que Dios existe.
Ghéon, conmovido, responde a Mireille con una confianza total, manifestando el tormento de su alma y su agradecimiento emocionado hacia quien le ha reabierto la puerta de la fe. Ella le escribe de nuevo: «Pierre se había entregado a Dios, está rezando por usted. Desde allí adonde debemos llegar cueste lo que cueste, el Corazón de Dios le está llamando a usted a gritos, mediante la voz de su tormento interior».
Una mañana de noviembre de 1915, a Ghéon le traen de París el Nuevo Testamento que había pedido. Escribe: «Cuando los que más se sorprenden de mi cambio exclaman indignados: “¿Ya no es usted un espíritu libre?”. Contesto: No, amigos míos, ya no soy libre de mí mismo, de lo que me alegro en el fondo de mi alma. Dios me ha dado un intérprete de su elección; leeré a Dios con los ojos de otro, como lee la Iglesia, como leía Dupouey».
«Comencé a leer el Evangelio el mismo día del mayor bombardeo sufrido en nuestra zona. Cuando se hizo la calma, leí en San Mateo: “Ella concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. ¡De sus pecados! Lo confieso con dolor: hasta ese momento, la figura de nuestro Señor me resultaba desconocida. No medía la profundidad de su amor, de su pobreza, de su pureza, ni siquiera de sus sufrimientos. El Dios que amaba era un Dios de gloria y de triunfo, y no un Dios de miseria y de humildad. ¡Y pensar que sufrió, y el céntuplo! Como veo que sufren mis hermanos a mi alrededor. ¡Un Dios ha sufrido todo eso!». Y un poco más tarde: «¡Oh!, triste bruma de noviembre, barro helado, combates inciertos. La señora Dupouey me ha propuesto las Meditaciones sobre el Evangelio de Bossuet. Le he contestado a vuelta de correo: “Mi fe se hace ávida, pero no se decide a rendirse. ¿Por qué cambiar, Señor?, ¿acaso no estoy cerca también de ti?, ¿no he hecho meritorios esfuerzos?, ¿qué más necesitas?”».
Días después Ghéon entra en una iglesia. Es el domingo anterior a Navidad. Durante la homilía, el capellán habla del misterio del Niño Dios que llega, animando a todos los soldados a glorificar al Salvador y a prepararse para la Comunión. Esta vez, «no hubo ni debate ni tentativa de rebelión. Está decidido: comulgaré en Navidad. Fue cosa de un segundo. Ya no hubo ni temor ni timidez, ni orgullo ni prevenciones. Comulgaré en Navidad. Mientras el sacerdote entona el Credo, con la frente baja, me preparo».
«Desde entonces —continúa Henri Ghéon— sólo me preocupa una cosa: preparar mi confesión general. Hay que entrar en la cloaca, revolverla, vaciarla, rascarla hasta el fondo. ¡Horror! Encuentro de todo en mí. Puede que no haya ni un mandamiento de Dios o de la Iglesia al que no haya faltado de cerca o de lejos, en mi existencia sin reglas. Acudo a la cita tembloroso como un condenado».
A medida que confiesa sus pecados, siente una hez espesa y amarga que, grumo a grumo, le purga el corazón: «Con todo ese veneno en sus fibras, ¿cómo podía vencer, vencer la alegría y el dolor? ¡Oh, delicias sin nombre de un corazón que se abre y renuncia a sí mismo! He confiado todo a un hombre, y Dios me contesta: “¡Vaya en paz!”. Cuando se levanta, tiene veinte años menos, veinte años de pecados. Un gozo desconocido lo transporta».
Comulga por fin el día 24, y esa noche, con la lectura de las Meditaciones sobre la Eucaristía, que le había regalado Mireille, una enorme paz desciende sobre él. Escribe: «A medianoche, Dios celebraba su fiesta en mí y me hablaba». Pierre Dupouey había muerto la víspera de Pascua del mismo año 1915: la Navidad cosechaba lo que la Pascua había sembrado.
Después de la guerra Ghéon regresa a París. Para servir a la verdad y cooperar en la salvación de las almas publica un libro que narra su conversión: El hombre nacido de la guerra. El esteta convertido acaricia entonces la idea de suscitar un arte popular cristiano en la línea de los «misterios» de la Edad Media, fundando los «Compañeros de nuestra Señora», una especie de cofradía de teatro de aficionados con objetivos netamente apostólicos. Antes y después de cada representación, el programa de los Compañeros de nuestra Señora se compone de misa, comunión y plegaria. Serán muchos los actores que pasarán del escenario a la vida consagrada. Ghéon, que en caso de necesidad hace de actor, de guardarropa o de tramoyista, es ante todo guionista y director. Propone una «imaginería del Evangelio o de la vida de los santos», hasta tal punto que se montan y se representan más de sesenta obras, por todas partes, tanto en provincias como en París: El pobre bajo la escalera (san Alejo), El comediante y la gracia (san Ginés), El misterio de san Luis (representado en la Santa Capilla, en París), Navidad en la plaza, etc. Su éxito llega hasta Bélgica, Holanda y Suiza; incluso la Academia Francesa le concede un premio. Escribe también poemas (Los cánticos de la vida y de la fe), novelas (Los juegos del cielo y del infierno) y biografías (El cura de Ars, Santa Teresa del Niño Jesús). Ghéon es un hombre lleno de genio, de verbo inagotable, pero sencillo, cordial y acogedor para con los demás.
En junio de 1944, hallándose en París enfermo y solo, sucumbe en una clínica, después de que un padre dominico le haya suministrado los últimos sacramentos. Le visten con su hábito blanco, pues era terciario dominico y llevaba en religión los dos nombres de su mejor amigo: Pierre-Dominique.

El ejemplo de Henri Ghéon nos conforta, ya que su fe no es ni «opio» ni vetustez, sino realidad decisiva y última. En cuanto a los no creyentes, la larga búsqueda de esa alma recta les sitúa ante una pregunta, que quizás ya se estén planteando en lo íntimo de su corazón: ¿Será la Iglesia católica la vía de salvación, que da al hombre la verdadera vida y la felicidad a la que aspira?