miércoles, 1 de febrero de 2017

Fe y ciencia con el P. Manuel Carreira, S.J.

Es deber del creyente ensanchar la razón

Por José Antonio Benito

El P. Manuel Carreira S. J. es doctor en Física por su tesis sobre rayos cósmicos, dirigida por Clyde Cowan, descubridor del neutrino. También es filósofo y teólogo por la Loyola University, Chicago. Miembro del Observatorio Astronómico del Vaticano, ha simultaneado su magisterio como profesor de la John Carroll University, Cleveland (Estados Unidos) y de Filosofía de la Naturaleza en Comillas (Madrid). Conversar con el P. Manuel Carreira es sumergirse en un pozo sin fondo, es disfrutar de un lenguaje límpido y preciso, es dilatar nuestra inteligencia con la certeza de la verdad, la seguridad de la esperanza, la alegría de la caridad.
Tuve la suerte de acompañarle en varias de sus conferencias en España y en Perú. Siempre me queda la imagen del maestro rodeado de un concurrido corro de jóvenes, ávidos de verdad y gozosos de encontrar respuestas.
Al enterarme de su presencia en Lima (Perú) en mayo del 2007, le envié una síntesis de las preguntas que suelen formularle al finalizar sus conferencias y le invité a una entrevista en PAX-TV para que las pudiera contestar. Aceptó con la generosidad de siempre y —previa revisión del autor— Paulinas del Perú publicaron las respuestas.
Han pasado diez años y vuelvo a encontrarme con él en la Casa de los PP. Jesuitas de Salamanca. A continuación exponemos un extracto de sus reflexiones.
 * * *
—Los medios de comunicación nos suelen presentar la ciencia y la fe como enfrentadas entre sí, como si no pudiesen reconciliarse. Usted, como científico y sacerdote a la vez, no tiene ningún problema en armonizar ambas realidades. ¿Su caso no es tal vez algo insólito?
P. M. Carreira: Yo no soy el único caso. Ha habido, a lo largo de la historia, mucha gente que ha tenido interés y preparación científica y al mismo tiempo ha tenido una vocación religiosa. Puedo mencionar, sin ir más lejos, en el siglo XIX a un jesuita de Roma —el padre Secchi— al que se llamó «el explorador del sol». Fue el primero en clasificar a las estrellas por sus características del espectro: en su honor se celebró un congreso internacional en 1979, en Roma, sobre la clasificación de estrellas, por ser un hombre reconocido y que ha tenido una enorme importancia en la historia de la astronomía. Más recientemente, en 1927, un sacerdote belga, el padre Lemaître, fue el primero en usar las ecuaciones de la Relatividad para darnos la idea de un Universo que comenzó con la gran explosión del «Big Bang» (como se llama hoy), que fue luego aceptada por todos los científicos prácticamente sin excepción. De modo que siempre ha habido personas muy versadas en el campo científico que a la vez han sido excelentes sacerdotes, con grandes conocimientos en filosofía y en teología.
—Usted mismo ha sido miembro del Observatorio Astronómico del Vaticano ¿Qué nos podría decir de las actividades de esta institución científica tan reconocida y de las tareas que ha desempeñado personalmente usted dentro de ella?
P. M. Carreira: El Observatorio Vaticano lleva más de cien años de funcionamiento. Es una demostración visible del interés de la Iglesia por la ciencia, porque considera que es una actividad humana digna de todo respeto. A nadie le sorprende que la Iglesia, a lo largo de los siglos, haya patrocinado artistas. De la misma manera que el arte es una actividad humana digna de respeto, también lo es la ciencia y la Iglesia lo muestra precisamente con este Observatorio Vaticano, poniendo su pequeña contribución al desarrollo de la ciencia.
—Usted ha impartido desde hace bastantes años múltiples conferencias en América y en Europa. ¿Nos podría decir cómo nació su vocación científica?
P. M. Carreira: No quiero entrar en muchos detalles personales, pero simplemente puedo decirles que ya desde niño, tenía deseo de estudiar Astronomía y, al mismo tiempo, me sentía inclinado hacia la vocación religiosa y sacerdotal. He vivido de esta manera a lo largo de todos mis años de formación y nunca he encontrado una razón que me obligase a limitar mi actividad a un único campo. Siempre he tenido la satisfacción y el gusto de poder trabajar en todas ellas: en ciencia, en filosofía y en teología.
—Su tesis doctoral trató sobre los rayos cósmicos. ¿Podría hablarnos de su director y del alcance de la investigación?
P. M. Carreira: Sí, tuve la satisfacción de hacer mi tesis doctoral con un hombre verdaderamente de alto nivel, el doctor Cowan. El trabajo que le hizo famoso fue realizado en cooperación con el doctor Reines, y ese trabajo fue premiado con el Premio Nobel, en 1995. El doctor Cowan había fallecido ya de un ataque al corazón a los 56 años y no pudo recibir el premio, pero el trabajo era un trabajo común y lo recibió el doctor Reines (que murió al año siguiente). El trabajo realizado conjuntamente fue la búsqueda de una partícula que teóricamente se suponía que debía existir pero que nadie pensaba que sería detectable: el neutrino. Cuando le preguntaban qué era el neutrino, mi director de tesis solía decir —con buen sentido del humor— que «es lo menos que algo puede ser y todavía ser algo». Él consiguió, con su compañero de trabajo, demostrar que existe y capturarlo en un experimento verdaderamente llamativo y que exigió mucha perseverancia. El Dr. Cowan era un hombre de una profunda convicción religiosa, de una piedad sencilla, que iba normalmente todas las mañanas a la santa misa en una iglesia cercana del laboratorio. Hablábamos tanto de teología como de física, con toda familiaridad.
—Los papas nos hablan mucho de ensanchar la razón. Precisamente teniendo esta mirada amplia, podríamos profundizar más sobre el hombre, y no limitarnos a la concepción que muchos tienen de él, para quienes sólo es un homo faber, fabricador de instrumentos, pero nada más que un animal muy desarrollado. ¿Cuál sería la mirada completa y el concepto integral de la persona humana?
P. M. Carreira: La persona humana la definimos precisamente por la racionalidad, y la racionalidad se describe como la búsqueda de la Verdad, de la Belleza y del Bien. Si no se entiende esto no se entiende a la persona humana. Por la búsqueda de la Verdad se desarrolla la ciencia y la filosofía y todo conocimiento que se puede transmitir como cultura. Por la búsqueda de la Belleza tenemos el arte, la poesía, todo lo que hace apreciable nuestro entorno y hace la vida digna de aprecio. Ya en el hombre de las cavernas encontramos el deseo de Belleza, como demuestran las pinturas rupestres, por ejemplo de Altamira. ¿Por qué hacía el hombre eso? ¿Le servía para algo, para sobrevivir, para defenderse de las fieras, del frío? No. Y la búsqueda del Bien, que se da en las relaciones con otros, es la que determina el sentido de responsabilidad —la base de derechos y deberes— sin el cual no puede funcionar la sociedad humana. Ya el hombre primitivo realizaba enterramientos con esmero, y cuidaba enfermos. Lo sabemos porque se ha encontrado cráneos con una trepanación, que tenía que dejar al paciente incapacitado durante meses, y lo cuidaron de tal manera que esa cicatriz se cerró. ¿Por qué se hacía eso, y por qué se ponían cosas valiosas como ofrendas en la tumba? Es obvio que todas estas manifestaciones muestran cómo la persona humana es un ser cualitativamente superior a todos los seres que encontramos en la naturaleza.
—¿Cómo podríamos entender la resurrección de Cristo y también nuestra propia resurrección? ¿Cómo resucita la materia?
P. M. Carreira: Ahí estamos ya saliéndonos de los datos científicos, porque no se puede saber en un laboratorio qué sucede cuando un cuerpo resucita. Lo único que podemos decir es que para existir el ser humano tiene que existir como es, alma y cuerpo. Cómo lo hace Dios, no vamos a entenderlo porque no entendemos a la materia y no entendemos tampoco el tiempo y no podemos entender una existencia fuera del tiempo. Pero eso no debe asombrarnos, porque si no me entiendo a mí mismo y no entiendo a la materia como científico, pobre sería Dios y su plan si lo midiese por lo que entiendo. Hace falta una especie de humildad realista: entendemos muy poco lo que somos y entendemos muy poco qué es la materia.
Lo único que uno puede decir científicamente es que lo que nos dice el evangelio de Cristo resucitado es compatible con un cuerpo verdaderamente material, pero que existe ya de una manera nueva, de una manera en que no hay límites de espacio y tiempo. Eso es lo que nos promete la teología aun para nuestra propia resurrección, pero como no entendemos a la materia en el laboratorio donde una partícula puede ir de un lugar a otro sin pasar por el medio, donde una partícula puede estar en varios sitios al mismo tiempo, donde las partículas no son distinguibles entre sí, todo esto me hace pensar que debo ser prudente antes de dictaminar que lo que me dice el evangelio de Cristo resucitado es imposible, que es incompatible con que eso sea de veras materia. No, no es incompatible.
—He leído en uno de sus libros que «El Universo sin María sería vacío», ¿cómo habría que entenderlo?
P. M. Carreira: Esa frase que suena poética y lo es, tiene un sentido real porque nosotros somos cristianos y vemos nuestro destino eterno en términos de la Encarnación. Dios se hizo hombre y eso es lo que da sentido al Universo y a nuestra vida y lo que nos da esperanza. Pero el hacerse hombre dependió de un SÍ que dijo María cuando el ángel le propuso el plan de Dios. De no haber dicho que sí, podríamos decir que el Universo no tendría sentido, porque no hubiese ocurrido esa transformación en algo divino que ha tenido la materia cuando Dios se hizo hombre. Todo el universo está hecho para que finalmente el Hombre perfecto sea también Dios y la materia llegue al mismo trono del Creador. Y la materia divinizada del Cuerpo de Cristo le fue dada por María.
—Como colofón de la entrevista, ¿podría comentarnos la afirmación de san Juan Pablo II en Fides et ratio (La fe y la razón): «La fe y la razón son como dos alas con las cuales podemos volar a la búsqueda de la verdad completa»?

P. M. Carreira: Nunca la fe me pedirá que yo deje de ser racional, nunca la fe me dirá que crea en algo absurdo, y la razón nunca me dirá algo que contradiga a mi fe. Son dos maneras independientes pero complementarias de aceptar la realidad del plan de Dios. La fe se llama en teología un obsequio racional, porque nuestra razón acepta la verdad infinita de Dios, aunque nos supera. Y la teología no es una invención de meras ideas humanas: es el esfuerzo filosófico, racional, de profundizar en el contenido de la Revelación, conocido por la fe. Sólo así podemos verdaderamente acercarnos a Dios.