miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Estudiar o aprender?

La profesora aleccionaba al jovencito sobre la necesidad del esfuerzo y del estudio para poder aprobar hoy y ser alguien el día de mañana. El crío con un desparpajo impropio de su edad, le respondió: Vamos a ver maestra: ¿hemos venido a estudiar o a aprender?
Esta anécdota que hace años me contó Santiago Arellano, amigo y maestro, me ha dado pie a reflexionar muchas veces sobre la educación actual. Lo que no podía nunca imaginar es que la duda de aquel jovencito se convirtiera en dogma de muchos de los actuales pedagogos y educadores contemporáneos: se puede aprender sin esfuerzo. Si fracasa, la culpa siempre será de los demás, nunca del niño o del joven.
Existen muchos motivos para estar preocupados por la educación de los jóvenes como vimos en un artículo anterior (Estar nº 300) y escuchamos en cualquier conversación. Sabemos que todos educamos de un modo u otro y que no podemos esperar a que los demás nos solucionen el problema, pero a veces se nos olvida lo más importante.
Tiempos difíciles son aquellos en los que hay que demostrar lo evidente. Y de eso tratamos en el artículo de hoy, de una evidencia: No podemos educar si el joven no quiere educarse. Cosa distinta es cómo convencerle de que quiera, de que asuma el esfuerzo que supone toda educación y aprendizaje.
El protagonista es el niño, el joven al que le preparamos para un largo viaje como es su propia vida. A medida que pase el tiempo, él debe asumir cada vez más protagonismo y responsabilidad. Será un viaje largo, cuyo final de etapa ni el propio educando conoce. Los educadores no conocemos ni la mayor parte de los peligros y dificultades que le surgirán, ni muchos de los medios e instrumentos que tendrá a su alcance, por lo que nuestro papel no pasa de ser entrenadores de una travesía que él debe realizar. No podemos tener respuestas para problemas que ni siquiera conocemos.
¿Significa ello que no podemos entrenarles, educarles? Todo lo contrario. En medio de las numerosas ofertas formativas e informativas, en medio de la lluvia incesante de información y datos, es más necesaria que nunca la presencia de un educador que le entrene para una larga carrera, que transmita criterios, consejos, cariño y exigencia.
Hay que recordar lo evidente: quien debe avanzar por el proceloso mar de la vida, quien debe aprender, crecer es el propio hijo, alumno o amigo. En la célebre película Matrix, el maestro Morfeo le dice a Neo:
Con el tiempo aprenderás que hay diferencia entre conocer el camino y andarlo. Yo solo puedo mostrarte la puerta, eres tú quien debe abrir.
Nadie puede vivir por otro, nadie puede ser educado por otro. La travesía educativa requiere del compromiso del propio educando. No se trata, por tanto, de llevarle en brazos, de evitarle todo tipo de dificultades o retos, como pretenden algunas corrientes educativas actuales.
Hay que recordar, aunque no esté de moda, o precisamente por ello, que se pueden tener buenos o malos gobernantes, padres o profesores. Se pueden tener mejores o peores sistemas y recursos, pero en ningún caso está garantizado el éxito si el alumno no es consciente de que puede y debe esforzarse por superar las limitaciones tanto externas como internas. No puede haber educación si el alumno no se considera protagonista de su educación; como derecho, sí, pero también como deber.
Todo educador, ya sea madre, padre, maestro, etc., debe aceptar y respetar, por muy doloroso que sea, la libertad y la responsabilidad del educando. Éste tiene muchos dones, talentos y recursos, tanto internos como externos, pero el pleno desarrollo de ellos depende, en última instancia, del ejercicio que haga de su libertad, de la capacidad de superarse, de esforzarse, de dar respuesta de sus propias acciones u omisiones.
Educar es mostrarle y entrenarle para la vida que le espera, una vida exigente que no exime de ningún esfuerzo y, más aún, en una sociedad competitiva, sí, pero también una sociedad donde es posible mejorar personal y colectivamente si cada uno aporta lo mejor de sí. Escamotearle sus responsabilidades hoy es garantizar su fracaso personal y social del mañana.
Pueden fallar las leyes, los sistemas, los presupuestos y un largo listado de instrumentos materiales o conceptuales. Nada de ello, menos aún la situación política actual, podrá servir de excusa para justificar el fracaso de una vida mañana.
Termino con un dialogo del escritor brasileño Pedro Bloch:
¿Rezas a Dios?
Pregunta el poeta al niño.
Sí, cada noche.
Contesta el pequeño.
¿Y qué le pides?
Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Confieso que si en lugar de Dios pongo sistema, sociedad, gobierno o clase política, la cita me da razones para el optimismo si los alumnos de hoy asumen su responsabilidad y no esperan que les demos todo hecho.

Nunca como ahora tuvo más vigencia aquella llamada de Kennedy en el día de su investidura, hace ya más de cincuenta años: No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país.