miércoles, 1 de febrero de 2017

El vino mejor

No, no pretendo discutir si el mejor vino es un burdeos, un rioja o un vegasicilia… Quiero publicitar el vino mejor, que supera con creces a los que figuran en las principales guías de vinos.
El vino representa el sabor de la vida, el aroma de la comunicación, el brillo del amor. ¿Puede concebirse una fiesta sin esta bebida? Difícilmente. Lo mismo ocurría en tiempos de Jesús. Su vida pública se inicia prácticamente con una fiesta de bodas en la que abundaba el vino. Era en Caná de Galilea, cerca de Nazaret. Allí estaban también sus discípulos y su Madre.
El vino en la boda es el símbolo del amor, que procede de la viña del Señor, embriaga a los esposos y achispa a los convidados. Compartir la copa de vino es compartir la vida, es participar del mismo amor. Por eso en aquella boda corría el vino.
* * *

Pero el vino comienza a faltar. María se da cuenta y sabe cómo remediarlo. Ayer y hoy. María es experta en sondear nuestras reservas de vino, el nivel de nuestro amor. Fijémonos en su actitud en Caná (para luego imitarla).
Tiene el corazón abierto. No es indiferente a nuestras carencias, sufrimientos, dolencias… Su corazón compasivo detecta nuestras faltas de amor, nuestra mediocridad, nuestra indiferencia (porque lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia).
Y tiene los ojos abiertos, vueltos hacia nosotros. Son «esos sus ojos misericordiosos», que penetran hasta el fondo de nuestra miseria y se compadecen, que ven más allá de lo que podemos o queremos ver.
Y tiene los labios abiertos. Primero para hablar a Jesús de los hombres: No tienen vino, y luego para hablar a los hombres de Jesús: Haced lo que Él os diga.
Y tiene los pies en movimiento. Fue a buscar a los servidores, y les dio la clave para obtener el vino mejor: Haced lo que Él os diga.
Y tiene las manos abiertas. ¿Cómo? ¡A través de los servidores ayer; y de nosotros, sus hijos, hoy! Seamos prolongadores del corazón y de los ojos, labios, manos y pies de María, para difundir el vino del mejor amor en nuestro mundo. ¡El Movimiento de Santa María!
* * * 
¿Qué hicieron los servidores? Lo que Jesús les pidió: llenaron las tinajas de agua hasta arriba. Es lo mismo que nos pide hoy: tomarnos la vida en serio —en expresión de Abilio de Gregorio— y ofrecerle las tinajas de nuestra pobre realidad —nuestra agua incolora, inodora e insípida—, pero llenas, sin guardarnos nada. Y Él nos pide como en Caná: Sacad ahora y llevadlo. Entonces se realiza el prodigio, se convierte «el agua de las propias miserias en el vino añejo del amor» (P. Morales) y se transforma el mundo.
Jesús manifiesta así su estilo: vuelca sus dones en cantidad: ¡seis tinajas de unos cien litros cada una!, y en calidad: ¡el vino mejor! Y así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él. Jesús está anticipando su hora, en la que convertirá el vino en su sangre, que será derramada en la Cruz. ¡El vino mejor es el cáliz de su sangre, entregado por nosotros para siempre!

Nosotros bebemos el vino mejor cuando nos acercamos a la Eucaristía. Pidamos a Jesús: «¡toma nuestra agua y conviértela en tu vino! ¡Danos siempre de este vino, tu vino mejor!». Y que al beberlo se nos abran los ojos, el corazón, los labios y las manos, y se nos muevan los pies —dejándonos llevar por María—, para ser nuevo vino mejor que remedie la falta de amor en las bodas de la vida.