miércoles, 1 de febrero de 2017

Dividir por dentro

Por Antonio Rojas

A veces tienes que reír a través de las lágrimas,
sonreír a pesar del dolor,
vivir a través de la tristeza.
—Amadeo Roncall—

Antonio Gramsci (1891-1937) fue un filósofo, teórico marxista, político y periodista italiano. En su ambición de expandir el comunismo por todo el mundo, afirmaba que existía una gran dificultad: el cristianismo; aseguraba que llevamos veinte siglos tratando de destruir la Iglesia y no lo hemos conseguido.
Y se le ocurrió una cosa. Sólo habría una solución: dividir la Iglesia por dentro. Si se logra dividir la Iglesia por dentro, la destruyes, porque, decía Gramsci, si queremos que desaparezca, la Iglesia tiene que destruirse ella a sí misma.
Si generalizamos esta estrategia del teórico marxista italiano, la aplicación es demoledora: ¿Acabar con la Iglesia? ¿Acabar con la familia? ¿Acabar con la sociedad? ¿Acabar con la persona? Es muy fácil: dividirla por dentro.
San Juan Pablo II el 1 de abril de 1980, dirigiéndose a los estudiantes del Congreso «Uni’80», les dijo: efectivamente, cuando el hombre pierde de vista la unidad interior de su ser, corre el peligro de perderse a sí mismo, aun cuando a la vez puede aferrarse a muchas certezas parciales referentes al mundo.
Evidentemente que unidad no está reñida con diversidad. Puede y debe haber diversidad en la unidad, y unidad en la diversidad. Creo que lo expresa bien Patrick Rothfuss: Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico.
Hay un bonito truco para llevar a la práctica la realización de la unión. Se trata de regalar prismáticos y lupas. Sobre todo, regalarnos. La lupa para agrandar lo bueno que vemos en los demás, y los prismáticos para darles la vuelta y ver lo malo lejísimos. Hay que darle la vuelta y se ve todo pequeñísimo.
¿Qué uno ve algo bueno en otro? Aplica la lupa y lo amplía. ¿Qué uno ve algo malo? Le da la vuelta a los prismáticos y se esfuerza en que eso que ve sea la auténtica dimensión. Fácil, ¿no? Pues no, porque en realidad, «por defecto de fábrica», lo hacemos al revés: empleamos la lupa para lo malo y los prismáticos al revés para lo bueno. Y así, claro, nosotros estamos como estamos y el mundo está como está.

La conclusión es muy simple, pero muy práctica: si queremos tener una personalidad fuerte, un grupo compacto, una sociedad estable, debemos esforzarnos por eliminar todo lo que divide interna y externamente, porque la división es Babel: debilidad. Y la unión es amor: fuerza.