miércoles, 1 de febrero de 2017

Cae la tarde

Cae la tarde en un miércoles de noviembre madrileño. En una íntima y pequeña capilla, más larga que ancha, se reúnen viejos conocidos. Preside en el centro un altar en el que reza: Ofreceos vosotros como piedras vivientes. Y a la derecha, la Virgen del Hogar con el corazón hueco de oro hecho con los anillos de los miembros del Hogar del Empleado y en el que dentro, desde hace años, están escritos los nombres de muchos de los allí presentes. Les congrega el recuerdo y el cariño a alguien que vivió entre ellos y que murió en aras de santidad: el padre Eduardo Laforet.
Eduardo, sacerdote cruzado de Santa María, ofreció su vida por la vida del papa san Juan Pablo II el día que una bala quiso segar su vida en la plaza de San Pedro de Roma. Justo el día de la Virgen de Fátima, 13 de mayo. Corría el año 1981.
Y los viejos conocidos, junto con sus familias y otros jóvenes, y unas jovencitas que al concluir cantaron una preciosa canción a la Virgen, oyeron en esa capilla una homilía que salía más del corazón que de la cabeza, que nacía más de los sentimientos que de sesudos razonamientos filosóficos, que brotaba a borbotones, como sangre llena de vida, del amor al hermano querido y fallecido. En las primeras filas, la familia tan querida de nuestro hermano Eduardo. Junto al sacerdote que presidía la celebración de la misa, los sacerdotes cruzados.
El joven Eduardo vivía junto al joven Juan Carlos. Los dos, con algunos más, en Pamplona, aspiraban a ser sacerdotes cruzados al servicio de la Iglesia, cerquita de los más necesitados: los jóvenes, como nos decía con frecuencia Abelardo. Y como dijo el que presidía la homilía: Eso que ahora predica el papa Francisco, eso de «ir a las periferias», a nosotros no nos suena nuevo. Lo vivíamos. ¡Y vaya si lo vivíamos!, añade el que esto escribe: tenía a mi cargo un grupo de juveniles, trabajaba como maestro de laboratorio en una universidad, hacía la tesis doctoral, ponía un sagrario en la Escuela de Ingenieros, organizaba el Rosario de la Aurora en mayo, en marzo el festival Juan Pablo II de la Canción Religiosa, en verano los campamentos de juveniles, en diciembre la Vigilia y, acabada ésta, a poner el mejor belén de la Ciudad Universitaria y… encima sacaba tiempo para estar con la que sería mi novia y luego mi esposa y madre de mi hijo.
Pues Eduardo, parecido; pero sin novia y preparándose para sacerdote con sus estudios y sus cartas a sus santos y santas. Y preparando sus bellas homilías con las que deleitarnos.
Y es que, como repitió el predicador, la vida de Eduardo, como la de Juan Carlos y la mía, iban de campaña en campaña, sin darnos cuenta.
Éramos felices, vivíamos cada campaña, y entre nosotros surgía un amor de hermandad. Ellos, en Pamplona; yo, en Madrid con otros muchos. Éramos los militantes de la Milicia de Santa María. Yo era el más díscolo; siempre lo he sido. Pero, además, Eduardo y yo éramos cómplices de algo que al padre Morales le hacía pensar: nuestra admiración y cariño por san Francisco de Asís. De hecho, le propuse al P. Morales que le hiciera adalid de la Milicia. Eduardo se permitió el lujo de escribir una carta al Poverello. Y el que esto escribe colocó a los pies de una imagen del Santo de la Umbría un sagrario, siguiendo los deseos de Abelardo.
Nos contaban en la homilía que Eduardo, haciendo una tanda de ejercicios espirituales de un mes, como el predicador, escuchó la frase la Iglesia es más mariana que petrina, es decir, es más madre que gestora, más maternal que gobernante. Y entonces apareció, como no podía ser menos, la referencia a tres personas. Dos de alma sacerdotal: el padre Tomás Morales y el padre Emiliano Manso que marcaron de forma especial el ser sacerdotal de Eduardo y del orador. Y la tercera, Abelardo, con su convencimiento de que todo educador debe ser padre y madre a la vez.
Cae la tarde de nuestra vida, el ocaso se acerca. Desde la muerte de nuestro sacerdote en Jesucristo, Eduardo Laforet, en 1984, han pasado ya 32 años. Ya nos espera en el cielo. Nosotros, —también tú que lees estas líneas—, ansiamos llegar a él. Tal vez nuestra vida sea oscura, llena de caídas y repleta de fracasos, pero también con alegrías y éxitos. Siempre sin cansarnos nunca de estar empezando siempre. Virgencita, métenos en tu regazo como metiste a Eduardo. ¡Anda, que no disfrutará Eduardo leyendo desde el cielo esto que le escribo! Igual que él escribía a los santos, ahora nosotros le podemos escribir a él:
Querido Eduardo, reza por nosotros, dile a san José que nos haga como él, santos ocultos muy, muy cerquita de Jesús y de la Virgen. Padre Laforet, dile a san Francisco que en Radio María de España hay un programa que se llama «Custodios de la creación» porque el papa Francisco le puso ese nombre y ha escrito una carta con su oración «Laudato si». Edu, dile a san Francisco Javier que los militantes han puesto una Virgen del Pilar en Gredos y allí hemos ido este verano más de cien personas…

¡Ah! Se me olvidaba, el que esto predicaba ahora es Mons. Juan Carlos Elizalde, obispo de Vitoria, y en su escudo episcopal aparece, ¡cómo no!, un libro de los ejercicios espirituales. El que quiera saber más de esta homilía que me escriba un correo a administracionestar@gmail.com y le mando las ideas y notas que entresaqué. Os aseguro que con ellas se puede hacer oración más de un día. ¿Palabras de obispo? No, palabras de enamorado de Jesucristo, y de la Milicia de su Madre.