viernes, 17 de febrero de 2017

Apóstol de la Misericordia

Separata Estar febrero 2017
La revista Estar quiere homenajear a Abelardo de Armas, apóstol de la Misericordia, en el día de su cumpleaños, con esta separata donde se recogen las artículos que Bienvenido Gazapo ha ido publicando en Estar, desde febrero  a diciembre del 2016, año de la Misericordia.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Las TIC ¿Libertad o esclavitud?

Portada Estar nº 302
Hasta hace pocos años, nadie tenía móvil, iPad, portátil, GPS, PlayStation, televisión digital, internet, ni nada parecido. Y, sin embargo, aun habiendo menos medios de comunicación, el trato con la gente era mucho más abierto. La tecnología nos hace libres, pero también nos hace esclavos de ella.
Es apasionante ver los avances tecnológicos del mundo, ver cómo estos medios de comunicación te permiten, de repente, no tener fronteras ni censuras, te abren a un nuevo mundo. Sin embargo, no deberíamos descuidar otra serie de valores, como el seguir abiertos a las personas que tenemos más cerca, y no cerrarnos a un trato directo con la gente. Nos hemos hecho dependientes de esta tecnología, y ya no se puede ir para atrás. Desde luego, ya no podemos vivir sin ella y, sin embargo, hay que intentar ser libres a pesar de ello.
La tecnología, más que una herramienta se ha convertido en el estilo de vida de todos los integrantes de la sociedad; es más una necesidad diaria que una forma de ayudarnos a obtener una vida menos complicada.
La Iglesia está entrando en el complejo mundo de internet de forma decidida y creciente en diversas lenguas. Propiamente, habría que decir que más que las iglesias, como organizaciones, son los propios fieles los que han encontrado en las plataformas TIC un espacio para compartir y multiplicar el mensaje que profesan en sus diferentes cultos.
Que la religión está empezando a salir de los templos, es una realidad que se afianza cada vez que cualquier usuario inicia sesión en alguna plataforma TIC. Más específicamente en redes sociales. Las religiones y las TIC han cruzado sus caminos a partir de un concepto: la divulgación.
Benedicto XVI anunció su decisión de convertirse en papa emérito mediante un tweet. Toda una novedad. ¿Por qué anunciar una decisión tan crucial mediante un medio que se puede considerar nuevo, como una red social? La respuesta llegó con el correr de los meses: propagación.
Estos cambios de paradigma, sumado a la positiva incursión del papa Francisco en redes sociales como Twitter, han significado para la Iglesia católica una forma de acercamiento constante con el mensaje evangelizador actual.
El papa Francisco, en diversas ocasiones, alabó el uso de las nuevas tecnologías, aunque advirtió de algunos peligros que conllevan, como «exclusión» y «la manipulación».
No tengan miedo de hacerse ciudadanos del mundo digital, insiste el papa Francisco a la Iglesia, afirmando, incluso, que internet es un don de Dios, en su mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales en 2015.
Las TIC, es evidente, tienen intrínsecos valores antagónicos: ¿liberan o esclavizan? Las dos cosas. ¿Entonces? De cada uno depende.

Un poco de perspectiva ante las tecnologías y ante todo

El bufón el primo.
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez
Museo del Prado (Madrid)
Voy a intentar explicar mi reflexión partiendo del cuadro de Diego Velázquez al que más tiempo he dedicado a la contemplación: «El bufón don Sebastián de Morra». Se trata del hombre en un grado muy elevado de desvalimiento y de impotencia. Sus manos se han reducido a muñones y sus pies a inutilidad para caminar. Suprimid las manos y los pies como potencialidad asombrosa y como don del hombre, y lo veréis rumiando alrededor de la caverna. Las manos y los pies pusieron en marcha el dinamismo de la historia. Para las manos buscó multiplicar sus fuerzas y para los pies buscó modos para salir, ampliar y retornar a su hábitat, y de esta manera conocer y dominar las tierras. ¿Qué son si no el sílex y la rueda?
Pero las manos que pueden acariciar, reproducir en las paredes los animales y a los hombres, cultivar la tierra y cuidar de los rebaños, y esos pies dispuestos a ir adonde sea, siempre plus ultra, pueden matar, pueden usar el hueso, que ayuda a remover la tierra, en la mandíbula que mata al hermano; y lo mismo el sílex, el hierro y los metales que la prodigiosa rueda, o que la fusión del átomo que posibilita energías increíbles que pueden curar o exterminar.
Volvamos al cuadro de Velázquez. ¡Los ojos! Sí, pero no porque nos ven, sino porque en ellos vemos el entendimiento, eso que hoy enorgullece y llena de soberbia al hombre de nuestros días. El prodigio del cerebro. Es verdad: ni las manos sabrían escribir, ni los pies volar por los cielos sin el engranaje del cerebro. Ello solo debería ponernos de rodillas. ¿Cómo que el azar, cómo que una evolución indeterminada y sin dueño hizo aparecer como por casualidad un mecanismo físico tan descomunal?
Y, sin embargo, en los ojos de Sebastián vemos más, mucho más, se trasluce el alma delicada y melancólica de un ser humano. Sebastián tiene en su mirada un interior que nos habla del misterio del hombre, ese misterio en el que se forja el amor y en el que se fabrica el odio. Ese interior, sima misteriosa, de donde salen las órdenes que ponen en marcha las manos y los pies para construir un mundo mejor o destruir el mundo y la tierra.

Las nuevas tecnologías, como todo lo demás, no son más que el sílex, la rueda, el arado, el carro, la tracción animal, la máquina de vapor, la pluma, la máquina de escribir o el ordenador. Solo son medios para crecer, multiplicarnos y dominar la tierra. La raíz de su funcionamiento se llama alma, y la voz del alma que guía la Historia para bien y para mal, se llama conciencia. Al enano Sebastián le negaron todo menos su nostalgia infinita de bien y su conciencia. Él también podía odiar y amar. Tú que lo tienes todo, haz de todo una opción de libertad y una ocasión para el bien.

El vino mejor

No, no pretendo discutir si el mejor vino es un burdeos, un rioja o un vegasicilia… Quiero publicitar el vino mejor, que supera con creces a los que figuran en las principales guías de vinos.
El vino representa el sabor de la vida, el aroma de la comunicación, el brillo del amor. ¿Puede concebirse una fiesta sin esta bebida? Difícilmente. Lo mismo ocurría en tiempos de Jesús. Su vida pública se inicia prácticamente con una fiesta de bodas en la que abundaba el vino. Era en Caná de Galilea, cerca de Nazaret. Allí estaban también sus discípulos y su Madre.
El vino en la boda es el símbolo del amor, que procede de la viña del Señor, embriaga a los esposos y achispa a los convidados. Compartir la copa de vino es compartir la vida, es participar del mismo amor. Por eso en aquella boda corría el vino.
* * *

Pero el vino comienza a faltar. María se da cuenta y sabe cómo remediarlo. Ayer y hoy. María es experta en sondear nuestras reservas de vino, el nivel de nuestro amor. Fijémonos en su actitud en Caná (para luego imitarla).
Tiene el corazón abierto. No es indiferente a nuestras carencias, sufrimientos, dolencias… Su corazón compasivo detecta nuestras faltas de amor, nuestra mediocridad, nuestra indiferencia (porque lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia).
Y tiene los ojos abiertos, vueltos hacia nosotros. Son «esos sus ojos misericordiosos», que penetran hasta el fondo de nuestra miseria y se compadecen, que ven más allá de lo que podemos o queremos ver.
Y tiene los labios abiertos. Primero para hablar a Jesús de los hombres: No tienen vino, y luego para hablar a los hombres de Jesús: Haced lo que Él os diga.
Y tiene los pies en movimiento. Fue a buscar a los servidores, y les dio la clave para obtener el vino mejor: Haced lo que Él os diga.
Y tiene las manos abiertas. ¿Cómo? ¡A través de los servidores ayer; y de nosotros, sus hijos, hoy! Seamos prolongadores del corazón y de los ojos, labios, manos y pies de María, para difundir el vino del mejor amor en nuestro mundo. ¡El Movimiento de Santa María!
* * * 
¿Qué hicieron los servidores? Lo que Jesús les pidió: llenaron las tinajas de agua hasta arriba. Es lo mismo que nos pide hoy: tomarnos la vida en serio —en expresión de Abilio de Gregorio— y ofrecerle las tinajas de nuestra pobre realidad —nuestra agua incolora, inodora e insípida—, pero llenas, sin guardarnos nada. Y Él nos pide como en Caná: Sacad ahora y llevadlo. Entonces se realiza el prodigio, se convierte «el agua de las propias miserias en el vino añejo del amor» (P. Morales) y se transforma el mundo.
Jesús manifiesta así su estilo: vuelca sus dones en cantidad: ¡seis tinajas de unos cien litros cada una!, y en calidad: ¡el vino mejor! Y así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él. Jesús está anticipando su hora, en la que convertirá el vino en su sangre, que será derramada en la Cruz. ¡El vino mejor es el cáliz de su sangre, entregado por nosotros para siempre!

Nosotros bebemos el vino mejor cuando nos acercamos a la Eucaristía. Pidamos a Jesús: «¡toma nuestra agua y conviértela en tu vino! ¡Danos siempre de este vino, tu vino mejor!». Y que al beberlo se nos abran los ojos, el corazón, los labios y las manos, y se nos muevan los pies —dejándonos llevar por María—, para ser nuevo vino mejor que remedie la falta de amor en las bodas de la vida.

¿Paraíso virtual o infer.net?

Por Fernando Martín
Si hay un fenómeno que puede caracterizar el final del siglo pasado y los inicios del XXI, este fenómeno sería internet. Los niños y jóvenes de la última generación ya no conciben el mundo sin internet. ¿Cómo era el mundo sin ordenadores, tablets, móviles, correo electrónico, Facebook, WhatsApp? Algunos lo hemos conocido, y no nos parece tan extraño, pero para otros es como hablar de un pasado antediluviano.
Internet es algo que está ahí. Por eso mismo será conveniente preguntarse cómo nos afecta esa presencia.
Me permito introducir un criterio hermenéutico, interpretativo o de discernimiento para encuadrar el discurso sobre internet y más en general sobre las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). El criterio de juicio va a ser el que da Ignacio de Loyola en la exposición del Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales: y las otras cosas sobre la faz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden (Ejercicios Espirituales, 23).
Sería muy pretencioso, para alguien que no es experto en las TIC, tratar de hacer un juicio crítico sobre su uso, sin hacerse acompañar de un buen guía. Para esta tarea he elegido a Giovanni Cucci, S.J., profesor de la Universidad Gregoriana y experto en estos temas. En el año 2015 publicó en italiano: Paradiso virtuale o infer.net? Rischi e opportunità della rivoluzione digitale. Vamos a seguir sus reflexiones. Estas nos pueden parecer un tanto alarmistas, pero conviene conocer los riesgos del mundo virtual que tenemos a nuestra disposición y que usamos día a día.
¿Es internet el invento del siglo XX?
Cucci expone algunos datos sobre internet: En diciembre de 2012 había 2.200 millones de usuarios de e-mail. En ese año se habían hecho 1,2 billones de búsquedas en Google.  El número de e-mails enviados y recibidos al día fue de 144.000 millones.  Al final de 2012 las páginas web creadas en el mundo eran 634 millones. En octubre de 2012 se hicieron un billón de visitas a Facebook. Sabemos también que en Youtube, en cada minuto se cargan unos 600 videos. Si quisiéramos volcar toda la información online de ese año 2012 en DVD necesitaríamos 168 millones de discos.
Pero internet está sobre todo unido a los móviles. Al final de 2012 había más de 1.000 millones de contratos de smartphones y 7.000 millones de móviles. Actualmente se calcula que la compañía Apple vende 39 iPhones por segundo en todo el mundo.
El desafío de lo nuevo
Internet ofrece enormes posibilidades en información, datos, velocidad de contacto, optimización del tiempo, pero basta pensar un poco y conocer la realidad, para saber que tiene también los riesgos que presenta el mundo real: soledad, pornografía, violencia, robos, virus… De todos modos, hay que establecer una distinción importante desde el inicio: el problema no está principalmente en el instrumento, sino en el uso que hacemos de él.
Internet se inicia en los años 60. Es en estos años cuando Umberto Eco escribió el famoso libro «Apocalípticos e integrados» con el que resumía dos posturas ante los medios de comunicación. Su análisis se puede transportar a lo que hoy ocurre con las posturas ante internet.
Figura representativa de los «apocalípticos» (aquellos que ven en internet una amenaza para el ser humano) sería Nicholas Carr.
En 2008 publicó el artículo ¿Está Google haciéndonos estúpidos? En él critica el efecto que está teniendo internet en el conocimiento. El principal argumento de Carr es que internet puede tener efectos perjudiciales en el pensamiento que dañan la capacidad de concentración y contemplación.
En 2010 publicó el libro ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales, donde desarrolla este argumento en profundidad.
Howard Rheingold sería el representante de los «integrados» (aquellos que ven internet como uno de los mayores logros de la humanidad). Fue quien acuñó el término comunidad virtual. Este autor se encuadra dentro de los teóricos optimistas, ya que ve en las comunidades virtuales un instrumento de afirmación de la democracia descentralizada.
Son posturas muy divergentes, pero ambos coinciden en una cosa: internet no es un simple instrumento, es un mundo, un universo paralelo, que puede ser una alternativa al mundo físico.
Las preguntas están servidas: La introducción de internet en nuestra vida ¿nos ha hecho más libres y creativos, o más dependientes y menos originales? ¿Potencia al ser humano, o nos perjudica de manera irremediable?
La dependencia del universo virtual
La dependencia es la necesidad que sentimos de una cosa hasta el punto de sentir que no podemos vivir sin ella. Hay dependencias sanas y malsanas. Una dependencia es sana cuando favorece el desarrollo personal. En cambio, la dependencia se hace enferma o patológica si impide el desarrollo de la persona, atrofia sus posibilidades y pone en grave riesgo su salud.
La dependencia se manifiesta en la búsqueda y repetición de un determinado comportamiento, y, desde el punto de vista psicológico, el sujeto está totalmente absorbido por el objeto de la propia dependencia.
Las consecuencias negativas que se derivan de esta situación repercuten sobre toda la vida de la persona, provocando una condición de sufrimiento general.
Dos datos son fundamentales para diagnosticar una dependencia patológica de internet: primero, la persona tiende a desatender las relaciones en la vida real y se empobrecen sus intereses; y segundo, usa el ordenador mayoritariamente para un tipo de modalidad online: chat, juegos de azar, videojuegos o páginas pornográficas.
Si entramos ya en el tema de la dependencia del mundo virtual, Cucci detecta en la comunidad médica oficial un cierto pudor o reparo a conceptualizar y tratar la dependencia ligada a internet. Mientras que muchos profesionales de la salud se muestran alarmados por la avalancha de casos de dependencia a internet que tienen que atender, hay una resistencia en los manuales médicos oficiales para dar publicidad al tema.
Pero la realidad es muy tozuda y desgraciadamente bastante dramática en estos casos: Cucci comenta el informe del Ambulatorio para las dependencias de internet del Policlínico Gemelli de Roma: En tres años, han recibido más de 550 personas. El 20% adultos y el 80% jóvenes. Los adultos presentan dependencias ya conocidas, al sexo y a los juegos de azar, simplemente ampliadas ahora por internet. En los jóvenes la situación es diferente. Tienen entre 11 y 23 años, y se caracterizan por huir del mundo real, prefiriendo vivir relaciones no corporales. La pantalla es para ellos como un escudo protector. En Japón han inventado un término para definirlos: los hikikomori (los que se aíslan).
En realidad, aunque se quiera esconder o minimizar, el problema es mundial, global. La alarma se ha despertado sobre todo por algunas noticias que se han producido, especialmente en Asia. Noticias que ya no lo son porque se hacen frecuentes y cotidianas:
«En el Nordeste de la China un hombre de 26 años con sobrepeso muere después de una sesión de juego ininterrumpida durante el periodo de vacaciones del Fin de año chino».
«En el Sur de China, un hombre de 30 años muere, después de haber jugado online ininterrumpidamente durante tres días».
La dependencia virtual presenta las mismas características de otras dependencias: es la búsqueda ansiosa de placer, y la persona tiene que recurrir a dosis siempre más altas. Y a peores resultados obtenidos más incremento de tiempo de búsqueda y de energías.
¿Paraíso digital o Infer.net?
Nicholas Carr hacía notar que lo que más le inquietó de la película de Kubrik, 2001: una odisea en el espacio, no era tanto el riesgo de que el ordenador pudiera sustituir al hombre, sino que los hombres, al acercarse al ordenador, terminaran por comportarse como máquinas: Nosotros empezamos a tratar la información como si fuesen bytes, todo es cuestión de velocidad de localización y de lectura de datos. Nosotros transferimos nuestra inteligencia a la máquina, y la máquina nos transfiere su modo de pensar.
Carr habla de este modo porque experimentó la dependencia de internet. Por eso la ha descrito de manera muy realista: Me di cuenta que internet ejercitaba sobre mí una influencia increíble. Mi cerebro tenía hambre. Pedía ser alimentado del modo en que internet lo alimentaba, y cuanto más lo alimentaba más hambre tenía. Incluso cuando estaba alejado del ordenador, deseaba controlar los emails, hacer clic en los links, buscar en Google. Quería estar conectado.
Pero esto no era lo peor, dice Carr, sino el empobrecimiento interior: la abundancia de datos a disposición influye negativamente en la atención, la reflexión y la concentración, en la capacidad de «digerir y asimilar» de modo personal.
Una de las ventajas de internet, que todos los usuarios agradecemos, es la accesibilidad. Pero desde la perspectiva de la dependencia esta ventaja se transforma es un riesgo permanente.
Es la historia del anillo de Giges, que cuenta Platón en La República: el anillo daba la invisibilidad a quien lo poseía y podía hacer lo que quería. Uno de los personajes de la República hace referencia a esta leyenda para ejemplificar su teoría de que todas las personas por naturaleza son injustas. Solo son justas por miedo al castigo de la ley o por obtener algún beneficio por ese buen comportamiento. Si fuéramos invisibles a la ley, como Giges con el anillo, seríamos injustos por naturaleza. Sócrates se opondrá a esta visión tan negativa de la persona.
Tolkien, en El señor de los anillos, hará una versión de este mito, sin llegar a la negatividad esencial de la naturaleza humana, pero advirtiendo de la capacidad seductora, casi irresistible, del poder.
El anillo está fácilmente a disposición de quien navega por internet. El mundo virtual permite al usuario, como a Frodo en El señor de los anillos, acceder a la invisibilidad, sin darse cuenta de que este poder lo va modificando hacia su peor versión. La invisibilidad lleva a un aumento de la sensación de omnipotencia y a una disminución de la conciencia de dónde se entra, de lo que se dice y de lo que se «sube» a la red. Casos de violencia, de acoso, de suicidios inducidos debido a la destrucción que la imagen realizada por medio de las redes sociales, son desgraciadamente una realidad no virtual que nos golpean día a día desde las noticias.
¿Es internet la causa de todos estos males? No. Pero estas situaciones se agravan y se difunden en sus efectos nocivos gracias a la difusión y distorsión que permiten las tecnologías informáticas.
No entro a analizar las propuestas que existen en EEUU, Canadá y Japón para sustituir las carencias afectivas por medio de máquinas-robots. David Levy, empresario de robótica, publicaba en 2007 su gran éxito comercial: Love and sex with robots. Y lo vendía así: los robots no traicionan, no defraudan, no envejecen, no son egoístas, y están siempre a disposición del usuario.
¿Cuál es uno de los problemas de fondo? Que se ha puesto como meta de la felicidad el «sentirse bien», que se ha erigido el «me gusta» como criterio de moralidad, de lo que es bueno. Pero sentirse bien no puede ser la medida de todas las cosas. Me puedo sentir bien por motivos totalmente equivocados.
Cómo usar internet sin hacernos esclavos
Pero seamos realistas: Ya no se puede prescindir de internet. Yo mismo no podría haber escrito este artículo sin la ayuda inapreciable de internet.
Nos toca asumirlo y gestionarlo bien, aprendiendo a protegerse y usar mejor estas nuevas, enormes y fascinantes posibilidades, conociendo los riesgos.
Volvamos al tema del riesgo de la dependencia de internet. El punto clave es el propio pensamiento, la manera en la que nos relacionamos con las cosas y con las personas. Pararnos y preguntarnos: ¿quiero hacer esto?
Ser conscientes implica la capacidad de pararse, y esto es fruto de ejercicio y entrenamiento; no es espontáneo ni automático, por eso requiere un esfuerzo, requiere voluntad.
La vida espiritual, la dimensión interior de la persona, sede de la libertad y de la voluntad, no tiene nada que ver con la dispersión y con la velocidad de datos. Es más, la dinámica de internet, de por sí, tiende a debilitar la dimensión interior de la persona.
Frente a esto, habituarse a desconectar, nos hace redescubrir multitud de posibilidades que ofrece nuestro riquísimo mundo interior.
La única verdadera alternativa es aprender a utilizar de modo crítico y consciente el mundo de internet, o caeremos en la dinámica del vicio, donde es la persona la que está al servicio de las cosas y no al revés.
Algunas pistas educativas frente a la dependencia de internet
1.- Ser consciente de las distracciones y afrontarlas
E-mails, páginas web, películas, periódicos, redes sociales, juegos, son fuentes de distracción posibles y muy potentes.
Se piensa erróneamente que es bueno, de vez en cuando, concederse una breve y merecida pausa en lo que estoy haciendo, y nos enganchamos a las distracciones del mundo virtual. Tengamos claro que no es un descanso ni una distracción: es una trampa.
2.- Estar atentos al síndrome del «multitasking»
«Multitasking»: ser capaz de desarrollar varias tareas a la vez.  Este es un síntoma que manifiesta la infección de la dinámica de la máquina en nuestra vida.
El problema es que este hacer varias cosas a la vez, que se estimula por el uso de las TIC, nos lleva al agotamiento y al estrés. Y esta situación debilita la voluntad y nos hace presas fáciles para la dependencia. ¿Cómo abordarlo? Primero, ser conscientes de esta tendencia y de su perjuicio; segundo, contradecirlo siempre que se presenta como una opción.
3.- Cuándo desconectar
Conocerse a uno mismo significa saber cuándo es el momento de hacer un parón. Debemos estar muy atentos con el exceso en el trabajo. La ansiedad que provoca el trabajo excesivo, conlleva psicológicamente un deseo de compensación, de regalarse para satisfacer el desgaste. El cansancio excesivo anula todas nuestras barreras, y los vicios entran a placer.
Navegar por internet nunca debe ser el premio o el escape a una jornada de trabajo. Porque no estamos desconectando, que es lo esencial para el descanso y para recargar las baterías.
4.- Qué hacer para combatir la dependencia
Lo primero es ser consciente de ello. Un test sencillo: ¿Puedes vivir sin el móvil? ¿Lo apagas de noche?
En segundo lugar, comentarlo y pedir ayuda. No hay nada peor que pensarse autosuficiente, y que se tiene el control de la situación.
En tercer lugar, debemos reapropiarnos del poder de la decisión, buscando romper con los automatismos. Cada vez que te vayas a conectar plantéate una serie de preguntas: ¿qué gano consultando internet? ¿Cómo me he sentido antes y después de la consulta? ¿Siento resistencia a este poner límites a mi conexión?
En cuarto lugar, controlar el tiempo que dedico cada día a navegar por internet.
En quinto lugar, campaña de «inter-less» y «móvil-less» nocturna: desconectar a determinadas horas. Es una medida eficaz pero costosísima. Da muchos beneficios porque puede uno descubrir cosas tan maravillosas como la lectura, la convivencia y la dedicación a la propia familia…
En realidad, la solución más eficaz frente a la mayoría de las dependencias es la abstinencia. La abstinencia mejora nuestra vida, la creatividad, la salud, el sueño, el ánimo, la capacidad de relación.

En el caso de la dependencia a internet,  sea de la modalidad que sea, la libertad significa saber desconectar a tiempo y volver a coger las riendas de la propia vida. En el fondo, volver a la máxima de Ignacio de Loyola: De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden.

¿Estudiar o aprender?

La profesora aleccionaba al jovencito sobre la necesidad del esfuerzo y del estudio para poder aprobar hoy y ser alguien el día de mañana. El crío con un desparpajo impropio de su edad, le respondió: Vamos a ver maestra: ¿hemos venido a estudiar o a aprender?
Esta anécdota que hace años me contó Santiago Arellano, amigo y maestro, me ha dado pie a reflexionar muchas veces sobre la educación actual. Lo que no podía nunca imaginar es que la duda de aquel jovencito se convirtiera en dogma de muchos de los actuales pedagogos y educadores contemporáneos: se puede aprender sin esfuerzo. Si fracasa, la culpa siempre será de los demás, nunca del niño o del joven.
Existen muchos motivos para estar preocupados por la educación de los jóvenes como vimos en un artículo anterior (Estar nº 300) y escuchamos en cualquier conversación. Sabemos que todos educamos de un modo u otro y que no podemos esperar a que los demás nos solucionen el problema, pero a veces se nos olvida lo más importante.
Tiempos difíciles son aquellos en los que hay que demostrar lo evidente. Y de eso tratamos en el artículo de hoy, de una evidencia: No podemos educar si el joven no quiere educarse. Cosa distinta es cómo convencerle de que quiera, de que asuma el esfuerzo que supone toda educación y aprendizaje.
El protagonista es el niño, el joven al que le preparamos para un largo viaje como es su propia vida. A medida que pase el tiempo, él debe asumir cada vez más protagonismo y responsabilidad. Será un viaje largo, cuyo final de etapa ni el propio educando conoce. Los educadores no conocemos ni la mayor parte de los peligros y dificultades que le surgirán, ni muchos de los medios e instrumentos que tendrá a su alcance, por lo que nuestro papel no pasa de ser entrenadores de una travesía que él debe realizar. No podemos tener respuestas para problemas que ni siquiera conocemos.
¿Significa ello que no podemos entrenarles, educarles? Todo lo contrario. En medio de las numerosas ofertas formativas e informativas, en medio de la lluvia incesante de información y datos, es más necesaria que nunca la presencia de un educador que le entrene para una larga carrera, que transmita criterios, consejos, cariño y exigencia.
Hay que recordar lo evidente: quien debe avanzar por el proceloso mar de la vida, quien debe aprender, crecer es el propio hijo, alumno o amigo. En la célebre película Matrix, el maestro Morfeo le dice a Neo:
Con el tiempo aprenderás que hay diferencia entre conocer el camino y andarlo. Yo solo puedo mostrarte la puerta, eres tú quien debe abrir.
Nadie puede vivir por otro, nadie puede ser educado por otro. La travesía educativa requiere del compromiso del propio educando. No se trata, por tanto, de llevarle en brazos, de evitarle todo tipo de dificultades o retos, como pretenden algunas corrientes educativas actuales.
Hay que recordar, aunque no esté de moda, o precisamente por ello, que se pueden tener buenos o malos gobernantes, padres o profesores. Se pueden tener mejores o peores sistemas y recursos, pero en ningún caso está garantizado el éxito si el alumno no es consciente de que puede y debe esforzarse por superar las limitaciones tanto externas como internas. No puede haber educación si el alumno no se considera protagonista de su educación; como derecho, sí, pero también como deber.
Todo educador, ya sea madre, padre, maestro, etc., debe aceptar y respetar, por muy doloroso que sea, la libertad y la responsabilidad del educando. Éste tiene muchos dones, talentos y recursos, tanto internos como externos, pero el pleno desarrollo de ellos depende, en última instancia, del ejercicio que haga de su libertad, de la capacidad de superarse, de esforzarse, de dar respuesta de sus propias acciones u omisiones.
Educar es mostrarle y entrenarle para la vida que le espera, una vida exigente que no exime de ningún esfuerzo y, más aún, en una sociedad competitiva, sí, pero también una sociedad donde es posible mejorar personal y colectivamente si cada uno aporta lo mejor de sí. Escamotearle sus responsabilidades hoy es garantizar su fracaso personal y social del mañana.
Pueden fallar las leyes, los sistemas, los presupuestos y un largo listado de instrumentos materiales o conceptuales. Nada de ello, menos aún la situación política actual, podrá servir de excusa para justificar el fracaso de una vida mañana.
Termino con un dialogo del escritor brasileño Pedro Bloch:
¿Rezas a Dios?
Pregunta el poeta al niño.
Sí, cada noche.
Contesta el pequeño.
¿Y qué le pides?
Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Confieso que si en lugar de Dios pongo sistema, sociedad, gobierno o clase política, la cita me da razones para el optimismo si los alumnos de hoy asumen su responsabilidad y no esperan que les demos todo hecho.

Nunca como ahora tuvo más vigencia aquella llamada de Kennedy en el día de su investidura, hace ya más de cincuenta años: No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país.

la despedida de amparo los límites de un corazón libre

La Biblioteca de Autores Cristianos ha publicado recientemente una selección de cartas del P. Tomás Morales (Vida y obras de Tomás Morales, SJ. III Epistolario, Madrid 2016), en edición preparada por María Victoria Hernández, postuladora de la causa de canonización del siervo de Dios Tomás Morales, con prólogo de Mons. Carlos Osoro. Se trata de un elenco de 543 cartas de las más de 2.700 que se conservan. Están distribuidas en cuatro grandes apartados: a su familia; a Cruzados y Cruzadas de Santa María; a religiosas de vida contemplativa, fundamentalmente carmelitas descalzas; y a destinatarios varios.
Aunque dentro de esa selección se ha integrado en el cuarto bloque la que envía como despedida a su novia, Amparo García Monsalve (nº 466, pp. 438-439), sin glosa alguna, nos ha parecido interesante reproducirla aquí con algunos comentarios, dada la importancia que tuvo dentro de la vocación del P. Morales.
Me gustaría señalar en primer lugar cómo la carta nos llegó de forma fortuita, siguiendo esas mil casualidades que tiene la vida. Yo tenía en la Universidad Autónoma de Madrid un alumno de latín con el que trabé gran amistad. Un día en la tutoría me comentaba que había tenido el día anterior una interesante tertulia en casa de los García Monsalve. Le interrumpí para preguntarle si en esa familia había una Amparo. Sorprendido, me dijo que sí. «Y tú, ¿cómo lo sabes?» —me preguntó. «Es que fue novia de Tomás Morales —le dije—, cuya vida estoy ahora escribiendo». «¡Pero si es mi cuñada!». Cuando Amparo murió, seis meses después del P. Tomás (16-III-1995), su hijo se puso en contacto conmigo para dármela.
Tomás la escribe el 6 de mayo de 1932 desde Bolonia. Se encuentra en ese momento en una encrucijada de su vida, un cruce de caminos entre la llamada a una vocación religiosa y la atención a un amor humano. La carta es fundamental para su proyección futura, porque aunque deja traslucir que ya había cortado afectiva y efectivamente con ella, una vez formalizada por escrito la renuncia a este afecto, quedará libre para ocho días más tarde decir SÍ a la llamada que siente recibir de Dios.
El rejón del amor humano
¿Quién era Amparo? ¿Cómo entablaron su relación? ¿Cuánto duró? ¿Qué produjo la ruptura? ¿Cómo reaccionó ella al leer la carta? Muchas preguntas podríamos hacernos y a varias podemos responder. Se conocieron en Barcelona, en la Exposición Universal de 1929; era septiembre. Tomás tenía veinte años, ella tres menos. Tomás paseaba trajeado por las calles y pabellones de Montjuic acompañando a los representantes extranjeros que habían ido a Sevilla al Congreso de Pax Romana, y habían aprovechado para acudir luego a Barcelona a ver la Exposición Universal.
Amparo había ido en tren con su hermana Ana María. El trayecto fue penoso y casi pudo convertirse en trágico. El tren descarriló a mitad de recorrido y —me contó ella en su día— «nosotras hicimos promesa a la Virgen de que si no nos pasaba nada, ese día iríamos a misa, confesaríamos y comulgaríamos. Un hambre horrible. Figúrate, en esa época el ayuno eucarístico era de doce horas. Estuvimos más de veinticuatro sin probar bocado para cumplir la promesa que habíamos hecho. Imagínate qué hambre. Fuimos unas tontas».
Las hermanas García Monsalve llegan sanas y salvas a Barcelona. Allí se juntan con sus amigos Domingo, José Luis y Mª Victoria de Arrese, tres hermanos con los que congenian a las mil maravillas. Paseando juntos por el recinto ferial se encuentran casualmente, como suele ocurrir casi todo en esta vida, así, por culpa de esa providencia que solemos llamar azar o casualidad, con Tomás. «Todavía lo estoy viendo. Él estaba de espaldas, muy bien vestido, paseaba solo. José Luis, que era muy amigo suyo, nos presentó».
José Luis de Arrese estudiaba Arquitectura y pertenecía, como Tomás, a los Estudiantes Católicos, de los que era un activo miembro. Oriundo de Bilbao, con el tiempo formaría parte de sucesivos gabinetes del Gobierno por un largo período de 14 años (1943-1957), como Secretario General del Movimiento y ministro de la Vivienda. Sería hombre de indudable influjo en la vida nacional de los años cincuenta, y pieza decisiva en el desarrollo de la constructora de viviendas del Hogar del Empleado que había de fundar el padre Tomás Morales, SJ.
A Tomás se le va a complicar ese día la vida, no cabe duda. Amparo era una joven de diecisiete años, pequeñita y simpática, que sabía atraerse las miradas de cuantos estaban con ella. De buena familia, su padre, Miguel García, había sido juez en Valencia. Hacía unos años que había ido destinado a Madrid como magistrado del Tribunal Supremo. Amparo había pasado unos años interna, ¡casualidades de la vida!, en el colegio de los Sagrados Corazones de Chamartín, justo enfrente del colegio de Nuestra Señora del Recuerdo, donde Tomás estudió siete años interno.
A Tomás se le trastoca la vida, porque él comienza entonces quinto curso de Derecho, pero además de estudiar y de organizar saraos en el viejo caserón de San Bernardo (la Universidad), tiene ahora que pasar tiempo con los amigos, y con esta joven que ha conocido en Barcelona. Un noviazgo requiere tiempo, estar con el otro, y eso es precisamente lo que Tomás no está acostumbrado a gastar.
Tiempo para salir, pasear, hablar… Amparo no es propiamente su primer amor, ni siquiera el primero correspondido, aunque sí el más estable. El verano anterior (1928), estando en el balneario de Corconte (Burgos), en esos días de holganza estival, tranquilos, sin prisas, se fijó en una chica, aunque ella no se fijó en él, sino su prima, que a Tomás no le interesaba nada. Un triángulo de búsquedas sin encuentro. Todo quedó en sueños de una noche de verano, requiebros y lances fallidos. Así lo narraba él en una plática:
«Hace unos cuantos años, cincuenta y seis o no sé cuántos, resulta que yo estoy aquí [Compañía de Jesús] porque estaba enamorado de una, y esa era prima hermana de una que estaba enamorada de mí. Y a mí me tenía sin cuidado esta y me interesaba la otra. Y durante quince días en un balneario del norte de España […] me digo: ‘Estupenda ocasión’, pero claro, la interfecta, por ser fiel a su prima, pues nada» (Ejercicios, 21-VIII-1988).
Pero esta vez es distinto, no quiere dejar pasar la oportunidad. Pasean. ¿Adónde van? Pues a los lugares de moda en el Madrid de entonces, a pesar de que la crisis de 1929 también le llegó a la capital madrileña. Tanto ella como Victoria de Arrese, a las que tuve la oportunidad de entrevistar en 1992, me cuentan cómo por las tardes se asoman por el café Molinero, cerca de la iglesia de San José. Molinero se había hecho famoso en Madrid porque a todo cliente, aparte de la consumición le daban de entrada agua con un azucarillo, mezcla de almíbar, clara de huevo y zumo de limón que, al empaparse en agua, se deshace y la endulza.
A veces acuden a La Granja del Henar, un café típico en la calle de Alcalá; o se acercan a Garibay, que abría sus puertas en la Gran Vía. Los fines de semana hay plan especial. A veces acuden a los conciertos que se dan en la Sociedad Cultural, en la calle Príncipe, o van a pasear al Retiro. Véanlos dar una vuelta con la madre de alguno de los dos. Pasear en los años veinte una pareja no era como hoy. Caminar solos era propio de un matrimonio. Los novios o los amigos paseaban en compañía de alguien, sobre todo con la madre de uno de los dos. ¿Usted ha oído la expresión ‘ir de carabina’? Pues eso.
A Amparo le encanta bailar, pero no logra llevarse a Tomás. La empujan su hermana Anamari y Victoria, que tienen seis años más que ella y están más puestas en hombres, es decir, que saben más de coquetear, templar y contemplar, rogar y hacerse de rogar, tantear y torear a jóvenes; que los han tratado, en definitiva, porque en este tema como en tantos otros, la experiencia, que debe llevar a la naturalidad, lo es todo. Tomás no quiere ir a bailar. De vez en cuando acude con ellas a Sakuska, local donde ofrecen música, baile y canciones. Se encuentra en la calle Alcalá, cerca del recién construido Palacio de Telecomunicaciones, más conocido como Correos. Por un té completo con música les sale la tarde por dos pesetas, pero «el atractivo estaba en aquel príncipe ruso que salía a cantar y luego se empezaba a meter con todas las chicas; era muy guapo» (Victoria de Arrese), y eso les encantaba.
En esa época era muy normal también reunirse en casas particulares para pasar la tarde y bailar al son marcado por el gramófono, que a veces perdía revoluciones y deformaba la música. Salía más barato. Estas familias están muy bien relacionadas. Una docena de jóvenes universitarios y veinteañeros en general. Sin frivolidad, con naturalidad en el trato, que no excluía la cortesía.
Las oposiciones suspendidas
Tras casi dos años de relación, en mayo de 1931 Tomás suspende las oposiciones de abogado del Estado. Intelectualmente ha pasado un año muy intenso, así que decide descansar unos días. Cambia el ritmo de vida. Amparo se ha ido a vivir con su abuela a un piso que tienen en la calle Covarrubias, esquina con la calle Génova. Él ya no tiene que cantar temas al preparador. Empieza a asistir a misa de 9 con ella en la iglesia de Santa Bárbara. Después se quedan a hacer unos minutos de meditación y desayunan juntos.
Ella le sigue invitando al baile, pero a Tomás esta diversión no le va. «Era un poco tostón —me dice Mª Victoria de Arrese—, más que un novio parecía un director espiritual». Quizás por eso Tomás caía tan bien en la familia de Amparo. «Me solía insistir cada día —explica Amparo— si había hecho la meditación, la lectura espiritual, etc.». Claro, que todas estas apreciaciones se refieren ya a este último período de relaciones, 1931, no a los inicios, cuando «era realmente encantador». ¿Qué le ha hecho cambiar a Tomás de actitud? Quizás una llamada que lleva dentro, aunque él no vea claramente cuál es la voluntad de Dios. O quizás la ve, pero no se decide. De los Estudiantes Católicos estaban saliendo espléndidos profesionales y católicos que se estaban casando, y que querían cambiar un catolicismo aburguesado por otro más comprometido.
Han pasado ya dos años de relación y Tomás quiere ver clara su vocación. Sabemos por la Memoria de la Junta de Ampliación de Estudios que, en su sesión del 2 de octubre, le concedieron una beca de seis meses para ir a Alemania, sin especificar a qué ciudad, a realizar estudios de Derecho Administrativo. Sin embargo, no hará uso de ella, ya que el 7 de noviembre de 1931 solicitará al Patronato del Colegio de España una beca para ir a Bolonia a doctorarse en Derecho. Se la conceden. Cuando en enero de 1932 parte para la ciudad italiana, su despedida temporal tiene algo de definitiva. Parte para estudiar, pero también para comprobar si lejos de Amparo siente la vocación.
Un corazón libre
Se ha hecho siempre mucho hincapié en cómo recibió Tomás la llamada a raíz de una breve carta de un amigo de los Estudiantes Católicos recién entrado en el noviciado de la Compañía, y cómo él dijo SÍ inmediatamente. Pero quizás nunca se ha incidido lo suficiente en que ocho días antes de aquella gracia de Pentecostés (14-V-1932), Tomás había quedado libre en su interior, había cortado todas sus amarras, se había sentado a escribir a Amparo… tras verlo claro. Años más tarde, en su predicación, insistirá en que para poder llenar un vaso de buen vino, previamente lo has debido vaciar de agua o del líquido que contenga. Si el vaso está lleno, el líquido que quiere verterse dentro no puede entrar.
Sí, el 6 de mayo de ese año le escribe una carta, modelo de equilibrio y madurez, felicitándole por su santo, en la que se despide y le indica cómo ha jugado siempre limpio con ella. Se trata de una carta entrañable, la más antigua que conservamos de su puño y letra. Está escrita en una cuartilla por los dos lados, con orientación vertical, con letra caligráfica y firma autógrafa.
Tomás deja a Amparo, pero entra en el noviciado con la rica experiencia de un amor humano. Nada de lo que se hace con recta intención resulta baladí. Opta por la vocación religiosa tras conocer el mundo. Para llegar a escribir ese escueto texto ha debido hacer un largo discernimiento. Esa rica experiencia le servirá en su dirección espiritual para aconsejar a cuantos dirige. «Sesenta años se cumplieron el miércoles 13 mayo 1992 en que la Virgen hizo el milagro, a los quince años de aparecerse en Cova de Iría. El milagro, ¿en qué consistió? Aquellas palabras que yo había oído muchas veces y había leído muchas veces, me derribaron del caballo; del caballo de mi carrera, del caballo de mi doctorado, del caballo de mi novia, de mi familia a quien quería mucho, que me estaba esperando en Madrid» (Homilía, 24-V-1992).
Nunca más se vieron, prueba irrefutable de que eran mucho más que buenos amigos. Tomás, ya desde el noviciado, le comunicó su ingreso en la Compañía. Ella era joven, no quedó para vestir santos. Se casó en Madrid en 1943 y rompió, ¡lástima!, todos los recuerdos personales que le ligaban a Tomás. Tan solo quedó esta carta.
Pero esta no es una carta más.
* * *
Bologna, 6 de mayo de 1932
Mi buena amiga Amparo:
No quiero dejar pasar el día 10 de mayo sin que recibas mi felicitación. Por eso salen estas líneas desde Bolonia con la suficiente anticipación para llegar a tus manos el día de tu santo.
Supongo que te dignarás aceptar, entre las muchas felicitaciones que en este día seguramente recibirás, la de un buen amigo, que siempre te recuerda como te mereces y que un día te quiso —tú, mejor que nadie, lo sabes— con toda su alma, convencido plenamente de que eras tú la mujer que la Providencia ponía en el camino de su vida, para unir con ella su suerte en la presencia de Dios. No fue así y en cuanto me convencí de ello y obrando como me dictaba mi conciencia, decidí cortar cristianamente las relaciones que nos unían, sobreponiéndome al natural dolor que me producía ver caer desechas (sic) mis primeras ilusiones.
Como ves, procuré proceder siempre con toda la rectitud que supe y por ello creo que aceptarás mi felicitación en el día de tu santo, acompañada también de mis mejores deseos. Que seas muy feliz, Amparo, y que para serlo te propongas ser cada día más cristiana y cumplir cada vez mejor la voluntad de Dios sobre ti, fundamento de toda verdadera felicidad. Es esto lo que te deseo de todo corazón y, para que se convierta en realidad, no faltan mis oraciones diarias, como tampoco faltarán especialmente el día de la Virgen de los Desamparados.
Recibe un afectuoso saludo de,
Tomás Morales


Henri Ghéon (1875-1944)

El hombre nacido de la guerra
Por Jesús Amado
Extracto de la carta espiritual publicada por la Abadía de San José de Clairval en Flavigny sur Ozerain (Francia)
 Henri Ghéon nació en 1875 en Bray-sur-Seine (Francia). Hijo de madre cristiana y de padre no creyente. Las pasiones juveniles y el mal ejemplo de su padre hacen que rechace tempranamente toda idea religiosa.
Ya adulto, Ghéon se establece como médico en su pueblo natal: «Aprendí esa profesión para asegurarme la independencia, y ejercí de médico durante ocho años con lealtad, aunque sin pasión». Eso le permite escribir en horas libres. De gran sensibilidad, reconoce que el arte «recoge el cetro de Dios, que se ha quedado sin herederos. La belleza en todas sus formas —literatura, música, pintura— es la dama a la que debe servir el artista».
Visita Florencia, y allí Henri descubre a Giotto y al beato Fray Angélico. En su arte puede ver no solamente belleza, sino una fe que rezuma de los rostros virginales, de los cuerpos castamente vestidos, de las actitudes y de las miradas. Él, sensible como es —solloza de emoción en el claustro del convento de San Marcos—, no puede evitar sentirse conmovido: «En San Marcos, donde Cristo expiraba en la cruz —escribe— y donde la Virgen esperaba al Ángel en un pasillo desnudo y silencioso, incluso nuestros sentidos poseían alma. El arte ya me había transportado antes, pero nunca tan alto».
De regreso a Bray, Ghéon vive con su madre ya viuda, a la que ama con pasión (de ella dice que «la buena mujer lo asumió todo: el pecado de mi negación religiosa y el desvelo por mi salvación»). El arte de Fray Angélico le había conmovido, pero entonces llega el sufrimiento. Muere su madre en accidente. Durante la misa de funeral, «fijé la mirada en la Eucaristía que elevaba el sacerdote para decir: “¡No estás! ¡No! No puedes estar, porque no me habrías robado lo que más amaba”».
En agosto de 1914 estalla la guerra. Henri Ghéon, demasiado débil de salud, es declarado inútil para el servicio. Sin embargo, desea compartir los peligros de los hombres de su edad, por lo que se enrola como médico en la Cruz Roja. Y es allí, entre las trincheras, donde tiene un encuentro providencial con un oficial de profunda fe: Pierre Dupouey. Nacido en una familia católica, Dupouey había rechazado el dogma, «que pesaba —decía— como una losa insoportable en el pensamiento y en la moral». Pero en 1911 Dupouey se casó con Mireille de la Ménardière, y el ejemplo sólo de esa joven cristiana, pura y recta, consiguió más que todos los libros para reconducirlo a Dios. Ambos esposos llevaron una vida acompasada por la lectura de autores cristianos, la práctica de los sacramentos y las buenas obras.
El 28 de enero de 1915 es la fecha en que Ghéon y Dupouey se encuentran por primera vez. Vuelven a verse, de forma que profundizan en la amistad y en las confidencias. Escribirá Henri más tarde: «Sin sospecharlo, Dupouey se hace cargo de un alma, la mía». Intempestivamente, el 3 de abril, sábado santo, una bala enemiga abate a Dupouey. Pero la semilla ha quedado plantada y apunta ya el fruto. Henri recibe una carta de su viuda, Mireille, que entre otras cosas le dice: «Dichosos los corazones para quienes la muerte es lo contrario de la nada y el amor supera la tumba. ¿Acaso se llora por un santo?». Medita sin cesar sobre esa muerte, sobre esa carta. Es la brecha por donde se precipita la gracia. El Dupouey muerto no puede estar muerto por completo. Y si sobrevive, significa que Dios existe.
Ghéon, conmovido, responde a Mireille con una confianza total, manifestando el tormento de su alma y su agradecimiento emocionado hacia quien le ha reabierto la puerta de la fe. Ella le escribe de nuevo: «Pierre se había entregado a Dios, está rezando por usted. Desde allí adonde debemos llegar cueste lo que cueste, el Corazón de Dios le está llamando a usted a gritos, mediante la voz de su tormento interior».
Una mañana de noviembre de 1915, a Ghéon le traen de París el Nuevo Testamento que había pedido. Escribe: «Cuando los que más se sorprenden de mi cambio exclaman indignados: “¿Ya no es usted un espíritu libre?”. Contesto: No, amigos míos, ya no soy libre de mí mismo, de lo que me alegro en el fondo de mi alma. Dios me ha dado un intérprete de su elección; leeré a Dios con los ojos de otro, como lee la Iglesia, como leía Dupouey».
«Comencé a leer el Evangelio el mismo día del mayor bombardeo sufrido en nuestra zona. Cuando se hizo la calma, leí en San Mateo: “Ella concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. ¡De sus pecados! Lo confieso con dolor: hasta ese momento, la figura de nuestro Señor me resultaba desconocida. No medía la profundidad de su amor, de su pobreza, de su pureza, ni siquiera de sus sufrimientos. El Dios que amaba era un Dios de gloria y de triunfo, y no un Dios de miseria y de humildad. ¡Y pensar que sufrió, y el céntuplo! Como veo que sufren mis hermanos a mi alrededor. ¡Un Dios ha sufrido todo eso!». Y un poco más tarde: «¡Oh!, triste bruma de noviembre, barro helado, combates inciertos. La señora Dupouey me ha propuesto las Meditaciones sobre el Evangelio de Bossuet. Le he contestado a vuelta de correo: “Mi fe se hace ávida, pero no se decide a rendirse. ¿Por qué cambiar, Señor?, ¿acaso no estoy cerca también de ti?, ¿no he hecho meritorios esfuerzos?, ¿qué más necesitas?”».
Días después Ghéon entra en una iglesia. Es el domingo anterior a Navidad. Durante la homilía, el capellán habla del misterio del Niño Dios que llega, animando a todos los soldados a glorificar al Salvador y a prepararse para la Comunión. Esta vez, «no hubo ni debate ni tentativa de rebelión. Está decidido: comulgaré en Navidad. Fue cosa de un segundo. Ya no hubo ni temor ni timidez, ni orgullo ni prevenciones. Comulgaré en Navidad. Mientras el sacerdote entona el Credo, con la frente baja, me preparo».
«Desde entonces —continúa Henri Ghéon— sólo me preocupa una cosa: preparar mi confesión general. Hay que entrar en la cloaca, revolverla, vaciarla, rascarla hasta el fondo. ¡Horror! Encuentro de todo en mí. Puede que no haya ni un mandamiento de Dios o de la Iglesia al que no haya faltado de cerca o de lejos, en mi existencia sin reglas. Acudo a la cita tembloroso como un condenado».
A medida que confiesa sus pecados, siente una hez espesa y amarga que, grumo a grumo, le purga el corazón: «Con todo ese veneno en sus fibras, ¿cómo podía vencer, vencer la alegría y el dolor? ¡Oh, delicias sin nombre de un corazón que se abre y renuncia a sí mismo! He confiado todo a un hombre, y Dios me contesta: “¡Vaya en paz!”. Cuando se levanta, tiene veinte años menos, veinte años de pecados. Un gozo desconocido lo transporta».
Comulga por fin el día 24, y esa noche, con la lectura de las Meditaciones sobre la Eucaristía, que le había regalado Mireille, una enorme paz desciende sobre él. Escribe: «A medianoche, Dios celebraba su fiesta en mí y me hablaba». Pierre Dupouey había muerto la víspera de Pascua del mismo año 1915: la Navidad cosechaba lo que la Pascua había sembrado.
Después de la guerra Ghéon regresa a París. Para servir a la verdad y cooperar en la salvación de las almas publica un libro que narra su conversión: El hombre nacido de la guerra. El esteta convertido acaricia entonces la idea de suscitar un arte popular cristiano en la línea de los «misterios» de la Edad Media, fundando los «Compañeros de nuestra Señora», una especie de cofradía de teatro de aficionados con objetivos netamente apostólicos. Antes y después de cada representación, el programa de los Compañeros de nuestra Señora se compone de misa, comunión y plegaria. Serán muchos los actores que pasarán del escenario a la vida consagrada. Ghéon, que en caso de necesidad hace de actor, de guardarropa o de tramoyista, es ante todo guionista y director. Propone una «imaginería del Evangelio o de la vida de los santos», hasta tal punto que se montan y se representan más de sesenta obras, por todas partes, tanto en provincias como en París: El pobre bajo la escalera (san Alejo), El comediante y la gracia (san Ginés), El misterio de san Luis (representado en la Santa Capilla, en París), Navidad en la plaza, etc. Su éxito llega hasta Bélgica, Holanda y Suiza; incluso la Academia Francesa le concede un premio. Escribe también poemas (Los cánticos de la vida y de la fe), novelas (Los juegos del cielo y del infierno) y biografías (El cura de Ars, Santa Teresa del Niño Jesús). Ghéon es un hombre lleno de genio, de verbo inagotable, pero sencillo, cordial y acogedor para con los demás.
En junio de 1944, hallándose en París enfermo y solo, sucumbe en una clínica, después de que un padre dominico le haya suministrado los últimos sacramentos. Le visten con su hábito blanco, pues era terciario dominico y llevaba en religión los dos nombres de su mejor amigo: Pierre-Dominique.

El ejemplo de Henri Ghéon nos conforta, ya que su fe no es ni «opio» ni vetustez, sino realidad decisiva y última. En cuanto a los no creyentes, la larga búsqueda de esa alma recta les sitúa ante una pregunta, que quizás ya se estén planteando en lo íntimo de su corazón: ¿Será la Iglesia católica la vía de salvación, que da al hombre la verdadera vida y la felicidad a la que aspira?