jueves, 1 de diciembre de 2016

Apóstoles de barrio. Ser buenas personas, ¿solo?

Portada Estar nº 301
El Concilio Vaticano II en la introducción al decreto sobre el apostolado de los seglares, en el capítulo I, nº 2, dice: La vocación cristiana es vocación al apostolado, el cual la Iglesia ejercita por medio de todos sus miembros. Es en el mundo donde los seglares están llamados a ejercitar su apostolado.

En la actualidad, quizás por la audacia de los enemigos y el encogimiento de los amigos, vivimos en una cultura descristianizada, en un ambiente impregnado de antivalores que contradicen frontalmente el Evangelio. Estamos inmersos en una sociedad que ha experimentado un cambio histórico-cultural profundo, provocando una crisis de valores ético-morales, y la consiguiente crisis en el ámbito familiar, laboral, social, político, económico, así como en la pseudovivencia de una fe no comprometida y la superficialidad en el obrar humano.

Crece la deshumanización de la persona y de las estructuras, la pobreza, la injusticia social, el desempleo, la violencia y los ataques a la vida. Se promueven la anticultura de la muerte, una sexualidad irresponsable y permisiva y un hedonismo exacerbado.

En este panorama, la presencia activa de los laicos en el mundo es indispensable. Su protagonismo exige la participación de manera decidida en todos los campos: la evangelización, la promoción humana, la inculturación del Evangelio. Su tarea primordial e inmediata consiste en vivir todo el Evangelio a partir de la opción por los pobres, y aplicarlo desde el amor, la familia, la educación, el trabajo, la enfermedad… hasta la política, lo social, la cultura, la ciencia, la comunicación, pues toda realidad del ser humano, está abierta a la evangelización.

Poco a poco los laicos bautizados se están haciendo más conscientes de su labor y de su responsabilidad; viven y afrontan su realidad con un mejor criterio cristiano. Empieza a renacer una mayor organización, participación y compromiso de los laicos como miembros activos de una Iglesia renaciente. Asimismo va creciendo lentamente el número de laicos que, por vocación cristiana, participan en la acción política y social.

Los laicos han de vivir la fe con autenticidad y convicción, como en la Iglesia primitiva, movidos por la pasión de seguir a Cristo. Este es el laico que tiene que estar en el horizonte de la Iglesia.

Vivimos en un momento coyuntural en el que no basta con ser buenas personas; es necesario, en expresiones del papa Francisco, colocarse las zapatillas, dejar de balconear, mancharse con el barro del camino, salir a las periferias y convertirnos en apóstoles del barrio.