sábado, 1 de octubre de 2016

Un toque de atención a nuestras conciencias con ocasión de los 500 años de la muerte de El Bosco

Uno se puede preguntar: ¿cómo es posible que pueda resultar bello algo que, en su apariencia externa, está construido con imágenes desagradables o incluso grotescas? No nos cansaremos de repetir que la belleza es el esplendor de la verdad. Que es la verdad el aval de la belleza. Y que, en ocasiones, al artista no le queda otro camino para llevarnos al asombro que romper los estereotipos, para que comprendamos la monstruosidad existencial o moral a la que nos hemos, rutina tras rutina, acostumbrado y así dejar de ver como natural lo aberrante.
Voy a intentar explicarlo comentando la obra Cristo con la Cruz a cuestas, una de las 65 expuestas en el Museo del Prado.
La obra nos presenta un abigarrado conjunto de rostros, separados por el travesaño de la Cruz, en el que se apoya la cabeza de Cristo. Vemos a una muchedumbre de seres grotescos que van junto a Cristo, la mayoría sin enterarse, y siguen la misma dirección, no el mismo camino. También ellos van hacia la muerte.
Cristo con la Cruz a cuestas (El Bosco)
Museo de Bellas Artes de Gante, (Bélgica)
La dulzura del rostro de Cristo, y su silencio y concentración en su interior, contrasta con el bullicio de los personajes que le rodean, rostros deformes de miradas crispadas y bocas entreabiertas, desdentadas, repulsivas y violentas, o encendidas en sensualidad y orgullo. Embrutecidos, han convertido en norma de sus vidas el ejercicio de todas las pasiones.
Como en El retrato de Dorian Grey, no se refleja la edad o, de manera realista, sus facciones. Se nos hace evidente el horror de unas almas pervertidas. Vemos los estragos del pecado, la corrupción del hombre y las consecuencias de su alejamiento de la senda del bien. No hay perspectiva ni planos que organicen la escena. Son cabezas yuxtapuestas y superpuestas que caminan junto a la cruz, pero sin enterarse de nada y, lo que es peor, sin aprovechar los frutos que la muerte de Cristo traía a la humanidad. Pasan junto a Cristo, pero espiritualmente van en dirección opuesta. Son causa de su muerte y van hacia la muerte, pero ajenos al milagro maravilloso de la redención.
Sus rostros se han convertido en muecas deformes, llenas de ira, maldad, rabia, y hasta desesperación. Sus caricaturas son verosímiles, pero no por su realidad corporal, sino por el verdadero estado de sus almas. El pintor las ha despojado del velo de las apariencias y, como en el cuento del rey desnudo, nos permite contemplar la verdad de sus almas.
Un rostro distinto confirma la interpretación. En la esquina inferior izquierda, una joven de rostro afable y recogido, sale del atropello de la escena encendida de paz, lleva en sus manos el paño en que ha quedado grabado el rostro de Cristo. Es la Verónica, en ella se confirma que solo en Cristo se explica el misterio del hombre. No sigue la marcha ciega del tropel. Se aleja de Cristo y, sin embargo, es la única que sigue a Cristo.

A primera vista el cuadro puede parecernos desagradable. Cuando descubres que el pintor lo que pretende es zarandearnos para que nuestro rostro refleje que podemos ser imagen de Dios, entonces el cuadro me emociona. Lo feo se ha transformado en hermosura.