sábado, 1 de octubre de 2016

Jóvenes de zapatillas

Crónica JMJ Cracovia


Por Juan Luis Vela y Alberto de la Peña
Militantes de Santa María (Madrid)

Menudo mensaje nos envió el Papa en aquel discurso lleno de vida y de intensidad. Cualquiera habría adjudicado el mérito de este a un hombre de 80 años. Pero sí, y de esto precisamente se trata la JMJ, de peregrinar, junto a toda la Iglesia joven, a Cracovia para encontrarse con Cristo, que nos habla a través de su representante en la tierra, el papa Francisco.


El viaje atravesando Europa
Llegar hasta Cracovia no fue tarea fácil: nos llevó seis días de viaje en autobús. Partimos desde Madrid y ese mismo día por la tarde ya estábamos en Barcelona. En la Ciudad Condal fue nuestro primer encuentro con el resto de jóvenes de la Diócesis de Getafe con los que compartimos ruta y muchos momentos a lo largo de estos quince días. Tuvimos una misa en la basílica de la Sagrada Familia y allí fue cuando realmente nos dimos cuenta de que éramos simplemente un grupo más; el bus 6, de entre 11 autocares, seiscientos jóvenes de Getafe a los que nos unimos en peregrinación. Era nuestra primera experiencia de Iglesia. Íbamos como Milicia de Santa María, pero nos uníamos a una diócesis, Getafe, y así, como iglesia diocesana caminábamos al encuentro de la Iglesia universal.
Aunque cueste creerlo las horas en el autobús se pasaban volando. Pese a que cada jornada realizábamos fácilmente unas ocho horas de viaje, siempre había algo que hacer: juego, cantos, ratos de oración y tertulias para reflexionar juntos sobre lo que estábamos viviendo.
La siguiente etapa fue Turín. Tuvimos un día completo para disfrutar de la ciudad italiana, jornada que comenzaba siguiendo las huellas de Don Bosco realizando el camino que él hacía desde su casa hasta el colegio llegando hasta un santuario dedicado a él. Por la tarde visitamos el centro de Turín. Todos los jóvenes de la diócesis terminamos el día con una hora Santa en la basílica de María Auxiliadora. San Juan Bosco y su discípulo, Domingo Savio, nos contagiaron la pasión que ellos tenían porque todos los jóvenes se acercasen a Cristo.
Poco a poco íbamos acercándonos a nuestro destino final que era llegar a Polonia. Llegamos a Wyry una pequeña localidad al sur de Polonia donde también nos acogieron con mucha amabilidad e incluso vino a visitarnos la alcaldesa de la ciudad para dirigirnos unas palabras. La verdad es que todo el viaje fue comprobar la acogida de los cristianos de cada lugar que pasábamos.
En Polonia, la patria de san Juan Pablo II
Los días se iban sucediendo a una velocidad de vértigo y casi sin darnos cuenta estábamos ya en la festividad de Santiago apóstol, patrón de España, y no podía haber mejor manera de celebrar una fecha tan especial que reuniendo a todos los españoles en el santuario de la Virgen de Czestochowa. Allí, ante la Virgen Negra, vivimos un momento muy especial, pues los militantes dirigimos el rosario, y rezamos las letanías que habíamos hecho en el verano a nuestra Madre, la Virgen de Gredos. Ahora estábamos allí, viviendo en la peregrinación nuestra mística campamental. Y rezando con todos los jóvenes de Getafe a nuestra Virgencita de la gruta.
Antes de que comenzaran los días fuertes de la JMJ visitamos Wadowice, que es el pueblo natal de san Juan Pablo II. Ese mismo día tuvimos uno de los momentos más duros para muchos de nosotros ya que visitamos el campo de concentración de Auschwitz. Se respiraba una atmósfera de silencio y de respeto total al millón de personas que allí perdieron su vida. De vuelta en el autobús una pregunta resonó en nuestros corazones y compartimos en la asamblea, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Cómo construir una sociedad sobre el amor y no sobre el odio?
El encuentro con el Papa
Los días de la JMJ se iban sucediendo. Recuerdo con especial cariño una asamblea que tuvimos los militantes con el grupo universitario Juan Pablo II (que también peregrinaba con nosotros) en la que pudimos escuchar diversos testimonios y de poner experiencias en común entre todos.
Y llegamos así al día más importante de la JMJ: la jornada en el campo de la misericordia. Llegó la noche de la Vigilia que fue uno de los momentos más bonitos e intensos de la JMJ. Solo el hecho de ver a tantísima gente cada uno con su vela encendida nos cautivó y nos llenó de emoción. Fueron largos ratos en silencio en los que el Señor nos habló a todos y cada uno de los que estábamos allí.
Allí el Papa nos lanzó el reto de dejar nuestro sillón cómodo, y de ponernos las zapatillas. Teníamos que salir al encuentro de los demás y de Dios. Sí, todos queríamos ser jóvenes con zapatillas puestas, no ‘jubilados’ antes de tiempo.
A la mañana siguiente se inició el regreso. Entre nosotros había un ambiente de nostalgia, pero muchas ganas de volver al hogar y transmitir esa alegría y el buen ambiente que habíamos vivido esas jornadas.
Esa noche dormiríamos en Praga, pero por el camino repasábamos, en la tertulia de aquel día, lo más importante para cada uno de nosotros. Hubo una idea que se repetía: no estábamos solos; porque a veces parece que somos los únicos cristianos en nuestros ambientes, pero después de ver aquellos dos millones de personas allí reunidas, todos nos llenamos de fuerzas renovadas.
Una última etapa importante nos esperaba en nuestro viaje: Lourdes y nuestra Madre. El día que pasamos allí fue increíble. Dedicamos la mañana a poner todo lo que había sido la peregrinación en manos de Dios y pedirle gracia para entender el mensaje que había querido transmitirnos a cada uno de nosotros.
Y así llegamos ya al final de nuestra travesía: la de continuar nuestra vida cotidiana viviendo todo lo que habíamos aprendido y a lo que nos había enviado el Papa: a ser testigos y evangelizadores de la misericordia de Dios.

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.