sábado, 1 de octubre de 2016

50 años con raíces de amistad

Unas bodas de oro... sin oro y sin boda


Por Ángel Gómez

Sal de tu casa, de la casa paterna…
30 de septiembre de 1966. Un joven de diecisiete años, mochila a la espalda, deja Salamanca con dirección a Madrid haciendo dedo (auto-stop), muy frecuente entonces por falta de medios económicos. Iba a Madrid, sí, pero ¿a qué? A realizar mi primera tanda de Ejercicios Espirituales con el P. Tomás Morales en Chamartín. Y llegué. El último tramo, en el último coche, fue de Villalba a Cuatro Caminos ¡en menos de media hora! Era la primera vez que pisaba Madrid. Me dirigí a la c/ Raimundo Fernández Villaverde nº 48. Me estaba esperando un grupo de jóvenes. Creo que iba algo preparado después de mi primer campamento en Gredos con la Milicia de Santa María, en julio de ese año.
Fue el inicio de un encuentro. Me encontré con el Señor, me estaba esperando en esa tanda de Ejercicios Espirituales. Me llegó al corazón, dio en la diana la palabra incisiva del P. Morales y la lectura del Evangelio, la llamada a Mateo: “Ven, sígueme”.
Lo seguí. Y aquí estoy. A veces he pensado qué sería de mi vida, si no hubiera seguido este camino que iniciaba en esa tanda de Ejercicios. Ni siquiera intuía lo que tendría que recorrer hasta hoy. Ahora que han pasado ya 50 años… En esta tarde de sábado me siento a recordar algunos acontecimientos, como hacen los abuelos cuando cuentan su pasado a los nietos.
¿Qué ha sido de los amigos que conocí en Salamanca por aquellos años 60? No he seguido de cerca sus vidas, pero puedo referirme a Julián, que estudió conmigo Formación Profesional. Se colocó en una buena empresa. Llegó a ser un buen profesional. Se casó con una chica de Guijuelo. Siguió ascendiendo en la empresa...
Yo, al finalizar 2º grado de Formación Profesional traté de hacer Ingeniería Técnica en Béjar y después en Madrid. No logré terminarla, pero pasé una temporada en Madrid, ya como miembro de los Cruzados dando clases de prácticas eléctricas en una Escuela Oficial de Formación Profesional, en el barrio de Tetuán (Madrid). Fueron unos años fenomenales. Aprendí mucho. Tenía alguna experiencia de trabajar en este campo todos los veranos en Salamanca. Casi todos los alumnos eran mayores que yo. Todavía me veo con alguno de ellos en Madrid. Sí, ya está jubilado, como yo.
Después tuve que hacer el Servicio Militar, que duró año y medio. Se me hizo largo, muy largo. Pasé por El Ferral (León), Salamanca y Zamora. Cuando terminé, todavía me despertaba algunos días con la pesadilla de que tenía que repetirla. Y eso que lo pasé fenomenal, con cierta edad…
Del compañero de Salamanca poco más puedo decir. Tuvo varios hijos y le perdí la pista, pues yo apenas volví a Salamanca. Lo hacía de vez en cuando para ver a mi familia. Había un entendimiento cordial y cercano con mis padres y mis seis hermanos.
Vocación universal a la amistad
El que di en mi primera tanda de EE ha hecho que mis amigos y amistades se hayan multiplicado. Vivir “expatriado”, como decíamos entonces, desprendido, te hace crecer. Tienes la posibilidad de conocer a muchas personas y muy buenas, fantásticas. Podría contar amistades que perduran después de 35 años. Casi todos los años nos vemos en algún momento. Aunque sea a últimos de septiembre, en el momento de recoger los 500 kilos de manzanas que me regala cada año uno de ellos en un pueblo de Zaragoza.
Todavía me recuerdan mis hermanas que siempre que venía a Salamanca a ver a mi familia, una visita muy breve, me veían de nuevo marchar con la bolsa de viaje camino de la estación para volver a Zamora, donde estuve en dos ocasiones, a Logroño, donde pasé catorce años, estudiando Magisterio y después once años de profesor, a la vez responsable del Hogar que teníamos entonces en Logroño.
Vueltas y revueltas. Otra temporada en Burgos dando clases en un Colegio del Círculo Católico. Vuelta a Madrid en el crítico año de 1991. Algunos lo recordarán bien. En esta etapa en Madrid además de ocuparme de la casa del Hogar de Écija en el ámbito material, mantenimiento, obras y contratos… y de los miembros más jóvenes de la Institución como Responsable de Formación Inicial, pude estudiar por las tardes Historia Contemporánea en la Universidad Complutense.
Algún año más tarde hice unos cursillos para director de Ejercicios Espirituales en la Escuela de EE en Salamanca, y en 1995 comencé Teología en la Universidad de Comillas en Madrid. ¡Qué bien me vinieron para mi formación estos estudios! Pero a la vez se fueron entrelazando amistades por todos los lugares por donde iba pasando.
A medida que seguía caminando se fueron multiplicando los amigos. En 1998 recalé en Pamplona un curso, y otro más en Zaragoza en el Hogar correspondiente que tenía allí la Cruzada. Y otra etapa en Madrid, y más tarde en Getafe como secretario y profesor en el Centro Diocesano de Teología de la diócesis que se acababa de crear.
Seguimos a Cristo crucificado
Pero el Amigo que nunca falla se iba metiendo más en mi vida, casi sin yo darme cuenta. Bueno, su presencia también entraña dolor. Seguimos a Cristo crucificado, “obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz”. He ido descubriendo que la obediencia que se nos exige a los laicos consagrados se hace cada vez más sutil y a la vez más difícil. Pero el Señor, por medio de María, ha ido suavizando todos estos desprendimientos que suponen volar de un lugar a otro. A veces notas que se te va quedando el corazón a jirones porque, aunque fuera poco el tiempo que estaba en cada sitio, trataba de entregarme sin poner límites.
Y el Señor siempre a mi lado recordándome la llamada, y haciéndola más suave y a la vez más exigente. El “ven, sígueme” se ha ido transformando en “si quieres, ven conmigo”. “¿Señor, adónde iré? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. Eres el amigo que nunca falla. Y tengo amigos que nunca me han fallado.
Como en las diferentes provincias por las que he pasado tuve el papel de ser responsable del Hogar, a todos los chicos que participaban en las actividades de la Milicia, les ponía como condición que vinieran sus padres a conocernos y a que vieran el Hogar. Después, seguiría todo lo demás. Son infinidad de detalles de ánimo, de comprensión, de ayuda material… los que recibimos de las familias.
Entregado a la evangelización de la familia
También en Getafe y ahora en Madrid, donde estoy de nuevo destinado, no puedo olvidar a tantas personas a las que siento como hermanas y hermanos. Alguna vez me llaman por teléfono al Hogar de Écija. Si ven alguna demora dicen al recepcionista: “que le llama la hermana de Logroño, de Burgos, Pamplona…” Y de nuevo vuelves a vivir en primera persona aquello de que “el que deja padre o madre, hermanos, posesiones… recibirá cien veces más, con persecuciones, y después la vida eterna”.
Siento que estos cincuenta años que han pasado son una muestra de vivir junto al Señor, tratando de hacer su voluntad por medio de las personas a las que debo obedecer en la Institución, y me siento feliz y contento. Pero no todo es idílico, hay que contar con las limitaciones que se viven cuando uno ha cumplido ya varias veces los 15 años.
No se puede olvidar que los cruzados somos hermanos y amigos entre nosotros. De alguna manera cada una de las familias de cada cruzado es mi familia. Lo mismo se entiende en la medida que se puede con todos los miembros del Movimiento de Santa María. Lo he experimentado muchas veces. Y si queremos mantener esta amistad, hay que cultivarla. Saber perder tiempo para acompañar, para escuchar, para conocer a la familia del otro cruzado. Liberarte de tu horario demasiado personal y marchar en algún momento a dar un paseo largo, sin prisas, o a ver un museo, a un concierto… En el Hogar de Écija tenemos conciertos con frecuencia y son fenomenales para invitar a otros amigos.
Me vais a permitir que os diga una confidencia. Ya hace unos años cuando terminé el curso de EE me animó un cruzado sacerdote a que diera alguna tanda de Ejercicios y le acompañara. Me encantó. Poco a poco me di cuenta de que como laico, como ha hecho a lo largo de su vida Abelardo, podía dar EE a mi estilo, siguiendo siempre el método ignaciano. Y ya he dado dieciocho tandas, que suelo adaptar para personas adultas. En general son cortas, de fin de semana, otras de 3 o 4 días. El número de personas que asiste a cada tanda es de unas doce. Y muchos van repitiendo cada año.
Como el método ignaciano es muy flexible, hice hace unos años un recorrido de los Ejercicios en la Vida Diaria. En este recorrido me acompañó un padre de familia, con cuatro hijos, arquitecto. Este recorrido duró dos años y medio. Como consecuencia lógica yo me puse a acompañar a otras personas. Os puedo decir que es fenomenal. El ritmo lo impone el ejercitante. Me dejo asesorar por una asociación que se dedica exclusivamente al acompañamiento de los EE en la vida diaria. Si tienes deseo y te sientes preparado para ello, aunque hayas hecho ya muchos EE de 8 días, con seguridad te vendrán muy bien. Para aquellos que quieran vivir a fondo esta llamada a la nueva evangelización, es un método muy eficaz con un seguimiento personal. Si falta, no hay evangelización profunda.
Recordemos esta frase en el evangelio de san Juan: “El que viene a Mí, no tendrá más hambre, y el que cree en Mí no tendrá más sed”. Sí, todos tenemos hambre y sed. Y el corazón nunca pasa hambre. Tanto en el matrimonio, como en el sacerdocio o en la vida consagrada, tenemos necesidad de amar y de dejarnos amar, con naturalidad, imitando a Jesús y a la familia de Nazaret. La amistad, el servicio y la entrega a cambio de nada, hará de nosotros unos jóvenes (yo ya he cumplido 67 años), que podremos vivir entregándonos con generosidad para que el corazón nunca pase hambre ni se acartone.
Que sean estas últimas palabras de agradecimiento por tantos bienes recibidos y, a su vez, de perdón, por la falta de correspondencia y omisiones a lo largo de estos 50 años.

No me puedo olvidar de la Virgen Madre. Muchas veces comienzo el día y lo termino con algo esencial en la vida de cada cruzado y en las personas que beben hasta saciarse de nuestro carisma. “Madre, Hágase. Madre, Estar”.