lunes, 1 de agosto de 2016

Una pedagogía de la Encarnación. Exinanivit!

Por José Luis Acebes

Esa palabra, en latín, constituye uno de los imborrables recuerdos del P. Morales que han dejado en mí una honda impronta y que, a mi parecer, mejor resumen las claves de formación características de la Cruzada-Milicia de Santa María y que, me atrevería a afirmar, son esenciales a su —mi— carisma.
La palabra hace referencia al himno cristológico paulino de Flp 2, 6-11, y, en concreto, al versículo 7 en el que se pone de relieve que la Encarnación es la piedra angular de la Historia de la Salvación.
Esta dimensión encarnatoria hace patente que Cristo es el que revela el hombre, al propio hombre (GS, 22).

Equilibrado personalismo

He aquí la clave de nuestra formación: “Soy hombre”.
Pero el hombre no es un ser acabado. Ser hombre es una tarea. Una tarea para la que se requiere un profundo conocimiento de la naturaleza humana y un más hondo enamoramiento de la humanidad de Cristo, sin el cual no es posible el amor al Dios Trinidad. Esas dos notas constituyen una profunda unidad en la que lo humano y lo cristiano se identifican y que son el distintivo del educador de la Cruzada-Milicia.
Educador que tiene claro que ser santo y ser auténticamente hombre son lo mismo y que, por tanto, sabe que tiene que mantener el equilibrio, muchas veces difícil, entre dos tendencias claramente viciosas e igualmente reduccionistas: el encarnacionismo y el espiritualismo.
El encarnacionismo que considera la naturaleza humana como realidad autosuficiente y absolutamente autónoma y para la que lo cristiano es simplemente un añadido, la guinda que da un colorido peculiar —pero en el fondo anecdótico— a lo humano.
Y el espiritualismo que convierte el hecho cristiano en una vaga espiritualidad de sacristía que se encastilla (“encapucha”, decía el P. Morales) y que sospecha de todo lo auténticamente humano tildándolo de “peligroso”.
Frente a ello siempre he percibido en nuestros educadores una búsqueda de un equilibrado personalismo que ha incidido en la necesidad de hombres auténticos que transformen el mundo de salvaje en humano y de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios (Pío XII, Por un mundo mejor, 4).
La labor educativa es concebida, por tanto, como un arte: el arte de la forja; la forja de esos hombres nuevos. Ese arte parte de una afinada visión del hombre: el hombre es capaz de lo más, de Dios, pero su naturaleza es naturaleza caída —lastrada por las tendencias insanas instaladas por el pecado original: concupiscencia y soberbia—. Es así que la clave debe ser la exigencia: “Al joven si se le pide mucho, da más; si se le pide poco no da nada” —se nos repetía con insistencia.
Exigencia que debía ser encarnada por el propio educando hasta convertirse en autoexigencia.
Para ello se consideraban como indispensables dos medios: la figura del guía y el instrumento del autocorrectivo.
La amistad profunda con aquel que comparte contigo el camino y busca la misma meta, ser un “contemplativo enamorado de Dios”, y que se convierte en tu Cristo pedagogo que te guía en el camino humano-cristiano por la ardua ruta de la exigencia marcándote objetivos, metas, respetando tu proceso y acompañándote con su ejemplo ha sido, y es, la clave del crecimiento personal y de la fidelidad al Señor a través de los años, que ha terminado consolidándose en una profunda amistad en Cristo que nos hace reconocernos como hermanos al modo de los primeros cristianos.
El autocorrectivo como ese medio pedagógico genial en el que el educando va asumiendo, supervisado por su guía, su formación y que, ayudado por el balance diario, permite la atención directa a uno mismo haciéndote reflexivo para atender al pequeño detalle y vivir con intensidad el momento presente y que, además, al hacer ver tus miserias incide en la necesidad de ser constante, de “no cansarse nunca de estar empezando siempre” y que, más aún, engrandece tu corazón al percibirte miserable y saber que estás en manos de un Dios amoroso del que dependes y que la unión de tu esfuerzo y su gracia todo lo pueden. Es así el autocorrectivo una llamada a “subir bajando”. A abandonarse en los brazos de Dios pero sin pactar con las miserias.

Frutos de esta educación

Ese arte de la forja, lento, difícil, paciente ha dado, da y dará, si Dios quiere, sus frutos, entre los que me encuentro.
¿Qué caracterizaría como distintivo de aquél que ha recibido esta formación?
Una profunda vocación laical. El descubrimiento de que todos estamos llamados a ser santos y la implicación en ello concretado en que nuestra misión es la consagración del mundo desde dentro: la renovación, creación y vivificación de las estructuras temporales.
Un inmenso amor al hombre, a cada hombre, y a lo auténticamente humano. Todo lo auténticamente humano es cristiano y, por ello, nos pertenece.
Una profunda humildad que nos hace inasequibles al desaliento al constatar nuestra miseria pero, al mismo tiempo, al saber que no nos podemos quedar ahí.
Una inquietud por la formación intentando detectar los signos de los tiempos para poder responder a ellos según el corazón de Cristo.
Firmeza en los propósitos, sabiendo que hay que seguir adelante y siempre (“Más, más y más”) porque nuestra meta es Cristo y, en consecuencia, un no poder estarnos quietos porque nos urge el hombre, cada hombre, porque en él nos urge Cristo.
Un corazón que busca enamorarse de Cristo en todo lo humano pero que tiene siempre como modelo a la Madre, María. La Cruzada-Milicia es María y la única forma de ser auténticamente hombres (santos) es serlo por ella. Hombres-santos sí, pero por María primera creyente, modelo de humanidad y, sobre todo, Madre.
Esto es lo que la Cruzada-Milicia hace y ha hecho de mí y de todo aquel que se acerca a ella. Así prolonga la Encarnación del Verbo.

Exinanivit!