lunes, 1 de agosto de 2016

Una idea, muchas vidas

Por Edgar Jiménez (Madrid)

La Facultad es un hervidero de ideas, debates, conocimientos y pensamientos, tanto durante las clases como fuera de ellas. De hecho, no es extraño que las disquisiciones más interesantes y los intercambios de ideas más fructíferos se den en los diez minutos de clase a clase o durante el descanso del profesor, tiempo en el que los alumnos se agrupan para comentar la última actualidad deportiva, hacer oír las anécdotas más recientes y, cómo no; comentar ideas y pensamientos. La inmensa mayoría de estas conversaciones serán, de una manera u otra, las que forjarán el futuro de los estudiantes.
Así, este debate se dio en la clase durante un descanso en el que unos cuantos alumnos se unieron a la animada charla sobre el candente tema del aborto. Por supuesto se alzaron voces discrepantes y murmullos de aprobación, así como multitud de ideas paralelas. En un ambiente de intercambio de pareceres la conversación se desarrolló así:
—Un niño te destroza la vida si no se tiene a la edad adecuada. Tenemos que decidir en qué momento queremos estar embarazadas.
—Es cuestión de responsabilidad. Un embarazo no cae del cielo ni sale de la nada, es “consecuencia” de un acto deliberado y libre. Lo que yo digo es que no es justo que un niño inocente tenga que pagar por una irresponsabilidad. Si tuviste la libertad para elegir ese acto, ten la libertad para asumir las consecuencias.
—¿No estaba la población de Europa muy envejecida?
—A este ritmo ya verás el gasto en pensiones. Y con la poca gente joven que hay para trabajar ya, ni te digo.
—No, y que estamos perdiendo población cada minuto. Con la mortalidad por encima de la natalidad me vas a decir, esto se va a quedar desierto.
—No es cuestión de economía ni de población, es cuestión del derecho a la libertad. Cada persona es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo. No puedes obligar a nadie a tener un hijo si no quiere.
—Pero también está el derecho a la vida. Eso es prioritario. De hecho es el primero de los Derechos Humanos. Esto es un conflicto entre derechos de primer orden.
—Pues tenemos un problema entonces: ¿cómo se priorizan dos derechos de primer orden? Si tenemos que lesionar un derecho no fundamental y uno fundamental, evidentemente lesionamos primero el no fundamental. Pero ¿y si los dos son fundamentales?
—Si los dos derechos son fundamentales y tenemos que lesionar uno, entonces deberíamos dañar aquel que más fácilmente puede recuperarse. Entre la libertad y la vida queda bastante claro que la vida no es recuperable.
—Yo lo veo así. Para que un individuo tenga libertad es necesario que tenga vida, ¿verdad? Entonces si quitamos un derecho a la vida estamos quitando igualmente el derecho a la libertad.
—Claro, porque es una decisión unilateral de la madre; nadie tiene en cuenta la voluntad del niño que va a nacer. Mira, si hasta lo dice el Código Civil: los derechos del nasciturus, del que va a nacer.
—Pero que eso no es vida, chicos. Es una célula, como cualquier otra de las que tenemos y vamos perdiendo. Si consideramos a eso vida…
—Pero eso no es una célula, es un feto, un embrión. ¿Quién estuvo un año en ciencias? A ver, se supone que un individuo pertenece a una familia por el ADN ¿No?
—Claro, además los fetos se parecen muchísimo hasta que no pasan unos cuantos meses. Vamos, que no se puede distinguir a simple vista el feto de un hombre y de un delfín. Pero el ADN es el ADN; es lo que nos permite saber si de ahí va a salir un niño o un tigre, aunque no se vea más que una masa de células.
—El óvulo tiene la mitad del ADN y el espermatozoide la otra mitad ¿no? Entonces cuando se unen ya forman un ente nuevo y diferenciado del original.
—Desde el momento que hay fecundación hay una vida nueva y entonces ya cabe priorizar el derecho a la vida.
—¡Eso es vida no consciente! ¡No puedes proteger eso!
—A ver, pero es que si decidimos que hay que proteger sólo la vida consciente ya nos metemos en otro tema ¿un niño recién nacido es consciente? Pues yo creo que no. Matar a un niño que acaba de nacer es un asesinato terrible, hacerlo cuando está en el vientre es aborto… pues no lo entiendo.
—¿Y si te violan? Eso no lo decides tú.
—Hay cientos de familias esperando un hijo en adopción. Si tú no quieres a ese niño sencillamente puedes dárselo a unos que sí lo desean.
—¿Y si viene el niño con deformidades? ¿Vas a condenar a esa criatura a vivir?
—A ver, me he perdido ¿pero desde cuándo vivir es una condena?
—Pero bueno, si ponemos en las leyes que nadie puede ser discriminado ni excluido por cualquier razón ¿ahora vamos a estar eliminando a los que no son como nosotros?
—Claro, respetamos a las personas con dificultades y nos rasgamos las vestiduras si alguien va contra ellas. Ahora bien, si podemos evitar que nazcan, mejor ¿no? El que está bien vive, el que no, no. ¿No es precisamente eso lo que no queremos que suceda? ¿Para qué tenemos las leyes?
—A ver, no nos lo compliquemos más ¿La semilla es árbol?
—No. Tiene la potencia para ser un árbol, pero no es un árbol.
—Bueno, busca los nombres que quieras y dale todas las vueltas filosóficas que quieras. Pero la realidad es que, si destruyes la semilla, evitas que crezca el árbol.
—Obviamente.
—Entonces la respuesta es la misma.

Quizás pueda parecer una de tantas charlas triviales sobre el tema, mas no olvidemos que no se debate una idea cualquiera, sino una idea capaz de salvar vidas.