lunes, 1 de agosto de 2016

Pío XI y los universitarios

Por Javier del Hoyo

Nos complace sacar a la luz en este número, de forma íntegra, un artículo que Tomás Morales envió desde el teologado de Granada a la revista Estrella del Mar, donde fue publicado en febrero de 1941 (nº 432) bajo el pseudónimo de Íñigo Íñiguez.
A Tomás, que había regresado a España año y medio antes, procedente de un destierro provocado por la expulsión de los jesuitas durante la II República, le rondaban por la cabeza deseos de formar un gran movimiento universitario católico. Su vivencia intelectual y apostólica con los Estudiantes Católicos en el Madrid de los años veinte, seguía latiendo con fuerza. Fruto de ello fueron los siete artículos que fue publicando en la revista Estrella del Mar sobre el tema de la Universidad Católica a lo largo de ese año 1941 e inicios de 1942.
Como avanzadilla, y a forma de ensayo, aprovechando el segundo aniversario de la muerte de Pío  XI, escribió este recuerdo. En realidad no se trata de una semblanza de Pío XI, sino un ensayo sobre de la relación que el Papa tuvo con los universitarios y jóvenes en general. En él encontramos ya el estilo inconfundible, tanto en el léxico como en la forma, de lo que constituirán sus escritos de madurez.
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A los dos años Pío XI, Papa de los jóvenes

Se cumplen ahora dos años. Amanecía el 10 de febrero de 1939. El alma santa de un Pontífice emprendía el vuelo hacia el Cielo. Cargada con los méritos de una existencia consagrada al apostolado, se presenta ante el Supremo Juez. Pío XI había dejado de existir. Un gran Pontífice desaparecía. Era el Papa de los jóvenes.
¡Papa de la juventud! Los jóvenes le robaron siempre los afectos más íntimos de su corazón. Su simpatía, su cariño, desencadenan irresistibles corrientes de amor juvenil. Todavía no ha ascendido al trono pontificio. Transcurren en Milán los últimos días del mes de septiembre de 1921. Monseñor Aquiles Ratti, preconizado arzobispo, atraviesa la ciudad para posesionarse de su nueva sede. Una espontánea manifestación de juventud le acompaña en su recorrido triunfal por calles y plazas. “Viva el Cardenal de los jóvenes”, es el grito incontenido que se escapa de todos los pechos. “Vivan, más bien, los jóvenes del Cardenal”, responde emocionado el futuro Papa. La respuesta enloquece a la juventud que frenéticamente le aclama. El sucesor de San Carlos Borromeo se había conquistado para siempre el afecto de los jóvenes.
Se deslizan lentamente los días invernales. Llegan los últimos de enero de 1922. El amado Cardenal tiene que abandonar su ciudad. Se dirige a Roma para tomar parte en la futura elección pontificia. El tren va a arrancar. Inopinadamente, un nutrido grupo de muchachas rodea el vagón vitoreando al futuro sucesor de San Pedro. Cuatro de ellas se destacan, suben al departamento y le ofrecen, en nombre de la juventud milanesa, un ramillete de azucenas purísimas. “Blancas —le dicen con penetrante intuición femenina—, como la sotana que vestirá Vuestra Eminencia”. Una sonrisa de gratitud aflora a los labios del bondadoso Arzobispo. Y autorizado por la costumbre de las jóvenes de Milán de depositar su velo nupcial a los pies de la Patrona de la ciudad, rechaza amable el delicado obsequio. “Ofrecédselas en mi nombre a la Madonna de San Celso” —dice.
¡Las escenas de la capital de Lombardía, visión anticipada de lo que será la vida del Pontífice de los jóvenes! ¡Él sintoniza con ellos, los cautiva con su amorosa mirada! Y ellos contemplan en su figura venerable, al Padre, al Jefe, al Maestro.
Era el PADRE que se complacía en colmarlos de atenciones y delicadezas cada vez que tenía el consuelo de ponerse en contacto con ellos. Aquellas inolvidables peregrinaciones de las organizaciones juveniles católicas de todos los países fueron testigos vivientes de las ternuras de su corazón paternal. Pío XI no acertaba a encontrar frases para expresarles su cariño. Los jóvenes eran “las fibras más íntimas de su corazón”, tan queridos para él “como la niña de sus ojos”. Estas y semejantes expresiones enardecían a los que tenían la dicha de escucharlas. En el Pontífice amable veían al “dulce Cristo en la tierra”, con que santa Teresita gustaba designar a su Vicario en el mundo.
Para los jóvenes fue también Pío XI el JEFE. Sus empresas eran de tal envergadura espiritual que sólo en los corazones juveniles podían encontrar un eco de generosa acogida. “La Paz de Cristo en el Reino de Cristo”, y para restaurarla, para consolidarla una vez reestablecida, dos armas: La Acción Católica y las Misiones. La magnífica divisa que condensaba el programa de su glorioso pontificado electrizó a millares de jóvenes de todas las nacionalidades y razas, que acudieron decididos a alistarse en la Cruzada de reconquista para Cristo de un mundo paganizante. Y las Juventudes de Acción Católica forman cerrados cuadros alrededor del admirado Pontífice. Y las Congregaciones Marianas de todo el mundo, al mismo tiempo que se ofrecían incondicionalmente al Vicario de Jesucristo para la realización de sus geniales designios apostólicos, brindaban con desinterés a las nuevas organizaciones sus mejores elementos directores. En ellas cifraba sus mejores esperanzas el Papa de Letrán para el cumplimiento de sus designios, en aquellas Congregaciones alabadas desde las páginas de la Ubi arcano, “por su fe, pureza y amor fraterno acrisolado”.
Fue, además, el MAESTRO, el modelo de vida para un joven apostólico, para un congregante devorado por el celo de la gloria de Dios. Vida de incansable trabajo que culminó en diecisiete largos años de pontificado fecundo. Hasta el último momento la tensión de su espíritu genial se mantuvo elevada al máximum. Siete días antes de su muerte, su ánimo de gigante aún se sentía dispuesto a seguir librando las batallas santas del Señor. El 3 de febrero, al recibir en audiencia a los miembros del Pontificio Colegio Canadiense con motivo del cincuentenario de su fundación, los despedía con estas palabras, que deberían constituir el programa de vida de todo congregante consciente: “Estoy preparado siempre para hacer todo lo que Dios quiera, hasta cuando Él lo quiera y como Él lo quiera. Continuamente repito al Señor aquella hermosa palabra: Non recuso laborem, para su mayor gloria, para la honra de su Iglesia, para el bien de las almas”.
Y si fue Padre, Jefe, Maestro de todos los jóvenes, lo fue especialmente de los estudiantes. Para el complejo de las organizaciones que se proponía montar, para la realización de sus vastos planes de apostolado, esperaba encontrar sus mejores colaboradores entre los universitarios. Así lo decía a los 20.000 jóvenes de la Acción Católica de la Juventud Belga, reunidos en su presencia en abril de 1929. “Amamos las alturas —decía—; por eso pensamos en la juventud universitaria que llega a la cumbre de los estudios y tiende a las cumbres de la ciencia”. Era el Pontífice de las grandes ascensiones alpinas, el primer excursionista del mundo que había escalado, cuando apenas contaba treinta años, el imponente macizo rocoso del Monte Rosa por su vertiente oriental. Para el Papa de dilatados panoramas apostólicos, las Universidades Católicas debían ser la Escuela Central de Guerra en que se formasen los jóvenes que habrían de ocupar los puestos de mando en la Acción Católica.
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Así, la noble figura del 261 sucesor de San Pedro se recorta en la Historia aureolada con el glorioso título de Papa de la Juventud. Al contemplarla, todo congregante debe sentir arder en su pecho la llama del apostolado, debe mantener siempre inhiesta la bandera de conquista para Cristo que un día jurara a los pies de la Virgen Madre. Para ello le basta con apropiarse aquella divisa tan prodigada por Pío XI al dirigirse a los jóvenes: “ADELANTE, SIEMPRE ADELANTE: CADA VEZ MÁS; CADA VEZ MEJOR”.