lunes, 1 de agosto de 2016

Los movimientos, en la vanguardia de la evangelización

Por Manuel María Bru Alonso

Manuel María Bru Alonso, sacerdote y periodista, es Delegado Episcopal de Catequesis del Arzobispado de Madrid, presidente de la Fundación Crónica Blanca y profesor de Periodismo en la universidad CEU San Pablo. Ha escrito varios libros sobre temas de actualidad eclesial y periodística.
“Los nuevos movimientos representan un verdadero don de Dios para la evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha”. Son palabras de san Juan Pablo II. No en un discurso a los participantes de un movimiento, o a todos juntos, por él (como por sus sucesores) convocados desde 1998 año tras año, sino en su encíclica sobre la dimensión misionera de la iglesia, Redemptoris missio. Desde entonces, sin dejar de estar en proceso de acompañamiento y discernimiento, quedaron en la Iglesia más que bendecidos los nuevos movimientos y las nuevas comunidades eclesiales.

¿Quiénes son los nuevos movimientos?

La pregunta no es ingenua, como la respuesta no es fácil; pues en realidad ni el derecho canónico ni el magisterio conciliar utilizan expresamente este término. Tenemos, eso sí, un magnífico cuerpo doctrinal en el magisterio pontificio del beato Pablo VI, de san Juan Pablo II, de Benedicto XVI y del papa Francisco, aunque éste no sea sistemático ni preciso en cuanto a definiciones.
Los teólogos están interesándose cada vez más en buscar la definición más precisa, pero el terreno en el que se mueven no es nada fácil. Y es que los nuevos movimientos no son realidades terminadas, sino en pleno desarrollo, con el dinamismo propio de verdaderas irrupciones carismáticas, aún en época de fundación, con carismas personales muy especiales e imparablemente creativos. Incluso el término movimiento es un término problemático: no todos los movimientos lo aceptan.
Ya decía en los años ochenta el cardenal Moreira Nieves qué “no es” un movimiento eclesial: no es una “agregación” (demasiado genérico, impreciso e inclasificable). Tampoco es un “grupo” (poco organizado, espontáneo). Y ni siquiera una “asociación”, pues aunque canónicamente puedan usar el concepto de “asociaciones de fieles”, privadas o públicas, son otra cosa: “añaden a la asociación un modo diverso de ser, un toque, un estilo, más aún, una dinámica interior y una dinámica exterior características”. En definitiva, añaden algo tan determinante y decisivo como es el ser un carisma.
Por otro lado es imposible entender la irrupción de los nuevos movimientos fuera del contexto propiciado por el Concilio Vaticano II y el postconcilio en las diversas etapas de su aplicación. Decía el cardenal Ulk que el Espíritu Santo en el siglo XX actuó en la Iglesia con sus dos manos: con una impulsó en Concilio, con la otra, los movimientos. Para el historiador de la Iglesia Fidel González no es causal la irrupción de los movimientos en este contexto conciliar: “El Concilio veía en la Iglesia un signo y un instrumento eficaz del amor de Dios por el mundo y por el hombre (...) Esta profesión corría el riesgo de permanecer en el mero plano de las teorías o de los buenos deseos. En estos momentos vemos intervenir con fuerza la rica imaginación del Espíritu Santo suscitando el gran mosaico de los movimientos y de las nuevas comunidades eclesiales”.

¿Qué los caracteriza?

  • Qué son Comunidades y Movimientos Eclesiales. Carismas que no se identifican con una sola vocación en la Iglesia, ni siquiera con una sola necesidad, un ámbito peculiar de evangelización o de transformación eclesial y social, sino que más bien se identifican con la propuesta de una nueva espiritualidad, válida para todos y para todo, que desde un aspecto determinado de la experiencia cristiana, renovado y revitalizado, ofrecen una nueva síntesis vital de toda la vida cristiana.
  • Que son principalmente laicales. Aunque a ellos pertenecen sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, e incluso obispos (de modos diversos), nacen y se desarrollan con un especial protagonismo de los laicos. Precisamente porque sus espiritualidades no se especifican por vocaciones, sino por carismas, estás se identifican con la llamada universal a la santidad y se basan fundamentalmente en el bautismo, la palabra de Dios, la comunión eclesial y la presencia transformante en el mundo, características principales de la espiritualidad laical.
  • Su intensa experiencia comunitaria. Cuentan con las primeras comunidades como referencia, y quieren dar respuesta al reto de la sociedad, que pide a gritos ámbitos comunitarios para los que no basta el fenómeno del asociacionismo (afiliación en torno a unos fines específicos), sino que demanda la experiencia de la acogida, la compenetración, la familiaridad, etc., en definitiva de la comunidad. Y ellos ofrecen una especie de micro-experiencia de universal comunidad eclesial.
  • Son escuelas de vida. Dice José Luis Restán que “El carisma describe un itinerario, una educación en la fe; ofrece una forma (hecha de palabras y rostros concretos) a través de la cual la persona es sostenida en la memoria de Cristo, aprende a través de una corrección y una caridad continua a valorarlo todo según esa memoria, y a construir sus relaciones en la vida familiar y social como expresión de la misma”.
  • Su capacidad de implicación social. Son especialmente capaces de penetrar la vida cristiana en los ambientes más difíciles y secularizados, sobre todo en los “nuevos areópagos” que más allá de la dimensión geográfica, constituye la dimensión antropológica de la Nueva Evangelización, y que en el magisterio del papa Francisco quedan incrementados y revisados por las “periferias” existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”.

¿Qué implicación tienen los nuevos movimientos en la nueva evangelización?

Los movimientos son eminentemente evangelizadores, en cuanto “aspecto” o “acento” eclesial, pero también en referencia a cada una de las etapas de la evangelización según la exhortación del beato Pablo VI Evangelii nuntiandi, pues sin desdeñar la colaboración de los movimientos con la acción pastoral de la Iglesia, donde su aportación más significativa es en la vanguardia de la acción eclesial, es decir, en las etapas previas de pre-misión y de misión (primer anuncio).
A los nuevos movimientos les vienen como anillo al dedo las notas de “nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones” con las que san Juan Pablo II describió desde el principio la Nueva Evangelización. Ni mejores, ni peores, ni mayores ni menores, pero desde luego nuevos y distintos sí son su ardor evangélico, sus modos de presencia, su comunicación cristiana. Además, están empeñados en la Nueva Evangelización por diversas manifestaciones:
  • Por su ímpetu de penetración evangelizadora en los diversos ámbitos de la sociedad, que muestra claramente la sintonía entre estos, desde su surgimiento, con las sensibilidades de la auto-misión de mediados del siglo XX (Francia, España, Italia, “países de misión”) y de la nueva evangelización de san Juan Pablo II de los “nuevos areópagos de la misión” (esos mundos de los medios de comunicación, de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales, y de la economía), continuada por el impulso del “Atrio de los Gentiles” de Benedicto XVI, hasta la promoción de una Iglesia en salida (no auto-referencial) del papa Francisco.
  • Por su capacidad de penetración en las ciudades modernas y cosmopolitas. Se les puede atribuir la instancia del papa Francisco en Evangelii gaudium de la necesidad de “una respuesta cristiana a las contradicciones de la ciudad moderna, que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilidades, al tiempo que provoca entre ellos sufrimientos lacerantes de todo tipo”. Y por tanto, “de la oportunidad de restaurar desde el Evangelio la dignidad de la vida humana en los contextos urbanos de la desconfianza, no con inflexibles programas de evangelización, sino como fermento testimonial que fecunda la ciudad”.

Como explica el sacerdote Manuel González Muñana, los nuevos movimientos responden a la demanda de grupos cristianos que, “abiertos al impulso del Espíritu Santo, hablen al hombre actual en su lenguaje y sepan afrontar de manera crítica y creativa los desafíos de la compleja cultura que va más allá del posmodernismo atomizante. Cristianos y comunidades que sean fermento en la masa, y lleguen a aquellos ambientes que están alejados del evangelio de Cristo”. Y es que “su impulso misionero y el afán evangelizador que propugnan hacen que lleguen allí donde otras instancias tradicionales tienen nula o escasa incidencia”.
Se experimenta en ellos una suerte de vigorosa simplicidad, como liberados de los típicos elementos de lastre y anquilosamiento eclesiales. Ese vigor rompe muchas barreras, supera limitaciones y desbloquea muchas situaciones problemáticas porque, como dice el poeta argentino Leopoldo Marechal, “del laberinto se sale por arriba”.

¿Están en plena comunión con las iglesias locales?

Los nuevos movimientos son espacios privilegiados de comunión, por su testimonio de vivencia de la comunión entre sus miembros; por su testimonio de comunión con los demás movimientos y carismas, viejos y nuevos; incluso por su también vanguardista iniciativa en los diálogos ecuménico e interreligioso de muchos de ellos. Pero sobre todo por su comunión con la Iglesia universal y local. Con todo, es precisamente la comunión, sobre todo con las iglesias locales, lo que, al menos a algunos, les ha supuesto mayores contradicciones, y les ha carreado mayores problemas.
La misión “desde” el carisma no es sólo “del” carisma, porque el carisma, cuando es verdadero, no expresa una fracción o particularidad de la fe y de la comunión eclesial, sino que es una puerta, diferente a las demás, que da paso al encuentro con la única fe y con la única comunión de la Iglesia.
El desafío es doble. Por parte de las iglesias particulares (los obispos, los presbiterios, las estructuras diocesanas, las parroquias), superando prejuicios, implicando a los movimientos y respetando sus carismas. Por parte de los movimientos, procurando la máxima unidad con el obispo diocesano y con la pastoral de las diócesis, cultivando la estima hacia las demás realidades eclesiales, poniendo de manifiesto el espíritu de servicio sin dejarse llevar por el protagonismo, viviendo el espíritu de colaboración, y siendo transparentes en la forma de actuar y de informar.
Para el papa Francisco este es el gran reto hoy de los nuevos movimientos: “El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo (…) La eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento”.

¿Cómo se mueven los nuevos movimientos en la “Era Francisco”?

Los nuevos movimientos viven ahora un momento de maduración y consolidación. A san Juan Pablo II y Benedicto XVI les tocó acompañar su crecimiento inicial. Y si el primero los consideraba “la respuesta providencial al dramático desafío de este fin de milenio en el que una sociedad secularizada no parece querer saber nada con el Espíritu”, el segundo veía en ellos que “la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad”. Se encuentran hoy en una nueva situación, no sólo marcada porque para la mayoría de ellos se “ha tocado techo” en su crecimiento numérico, normalmente unido a un crecimiento en la maduración (como siempre ha ocurrido en la historia de los carismas eclesiales), sino que se encuentran ante un nuevo reto: secundar la novedad del pontificado del papa Francisco.

Algunos de estos nuevos movimientos no encuentran gran dificultad en ello porque sus carismas están muy unidos a esta nueva impronta. A otros, en cambio, abanderados en su momento por la novedad, hoy la novedad eclesial se les ha adelantado y necesitan ponerse al día. En todo caso, los nuevos movimientos siempre han sido referentes de una Iglesia en salida, nada clerical, y comprometida. Pero con las tentaciones propias de un recorrido suficiente como para haber perdido algo de su “frescor fundacional”, y por tanto tentadas a su propia “auto-referencialidad” eclesial acusada por el papa Francisco. Y tentadas a un cierto “aburguesamiento” que les distancia de la acentuada austeridad promovida por el Papa. En realidad, podríamos decir que el nuevo Papa es en sí mismo todo un “movimiento eclesial” carismático. Al final, se produce un interesante intercambio: después de que el “perfil petrino” ha acogido como nunca al “perfil mariano” (según feliz definición de von Balthasar), éste ha entrado en aquel de modo sorpresivo.