lunes, 1 de agosto de 2016

Los movimientos eclesiales: un don de Dios para la nueva evangelización

Por Santiago Arellano

Rob Gonsalves, “The Sun Sets Sail”
La temática propuesta para el número 299 me ha llevado a seleccionar dos enjundiosos cuadros, además de hermosos, del pintor canadiense Rob Gonsalves. Elijo los dos porque, aunque en el asunto que desarrollan son semejantes, en la lectura alegórica que os propongo me parecen complementarios. Rob Gonsalves tiene el don de hacer visible, en lo que dibuja, el pensamiento que nos pretende transmitir. La realidad se transfigura y lo que tenía que ser pilar o columna o barco de vela, mediante la magia de los pinceles y la pericia del dibujo, se convierte en vía de encuentro y comunicación o en viaducto que hace posible  que transiten  vehículos o trenes de alta velocidad. Realismo mágico, surrealismo en clara dependencia de Dalí y de Magritte.
La presencia de los veleros me evoca la evangelización de América. Unas tras otras, las órdenes y congregaciones misioneras, en oleadas incansables recorrieron esas inmensas tierras y llevaron al nuevo continente las semillas de la fe y de la civilización cristiana. Unos tras otros, pero todos a una, en poco tiempo extendieron la Iglesia del viejo mundo, al nuevo continente. Cada barco en su empeño solitario, aventura arriesgada y exigente, construye el arco del puente, del inmenso acueducto de la unidad, claro que del comercio y del saber humano y del progreso material, pero mucho más la savia del espíritu sin cuya fuerza todo se derrumba en breve tiempo. Cada barco es un movimiento con su enseña y su carisma que ha de llevar a buen puerto nave y marinería. Así veo yo la nueva evangelización.

Rob Gonsalves, “Acrobatic Engineering”
El segundo cuadro es más complejo. También aparece un viaducto construido por el esfuerzo de personas concretas, hombres y mujeres. Las resistencias de los pilares no se deben tanto a la consistencia de la piedra o del hormigón como a las manos y el esfuerzo de los trabajadores. De nuevo, lo que será  pilar y arco, primero es esfuerzo, entrega, colaboración y entusiasmo de los seres humanos. Si uno de los componentes de esas torres humanas fallase o no cumpliese su tarea y responsabilidad, se vendría abajo y el acueducto final quedaría resentido.  En este cuadro nos invita el pintor a ser espectadores agradecidos en el teatro de la vida, no como mirones por curiosidad, sino como quien debe asombrarse de la maravilla que supone el esfuerzo de la humanidad al completar el mandato del Creador de dominar la tierra. La nave de Cristo, el tren de la nueva evangelización se abrirán paso sobre los pilares y los arcos levantados por cristianos convencidos y entusiasmados que abren  un mundo nuevo y llenan de esperanza a la humanidad  engreída y tristemente abatida por el tedio y el sinsentido.