lunes, 1 de agosto de 2016

El don de la adversidad

Por Antonio Rojas

Rendirse ante la adversidad,
es mostrarse de su parte.

—Zig Ziglar—

Me contó un viejo amigo agricultor que una vez sembró dos semillas iguales de las que nacieron dos plantas iguales, claro. Y se le ocurrió un experimento. Colocó una de las plantas a la intemperie: lluvia, sequía, sol, frío, viento… La planta creció verde, vivaz y lozana.
La otra planta la colocó en una especie de invernadero; allí no se mojaba, ni la quemaba el sol, ni la curtía el frío, ni tenía que luchar contra el viento para mantenerse enhiesta. Con el tiempo, esta planta creció delgada, endeble y descolorida.
Y mi amigo terminó su relato sentenciando:
Y es que, amigo Antonio, el luchar y sufrir ayudan a conservar la vida.
Y me acordé del evangelio, Jn 12,24: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
Ilustración: Juan Francisco Miral
Cuando la semilla cae o es plantada en la oscuridad de la tierra, la cáscara externa debe romperse para permitir que aflore nueva vida. Así, cuando nuestra cáscara externa se rompe dolorosamente, cuando nuestro corazón parece roto, cuando la vida se nos hace como una carrera de obstáculos cuesta arriba, es importante aplicarse la lección de la semilla: siempre que perdamos algo, al mismo tiempo, de algún modo, ganamos algo.
La vida es lucha y cambio, toda ella se halla en gozoso movimiento. Aparecen nuevas combinaciones; nuevas circunstancias nos retan cada día. Se presentan nuevas oportunidades y surgen, de continuo, aventuras para ser vividas.
Obviamente, según nuestra disposición, abordar el cambio, enfrentar la adversidad, puede antojarse descorazonador. Depende.
La perspectiva de cambiar será bien recibida si recordamos que la vida marcha hacia adelante y progresa. Y cuando uno crece y progresa, el cambio a mejor viene rodado.
Estamos obligados, como creyentes constructivos que somos, a crecer sin descanso tanto física como mental y espiritualmente. Una condición: afrontar los cambios con actitud valerosa y triunfal teniendo fe en las capacidades de nuestra alma si la nutrimos del amor, la sabiduría y la inteligencia que el trato con Dios aporta.
Cada vez que notemos que alguna “cáscara” se rompe en nuestro interior, recordemos que vivir con dolor y a través del dolor, precisamente, puede contribuir a desarrollar nuestra capacidad de comprensión y compasión con nosotros mismos y con los demás.
Debemos descubrir la riqueza que trae consigo la adversidad dándole la bienvenida como factor de crecimiento y desarrollo. Es cuestión de punto de vista, pero, bien empleada, la adversidad puede ser un don enriquecedor y educativo.