lunes, 1 de agosto de 2016

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (IV)

Por Bienvenido Gazapo

En homenaje al hombre que subió bajando


EL AULA MAGNA

En el número anterior afirmábamos que Abelardo fue ante todo un hombre de oración con un profundo conocimiento vivencial de Dios como Misericordia. Terminábamos la reflexión planteando una duda razonable: a la luz de sus escritos espirituales, podría deducirse quizá que fue un “pietista” demasiado confiado en la acción de Dios, sin dejar espacio a la del hombre en forma de trabajo por adquirir virtudes. Vamos a intentar despejar esta duda.
Sin premeditación alguna, sin planificación proyectada con anticipación, hemos venido a inaugurar la campaña de marchas y campamentos en este XXV aniversario de la salida del Hogar del Empleado, a nuestras instalaciones campamentales de Santiago de Aravalle (“Impresiones” 02.06.1985; marcha a Santiago de Aravalle. Santidad educadora, p. 137).
Era el 2 de junio de 1985. Comenzaba la Campaña de la Visitación. Abelardo fue a Santiago de Aravalle con los militantes de Santa María para iniciar la primera de las cuatro acampadas en las que se entrenaban los jóvenes para asistir con fruto a los turnos de campamento que se realizarían un mes después. Tiene 55 años (hace cuatro que ha recibido la gracia de Duruelo, no lo olvidemos) y lleva casi 35 unido al P. Morales en la aventura de la formación de jóvenes. Ofrece un espléndido currículo de educador, en el que se cuentan decenas de campamentos, cientos de marchas montañeras, infinitas reuniones, círculos, asambleas y horas de atención personal a los jóvenes.
Allí, en Santiago de Aravalle, “sin premeditación alguna”, escribió uno de sus textos más luminosos y poéticos en que diseña magistralmente el perfil educativo —complejo y poliédrico— de los Cruzados de Santa María. Lo hace en forma de “Impresiones”, escritos breves dirigidos a los militantes y cruzados de Santa María, en que manifiesta sus vivencias1. Y para justificar la complejidad de esta tarea educativa, recurre en esta ocasión a la belleza natural, repleta de contrastes, de Gredos, escenario geográfico desde el año 1946 en que el P. Morales comenzó los campamentos de verano con jóvenes del Hogar del Empleado, continuados después por Abelardo y los cruzados con la Milicia de Santa María, transformándola en Aula Magna de formación humana para de los jóvenes.
¡Gredos! ¡Aula Magna de un estilo de vida! Circo de Gredos y lagunas. Cumbres nevadas. Granito y praderas de hierba fuerte. Gargantón. Portillas. Torrentes de aguas limpias como esmeraldas y senderos de guijarros por los que tantas veces hemos caminado en fatigoso esfuerzo de ascensión. Florecillas humildes nacidas en la grieta del risco que escalas. Noches estrelladas de Gredos y amaneceres de fuego en las cumbres. Sol abrasador y temblores de frío en cambios bruscos de temperatura. Tormentas sobrecogedoras. Baños reconfortantes en aguas heladas…
¡Gredos! Alta escuela en la que año tras año se ha ido labrando un estilo de vida nacido en mística campamental. Dios mismo ha esculpido aquí el carisma de su Cruzada de Santa María, enseñando a hacer milicia nuestra vida sobre la tierra. Un carisma de riquísimos contrastes en orden a la formación de hombres, especialmente jóvenes, ‘por los que pasa el futuro del mundo’ (Juan Pablo II). (Id, pp. 137-38).

Abelardo no fue “pietista”

Abelardo fue ante todo un educador, formado en la fragua ignaciana del P. Morales, con una inmensa capacidad de adaptación a los jóvenes. Como escribe de él Javier del Hoyo, “tuvo un don especial para el mando, para saber exigir aunando la firmeza y la exigencia con la comprensión y el afecto” (Id., p. 22). El objetivo de toda la actuación educativa de los Cruzados de Santa María es el de formar personas lo más completas posible en el orden humano, a través de una pedagogía llena de “contrastes”, como él escribe:

a) Mirando hacia el interior del joven:

En Gredos, la pedagogía campamental se hace en el alma: fortaleza y suavidad. Firmeza y ternura. Exigencia y comprensión. Iniciativa y docilidad. Responsabilidad y alegría. Improvisación y orden. Rica personalidad y supeditación al bien común. Espíritu observador y crítico, mas jamás criticista. Creativo, aunque no secunde el mando nuestras sugerencias… Reflexivos, pero no cavilosos. Constantes y tenaces, pero nunca tozudos. Inspirados y abiertos a la genialidad, mas contrarios al sentimentalismo y a las imaginaciones desbocadas (Id, p. 138).

b) Mirando hacia los demás:

Siempre unidos, nunca disgregados; pacientes siempre y con todos, y más especialmente con uno mismo; abnegados en todo tiempo y lugar, sin quejas ni murmuraciones. Dándose sin reservas, y aceptando todo cuanto viene y se nos da. Amor universal y negación al apegamiento particular. Empobrecerse para enriquecer, y enriqueciéndose por la donación del que se empobrece. Sufrir sonriendo, y alegrar al que llora en su corazón (Id.).
De estas dos descripciones de oposición de contrarios, se desprenden cinco compromisos educativos de enorme magnitud que Abelardo procuró transmitirnos:
1º: Desde el punto de la “cantidad”, es preciso practicar un gran nivel de exigencia sobre nuestros jóvenes, sometiéndolos a un troquel que implica muchas veces “sufrir y hacer sufrir” (P. Morales), para erradicar defectos y potenciar virtudes:
He sentido mucha ternura por ellos (juveniles)… Ayer tarde les vi temblando durante las oraciones. Hacía bastante frío… Sentí pena, pero comprendí que hay que enseñarles ya a sufrir para poder gozar en la lucha y vencimiento de uno mismo. La vida es lucha, y la más heroica de las batallas, vencerse a sí mismo. La vida no es confort y hay que hacerles equilibradores en esta sociedad que por entregada al bienestar no conoce los goces de la austeridad. En la molicie el alma se seca y el corazón se marchita. Una educación orientada al goce destruye a nuestra juventud. (“Impresiones” 7-8.06.1986; marcha al Puerto de los Cotos. S.E, p. 161).
2º: Desde el punto de vista de la “calidad”, el educador deberá mostrar al joven el valor educativo de los pequeños detalles, esos que nos acompañan permanentemente cada día, sobre los que podemos construir un edificio sólido o dejarlos escapar como agua entre los dedos. Abelardo los propone como medio de autodominio:
La mística del pequeño detalle es de valor muy grande. La rapidez, el orden, la docilidad al mando, la austeridad de vida, los vencimientos propios del esfuerzo físico, del frío o calor, la indumentaria sin ese exhibicionismo de piel o de disfraz de carnaval… y tantos otros aspectos y valores de un día de acampada y marcha, impregnan las vidas de ese algo tan necesario para doblegar pasiones y vivir como hombres: el dominio de sí mismo (“Impresiones” 7-8.06.1975; marcha al Alto de los Leones. S.E., pp. 55-56).
3º: La exigencia a los demás deberá ir precedida y acompañada de la auto-exigencia, que deberá ser permanente y progresiva. Mantuvo con firmeza este principio:
Un veterano no puede pasar por las marchas sin aportar cada día una iniciativa… Si tú no has realizado hoy por primera vez algo por iniciativa tuya, que no te lo imponga la estructura, entonces no te estás formando como líder, y ocurrirá lo que ha dicho uno aquí a mi lado cuando le han preguntado: “Si tú hubieras venido hoy como jefe, ¿te habrías portado igual?” Y ha tenido que reconocer que no, porque habría tenido muchas más iniciativas con los que le rodeaban. Al no considerarse como jefe, se ha empequeñecido a sí mismo y a esa escuadra-familia que se hubiera enriquecido más si hubieran existido iniciativas aportadas por él (“Impresiones” 23-24.06.1984; marcha a Peñalara. S. E., p. 133).
4º: La acción en la que educamos a los jóvenes ha de ser también permanentemente corregida. Es el estilo educativo del correctivo-autocorrectivo, como método educativo heredado de san Ignacio de Loyola y reelaborado por el P. Morales. Abelardo nos advierte con equilibrio de maestro experimentado:
Premio y castigo se armonizan y complementan plenamente en la pedagogía que Cristo dejó en el Evangelio. No se puede mutilar esta pedagogía ni en uno ni en otro sentido. Siempre costará más corregir que premiar. Formar el educador dispuesto a dar disgustos y llevárselos requiere forzosamente un proceso doloroso a los principios. Hay que llegar cuanto antes a la síntesis en que está la virtud. Pero ¡cuidado! Cuando los años nos den ese equilibrio, no consideremos que la formación que recibimos en nuestros principios, aquellos primeros pasos, fueron erróneos. Sin ellos no habría éstos” (“Impresiones” 4-5.06.1983; marcha al Alto de los Leones. S. E., pp. 109-10).
5º: El educador está educándose permanentemente. Nadie está exento de este ejercicio de exigencia, porque la educación se transmite sobre todo por ósmosis… Y todos estamos llamados a ser educadores de nuestros hijos, alumnos, compañeros.
Todos estamos llamados a ser formadores. Y si estamos llamados, ya lo somos. Aprendamos, pues, todo lo que se hace y por qué se hace. Pero, en especial, aprendamos cómo se hace: esto es, con la firmeza de un padre y la ternura de una madre, con el celo de un apóstol y la paciencia de un santo2. Corrigiendo y premiando. Firme y suave al mismo tiempo (“Impresiones” 14-15.06.1980; marcha a los pinares de Balsaín. S. E., pp. 77-78).

Abelardo tampoco fue un voluntarista

Estas reflexiones expuestas, evidentemente alejan toda sospecha de “pietismo” porque hablan de acción personal, esfuerzo, superación, liderazgo, corrección, etc. Entonces ¿podemos pensar que existe cierto voluntarismo (esa actitud de pretender hacer todo confiando demasiado en el esfuerzo personal, y buscando la autosatisfacción de haber hecho las cosas por uno mismo) en el estilo pedagógico de Abelardo? Es el mismo Abelardo quien nos saca de dudas:
Parece que así tenemos el peligro de formar hombres voluntaristas, pero no es cierto: la lucha, el esfuerzo constante y diario en el dominio de nosotros mismos, tropiezan con el rechazo a esa forma de vivir dentro y fuera de nosotros mismos. Todo esto implica un esfuerzo constante nuestro por superar los obstáculos que por todas partes nos acosan y las adversidades que nos hacen sentir la impotencia más total para esta gran empresa. Aparece el peligro del desaliento continuo. La incapacidad que sentimos y experimentamos se hace penosa. Es entonces cuando acude en nuestra ayuda la llamada “mística de las miserias”. Por ella, esa voluntad fuerte que deseamos formar, se hace al tiempo dócil y humilde, comprensiva con todos y con uno mismo. Entonces se nos ilumina la entraña del Evangelio, el seguimiento de Cristo crucificado, la ciencia del grano de trigo que fructifica cuando muere (cf. Jn 12,24) (“Impresiones” 4-5.06.1988; marcha al Alto de los Leones. S. E., p. 193).
Adviértase que no niega el esfuerzo; es más, lo reivindica. Pero la naturaleza humana no puede por sí misma conseguir el triunfo final ¿Cómo conseguirlo entonces? Abelardo nos orienta con nitidez, apuntando de nuevo hacia Dios, que lo fue todo en su vida:
En suma, en todo, en todos, siempre el nombre de Jesús, haciéndolo Él y no yo… Se consigue con la mirada puesta siempre en la Madre. La Virgen Madre, artífice de ese prodigio que ha de ser todo cruzado y militante (“Impresiones” 14-15.06.1980; marcha a los pinares de Balsaín. S. E., pp. 77-78).
* * *
Terminamos volviendo al comienzo. Tras estos textos todo adquiere luminosidad y coherencia: el esfuerzo humano es insustituible. Hablar de educación es hablar de esfuerzo personal. Este nos mejora y nos hace crecer, no sólo porque mediante nuestra acción sobre las cosas y sobre nosotros mismos, descubrimos nuestras potencialidades ocultas, sino también porque nos enfrentamos a nuestra mediocridad y pobreza humanas. Y es precisamente en este recodo donde se muestra la gracia de Dios como misericordia, que viene a nosotros para fortalecernos en la lucha. Se cumple el viejo adagio: “la gracia no suple la naturaleza sino que la perfecciona”. Es, en el fondo, la paradoja ignaciana del “contemplativo en la acción”: “actúa como si todo dependiera de ti; confía como si todo dependiera de Dios”, que pone el P. Ribadeneira en boca de san Ignacio.
En Abelardo esta dialéctica se resuelve en una frase audacísima que dio título y letra a una de sus canciones: “La cumbre está más abajo”: ¡Subir sólo se hace bajando!
Esta intuición maravillosa se convierte en la forma de vida de los Cruzados de Santa María. Sobre esto escribiremos en el próximo número de Estar.

 Notas
1 Estas “Impresiones” están recopiladas y publicadas en un libro para uso interno del Instituto Cruzados de Santa María, titulado Santidad educadora (Madrid 2010). De él extraemos las presentes citas.

2Cf. Forja de hombres p. 71.