lunes, 1 de agosto de 2016

Los movimientos eclesiales: un don de Dios para la nueva evangelización

Por Santiago Arellano

Rob Gonsalves, “The Sun Sets Sail”
La temática propuesta para el número 299 me ha llevado a seleccionar dos enjundiosos cuadros, además de hermosos, del pintor canadiense Rob Gonsalves. Elijo los dos porque, aunque en el asunto que desarrollan son semejantes, en la lectura alegórica que os propongo me parecen complementarios. Rob Gonsalves tiene el don de hacer visible, en lo que dibuja, el pensamiento que nos pretende transmitir. La realidad se transfigura y lo que tenía que ser pilar o columna o barco de vela, mediante la magia de los pinceles y la pericia del dibujo, se convierte en vía de encuentro y comunicación o en viaducto que hace posible  que transiten  vehículos o trenes de alta velocidad. Realismo mágico, surrealismo en clara dependencia de Dalí y de Magritte.
La presencia de los veleros me evoca la evangelización de América. Unas tras otras, las órdenes y congregaciones misioneras, en oleadas incansables recorrieron esas inmensas tierras y llevaron al nuevo continente las semillas de la fe y de la civilización cristiana. Unos tras otros, pero todos a una, en poco tiempo extendieron la Iglesia del viejo mundo, al nuevo continente. Cada barco en su empeño solitario, aventura arriesgada y exigente, construye el arco del puente, del inmenso acueducto de la unidad, claro que del comercio y del saber humano y del progreso material, pero mucho más la savia del espíritu sin cuya fuerza todo se derrumba en breve tiempo. Cada barco es un movimiento con su enseña y su carisma que ha de llevar a buen puerto nave y marinería. Así veo yo la nueva evangelización.

Rob Gonsalves, “Acrobatic Engineering”
El segundo cuadro es más complejo. También aparece un viaducto construido por el esfuerzo de personas concretas, hombres y mujeres. Las resistencias de los pilares no se deben tanto a la consistencia de la piedra o del hormigón como a las manos y el esfuerzo de los trabajadores. De nuevo, lo que será  pilar y arco, primero es esfuerzo, entrega, colaboración y entusiasmo de los seres humanos. Si uno de los componentes de esas torres humanas fallase o no cumpliese su tarea y responsabilidad, se vendría abajo y el acueducto final quedaría resentido.  En este cuadro nos invita el pintor a ser espectadores agradecidos en el teatro de la vida, no como mirones por curiosidad, sino como quien debe asombrarse de la maravilla que supone el esfuerzo de la humanidad al completar el mandato del Creador de dominar la tierra. La nave de Cristo, el tren de la nueva evangelización se abrirán paso sobre los pilares y los arcos levantados por cristianos convencidos y entusiasmados que abren  un mundo nuevo y llenan de esperanza a la humanidad  engreída y tristemente abatida por el tedio y el sinsentido.

El eleoceno, la era de la Misericordia

Por José Luis Acebes

Imaginemos que nos subimos a una máquina del tiempo. Realizaremos un viaje fascinante que nos llevará a tres momentos clave de la historia del planeta y de la humanidad.

Primera parada

El 16 de julio de 1945 en Alamogordo, Nuevo México, tuvo lugar el primer ensayo de bomba atómica, y menos de un mes después estallaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Desde entonces, como consecuencia, aparecen radioisótopos de origen humano, fácilmente identificables en el registro estratigráfico (en los sedimentos de esa edad) por todo el mundo. Dicho de otro modo, esas detonaciones nucleares han marcado una profunda huella no solo en la historia de la humanidad, sino también en el planeta. Algunos científicos han propuesto que con esa fecha (1945) dé comienzo una nueva época geológica, la actual, llamada antropoceno (de antropos, hombre y cenos, reciente).

Segunda parada

Retrocedemos un poco en el tiempo. Hace dos mil años se produjo un hecho mucho más central y relevante para la historia del cosmos, del planeta y de la humanidad; un acontecimiento fácilmente identificable, que marcó un antes y un después: el estallido de la misericordia. Con Jesucristo aparece en la Tierra la encarnación de la misericordia de Dios. Con Él termina la era de la Ley y comienza la era de la Misericordia. Con Jesucristo la época de la justicia da paso al tiempo de la misericordia.
Se ha dicho que el Evangelio entero es la historia de las misericordias de Dios a favor de los hombres. Cuando los discípulos de Juan Bautista preguntan a Jesús si es el Mesías esperado, contesta: Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados (Mt 11, 4-5). Así que Jesús no les responde con ideas, sino con hechos, con lo que están viendo y oyendo. Y lo que perciben como signo para reconocerlo son sus obras de misericordia. Con Jesús ha comenzado un tiempo nuevo, que podemos llamar el eleoceno, la era de la Misericordia (del griego eleos, misericordia y cenos, reciente). ¿Qué sería de la humanidad si, de un plumazo, borráramos todos los actos de misericordia realizados en nombre de Jesucristo en estos dos milenios? Sería irreconocible.

Tercera parada

Agosto de 2016. Vivimos un momento crucial en la historia de la humanidad (y del planeta). También hoy el Señor, vivo en sus miembros, seguirá siendo reconocible mediante el estallido de la misericordia que brilla en las obras de los suyos a favor de los necesitados. Más reconocible que la señal de radioisótopos del antropoceno, más profunda que la huella geológica, y mucho más necesaria para la humanidad, tiene que ser nuestra acción misericordiosa. Si un viajero del tiempo llegara a nuestra época debería reconocer la era en la que nos encontramos al experimentar la huella de nuestras obras de misericordia.
Ese es nuestro reto: la era de la Misericordia, el eleoceno, será reconocible si se ha hecho vida en nosotros, en multitud de hombres y mujeres anónimos. La misericordia es un estilo de vida, ha dicho recientemente el papa Francisco. Nuestros ojos, oídos, manos, pies y corazón son misericordiosos cuando miramos, escuchamos, tocamos, caminamos y amamos con misericordia a los demás.
El eleoceno, la era de la Misericor-dia, no se reconoce detectando radioisótopos, como ocurre con el antropoceno, sino constatando las obras de misericordia que brotan de nuestros corazones transformados por la misericordia de Dios.

Santa María de la Visitación, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, transforma nuestros ojos, oídos, manos, pies y corazón, e introdúcenos en la auténtica nueva era, ¡la era de la Misericordia!

Los movimientos, en la vanguardia de la evangelización

Por Manuel María Bru Alonso

Manuel María Bru Alonso, sacerdote y periodista, es Delegado Episcopal de Catequesis del Arzobispado de Madrid, presidente de la Fundación Crónica Blanca y profesor de Periodismo en la universidad CEU San Pablo. Ha escrito varios libros sobre temas de actualidad eclesial y periodística.
“Los nuevos movimientos representan un verdadero don de Dios para la evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha”. Son palabras de san Juan Pablo II. No en un discurso a los participantes de un movimiento, o a todos juntos, por él (como por sus sucesores) convocados desde 1998 año tras año, sino en su encíclica sobre la dimensión misionera de la iglesia, Redemptoris missio. Desde entonces, sin dejar de estar en proceso de acompañamiento y discernimiento, quedaron en la Iglesia más que bendecidos los nuevos movimientos y las nuevas comunidades eclesiales.

¿Quiénes son los nuevos movimientos?

La pregunta no es ingenua, como la respuesta no es fácil; pues en realidad ni el derecho canónico ni el magisterio conciliar utilizan expresamente este término. Tenemos, eso sí, un magnífico cuerpo doctrinal en el magisterio pontificio del beato Pablo VI, de san Juan Pablo II, de Benedicto XVI y del papa Francisco, aunque éste no sea sistemático ni preciso en cuanto a definiciones.
Los teólogos están interesándose cada vez más en buscar la definición más precisa, pero el terreno en el que se mueven no es nada fácil. Y es que los nuevos movimientos no son realidades terminadas, sino en pleno desarrollo, con el dinamismo propio de verdaderas irrupciones carismáticas, aún en época de fundación, con carismas personales muy especiales e imparablemente creativos. Incluso el término movimiento es un término problemático: no todos los movimientos lo aceptan.
Ya decía en los años ochenta el cardenal Moreira Nieves qué “no es” un movimiento eclesial: no es una “agregación” (demasiado genérico, impreciso e inclasificable). Tampoco es un “grupo” (poco organizado, espontáneo). Y ni siquiera una “asociación”, pues aunque canónicamente puedan usar el concepto de “asociaciones de fieles”, privadas o públicas, son otra cosa: “añaden a la asociación un modo diverso de ser, un toque, un estilo, más aún, una dinámica interior y una dinámica exterior características”. En definitiva, añaden algo tan determinante y decisivo como es el ser un carisma.
Por otro lado es imposible entender la irrupción de los nuevos movimientos fuera del contexto propiciado por el Concilio Vaticano II y el postconcilio en las diversas etapas de su aplicación. Decía el cardenal Ulk que el Espíritu Santo en el siglo XX actuó en la Iglesia con sus dos manos: con una impulsó en Concilio, con la otra, los movimientos. Para el historiador de la Iglesia Fidel González no es causal la irrupción de los movimientos en este contexto conciliar: “El Concilio veía en la Iglesia un signo y un instrumento eficaz del amor de Dios por el mundo y por el hombre (...) Esta profesión corría el riesgo de permanecer en el mero plano de las teorías o de los buenos deseos. En estos momentos vemos intervenir con fuerza la rica imaginación del Espíritu Santo suscitando el gran mosaico de los movimientos y de las nuevas comunidades eclesiales”.

¿Qué los caracteriza?

  • Qué son Comunidades y Movimientos Eclesiales. Carismas que no se identifican con una sola vocación en la Iglesia, ni siquiera con una sola necesidad, un ámbito peculiar de evangelización o de transformación eclesial y social, sino que más bien se identifican con la propuesta de una nueva espiritualidad, válida para todos y para todo, que desde un aspecto determinado de la experiencia cristiana, renovado y revitalizado, ofrecen una nueva síntesis vital de toda la vida cristiana.
  • Que son principalmente laicales. Aunque a ellos pertenecen sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, e incluso obispos (de modos diversos), nacen y se desarrollan con un especial protagonismo de los laicos. Precisamente porque sus espiritualidades no se especifican por vocaciones, sino por carismas, estás se identifican con la llamada universal a la santidad y se basan fundamentalmente en el bautismo, la palabra de Dios, la comunión eclesial y la presencia transformante en el mundo, características principales de la espiritualidad laical.
  • Su intensa experiencia comunitaria. Cuentan con las primeras comunidades como referencia, y quieren dar respuesta al reto de la sociedad, que pide a gritos ámbitos comunitarios para los que no basta el fenómeno del asociacionismo (afiliación en torno a unos fines específicos), sino que demanda la experiencia de la acogida, la compenetración, la familiaridad, etc., en definitiva de la comunidad. Y ellos ofrecen una especie de micro-experiencia de universal comunidad eclesial.
  • Son escuelas de vida. Dice José Luis Restán que “El carisma describe un itinerario, una educación en la fe; ofrece una forma (hecha de palabras y rostros concretos) a través de la cual la persona es sostenida en la memoria de Cristo, aprende a través de una corrección y una caridad continua a valorarlo todo según esa memoria, y a construir sus relaciones en la vida familiar y social como expresión de la misma”.
  • Su capacidad de implicación social. Son especialmente capaces de penetrar la vida cristiana en los ambientes más difíciles y secularizados, sobre todo en los “nuevos areópagos” que más allá de la dimensión geográfica, constituye la dimensión antropológica de la Nueva Evangelización, y que en el magisterio del papa Francisco quedan incrementados y revisados por las “periferias” existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”.

¿Qué implicación tienen los nuevos movimientos en la nueva evangelización?

Los movimientos son eminentemente evangelizadores, en cuanto “aspecto” o “acento” eclesial, pero también en referencia a cada una de las etapas de la evangelización según la exhortación del beato Pablo VI Evangelii nuntiandi, pues sin desdeñar la colaboración de los movimientos con la acción pastoral de la Iglesia, donde su aportación más significativa es en la vanguardia de la acción eclesial, es decir, en las etapas previas de pre-misión y de misión (primer anuncio).
A los nuevos movimientos les vienen como anillo al dedo las notas de “nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones” con las que san Juan Pablo II describió desde el principio la Nueva Evangelización. Ni mejores, ni peores, ni mayores ni menores, pero desde luego nuevos y distintos sí son su ardor evangélico, sus modos de presencia, su comunicación cristiana. Además, están empeñados en la Nueva Evangelización por diversas manifestaciones:
  • Por su ímpetu de penetración evangelizadora en los diversos ámbitos de la sociedad, que muestra claramente la sintonía entre estos, desde su surgimiento, con las sensibilidades de la auto-misión de mediados del siglo XX (Francia, España, Italia, “países de misión”) y de la nueva evangelización de san Juan Pablo II de los “nuevos areópagos de la misión” (esos mundos de los medios de comunicación, de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales, y de la economía), continuada por el impulso del “Atrio de los Gentiles” de Benedicto XVI, hasta la promoción de una Iglesia en salida (no auto-referencial) del papa Francisco.
  • Por su capacidad de penetración en las ciudades modernas y cosmopolitas. Se les puede atribuir la instancia del papa Francisco en Evangelii gaudium de la necesidad de “una respuesta cristiana a las contradicciones de la ciudad moderna, que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilidades, al tiempo que provoca entre ellos sufrimientos lacerantes de todo tipo”. Y por tanto, “de la oportunidad de restaurar desde el Evangelio la dignidad de la vida humana en los contextos urbanos de la desconfianza, no con inflexibles programas de evangelización, sino como fermento testimonial que fecunda la ciudad”.

Como explica el sacerdote Manuel González Muñana, los nuevos movimientos responden a la demanda de grupos cristianos que, “abiertos al impulso del Espíritu Santo, hablen al hombre actual en su lenguaje y sepan afrontar de manera crítica y creativa los desafíos de la compleja cultura que va más allá del posmodernismo atomizante. Cristianos y comunidades que sean fermento en la masa, y lleguen a aquellos ambientes que están alejados del evangelio de Cristo”. Y es que “su impulso misionero y el afán evangelizador que propugnan hacen que lleguen allí donde otras instancias tradicionales tienen nula o escasa incidencia”.
Se experimenta en ellos una suerte de vigorosa simplicidad, como liberados de los típicos elementos de lastre y anquilosamiento eclesiales. Ese vigor rompe muchas barreras, supera limitaciones y desbloquea muchas situaciones problemáticas porque, como dice el poeta argentino Leopoldo Marechal, “del laberinto se sale por arriba”.

¿Están en plena comunión con las iglesias locales?

Los nuevos movimientos son espacios privilegiados de comunión, por su testimonio de vivencia de la comunión entre sus miembros; por su testimonio de comunión con los demás movimientos y carismas, viejos y nuevos; incluso por su también vanguardista iniciativa en los diálogos ecuménico e interreligioso de muchos de ellos. Pero sobre todo por su comunión con la Iglesia universal y local. Con todo, es precisamente la comunión, sobre todo con las iglesias locales, lo que, al menos a algunos, les ha supuesto mayores contradicciones, y les ha carreado mayores problemas.
La misión “desde” el carisma no es sólo “del” carisma, porque el carisma, cuando es verdadero, no expresa una fracción o particularidad de la fe y de la comunión eclesial, sino que es una puerta, diferente a las demás, que da paso al encuentro con la única fe y con la única comunión de la Iglesia.
El desafío es doble. Por parte de las iglesias particulares (los obispos, los presbiterios, las estructuras diocesanas, las parroquias), superando prejuicios, implicando a los movimientos y respetando sus carismas. Por parte de los movimientos, procurando la máxima unidad con el obispo diocesano y con la pastoral de las diócesis, cultivando la estima hacia las demás realidades eclesiales, poniendo de manifiesto el espíritu de servicio sin dejarse llevar por el protagonismo, viviendo el espíritu de colaboración, y siendo transparentes en la forma de actuar y de informar.
Para el papa Francisco este es el gran reto hoy de los nuevos movimientos: “El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo (…) La eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento”.

¿Cómo se mueven los nuevos movimientos en la “Era Francisco”?

Los nuevos movimientos viven ahora un momento de maduración y consolidación. A san Juan Pablo II y Benedicto XVI les tocó acompañar su crecimiento inicial. Y si el primero los consideraba “la respuesta providencial al dramático desafío de este fin de milenio en el que una sociedad secularizada no parece querer saber nada con el Espíritu”, el segundo veía en ellos que “la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad”. Se encuentran hoy en una nueva situación, no sólo marcada porque para la mayoría de ellos se “ha tocado techo” en su crecimiento numérico, normalmente unido a un crecimiento en la maduración (como siempre ha ocurrido en la historia de los carismas eclesiales), sino que se encuentran ante un nuevo reto: secundar la novedad del pontificado del papa Francisco.

Algunos de estos nuevos movimientos no encuentran gran dificultad en ello porque sus carismas están muy unidos a esta nueva impronta. A otros, en cambio, abanderados en su momento por la novedad, hoy la novedad eclesial se les ha adelantado y necesitan ponerse al día. En todo caso, los nuevos movimientos siempre han sido referentes de una Iglesia en salida, nada clerical, y comprometida. Pero con las tentaciones propias de un recorrido suficiente como para haber perdido algo de su “frescor fundacional”, y por tanto tentadas a su propia “auto-referencialidad” eclesial acusada por el papa Francisco. Y tentadas a un cierto “aburguesamiento” que les distancia de la acentuada austeridad promovida por el Papa. En realidad, podríamos decir que el nuevo Papa es en sí mismo todo un “movimiento eclesial” carismático. Al final, se produce un interesante intercambio: después de que el “perfil petrino” ha acogido como nunca al “perfil mariano” (según feliz definición de von Balthasar), éste ha entrado en aquel de modo sorpresivo.

A la luz de las estrellas

Por Javier Segura

25 aniversario de la Virgen de Gredos

Los meses anteriores, como decía el zorro al Principito, habíamos ido preparando los corazones. Un artículo en la revista Estar, un perfil de Facebook abierto para el acontecimiento, trípticos, carteles… Pero sobre todo el boca a boca, de amigo a amigo.
—No podemos faltar. Nos vemos en Gredos.
—Sí, a los pies de la Virgen.
El corazón estaba preparado y había contagiado su ilusión a muchos otros.
Aquella tarde, a los casi cien jóvenes que llevaban dos días de campamento en las praderas del Circo de Gredos, subiendo las desafiantes crestas de las montañas, se sumaron muchas personas.
Hombres veteranos que ya no recordaban qué era eso de dormir en el suelo ni a la intemperie, pues en los años en que ellos acampaban aquí todavía estaba permitido plantar tiendas de campaña. Ahora había que dormir al raso. Y con ellos estaban también madres y esposas, hijos e hijas, que también aman este lugar, que también se saben amados por la Virgen desde su gruta.
La aventura comenzó con un viaje desde sus ciudades hasta la Plataforma, y de allí una expedición que llevó a los montañeros hasta la Laguna Grande en algo más de dos horas y media. Justo a tiempo de comenzar la eucaristía.
El camino se había hecho arduo en pleno mes de julio, en el bochorno de la tarde. Pero a la hora de la misa, la paz llenó todo el Circo, el cansancio cedió a la serenidad y la fatiga a la alegría. Muchos rostros conocidos, aunque quizás algo envejecidos, abrazos sinceramente efusivos, alegría desbordante en el corazón. Sí, encontrarse en este lugar no es como coincidir en otro sitio cualquiera. Estábamos en casa.
La eucaristía presidida por el padre Rafael Delgado nos recordó a algunos la que hace veinticinco años presidiera el padre Emiliano Manso. En Cristo eucaristía nos uníamos todos los que allí estábamos, y se unieron todos los que nos han acompañado en estos años, aunque hoy no pudieran estar con nosotros. Y también el nombre de todos ellos quedó escrito con el nuestro a los pies de la Virgen. ¡Qué alegría saber que nuestro nombre está allí, al lado de la Madre! El recuerdo va entonces a la Virgen del Hogar, la del corazón de oro, que también se abre para guardar nuestros nombres cada ocho de diciembre. Virgen del Hogar, Virgen de Gredos, Santa María de la Montaña, bendícenos, cuídanos.
El corazón ya estaba ensanchado para cuando llegó el momento tan esperado de la tertulia nocturna a la luz de las estrellas, a la luz de la luna. Es un momento casi mágico, que quien no lo haya vivido no puede entenderlo fácilmente. Antes, el fuego crepitante; ahora, el lumen gas, menos poético, ilumina los rostros que en silencio escuchan las confidencias del corazón de los otros montañeros. Y de forma serena el corazón se abre en una alabanza a Dios. Y allí caben todos, el juvenil más joven, que nos hizo rezar a todos un avemaría y nos emplazó a dentro de veinticinco años, y el más veterano de todos los hombres, que casi prefieren quedarse en silencio… porque es tanto lo que el corazón necesita contar. Pero lo más íntimo solo se queda para el momento final del día, en el silencio de la noche, a la luz de las estrellas. En ese diálogo íntimo entre el alma y Dios más de una lágrima de emoción corrió esa noche del ocho de julio. Testigos son la  oscuridad, las montañas y el eco atronador del grito final del campamento: por Cristo, por la Virgen, por la Iglesia. ¡Más, más y más!
El día siguiente fue muy dispar. Unos lo dedicaron a recorrer las viejas montañas graníticas. Otros escalaron sus crestas. Los campamentos volvieron a Santiago de Aravalle. Mucha gente que no había podido ir a la montaña estaba esperándonos en el albergue. Otros muchos vendrían al día siguiente. Y de nuevo el corazón se preparaba para la gran fiesta de ese domingo diez de julio.
Llegaron muchos, muchos padres de los jóvenes y niños que este año participaban en el campamento, especialmente de los alevines. Pero se unieron otros muchos que habían asistido otros años. Y lo que otros años era el día de las familias del campamento, en esta ocasión se convirtió en un auténtico día de familia en torno a la Madre.
La eucaristía fue el primer acto, y fundamental, de la jornada. A la sombra de los robles más de quinientas personas nos agolpamos para vivir intensamente el amor de Dios hecho pan por nosotros. Daba gusto ver a los jóvenes acampados, con sus camisetas amarillas, rojas y azules, vivir con su estilo lo mismo que otros muchos hombres que ahora nos acompañaban habían vivido hace años. Esa íntima unión con el Señor, motor de todo este estilo de vida que se aprende en Gredos.
En el ofertorio de la eucaristía se presentó la imagen que el artista José Miguel de la Peña realizó de la Virgen de Gredos para esta ocasión, y que quedó colocada en la Sala Abelardo en el albergue. La Virgen de Gredos y Abe una vez más juntos. En verdad no puede separarse lo que está unido en Dios.
Y tras la comida, el festival, con canciones a la Virgen de Gredos que han resonado a lo largo de estos años con ritmos y acentos distintos. En primer lugar las canciones de Abelardo, ahora cantadas por los nuevos militantes, que han creado un grupo de música, ‘Oleaje’. Pero también pudimos oír a otros cantar sus melodías, como a Rogelio Cabado, o a jóvenes que al ritmo de Rap y Pop han creado nuevas canciones para cantar, generación tras generación, las grandezas que Dios ha hecho en la Madre.
Quizás, Madre, este es el mejor resumen que podemos hacer de esta fiesta. Que todas las generaciones nos hemos unido para cantar tus glorias, y bendecir al Señor por el regalo tan inmerecido que nos ha hecho en ti.

¡Gracias, Madre!

Una pedagogía de la Encarnación. Exinanivit!

Por José Luis Acebes

Esa palabra, en latín, constituye uno de los imborrables recuerdos del P. Morales que han dejado en mí una honda impronta y que, a mi parecer, mejor resumen las claves de formación características de la Cruzada-Milicia de Santa María y que, me atrevería a afirmar, son esenciales a su —mi— carisma.
La palabra hace referencia al himno cristológico paulino de Flp 2, 6-11, y, en concreto, al versículo 7 en el que se pone de relieve que la Encarnación es la piedra angular de la Historia de la Salvación.
Esta dimensión encarnatoria hace patente que Cristo es el que revela el hombre, al propio hombre (GS, 22).

Equilibrado personalismo

He aquí la clave de nuestra formación: “Soy hombre”.
Pero el hombre no es un ser acabado. Ser hombre es una tarea. Una tarea para la que se requiere un profundo conocimiento de la naturaleza humana y un más hondo enamoramiento de la humanidad de Cristo, sin el cual no es posible el amor al Dios Trinidad. Esas dos notas constituyen una profunda unidad en la que lo humano y lo cristiano se identifican y que son el distintivo del educador de la Cruzada-Milicia.
Educador que tiene claro que ser santo y ser auténticamente hombre son lo mismo y que, por tanto, sabe que tiene que mantener el equilibrio, muchas veces difícil, entre dos tendencias claramente viciosas e igualmente reduccionistas: el encarnacionismo y el espiritualismo.
El encarnacionismo que considera la naturaleza humana como realidad autosuficiente y absolutamente autónoma y para la que lo cristiano es simplemente un añadido, la guinda que da un colorido peculiar —pero en el fondo anecdótico— a lo humano.
Y el espiritualismo que convierte el hecho cristiano en una vaga espiritualidad de sacristía que se encastilla (“encapucha”, decía el P. Morales) y que sospecha de todo lo auténticamente humano tildándolo de “peligroso”.
Frente a ello siempre he percibido en nuestros educadores una búsqueda de un equilibrado personalismo que ha incidido en la necesidad de hombres auténticos que transformen el mundo de salvaje en humano y de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios (Pío XII, Por un mundo mejor, 4).
La labor educativa es concebida, por tanto, como un arte: el arte de la forja; la forja de esos hombres nuevos. Ese arte parte de una afinada visión del hombre: el hombre es capaz de lo más, de Dios, pero su naturaleza es naturaleza caída —lastrada por las tendencias insanas instaladas por el pecado original: concupiscencia y soberbia—. Es así que la clave debe ser la exigencia: “Al joven si se le pide mucho, da más; si se le pide poco no da nada” —se nos repetía con insistencia.
Exigencia que debía ser encarnada por el propio educando hasta convertirse en autoexigencia.
Para ello se consideraban como indispensables dos medios: la figura del guía y el instrumento del autocorrectivo.
La amistad profunda con aquel que comparte contigo el camino y busca la misma meta, ser un “contemplativo enamorado de Dios”, y que se convierte en tu Cristo pedagogo que te guía en el camino humano-cristiano por la ardua ruta de la exigencia marcándote objetivos, metas, respetando tu proceso y acompañándote con su ejemplo ha sido, y es, la clave del crecimiento personal y de la fidelidad al Señor a través de los años, que ha terminado consolidándose en una profunda amistad en Cristo que nos hace reconocernos como hermanos al modo de los primeros cristianos.
El autocorrectivo como ese medio pedagógico genial en el que el educando va asumiendo, supervisado por su guía, su formación y que, ayudado por el balance diario, permite la atención directa a uno mismo haciéndote reflexivo para atender al pequeño detalle y vivir con intensidad el momento presente y que, además, al hacer ver tus miserias incide en la necesidad de ser constante, de “no cansarse nunca de estar empezando siempre” y que, más aún, engrandece tu corazón al percibirte miserable y saber que estás en manos de un Dios amoroso del que dependes y que la unión de tu esfuerzo y su gracia todo lo pueden. Es así el autocorrectivo una llamada a “subir bajando”. A abandonarse en los brazos de Dios pero sin pactar con las miserias.

Frutos de esta educación

Ese arte de la forja, lento, difícil, paciente ha dado, da y dará, si Dios quiere, sus frutos, entre los que me encuentro.
¿Qué caracterizaría como distintivo de aquél que ha recibido esta formación?
Una profunda vocación laical. El descubrimiento de que todos estamos llamados a ser santos y la implicación en ello concretado en que nuestra misión es la consagración del mundo desde dentro: la renovación, creación y vivificación de las estructuras temporales.
Un inmenso amor al hombre, a cada hombre, y a lo auténticamente humano. Todo lo auténticamente humano es cristiano y, por ello, nos pertenece.
Una profunda humildad que nos hace inasequibles al desaliento al constatar nuestra miseria pero, al mismo tiempo, al saber que no nos podemos quedar ahí.
Una inquietud por la formación intentando detectar los signos de los tiempos para poder responder a ellos según el corazón de Cristo.
Firmeza en los propósitos, sabiendo que hay que seguir adelante y siempre (“Más, más y más”) porque nuestra meta es Cristo y, en consecuencia, un no poder estarnos quietos porque nos urge el hombre, cada hombre, porque en él nos urge Cristo.
Un corazón que busca enamorarse de Cristo en todo lo humano pero que tiene siempre como modelo a la Madre, María. La Cruzada-Milicia es María y la única forma de ser auténticamente hombres (santos) es serlo por ella. Hombres-santos sí, pero por María primera creyente, modelo de humanidad y, sobre todo, Madre.
Esto es lo que la Cruzada-Milicia hace y ha hecho de mí y de todo aquel que se acerca a ella. Así prolonga la Encarnación del Verbo.

Exinanivit!

Las flores, el arroz y el agua en la educación

Por Juan Antonio Gómez Trinidad

Ilustración: José Miguel de la Peña
En el camino de mi casa al trabajo hay una floristería que siempre me ha atraído la atención por la hermosura de las plantas que ofrece: ese verdor y brillo que nunca conseguí con las mías, la variedad de cromatismo y de especies, las habituales y las exóticas, algunas preciosas pero con marcado carácter efímero y las que ofrecen una presumible resistencia dentro de su humilde belleza.
Sin embargo, fue un día festivo, cuando estaba cerrada y parecía que faltaba una nota de color y de alegría en ese tramo de la calle, cuando saltó la sorpresa. La desnudez de su fachada, sin la exhibición de color y perfume, sólo quedaba compensada por una frase grabada en la pared que brillaba más que todas las demás flores. La sentencia, atribuida a Confucio, dice lo siguiente: ¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? El arroz es para vivir, las flores para tener algo por lo que vivir.
Desde entonces he asociado muchas veces esta frase a la tarea educativa. Son muchos los conocimientos, destrezas y competencias que intentamos inculcar a nuestros niños y jóvenes. Objetivos sin duda alguna loables y necesarios puesto que la especie humana es la única cuya herencia genética no le basta para sobrevivir, y mucho menos para vivir como ser plenamente humano. Ni el andar erguido, ni el habla, ni el pensamiento humano, pueden desarrollarse sin el concurso de los demás, sin recibir la herencia cultural que es, en última instancia, en lo que consiste la educación.
Entre esas destrezas están todos los saberes, desde los más humildes hasta los más sofisticados, desde las habilidades técnicas, hasta las científicas y culturales, como la historia, el arte, la filosofía, etc. Es necesario recordar hoy día esta graduación de saberes cuando parece que las humanidades están perdiendo presencia en la formación obligatoria y también en la universitaria, de donde han desaparecido sin que nadie levantase en su momento la voz. Con frecuencia, asistimos al lamentable espectáculo producido por hornadas de universitarios que, en el mejor de los casos, son “microsabios” de su materia pero “macroignorantes” de todo lo demás.
Estos saberes necesarios no son los más importantes para la humanidad El desarrollo tecnológico, amén de los sistemas ideológicos, sin el conocimiento ético puede generar monstruos. Tras la experiencia del “racional” siglo XX, sabemos que los campos de concentración y determinadas ideologías, a pesar de propiciar el desarrollo científico y tecnológico, fueron creadores de infiernos que costaron cientos de millones de vidas. Datos que no podemos olvidar ni dejar de enseñar en el siglo XXI, en la denominada sociedad de la información.
Hoy en día es, más que necesario, casi imprescindible, dominar las nuevas tecnologías, pero la información sólo adquiere su sentido cuando se convierte en conocimiento, lo cual supone la criba de esa información sometida a criterios firmes. Es la diferencia entre la información plana que suministra la red, por muy popular que sea, y el conocimiento de los especialistas que saben distinguir lo verdadero de lo falso. Entre estos criterios están, lógicamente, los éticos, que, en tiempos de relativismo, como los actuales, suelen quedar disueltos en las modas intelectuales o culturales propiciadas de modo hegemónico por los medios de comunicación y las redes sociales. En realidad no es que desaparezcan los criterios morales, sino que son sustituidos por otros de escasa consistencia y coherencia moral.
Pero la educación no alcanza su plenitud sin determinados conocimientos, aquellos que dan sentido a la vida y sin los cuales el hombre se convierte en un mero consumidor de necesidades tan efímeras como insatisfactorias. Saberes de sentido, que, como luces en el horizonte, justifican los esfuerzos del presente. Es lo que los clásicos denominaban Sabiduría y que consiste en la coherencia y organización de todos los conocimientos previos, incluida la información, bajo unos principios que dan sentido a la vida.
Ya lo decía Nietzsche: Quien tiene un porqué, siempre encuentra el cómo, o como dice V. Frankl: El hombre es el único animal que, cuando pierde el sentido, enferma. (Su obra El hombre en busca de sentido es un clásico que merece la pena releer. En ella, las vivencias de un campo de concentración nos muestran que no sólo de pan vive el hombre).
La sociedad occidental —superflua, insatisfecha y caprichosa— donde los nuevos templos son los centros comerciales, donde los “Primark” son el modelo perfecto del consumismo desenfrenado, —donde las modas son las primeras que pasan de actualidad—, ha cortado con los principios estables, con las raíces que nos han alimentado. La nueva “sociedad líquida”, sin principios sólidos, nos aboca a un cierto vértigo consumista y a una insatisfacción permanente.
En el fondo, cierto hastío y desgana de muchos adolescentes, pueden ser la consecuencia de no dar valores de sentido a nuestros jóvenes. Tal vez en la enseñanza actual nos centramos tanto en comprar arroz que nos hemos olvidado de las flores. Sin éstas, vivir puede resultar insoportable.
Ahora bien, los cristianos tenemos algo más que flores. Todos sabemos que son bonitas pero efímeras si no tienen agua y un jarrón donde posarlas. Los cristianos tenemos la suerte de que esos valores de sentido están personificados. El cristianismo no es una ideología, sino el “encuentro con Cristo”, un Dios hecho hombre para que podamos entender, de algún modo, el amor que Él nos tiene. Es muy difícil no ya entender, sino incluso intuir la omnipotencia de Dios y, más difícil aún, su misericordia. Así como es imposible contemplar directamente el sol pero no la luna, que refleja la luz solar, a través de la humanidad de Cristo podemos ver reflejada el inmenso amor que Dios nos tiene.
No sólo eso. Él entiende las limitaciones, los cansancios, las debilidades de la condición humana porque se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado. Ésta es la novedad del cristianismo: a diferencia de los dioses de la Antigüedad, a diferencia de las éticas más elevadas de la humanidad, el Dios cristiano nos quiere porque Él es bueno, no porque nosotros lo merezcamos.
¡Quiéreme más cuando menos me lo merezco, porque es cuando más lo necesito! Es el gemido de la condición humana. Aspiramos a ser queridos por la bondad de nuestros actos, pero la revolución del cristianismo consiste en la gratuidad del amor, independientemente de nuestros méritos. Sólo así se entiende el recibimiento del hijo pródigo. Por eso la misericordia es la clave de nuestra religión: nuestras miserias están en el corazón de Cristo.
En resumen, educar es enseñar muchos conocimientos, habilidades y destrezas, pero lo es también abrir horizontes que den sentido a todo ese conjunto de enseñanzas. Educar es ayudar a saber qué tipo de persona se quiere ser en el mundo, cómo a uno le gustaría que le recordasen los demás. Educar en cristiano es todo eso y mucho más: es contar con una fuerza extraordinaria para conseguir los objetivos desde el principio. Porque ser cristiano hasta la médula es saberse amado desde el comienzo —desde la eternidad te amé, dice la Biblia—, de modo incondicional y absoluto por otra persona.
Educarse es luchar contra las dificultades, contra las limitaciones tanto externas como, sobre todo, internas. Requiere esfuerzo, fortaleza, y nada hay que nos haga más fuertes que sabernos queridos, amados. Educar como cristianos supone transmitir el convencimiento, la vivencia de esa realidad íntima, misteriosa y transformadora: somos amados de modo personal e incondicional por un Dios (tri)personal.
Muchas veces, casi diría que todos los días, los educadores cristianos, padres, profesores, educadores, catequistas etc. nos sentimos cansados, desanimados por el esfuerzo que requiere nuestra tarea y la escasez de resultados. Tal vez necesitemos un descanso y volver al origen, distinguir los medios de los fines. En definitiva, volver a la fuente.

Educar requiere arroz, requiere flores, y requiere agua. Los cristianos sabemos de dónde brota: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba (Jn 7,37). Y a la samaritana le dijo: el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás (Jn 4 10-14).

Pío XI y los universitarios

Por Javier del Hoyo

Nos complace sacar a la luz en este número, de forma íntegra, un artículo que Tomás Morales envió desde el teologado de Granada a la revista Estrella del Mar, donde fue publicado en febrero de 1941 (nº 432) bajo el pseudónimo de Íñigo Íñiguez.
A Tomás, que había regresado a España año y medio antes, procedente de un destierro provocado por la expulsión de los jesuitas durante la II República, le rondaban por la cabeza deseos de formar un gran movimiento universitario católico. Su vivencia intelectual y apostólica con los Estudiantes Católicos en el Madrid de los años veinte, seguía latiendo con fuerza. Fruto de ello fueron los siete artículos que fue publicando en la revista Estrella del Mar sobre el tema de la Universidad Católica a lo largo de ese año 1941 e inicios de 1942.
Como avanzadilla, y a forma de ensayo, aprovechando el segundo aniversario de la muerte de Pío  XI, escribió este recuerdo. En realidad no se trata de una semblanza de Pío XI, sino un ensayo sobre de la relación que el Papa tuvo con los universitarios y jóvenes en general. En él encontramos ya el estilo inconfundible, tanto en el léxico como en la forma, de lo que constituirán sus escritos de madurez.
* * *

A los dos años Pío XI, Papa de los jóvenes

Se cumplen ahora dos años. Amanecía el 10 de febrero de 1939. El alma santa de un Pontífice emprendía el vuelo hacia el Cielo. Cargada con los méritos de una existencia consagrada al apostolado, se presenta ante el Supremo Juez. Pío XI había dejado de existir. Un gran Pontífice desaparecía. Era el Papa de los jóvenes.
¡Papa de la juventud! Los jóvenes le robaron siempre los afectos más íntimos de su corazón. Su simpatía, su cariño, desencadenan irresistibles corrientes de amor juvenil. Todavía no ha ascendido al trono pontificio. Transcurren en Milán los últimos días del mes de septiembre de 1921. Monseñor Aquiles Ratti, preconizado arzobispo, atraviesa la ciudad para posesionarse de su nueva sede. Una espontánea manifestación de juventud le acompaña en su recorrido triunfal por calles y plazas. “Viva el Cardenal de los jóvenes”, es el grito incontenido que se escapa de todos los pechos. “Vivan, más bien, los jóvenes del Cardenal”, responde emocionado el futuro Papa. La respuesta enloquece a la juventud que frenéticamente le aclama. El sucesor de San Carlos Borromeo se había conquistado para siempre el afecto de los jóvenes.
Se deslizan lentamente los días invernales. Llegan los últimos de enero de 1922. El amado Cardenal tiene que abandonar su ciudad. Se dirige a Roma para tomar parte en la futura elección pontificia. El tren va a arrancar. Inopinadamente, un nutrido grupo de muchachas rodea el vagón vitoreando al futuro sucesor de San Pedro. Cuatro de ellas se destacan, suben al departamento y le ofrecen, en nombre de la juventud milanesa, un ramillete de azucenas purísimas. “Blancas —le dicen con penetrante intuición femenina—, como la sotana que vestirá Vuestra Eminencia”. Una sonrisa de gratitud aflora a los labios del bondadoso Arzobispo. Y autorizado por la costumbre de las jóvenes de Milán de depositar su velo nupcial a los pies de la Patrona de la ciudad, rechaza amable el delicado obsequio. “Ofrecédselas en mi nombre a la Madonna de San Celso” —dice.
¡Las escenas de la capital de Lombardía, visión anticipada de lo que será la vida del Pontífice de los jóvenes! ¡Él sintoniza con ellos, los cautiva con su amorosa mirada! Y ellos contemplan en su figura venerable, al Padre, al Jefe, al Maestro.
Era el PADRE que se complacía en colmarlos de atenciones y delicadezas cada vez que tenía el consuelo de ponerse en contacto con ellos. Aquellas inolvidables peregrinaciones de las organizaciones juveniles católicas de todos los países fueron testigos vivientes de las ternuras de su corazón paternal. Pío XI no acertaba a encontrar frases para expresarles su cariño. Los jóvenes eran “las fibras más íntimas de su corazón”, tan queridos para él “como la niña de sus ojos”. Estas y semejantes expresiones enardecían a los que tenían la dicha de escucharlas. En el Pontífice amable veían al “dulce Cristo en la tierra”, con que santa Teresita gustaba designar a su Vicario en el mundo.
Para los jóvenes fue también Pío XI el JEFE. Sus empresas eran de tal envergadura espiritual que sólo en los corazones juveniles podían encontrar un eco de generosa acogida. “La Paz de Cristo en el Reino de Cristo”, y para restaurarla, para consolidarla una vez reestablecida, dos armas: La Acción Católica y las Misiones. La magnífica divisa que condensaba el programa de su glorioso pontificado electrizó a millares de jóvenes de todas las nacionalidades y razas, que acudieron decididos a alistarse en la Cruzada de reconquista para Cristo de un mundo paganizante. Y las Juventudes de Acción Católica forman cerrados cuadros alrededor del admirado Pontífice. Y las Congregaciones Marianas de todo el mundo, al mismo tiempo que se ofrecían incondicionalmente al Vicario de Jesucristo para la realización de sus geniales designios apostólicos, brindaban con desinterés a las nuevas organizaciones sus mejores elementos directores. En ellas cifraba sus mejores esperanzas el Papa de Letrán para el cumplimiento de sus designios, en aquellas Congregaciones alabadas desde las páginas de la Ubi arcano, “por su fe, pureza y amor fraterno acrisolado”.
Fue, además, el MAESTRO, el modelo de vida para un joven apostólico, para un congregante devorado por el celo de la gloria de Dios. Vida de incansable trabajo que culminó en diecisiete largos años de pontificado fecundo. Hasta el último momento la tensión de su espíritu genial se mantuvo elevada al máximum. Siete días antes de su muerte, su ánimo de gigante aún se sentía dispuesto a seguir librando las batallas santas del Señor. El 3 de febrero, al recibir en audiencia a los miembros del Pontificio Colegio Canadiense con motivo del cincuentenario de su fundación, los despedía con estas palabras, que deberían constituir el programa de vida de todo congregante consciente: “Estoy preparado siempre para hacer todo lo que Dios quiera, hasta cuando Él lo quiera y como Él lo quiera. Continuamente repito al Señor aquella hermosa palabra: Non recuso laborem, para su mayor gloria, para la honra de su Iglesia, para el bien de las almas”.
Y si fue Padre, Jefe, Maestro de todos los jóvenes, lo fue especialmente de los estudiantes. Para el complejo de las organizaciones que se proponía montar, para la realización de sus vastos planes de apostolado, esperaba encontrar sus mejores colaboradores entre los universitarios. Así lo decía a los 20.000 jóvenes de la Acción Católica de la Juventud Belga, reunidos en su presencia en abril de 1929. “Amamos las alturas —decía—; por eso pensamos en la juventud universitaria que llega a la cumbre de los estudios y tiende a las cumbres de la ciencia”. Era el Pontífice de las grandes ascensiones alpinas, el primer excursionista del mundo que había escalado, cuando apenas contaba treinta años, el imponente macizo rocoso del Monte Rosa por su vertiente oriental. Para el Papa de dilatados panoramas apostólicos, las Universidades Católicas debían ser la Escuela Central de Guerra en que se formasen los jóvenes que habrían de ocupar los puestos de mando en la Acción Católica.
* * *

Así, la noble figura del 261 sucesor de San Pedro se recorta en la Historia aureolada con el glorioso título de Papa de la Juventud. Al contemplarla, todo congregante debe sentir arder en su pecho la llama del apostolado, debe mantener siempre inhiesta la bandera de conquista para Cristo que un día jurara a los pies de la Virgen Madre. Para ello le basta con apropiarse aquella divisa tan prodigada por Pío XI al dirigirse a los jóvenes: “ADELANTE, SIEMPRE ADELANTE: CADA VEZ MÁS; CADA VEZ MEJOR”.

¿Deporte o algo más?

Por Pablo Sanz

Por todos es sabido que la práctica de deporte y actividad física tiene innumerables beneficios sobre la persona que lo practica: desarrolla la musculatura, fortalece los huesos, mejora todo el sistema cardiovascular, mejora las capacidades cognitivas, reduce el riego de múltiples enfermedades, libera endorfinas que ayudan a la mejora del estado de ánimo previniendo depresiones y demencia, y así numerosos estudios van confirmando que el ser humano está diseñado para el movimiento.
Podríamos describir otros tantos beneficios a nivel psicológico o a nivel social, pero el tema que nos concierne es el de la educación. ¿Es el deporte un buen instrumento para la transmisión de valores?
El deporte está inmerso en el mundo educativo, en la educación obligatoria y en las actividades extraescolares para los niños y en múltiples ofertas para jóvenes, adultos y ancianos, por lo tanto, como actividad educativa, transmite unos valores. Es bastante habitual que esta transmisión de valores quede en el olvido, especialmente en entrenadores de clubes juveniles, y en este olvido de transmitir valores es donde los valores de los medios de comunicación, afición, sociedad... se transmiten a los niños. El deporte pasa a ser una actividad exclusiva, para los más cualificados, donde no importa pasar por encima de valores, normas y personas para lograr el éxito. Vemos multitud de ejemplos hoy en día en el deporte profesional.
Por otro lado, si la formación de la persona pasa a ser lo primordial en esta práctica deportiva, encontramos en el deporte un instrumento ideal para ayudar a crecer de forma integral a cada deportista.
Varias razones me hacen pensar esto. En primer lugar, destaco el carácter lúdico y atractivo que facilita que la persona se acerque a la práctica con una predisposición positiva. En segundo lugar, el deporte tiene un carácter vivencial, y facilita las relaciones interpersonales, lo cual pone en juego afectos, emociones y sentimientos con más facilidad que otras disciplinas. La educación en valores no debe solo afectar a un aspecto reflexivo (no vale sólo con grandes reflexiones y discursos) sino también a un aspecto conductual y afectivo y considero que el deporte es un ámbito privilegiado para desarrollar estos tres aspectos. En tercer lugar, para mí el más diferenciador con el resto de disciplinas, es que el deporte da lugar a numerosas situaciones de conflicto y consecuencias morales producidas por la competición; si se trabaja bien, el deporte da la posibilidad de vivir situaciones críticas en un entorno controlado, lo que favorece el autoconocimiento y da la posibilidad de educar moralmente.
La transmisión de valores en el deporte no es algo bueno o malo, depende del responsable de la actividad y cómo utilice el instrumento; lo que está claro es que el deporte tiene una potencialidad enorme, capaz de construir y de destruir.

El deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas otras cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar barreras raciales (Nelson Mandela).

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (IV)

Por Bienvenido Gazapo

En homenaje al hombre que subió bajando


EL AULA MAGNA

En el número anterior afirmábamos que Abelardo fue ante todo un hombre de oración con un profundo conocimiento vivencial de Dios como Misericordia. Terminábamos la reflexión planteando una duda razonable: a la luz de sus escritos espirituales, podría deducirse quizá que fue un “pietista” demasiado confiado en la acción de Dios, sin dejar espacio a la del hombre en forma de trabajo por adquirir virtudes. Vamos a intentar despejar esta duda.
Sin premeditación alguna, sin planificación proyectada con anticipación, hemos venido a inaugurar la campaña de marchas y campamentos en este XXV aniversario de la salida del Hogar del Empleado, a nuestras instalaciones campamentales de Santiago de Aravalle (“Impresiones” 02.06.1985; marcha a Santiago de Aravalle. Santidad educadora, p. 137).
Era el 2 de junio de 1985. Comenzaba la Campaña de la Visitación. Abelardo fue a Santiago de Aravalle con los militantes de Santa María para iniciar la primera de las cuatro acampadas en las que se entrenaban los jóvenes para asistir con fruto a los turnos de campamento que se realizarían un mes después. Tiene 55 años (hace cuatro que ha recibido la gracia de Duruelo, no lo olvidemos) y lleva casi 35 unido al P. Morales en la aventura de la formación de jóvenes. Ofrece un espléndido currículo de educador, en el que se cuentan decenas de campamentos, cientos de marchas montañeras, infinitas reuniones, círculos, asambleas y horas de atención personal a los jóvenes.
Allí, en Santiago de Aravalle, “sin premeditación alguna”, escribió uno de sus textos más luminosos y poéticos en que diseña magistralmente el perfil educativo —complejo y poliédrico— de los Cruzados de Santa María. Lo hace en forma de “Impresiones”, escritos breves dirigidos a los militantes y cruzados de Santa María, en que manifiesta sus vivencias1. Y para justificar la complejidad de esta tarea educativa, recurre en esta ocasión a la belleza natural, repleta de contrastes, de Gredos, escenario geográfico desde el año 1946 en que el P. Morales comenzó los campamentos de verano con jóvenes del Hogar del Empleado, continuados después por Abelardo y los cruzados con la Milicia de Santa María, transformándola en Aula Magna de formación humana para de los jóvenes.
¡Gredos! ¡Aula Magna de un estilo de vida! Circo de Gredos y lagunas. Cumbres nevadas. Granito y praderas de hierba fuerte. Gargantón. Portillas. Torrentes de aguas limpias como esmeraldas y senderos de guijarros por los que tantas veces hemos caminado en fatigoso esfuerzo de ascensión. Florecillas humildes nacidas en la grieta del risco que escalas. Noches estrelladas de Gredos y amaneceres de fuego en las cumbres. Sol abrasador y temblores de frío en cambios bruscos de temperatura. Tormentas sobrecogedoras. Baños reconfortantes en aguas heladas…
¡Gredos! Alta escuela en la que año tras año se ha ido labrando un estilo de vida nacido en mística campamental. Dios mismo ha esculpido aquí el carisma de su Cruzada de Santa María, enseñando a hacer milicia nuestra vida sobre la tierra. Un carisma de riquísimos contrastes en orden a la formación de hombres, especialmente jóvenes, ‘por los que pasa el futuro del mundo’ (Juan Pablo II). (Id, pp. 137-38).

Abelardo no fue “pietista”

Abelardo fue ante todo un educador, formado en la fragua ignaciana del P. Morales, con una inmensa capacidad de adaptación a los jóvenes. Como escribe de él Javier del Hoyo, “tuvo un don especial para el mando, para saber exigir aunando la firmeza y la exigencia con la comprensión y el afecto” (Id., p. 22). El objetivo de toda la actuación educativa de los Cruzados de Santa María es el de formar personas lo más completas posible en el orden humano, a través de una pedagogía llena de “contrastes”, como él escribe:

a) Mirando hacia el interior del joven:

En Gredos, la pedagogía campamental se hace en el alma: fortaleza y suavidad. Firmeza y ternura. Exigencia y comprensión. Iniciativa y docilidad. Responsabilidad y alegría. Improvisación y orden. Rica personalidad y supeditación al bien común. Espíritu observador y crítico, mas jamás criticista. Creativo, aunque no secunde el mando nuestras sugerencias… Reflexivos, pero no cavilosos. Constantes y tenaces, pero nunca tozudos. Inspirados y abiertos a la genialidad, mas contrarios al sentimentalismo y a las imaginaciones desbocadas (Id, p. 138).

b) Mirando hacia los demás:

Siempre unidos, nunca disgregados; pacientes siempre y con todos, y más especialmente con uno mismo; abnegados en todo tiempo y lugar, sin quejas ni murmuraciones. Dándose sin reservas, y aceptando todo cuanto viene y se nos da. Amor universal y negación al apegamiento particular. Empobrecerse para enriquecer, y enriqueciéndose por la donación del que se empobrece. Sufrir sonriendo, y alegrar al que llora en su corazón (Id.).
De estas dos descripciones de oposición de contrarios, se desprenden cinco compromisos educativos de enorme magnitud que Abelardo procuró transmitirnos:
1º: Desde el punto de la “cantidad”, es preciso practicar un gran nivel de exigencia sobre nuestros jóvenes, sometiéndolos a un troquel que implica muchas veces “sufrir y hacer sufrir” (P. Morales), para erradicar defectos y potenciar virtudes:
He sentido mucha ternura por ellos (juveniles)… Ayer tarde les vi temblando durante las oraciones. Hacía bastante frío… Sentí pena, pero comprendí que hay que enseñarles ya a sufrir para poder gozar en la lucha y vencimiento de uno mismo. La vida es lucha, y la más heroica de las batallas, vencerse a sí mismo. La vida no es confort y hay que hacerles equilibradores en esta sociedad que por entregada al bienestar no conoce los goces de la austeridad. En la molicie el alma se seca y el corazón se marchita. Una educación orientada al goce destruye a nuestra juventud. (“Impresiones” 7-8.06.1986; marcha al Puerto de los Cotos. S.E, p. 161).
2º: Desde el punto de vista de la “calidad”, el educador deberá mostrar al joven el valor educativo de los pequeños detalles, esos que nos acompañan permanentemente cada día, sobre los que podemos construir un edificio sólido o dejarlos escapar como agua entre los dedos. Abelardo los propone como medio de autodominio:
La mística del pequeño detalle es de valor muy grande. La rapidez, el orden, la docilidad al mando, la austeridad de vida, los vencimientos propios del esfuerzo físico, del frío o calor, la indumentaria sin ese exhibicionismo de piel o de disfraz de carnaval… y tantos otros aspectos y valores de un día de acampada y marcha, impregnan las vidas de ese algo tan necesario para doblegar pasiones y vivir como hombres: el dominio de sí mismo (“Impresiones” 7-8.06.1975; marcha al Alto de los Leones. S.E., pp. 55-56).
3º: La exigencia a los demás deberá ir precedida y acompañada de la auto-exigencia, que deberá ser permanente y progresiva. Mantuvo con firmeza este principio:
Un veterano no puede pasar por las marchas sin aportar cada día una iniciativa… Si tú no has realizado hoy por primera vez algo por iniciativa tuya, que no te lo imponga la estructura, entonces no te estás formando como líder, y ocurrirá lo que ha dicho uno aquí a mi lado cuando le han preguntado: “Si tú hubieras venido hoy como jefe, ¿te habrías portado igual?” Y ha tenido que reconocer que no, porque habría tenido muchas más iniciativas con los que le rodeaban. Al no considerarse como jefe, se ha empequeñecido a sí mismo y a esa escuadra-familia que se hubiera enriquecido más si hubieran existido iniciativas aportadas por él (“Impresiones” 23-24.06.1984; marcha a Peñalara. S. E., p. 133).
4º: La acción en la que educamos a los jóvenes ha de ser también permanentemente corregida. Es el estilo educativo del correctivo-autocorrectivo, como método educativo heredado de san Ignacio de Loyola y reelaborado por el P. Morales. Abelardo nos advierte con equilibrio de maestro experimentado:
Premio y castigo se armonizan y complementan plenamente en la pedagogía que Cristo dejó en el Evangelio. No se puede mutilar esta pedagogía ni en uno ni en otro sentido. Siempre costará más corregir que premiar. Formar el educador dispuesto a dar disgustos y llevárselos requiere forzosamente un proceso doloroso a los principios. Hay que llegar cuanto antes a la síntesis en que está la virtud. Pero ¡cuidado! Cuando los años nos den ese equilibrio, no consideremos que la formación que recibimos en nuestros principios, aquellos primeros pasos, fueron erróneos. Sin ellos no habría éstos” (“Impresiones” 4-5.06.1983; marcha al Alto de los Leones. S. E., pp. 109-10).
5º: El educador está educándose permanentemente. Nadie está exento de este ejercicio de exigencia, porque la educación se transmite sobre todo por ósmosis… Y todos estamos llamados a ser educadores de nuestros hijos, alumnos, compañeros.
Todos estamos llamados a ser formadores. Y si estamos llamados, ya lo somos. Aprendamos, pues, todo lo que se hace y por qué se hace. Pero, en especial, aprendamos cómo se hace: esto es, con la firmeza de un padre y la ternura de una madre, con el celo de un apóstol y la paciencia de un santo2. Corrigiendo y premiando. Firme y suave al mismo tiempo (“Impresiones” 14-15.06.1980; marcha a los pinares de Balsaín. S. E., pp. 77-78).

Abelardo tampoco fue un voluntarista

Estas reflexiones expuestas, evidentemente alejan toda sospecha de “pietismo” porque hablan de acción personal, esfuerzo, superación, liderazgo, corrección, etc. Entonces ¿podemos pensar que existe cierto voluntarismo (esa actitud de pretender hacer todo confiando demasiado en el esfuerzo personal, y buscando la autosatisfacción de haber hecho las cosas por uno mismo) en el estilo pedagógico de Abelardo? Es el mismo Abelardo quien nos saca de dudas:
Parece que así tenemos el peligro de formar hombres voluntaristas, pero no es cierto: la lucha, el esfuerzo constante y diario en el dominio de nosotros mismos, tropiezan con el rechazo a esa forma de vivir dentro y fuera de nosotros mismos. Todo esto implica un esfuerzo constante nuestro por superar los obstáculos que por todas partes nos acosan y las adversidades que nos hacen sentir la impotencia más total para esta gran empresa. Aparece el peligro del desaliento continuo. La incapacidad que sentimos y experimentamos se hace penosa. Es entonces cuando acude en nuestra ayuda la llamada “mística de las miserias”. Por ella, esa voluntad fuerte que deseamos formar, se hace al tiempo dócil y humilde, comprensiva con todos y con uno mismo. Entonces se nos ilumina la entraña del Evangelio, el seguimiento de Cristo crucificado, la ciencia del grano de trigo que fructifica cuando muere (cf. Jn 12,24) (“Impresiones” 4-5.06.1988; marcha al Alto de los Leones. S. E., p. 193).
Adviértase que no niega el esfuerzo; es más, lo reivindica. Pero la naturaleza humana no puede por sí misma conseguir el triunfo final ¿Cómo conseguirlo entonces? Abelardo nos orienta con nitidez, apuntando de nuevo hacia Dios, que lo fue todo en su vida:
En suma, en todo, en todos, siempre el nombre de Jesús, haciéndolo Él y no yo… Se consigue con la mirada puesta siempre en la Madre. La Virgen Madre, artífice de ese prodigio que ha de ser todo cruzado y militante (“Impresiones” 14-15.06.1980; marcha a los pinares de Balsaín. S. E., pp. 77-78).
* * *
Terminamos volviendo al comienzo. Tras estos textos todo adquiere luminosidad y coherencia: el esfuerzo humano es insustituible. Hablar de educación es hablar de esfuerzo personal. Este nos mejora y nos hace crecer, no sólo porque mediante nuestra acción sobre las cosas y sobre nosotros mismos, descubrimos nuestras potencialidades ocultas, sino también porque nos enfrentamos a nuestra mediocridad y pobreza humanas. Y es precisamente en este recodo donde se muestra la gracia de Dios como misericordia, que viene a nosotros para fortalecernos en la lucha. Se cumple el viejo adagio: “la gracia no suple la naturaleza sino que la perfecciona”. Es, en el fondo, la paradoja ignaciana del “contemplativo en la acción”: “actúa como si todo dependiera de ti; confía como si todo dependiera de Dios”, que pone el P. Ribadeneira en boca de san Ignacio.
En Abelardo esta dialéctica se resuelve en una frase audacísima que dio título y letra a una de sus canciones: “La cumbre está más abajo”: ¡Subir sólo se hace bajando!
Esta intuición maravillosa se convierte en la forma de vida de los Cruzados de Santa María. Sobre esto escribiremos en el próximo número de Estar.

 Notas
1 Estas “Impresiones” están recopiladas y publicadas en un libro para uso interno del Instituto Cruzados de Santa María, titulado Santidad educadora (Madrid 2010). De él extraemos las presentes citas.

2Cf. Forja de hombres p. 71.

Por la cruz a la luz

Por Jesús Amado

14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la santa Cruz. Así, con la señal de la santa cruz podríamos iniciar este artículo; como iniciamos nuestras oraciones, nuestras bendiciones, nuestras Eucaristías. ¿Quién no recuerda aquellos momentos de nuestra infancia en que la mano de nuestra madre acompañaba la nuestra para enseñarnos esta señal del cristiano trazando la cruz sobre nuestra frente, nuestros labios, nuestro pecho? ¡Qué pena, por el contrario, ver cómo muchas personas (aun consagrados) convierten esta señal de la cruz en un simple garabato!
En esta línea, traemos hoy a esta sección de ESTAR la semblanza de un misionero anglicano cuyo viaje al catolicismo comenzó con una señal de la cruz. ¡El valor de un signo cargado de sentido!

Incipiente vocación misionera

Se trata de Russell Stutler. Posee una página web (www.stutler.cc) en la que narra con todo lujo de detalles su itinerario de conversión, y de la cual he extraído todos estos datos e imágenes para este artículo.
Russ (como gusta ser llamado) nació en Japón en 1956, hijo de un norteamericano y una japonesa. Sus padres se mudaron a Estados Unidos cuando él era un bebé, y allí le educaron como un protestante más. Se bautizó siendo adolescente con los metodistas y siempre estuvo entusiasmado por Cristo y el Evangelio.
En 1983 visitó Japón, su tierra natal que nunca había visto, y lo sintió como su hogar. Tuvo la certeza de que Dios le requería allí para misionar. De modo que, a su regreso a Estados Unidos, trató de recibir el apoyo financiero de diversas iglesias protestantes para regresar a Japón y poder desarrollar allí una labor de evangelización.
Es así como en 1987, con 31 años, vuelve como un misionero solitario, dispuesto a predicar a Cristo a los japoneses. No obstante, la Iglesia Anglicana de Japón le saludó cordialmente pero no le encomendó ninguna tarea. Sencillamente, no estaban interesados en evangelizar.
De modo que Russ, por iniciativa propia, comenzó a utilizar al máximo sus capacidades artísticas. Creó un divertido espectáculo de marionetas diseñadas por él, que representaban escenas bíblicas para niños y jóvenes. El espectáculo siempre acababa animando a todos a pronunciar una oración de entrega a Jesucristo, aceptándolo como Señor y Salvador. Así conoció a su esposa, una joven japonesa protestante, que le ayudó con las marionetas y la evangelización.
Russ confiesa: Yo notaba que faltaba algo. El énfasis en la Biblia estaba ahí, pero faltaba la adoración profunda. ¿No podía tener ambas cosas? La predicación era buena, acorde con la Biblia, pero después de una hora de canciones de alabanza contemporáneas y de un largo sermón cada domingo, pocas veces sentía que hubiera realmente adorado a Dios.
Así transcurrieron 18 años de vida cristiana entre los evangélicos japoneses. Y Russ sigue diciendo: Mi vida espiritual parecía secarse. Iba a la iglesia el domingo por un sentido de obligación, y mi vida personal devocional se reducía a un mínimo de oración y lectura bíblica diaria. Para muchos cristianos, eso parecería mucho, pero él había venido como misionero entusiasta y enamorado de Cristo y crecía su insatisfacción.

El funeral budista que lo cambió

Todo empezó a cambiar en 2009, cuando Russ y su esposa tuvieron que acudir al funeral budista de un difunto vecino. Era tradición de los asistentes ofrecer incienso al muerto, ante su foto. Pero los cristianos en estos casos intentan no hacerlo, ya que puede parecer un gesto de adoración o, al menos, de conciliación con un difunto, un espíritu, o con los espíritus que gestionan la otra vida. ¿Cómo ser respetuosos en un caso así, ante tantas personas?
La esposa japonesa de Russ tenía una solución y se la susurró: Hagamos la señal de la cruz y oremos en silencio unos instantes, y todos entenderán sin palabras por qué no podemos ofrecer incienso. Así lo hicieron, y los parientes del difunto lo agradecieron con una sonrisa.
Pero para Russ aquello fue un punto de inflexión. Los evangélicos no tienen costumbre de hacer la señal de la cruz, ni tampoco los anglicanos. Russ, de hecho, se sorprendió de que su esposa supiera hacerla. Le pareció un gesto poderoso, muy comunicativo y más aún en una cultura no cristiana. ¿Cómo nació, de dónde vino?

Un gesto de los primeros cristianos

Russ empezó a hacer lo que tantos otros protestantes que se convierten al catolicismo: estudiar historia de la Iglesia y de los primeros cristianos. Descubrió que, ya en el siglo II, los Padres de la Iglesia parece que hacían la señal de la cruz en la frente. Algunos textos sugieren que incluso los Apóstoles lo hacían, una cruz grande sobre la frente y el pecho, como una declaración visible y pública de su fe.
Aquello le llevó a un acercamiento a la iglesia anglicana, con sus signos litúrgicos. Pero advirtió que los anglicanos enseñaban doctrinas incompatibles con la Biblia: clero femenino, aceptación de las prácticas homosexuales y del sexo fuera del matrimonio...
Cuando el pastor de la parroquia de Russ fue sustituido por una sacerdotisa anglicana, Russ se forzó a buscar “coladeros” en la Biblia, intentando aceptarlo... y no los encontró. Había estado saltando de iglesia en iglesia toda su vida... y el barco anglicano parecía hundirse.
Entonces oyó hablar de la oferta de Benedicto XVI a los anglicanos que querían hacerse católicos conservando aspectos de su herencia y tradiciones. Russ no sabía casi nada de la Iglesia Católica, excepto que el anglicanismo se había escindido de ella siglos atrás.
Confiesa: Además, había oído también que la Iglesia Católica no toleraba esos sinsentidos heréticos que los anglicanos estaban aceptando en años recientes; eso era un punto a su favor.

Hablando con un cura, ex-pastor

Pensó en su amigo, el padre Lawrence Wheeler. Cuando lo conoció en 1987 era un pastor anglicano de estilo evangélico. Pero ahora era católico, y su antigua parroquia estaba considerando hacerse católica, en un ordinariato anglocatólico. Contactó con él, y el padre Wheeler le invitó a considerar la propuesta católica. Entonces empezó a estudiar el Catecismo, libros de conversos y comenzó a seguir en la cadena de la Madre Angélica, la EWTN, los programas con testimonios de ex-pastores conversos al catolicismo...
Russ sigue diciendo: Quedé convencido de que la Iglesia católica es la iglesia verdadera y original que Jesús estableció en la tierra, que una ciudad en una colina no puede ocultarse, y que todas las iglesias protestantes a las que había acudido a lo largo de mi vida cristiana eran en realidad ´comunidades eclesiales´, como campamentos de tiendas colocados al lado de esa misma colina, pero fuera de los muros de la ciudad.
Quedó así convencido de que, efectivamente, los obispos de Roma habían heredado el papel único que Jesús encargó a Pedro cuando le entregó las llaves del Reino de los Cielos. Y que el pan y el vino, en la consagración de la misa católica se convertían de verdad en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Era, dice, lo que buscaba: fidelidad bíblica y adoración profunda.
Cuando, finalmente, se presentó al párroco católico explicándole su deseo de ingresar en la Iglesia católica, descubrió que le sería fácil. El párroco vio que era una persona devota, enamorada de Cristo, que conocía bien la Biblia y ahora también el Catecismo (lo había leído entero tres veces). Sólo le pidió leer la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, el documento sobre la Iglesia en el mundo moderno.
Antes tuvo lugar su primera confesión, enumerando todos sus pecados graves del pasado. No me dio vergüenza porque sabía que no era nada que el cura no hubiese escuchado antes, comenta. Todos mis pecados quedaron perdonados de verdad como Jesús prometía en Juan 20,23 y me sentí genial. Semanas después celebraba su confirmación y su primera comunión, y su plena incorporación a la Iglesia católica.

Una presencia abrumadora

Cuando tomo la comunión en la Iglesia católica, el sentido de la presencia de Jesús es tan abrumador que a menudo me conmueve hasta las lágrimas. Pero es más que un punto emocional en la Iglesia: reconozco los efectos de la gracia y me veo más capaz de resistir el pecado que antes. Mis pensamientos vuelven más hacia Dios, dice hoy Russ.
Un protestante que se incorpore a la Iglesia católica descubrirá que tiene mucho que ganar y absolutamente nada a lo que renunciar. Puede traer todas las riquezas de su estudio bíblico y su celo evangelizador y enriquecer con ellas a la iglesia local, anima ahora este antiguo misionero anglicano.

Su página web www.stutler.cc  es un brillante exponente de su celo apostólico, en la que aparte de exponer detalladamente su historia de conversión expone también sus razones para unirse a la Iglesia católica.