miércoles, 1 de junio de 2016

Una anécdota junto a la laguna de Gredos

Extracto del discurso de clausura de la XXI reunión de Amigos de la Ciudad Católica (1982) por Abelardo de Armas.
Hoy, que la gente no entra en los templos, hay que convertir en templos nuestros centros de trabajo, de estudio, nuestras calles, viviendo a lo Cristo. Es verdad que soy frágil, pero soy consciente de que Él va conmigo y le repito: «Tú que amas a los hombres como no soy capaz de amarlos, hazlo Tú».
Quisiera narraros una anécdota que me aconteció este verano. Supone el triunfo de Cristo en mi alma. Con 130 jóvenes llego a la laguna del Circo de Gredos. Buscamos acampar en la pradera colindante al desagüe de la laguna, pero al llegar hay ya varias tiendas montadas. Un pequeño grupo de chicos y chicas está junto a sus tiendas, y nos miran extrañados.
Casi junto a ellos iniciamos el montaje. Aunque falta la mayor parte del grupo, su representación destaca por su lenguaje de tacos, insultos, bromas, vocabulario soez a veces. Al atardecer tenemos la Misa y entonces parece que la convivencia puede acabar en «fiesta». Van llegando los ausentes. En el silencio destacan perfectamente las alusiones contra nosotros: irónicas unas, faltas de gusto otras, irrespetuosas las más.
Siento que me está hirviendo la sangre y se me ocurre que cuando concluya el tiempo de silencio voy a aclarar las cosas: «O hay convivencia pacífica o vais con las tiendas a la laguna. ¿No veis que somos 130, y muchos son mayores que vosotros?». De pronto algo me cambia por dentro y digo: «¡Oh, Jesús! ¿Cómo se me pueden ocurrir estos pensamientos contigo dentro? Ese soy yo. Pues bien, ahora vas a ser Tú el que actúe». Y me acerco al grupo vecino sonriendo. Casi la totalidad del grupo viene hacia mí.
—Vengo dispuesto a que me hagáis una “rueda de prensa”, porque estoy seguro de que estáis intrigadísimos con estos muchachos. Se inicia un montón de preguntas: ¿De dónde somos? ¿Por qué ese rato de silencio, la Misa? ¿Qué vamos a hacer?, etc. Me doy cuenta de que son muy jóvenes; sus miradas son limpias y francas. Satisfaciendo su curiosidad voy sintiendo un inmenso cariño por todos, porque me dan la sensación de andar como ovejas sin pastor.
Me invitan a cenar, aunque lo van a hacer de pie por tener poca comida. No acepto para no menguar sus viandas y así se lo digo, añadiendo en broma:
—Por lo de comer de pie, ya sabéis: Vale más comer de pie que pasar hambre tumbado.
Se ríen todos y yo con ellos. Les siento muy míos y muy dentro de mí. Me despido, y algunos de nuestros acampados me ofrecen alimentos para que se los lleve. A la mañana siguiente nos levantamos en silencio y procuramos no turbar su sueño.
Al regreso, ya atardeciendo, vuelven todos a agruparse junto a mí. Siento una compasión inmensa por ellos y por tantísima juventud en la misma situación.
[El día que regresan] voy hacia el grupo, que está desmontando las tiendas. Se apiñan a mi alrededor. Siento que les quiero mucho, y se debe reflejar en mis ojos, pues también ellos se despiden muy efusivamente.
—Mañana nos vamos nosotros —les digo.
Al día siguiente, cuando en solitario desciendo, pienso en ellos. Antes de llegar me encuentro con seis de los chicos. Se me acercan corriendo. Nos cuesta despegar. Cuando al fin nos vamos, mi acompañante me dice:
—¿Qué les has dado para que te hayan cogido tanto cariño?
—Es Cristo, que les ama mucho.

Recuerdo mi primera reacción violenta hacia ellos y el triunfo de Él en mí. Es Jesús que se prolonga en mi vida de laico consagrado para llegar mejor a los hombres alejados de la Iglesia.