miércoles, 1 de junio de 2016

“Si quieres escuchar el canto de los pájaros...”

Por Juan Antonio Gómez Trinidad

Planteaba en mi anterior artículo la necesidad de abordar la calidad del profesorado como un problema no sólo clave, sino además urgente. De la importancia del mismo hablaba allá como condición para mejorar la calidad de la educación y, por consiguiente, del desarrollo del bienestar tanto personal como social.
Ilustración: José Miguel de la Peña
De la urgencia de esta tarea basta señalar que en la próxima década se necesitará renovar 200.000 profesores por el recambio generacional. Casi, la misma década que se necesita para sacar nuevas cohortes de profesores bien preparados según las propuestas más solventes de formación del profesorado.
Sin embargo, lanzaba entonces una pregunta previa: ¿en qué consiste un buen profesor? Lo cual nos lleva a otra previa, ¿en qué consiste una buena enseñanza? A esta podríamos responder de modo breve que consiste en lograr que los alumnos asimilen un patrimonio científico, técnico y cultural que les permita su desarrollo personal y su plena inserción en la sociedad contribuyendo de modo crítico a mejorarla.
Más difícil en cambio es definir al buen profesor en la medida en que el buen profesor es una persona única, que ha encontrado “su propio lenguaje”, es decir, aquel que ha encontrado maneras para valerse de sí mismo, de sus conocimientos, de sus capacidades y la de su entorno para estar razonablemente satisfecho, ya que logra mejorar a otras personas mediante la educación.
Parto de una tesis inicial: no es el método de enseñar el que hace bueno al profesor, sino el profesor el que hace bueno al método. Un buen profesor es ante todo una personalidad única. Pero si esto es así, podemos predecir desde el comienzo que el intento de encontrar un perfil común y uniformado del profesorado va a ser una tarea inútil. Habría que tener en cuenta esto a la hora de enseñar metodologías y darle el valor que tienen: ni ignorarlas ni sacralizarlas. Las modas, aunque sean pedagógicas, son las primeras que pasan de moda.
La primera condición de un buen profesor, neologismos y eufemismos aparte, es que tenga vocación, es decir, que le apasione la tarea de enseñar. Un docente sin vocación, sólo con resignación ante su tarea, no puede entusiasmar, no puede suscitar el deseo de aprender y por lo tanto le será más difícil enseñar. El buen profesor es aquel al que le gusta su materia, le apasiona enseñarla y le importan los alumnos.
Que tenga vocación es una cuestión personal, si bien la vocación, como la amistad y otras tantas cosas importantes en la vida, surge de modo espontáneo, pero es necesario cultivarla de modo consciente. Comprobar que un candidato a profesor tiene vocación por enseñar es cuestión más difícil, pero no imposible: existen métodos al alcance de la psicología, de la pedagogía, etc.
En segundo lugar, necesita el gusto y el dominio de la materia objeto de enseñanza. El interés por la misma supone una curiosidad intelectual que le permita buscar la actualización permanente, relacionar dicha materia con los aconteceres de cada día, con las ciencias y saberes próximos, etc. El saber, como la vida misma, es relacional: “El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe”.
Saber relacionar con el entorno esos saberes es hacer ver a los alumnos por qué es interesante conocerlos, qué repercusiones tienen en nuestro alrededor, en nuestra vida y en la de los demás; en definitiva es hacer pertinentes esos saberes. No olvidemos que en la enseñanza actual damos demasiadas respuestas a preguntas que no se han planteado previamente. Respuestas que no sean pertinentes, serán impertinentes, irrelevantes y absurdas para los alumnos —un “peñazo” en terminología estudiantil—.
En tercer lugar, el buen profesor debe conocer algunas destrezas y habilidades pedagógicas. Entre estas destacan el conocimiento de las características propias de la edad de los alumnos, técnicas de dinámicas de grupo, de intermediación, etc. Eso sí, teniendo en cuenta que “no existen enfermedades, sino enfermos”. Por lo tanto, los conocimientos generales sólo son válidos en la medida en que se cumplen en el caso particular.
Sólo entonces —y cuando se dominan y aplican estos conocimientos y habilidades— tiene sentido la didáctica de la asignatura. Creo que hemos asistido a una sobrevaloración de esta última, a una consagración de los métodos, según modas y tendencias, a veces de modo acrítico.
Como dice un aforismo oriental: “Si quieres escuchar el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol”. Hay que suscitar las vocaciones a la enseñanza y no enjaularlas con apriorismos metodológicos.

En definitiva, es el profesor el que hace bueno al método y no al revés. El buen profesor es, en cierta medida, más una obra de arte que un producto tecnológico… Nada más y nada menos.