miércoles, 1 de junio de 2016

Juventud actual

La esperanza de una nueva primavera

Por Javier Fernández Lorca
Estamos, en España, ante una juventud muy diferente a la de hace una década. Intentaré hacer una aproximación al tema desde mi experiencia como profesor de secundaria y universidad, y mi dedicación durante años al grupo de jóvenes de la Milicia de Santa María. Escribo desde lo que veo y desde lo que leo a diario. No es por tanto un estudio sociológico. La mitad de este texto la voy a dedicar a responder negativamente a la propuesta del título, pero espero que la otra mitad sea suficiente para que podamos responderla afirmativamente sin miedo a engañarnos.

¿Cómo se configura la juventud hoy?

Los jóvenes de hoy y de siempre son herederos de un tipo de educación recibida, de una forma de vida de la sociedad en la que crece, del momento presente que le toca vivir y de sus aspiraciones. Elijo los aspectos que en mi opinión son más dominantes en la forma final de ser del joven.
Esta juventud ha perdido muchas cosas y, entre ellas, ese cierto protagonismo de la generación anterior. De hecho, creo que los jóvenes de hoy lo prefieren, quieren ser el centro de todos los beneficios conseguidos por la sociedad, pero prefieren pasar desapercibidos, no sea que a alguien se le ocurra hacerlos trabajar. No quieren ocuparse de grandes ideales o de ayudar a mejorar la sociedad, prefieren ocuparse de sí mismos y de sus cosillas.
De la educación recibida son responsables principalmente los padres y la escuela. Los padres, que en lo teórico estaban mejor preparados que sus predecesores, podemos decir que sí que vivieron ese tipo de juventud protagonista y resultona llena de facilidades y derechos, pero sin apenas deberes ni en la escuela ni en la misma sociedad. Por eso ni son capaces de plantearles demasiados deberes a sus hijos ni ellos mismos asumen el deber de su educación como algo primordial. Han delegado el problema en la escuela.
Por su parte, la escuela actual, dotada económicamente mejor que nunca, es, sin embargo, heredera de esa mala ley, la LOGSE, implantada en los años 80, y sus continuas y ¿cada vez peores? reformas. Ley que alentó, por ejemplo, la falta de esfuerzo y de mérito. Es una escuela desnortada y desmotivada.
Del estilo de vida de la sociedad en la que vivimos me atrevo a apuntar algunas formas sociales asumidas y sus causas. Las revoluciones juveniles de los años 60 y 70 que vivieron los abuelos de nuestros jóvenes trajeron espontaneidad ilimitada, liberación sexual, trasgresión de normas, autenticidad insolente, huida de responsabilidades, etc. Y aunque eso tuvo como consecuencias el libertinaje, la promiscuidad sexual, la pérdida del sentido de la autoridad, el abuso de las drogas o el aumento de los suicidios, aquellos valores quedaron grabados en la sociedad como modernos e imprescindibles. Nuestros jóvenes los asumen sin más, son otro derecho. También herencia de sus abuelos es la sociedad del bienestar que nuestros jóvenes han mamado de sus padres, por lo que creen en una vida sin apenas esfuerzo, con todo regalado y con exceso de ese todo. En cuanto a lo positivo, es común el deseo de un estilo de vida más sano, el deseo de viajar para conocer, el deseo de tener un buen trabajo que dé bastante dinero…
Del tiempo que les ha tocado vivir cabría decir, en primer lugar, el desmembramiento de la familia con su falta de estabilidad y, como consecuencia, la falta de equilibrio emocional y afectivo del niño y el joven. Por otra parte, les está tocando vivir una gran crisis económica no menos que de valores. Esto hace que nuestros jóvenes se hayan infantilizado como autodefensa para no asumir responsabilidades, y se hayan desilusionado del mundo que les ha llevado a esa situación. Solo les interesan “sus cosas”. Y a esto ha ayudado mucho la revolución informática y de las comunicaciones que les ha llegado en todo su esplendor. Nuestros jóvenes pueden ahora “desaparecer” de la vida real. En cuanto a lo positivo, es la época de la comunicación, la solidaridad, el ecologismo, el deporte, la apertura a todo (aunque sin el compromiso por algo)…
Parece, pues, que las únicas aspiraciones son, en general, que no les falte de nada, que no les molesten mucho y vivir lo más apaciblemente posible con sus amigos y su teléfono móvil.

¿Cómo son los jóvenes de hoy?

Con estos mimbres configurantes, ¿qué cestos (jóvenes) tenemos hoy? Muchas revistas católicas están tratando y reflexionando también últimamente sobre este tema. En los últimos meses han caído en mis manos: “Generación selfie: unos jóvenes abandonados a su suerte” (Mundo Cristiano, marzo de 2016), “Radiografía de los jóvenes de hoy” (Misión Joven, abril de 2016). Reproducido también en Boletín Salesiano, abril de 2016. En estas publicaciones se refieren en varios momentos al libro “Generación selfie” de Juan Manuel González-Anleo (SM, 2015)
Lo más significativo que leemos en todas estas publicaciones es que los jóvenes de hoy, en general, son conscientes de que van a vivir peor que sus padres, y aunque es posible que ellos estén pensando principalmente en aspectos materiales, también lo será en libertades, oportunidades y posibilidades de éxito. También se destaca en estos estudios y reflexiones que los jóvenes de hoy se han replegado sobre sí mismos y sus círculos más íntimos de amigos y familiares y no quieren saber casi nada de instituciones, de política o de religión. Están desencantados y ni siquiera tienen ganas de rebelarse. Viven muy cómodos en la casa familiar hasta los 30-35 años, pero con autonomía de horarios y vida, e incluso con dinero en el bolsillo de la paga que les dan sus padres. Parecen percibir que no tienen fuera nada interesante por lo que ilusionarse y entregarse y que el futuro que les espera es más bien oscuro, y por eso se vuelven sobre sí mismos preocupándose cada vez más de su propia apariencia y de sus cosas. Por otra parte, son incapaces de resolver sus propios problemas e insatisfacciones, y echan la culpa de ello al resto de la sociedad y exigen que sea ella misma la que se los solucione, no haciendo ellos nada por contribuir al desarrollo de esa sociedad. Gastan, pero no aportan.
Algunas manifestaciones de este estado lo leemos a diario en los medios:
  • “España no es país para jóvenes”: el 80% de los menores de 30 años sigue sin conseguir salir de la casa de sus padres. Casi la mitad de las personas menores de 25 años está en paro (El Mundo, el 9 de febrero de 2016).
  • En el yihadismo, la media de edad de los terroristas varones se sitúa en los 28 años, el de las mujeres, que cada vez son más, en 22 años. “Parece claro en que si no invertimos en nuestros jóvenes otros vendrán a llenar el hueco” (ABC, 23 de marzo 2016).
  • Se ha detectado que los adolescentes y los jóvenes son hoy en día más machistas que sus padres, pero no es que se hayan vuelto así por ellos mismos, es la sociedad la que ha construido este machismo a través de muchos factores: el cine, la música, la publicidad, los medios de comunicación… (El Mundo, 28 de marzo de 2016).
  • Los “fuerdai” chinos, son una generación de jóvenes mimados, arrogantes y tercos que saben que tienen dinero pero no entienden de dónde viene. Jóvenes que “muestran su riqueza pero no saben cómo crearla” (www.revistavanityfair.es).

La sociedad dice que quiere inculcar en los jóvenes unos valores positivos: solidaridad, tolerancia, democracia, ecología, pacifismo, igualdad…, pero la realidad es que lo que se va consiguiendo después de décadas de un tipo de educación y de una forma social de vivir es: aumento de jóvenes que se apuntan al yihadismo (ideales claros, aunque violentos), aumento del machismo (quizá por una necesidad de seguridades y falta de afecto), excesiva preocupación por la propia imagen y la sensualidad desatada (egolatría), aumento de gente no trabajadora (falta de cultura de esfuerzo para buscar trabajo o para inventárselo, y para mantenerlo), jóvenes en huida (que van a buscarse las lentejas donde sea más fácil, aunque suponga abandonar las propias tradiciones) o jóvenes mimados (que exigen que se les dé todo hecho).
Como elementos positivos, pero con contrapartida negativa, es que hay mucha gente apuntada en ONGs y eso está bien, pero es como si se consumiera solidaridad para acallar la conciencia; por el contrario, se vive de forma insolidaria gastando de más y explotando el planeta. Se es más tolerante en general y, sin embargo, ahora se hace más bullying, hay más agresividad verbal, y resurgen de nuevo el racismo y la xenofobia en Europa. La democracia es importante, pero los “jóvenes partidos” y sus jóvenes dirigentes no dudan en tirarla por tierra con tal de conseguir el poder. La ecología es bandera de todos, pero pocos piensan en cuidar y conservar el planeta para las generaciones futuras. El pacifismo está bien mientras nosotros estamos en paz y la guerra está fuera, pero se abandona a su suerte a las personas en lugares en conflicto, y si huyen de allí no los acogemos porque nos incordian. La igualdad está bien para los demás, pero a si a mí me dan un puesto de trabajo porque soy varón o porque soy la hija del amigo de mi padre, entonces no digo ni pío.
En este clima vive el joven de hoy. Se le ha vendido la moto de un tipo de juventud “ideal de la muerte” aunque ya no responda del todo a la realidad, y además no se le ha dotado de los valores instrumentales básicos: capacidad de esfuerzo, equilibrio afectivo y emocional, capacidad de reflexión y discernimiento, correcto equilibrio entre libertad y responsabilidad, respeto a las tradiciones compatible con la capacidad de emprendimiento y búsqueda de novedades…, y se le han escamoteado los verdaderos valores trascendentes por los que merece la pena entregar la vida.

Entonces, ¿se puede confiar en los jóvenes de hoy?

Comparto la afirmación: “no creo en la juventud, creo en los jóvenes”. Esa juventud genérica y mediocre que hemos descrito a grandes rasgos no son todos los jóvenes. Leamos otras noticias de estos meses.
  • Marta Gil (26 años) y Juan González (29 años), estudiaron la doble licenciatura de Derecho y Administración y Dirección de Empresas. Marta explica que su generación no ha tenido las cosas fáciles para encontrar empleo, incluso muchos jóvenes han tenido que irse fuera de España para trabajar, «pero eso es porque somos luchadores y no nos quedamos en casa con los brazos cruzados». Juan dice: “Mi generación está muy preparada y hemos sabido buscarnos la vida por nosotros mismos con formación accesoria. No somos unos vagos. Para conseguir un empleo y tener éxito profesional hay que ser muy exigente con uno mismo, buscar la excelencia, ser serio y honesto” (ABC, 10 y 17 de abril de 2016).
  • Amazon apuesta a largo plazo por España. Nuestra posición estratégica en el sur de Europa y «el talento y la actitud de los profesionales españoles» han llevado a la multinacional de origen estadounidense a anunciar la contratación de 1000 personas en nuestro país durante los próximos tres años (ABC, 22 de marzo de 2016).
  • Doce jóvenes colaboran con una misión en Perú durante el verano de 2015. Un equipo en ceja de selva, apoyando al sacerdote en arreglos materiales, seminario, catequesis y las visitas a las comunidades. Otro equipo apoyando a la Milicia de Santa María de Arequipa con un concierto, un campamento formativo, visitas misioneras en el Colca y en el santuario mariano de Copacabana (www.cruzadosdesantamaria.es).

No lo tienen fácil los jóvenes de hoy, pero en medio de todas las dificultades encontramos a jóvenes que son luchadores, que son más cosmopolitas, que tienen mucho talento y creatividad, que son curiosos, que cultivan valores trascendentes, que son inconformistas… Son pocos en comparación, es verdad, pero en estos sí podemos creer.
Cuando vemos brillar los ojos de un joven o de una joven al escuchar grandes ideales, entonces renace la esperanza. Hay muchas miradas limpias de jóvenes que siguen buscando, que se ilusionan ante un futuro por construir aunque cueste, que se emocionan ante un paisaje de montaña o ante el oleaje del mar y quieren lanzarse a volar o a navegar surcando cielos y aguas. Hay muchos jóvenes todavía, a pesar de lo que el mundo les dice, que creen que su felicidad no está en tener cosas, sino en ser mejor; que la felicidad no está en acumular riquezas sino en acumular horas de entrega y sacrificio. Hay jóvenes que, saturados de ordenador y tecnologías, desconectan sus dispositivos por tiempos cada vez mayores, para poder vivir con las personas que les rodean y no con las máquinas que les tuitean de ellas. Hay muchos jóvenes que se sorprenden ayudando a otros semejantes en situación de necesidad y siendo felices así; no se creían capaces de dar una moneda a un indigente y ahora le dan una tarde entera, un abrazo y hasta un “hasta mañana”.
Es verdad que todo eso lo viven con continuas idas y venidas de la comodidad y la dispersión hacia la austeridad y la concreción. De repente se les ve abducidos literalmente por el móvil, como ausentes, pero al rato se les puede ver entregados a la causa de la caridad. En un momento se les ve tumbados en el sillón, mientras su madre recoge los platos o les hace la cama, y al rato siguiente se les puede ver limpiando el cuerpo herido de un drogadicto que quiere salir de su dependencia.

¿Qué hacemos con estos jóvenes?

El joven sigue anidando en su corazón el deseo de grandeza, de entrega a algo que merezca la pena; siente en sus venas el bullir de la aventura, de la búsqueda de novedades y el deseo de una eterna novedad. Se le quiere acallar con doctrinas ramplonas, de tejas abajo, pero él quiere en el fondo entender, crear, participar libremente de buenas ideas, vivir de forma sana y vibrante aunque signifique cierta austeridad. Hace falta facilitarle que todo eso aflore, sabérselo presentar.
Cada joven es una reserva inagotable de fuerza, de primavera, de pujanza, de esperanza, de creatividad…, pero hay que ayudarle a que lo saque de dentro, a que no se deje anestesiar por la vida facilona y cómoda. Hay que dejarle crecer en lo que tiene de bueno, aunque los adultos apenas lo comprendamos. Pero también tenemos que ayudarle a entenderse y a fortalecerse. Tenemos que ayudarle a que entienda lo que es verdad y lo que es mentira; muchas veces con palabras, pero otras muchas veces solamente acompañándole en los desengaños de la vida, en el descubrimiento de los embustes del mundo.
Este próximo verano, en la JMJ de Cracovia podremos encontrar a muchos de los jóvenes que deseamos. El papa Francisco, como los papas anteriores, ha considerado en los jóvenes el futuro y la esperanza de la Iglesia. Cada generación de jóvenes necesita encontrarse con sus congéneres para, codo con codo con ellos, hacer crecer a la sociedad del futuro. Unos, serán jóvenes que formarán matrimonios que acogerán la vida como un don y la entregarán al mundo como agua fresca para seguir rejuveneciéndolo siempre. Otros, serán jóvenes que entregarán su vida en exclusiva a Dios, al hombre perfecto Jesucristo, cuya imitación y seguimiento radical es una formidable fuerza regeneradora del mundo.
Muchos de esos jóvenes, —ojalá también los nuestros—, volverán con grandes deseos de darse. Los tenemos que enviar con ilusión haciéndoles conscientes de la responsabilidad que adquieren con esta oportunidad, y los hemos de acoger a la vuelta con esmero para hacer crecer todo lo que se haya sembrado en sus corazones. Es labor de los educadores, de los padres, de las instituciones aprovechar esta energía que se genera en torno a las JMJs. Este mundo que va a trompicones como el motor viejo de un coche, y que corre el peligro de quedarse parado para siempre en cualquier momento, necesita de estos jóvenes para que le den un nuevo empujón. A cada generación de jóvenes le corresponde dar este impulso a la sociedad de su época. La fuerza de esta juventud del Papa, de esta juventud de Jesucristo de hoy, mantendrá a este mundo y a la Iglesia en marcha.
Estos jóvenes son, a mi entender, la esperanza de esa nueva primavera que la Iglesia y el mundo necesitan.