miércoles, 1 de junio de 2016

Transformadores eficaces

Portada Estar 298
Cuando parece que los enemigos de la civilización cristiana tienen un poder omnímodo que pretende excluir a Dios de todas las realidades temporales, puede sonar a atrevido y utópico hablar de una floreciente primavera. Pero así es.
Aumentan los católicos en el mundo. Del 2005 al 2013, los bautizados pasaron de casi 1.115 millones a 1.254 millones, con un aumento absoluto de 139 millones de fieles. El número aumenta, sobre todo en África, en América y en Asia, mientras permanece en los mismos niveles en Europa. Son algunos de los datos del Annuarium Statisticum Ecclesiae 2013, publicado contemporáneamente al Anuario Pontificio de 2015.
En este reverdecer primaveral de la fe tienen su protagonismo propio los jóvenes. Unos jóvenes que no se dejan intimidar por el entorno laicista que trata de envolverlos, y que viven decididos sin miedo al mundo ni al futuro ni a su propia debilidad.
Unos jóvenes enraizados en Cristo a los que no puede detener ninguna adversidad, y que se convierten en el motor de los “líos” que la Iglesia promueve para la dignificación que nuestra sociedad necesita.
San Juan Pablo II, en el histórico encuentro con los jóvenes en el estadio Santiago Bernabéu, les propuso un programa de lucha para vencer el mal con el bien: Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio por el poder; cuando sois limpios de corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía; (…) Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje.
Son, sin duda, una manifestación rutilante de energía renovadora las JMJ, reuniendo jóvenes de los cinco continentes, que hacen visible una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Pero la primavera de la fe no puede, ni debe, reducirse a un acto multitudinario temporal. También en el día a día, los jóvenes aportan su granito de arena como se indica, por ejemplo, en algunas experiencias que se reseñan en este número de ESTAR: Tema de Portada, 25 aniversario de la Virgen de Gredos, la entrevista a José María Ausín, las experiencias de Semana Santa´16, etc.
A los que no somos tan jóvenes, también debe llegar la primavera renovando nuestra creatividad para ofertar a la juventud criterios sólidos ante un mundo que encandila con su falsa y fatua policromía.
Primavera de jóvenes y menos jóvenes, bautizados consecuentes, que hacen penetrar el evangelio en sus vidas y, así, con sencillez, audacia y alegría se convierten en transformadores eficaces.

Aprender a mirar el fondo de todo

En camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) me acerco a vosotros con un entrañable tema varias veces tratado en estas páginas: aprender a mirar todo para poder admirar la maravilla de todo. Estoy pensando en los jóvenes, pero también en mí, en los mayores, porque todos tenemos necesidad de purificar y de ordenar los desajustes de nuestro corazón. Con qué torpeza nos quedamos en la superficie de las cosas, como si lo captado por los sentidos fuera la realidad, y no indicios de una realidad más profunda y total que en cada cosa se nos está proclamando.
Enmarco mi reflexión en el gozoso lugar ameno de la Amoris laetitia de nuestro admirado papa Francisco. Estamos necesitados de aprender a mirar al ser humano. ¡Cuándo nos tomaremos en verdad que lo maravilloso del ser humano, lo que le da fundamento a su dignidad es lo que no está a la vista, ese interior que nos otorga el ser imagen de Dios!
He descubierto recientemente a la poeta Ernestina de Champourcín. Yo había leído algunos poemas de esta mujer. Representante femenino de la Generación del 27, en la órbita de Juan Ramón Jiménez y poco más. De pronto me llega la obra que escribe en el exilio mejicano, tras haber redescubierto —siempre fue católica, a su manera— la respuesta a sus inquietudes más profundas, tras leer La montaña de los siete círculos, del monje Thomas Merton.
El reencuentro con Cristo, como el Dios que tiene su morada en nuestro interior, transforma su vida y su obra. Conserva su estilo pero, en la estela de nuestros grandes místicos, nos desvela emocionada una nueva realidad. El poema pertenece al libro primero de esta segunda época, Presencia a oscuras, publicado en 1952.
Descubriendo la luz de tu presencia
En el ritmo del alejandrino y con la rima pobre del romancero —los pares en asonante—, y sin importarle repetir en ella la palabra dentro, como clave que es de su vivencia asombrada, nos amonesta y advierte que no la conoceremos nunca si “sólo advertís la forma tangible de mi cuerpo.” Cómo captarla si nuestros ojos resbalan sobre sus formas exteriores. Cómo hablar de ella si sólo buscáis un amor terreno. Todo lo que captamos por los sentidos es “Esa vida aparente, similar a la vuestra, es tránsito forzoso; es el mismo sendero que os conduce a la nada”, pero a la escritora a la sima sin fondo de Dios que lleva dentro. Esta es la cuestión: “¿qué sabéis de la llama que quema y no consume?” Maravilloso poema.
Os traigo a sor Isabel Guerra. Escuchad el poema. Lo está recitando la joven que aparece:
No habléis de mí, vosotros que cifráis vuestra dicha
en el afán y el júbilo de algún amor terreno;
¿qué sabéis del poder obsesivo, inmutable,
del dominio absoluto del Dios que llevo dentro?
Vuestros ojos resbalan sobre mí sin captarme.
Sólo advertís la forma tangible de mi cuerpo.
¿Qué sabéis de la llama que quema y no consume,
qué sabéis de mi Dios, del Dios que llevo dentro?
Esa vida aparente, similar a la vuestra,
es tránsito forzoso; es el mismo sendero
que os conduce a la nada y a mí me precipita
en la sima sin fondo del Dios que llevo dentro.

Nadie puede quitármelo; Él es lo único mío,
lo único invulnerable a los celos del viento,
al curso de los astros, al dolor y a la muerte.
Debo mi libertad al Dios que llevo dentro.

El estallido de la misericordia

Por José Luis Acebes
Hace dos mil años, una joven, María, se dirige a la montaña. En su seno es portadora de la mejor de las noticias: la Buena Noticia (con mayúsculas), Jesucristo. Ella sabe que con la Encarnación todo ha cambiado, que el mundo no volverá a ser igual, que la historia se ha partido en dos, que en adelante habrá un Antiguo y un Nuevo Testamento, y que el tiempo se contará en “antes” y “después” de su hijo.
Camina recordando los últimos acontecimientos. El anuncio del ángel fue un destello de magnitud descomunal. Y ahora que sus ojos interiores van adaptándose a la nueva luz medita todo esto en su corazón. ¿Cómo medita María? El Magníficat que pregonará al culminar su viaje nos da la clave. ¡Es el eco de la anunciación! El ángel la había saludado: ¡alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo! Y ella había respondido: He aquí la esclava del Señor… Por ello ahora canta por dentro, en un tú a tú confiado con el Poderoso y Misericordioso: “¡Proclama mi alma tu grandeza, Señor; se alegra mi espíritu en ti, mi Salvador, porque has mirado la humildad de tu esclava…!”
María ha experimentado en ella el estallido de la misericordia que el Verbo encarnado trae consigo. Escribe R. Cantalamessa que en el punto donde “cae” una acción divina, se produce como una vibración y una ola de alegría que se extiende, después, por generaciones, para siempre. María es testigo de la acción divina por excelencia, la Encarnación, y anuncia la onda expansiva de alegría que inundará el mundo.
Además, Ella es la elegida para propagar esta explosión misericordiosa. La lleva como primicia a casa de Isabel. Y allí desencadena todo su potencial: Isabel se llena del Espíritu Santo, prorrumpe en bendiciones al fruto del vientre de María, y Juan salta de alegría en el seno materno.
María comprende que la detonación de la misericordia llegará hasta el final de los tiempos, y por eso canta: ¡tu misericordia llega a los fieles de generación en generación! Vislumbra que todas las generaciones la llamaremos bienaventurada. También las de hace cincuenta años, veinticinco años y la actual...
Hace cincuenta años. Un jesuita percibe que el estilo de la Virgen camino de la montaña es tremendamente actual. El P. Tomás Morales propone a sus jóvenes encarnar este modo de vida. Nace así la Campaña de la Visitación en el seno de la Cruzada y los militantes de Santa María. En agosto de 1966 se publica como primicia en la revista Estar. Consiste en acompañar a María los tres meses que pasó en casa de Isabel. Desde entonces recorremos los meses del verano viviendo como María, más aún, por María y con María, actuando como sus brazos largos. Nos entregamos como ella en actitud de servicio, para que las almas tengan vida y la tengan en abundancia: en olvido propio, buscando lo mejor para los demás, venciendo la pereza, la vanidad y la inconstancia, sin quejarnos de nada ni de nadie. Buscamos ser así nuevas ondas expansivas de la misericordia que inunden nuestros ambientes de alegría.
Hace veinticinco años. Un educador, Abelardo de Armas, quiere lanzar a los jóvenes a imitar el estilo montañero de María. Y coloca una imagen diminuta de la Virgen del Pilar en una pequeña grieta del Circo de Gredos. Es el 8 de julio de 1991. Desde entonces la Virgen de Gredos, oculta, como flor del campo, bendice a cuantos acudimos a la montaña. Ella es y está, abierta solo a Dios. Es nuestra madre, protectora y modelo. Nos enseña a prolongar su actitud de servicio, alegres, a la intemperie, irradiando en vida oculta.

Hoy. 31 de mayo de 2016. El estallido de la misericordia que María propaga desde hace dos mil años alcanza a nuestra generación. Busca quien la acoja en esta nueva Campaña de la Visitación. ¿Te apuntas?

Juventud actual

La esperanza de una nueva primavera

Por Javier Fernández Lorca
Estamos, en España, ante una juventud muy diferente a la de hace una década. Intentaré hacer una aproximación al tema desde mi experiencia como profesor de secundaria y universidad, y mi dedicación durante años al grupo de jóvenes de la Milicia de Santa María. Escribo desde lo que veo y desde lo que leo a diario. No es por tanto un estudio sociológico. La mitad de este texto la voy a dedicar a responder negativamente a la propuesta del título, pero espero que la otra mitad sea suficiente para que podamos responderla afirmativamente sin miedo a engañarnos.

¿Cómo se configura la juventud hoy?

Los jóvenes de hoy y de siempre son herederos de un tipo de educación recibida, de una forma de vida de la sociedad en la que crece, del momento presente que le toca vivir y de sus aspiraciones. Elijo los aspectos que en mi opinión son más dominantes en la forma final de ser del joven.
Esta juventud ha perdido muchas cosas y, entre ellas, ese cierto protagonismo de la generación anterior. De hecho, creo que los jóvenes de hoy lo prefieren, quieren ser el centro de todos los beneficios conseguidos por la sociedad, pero prefieren pasar desapercibidos, no sea que a alguien se le ocurra hacerlos trabajar. No quieren ocuparse de grandes ideales o de ayudar a mejorar la sociedad, prefieren ocuparse de sí mismos y de sus cosillas.
De la educación recibida son responsables principalmente los padres y la escuela. Los padres, que en lo teórico estaban mejor preparados que sus predecesores, podemos decir que sí que vivieron ese tipo de juventud protagonista y resultona llena de facilidades y derechos, pero sin apenas deberes ni en la escuela ni en la misma sociedad. Por eso ni son capaces de plantearles demasiados deberes a sus hijos ni ellos mismos asumen el deber de su educación como algo primordial. Han delegado el problema en la escuela.
Por su parte, la escuela actual, dotada económicamente mejor que nunca, es, sin embargo, heredera de esa mala ley, la LOGSE, implantada en los años 80, y sus continuas y ¿cada vez peores? reformas. Ley que alentó, por ejemplo, la falta de esfuerzo y de mérito. Es una escuela desnortada y desmotivada.
Del estilo de vida de la sociedad en la que vivimos me atrevo a apuntar algunas formas sociales asumidas y sus causas. Las revoluciones juveniles de los años 60 y 70 que vivieron los abuelos de nuestros jóvenes trajeron espontaneidad ilimitada, liberación sexual, trasgresión de normas, autenticidad insolente, huida de responsabilidades, etc. Y aunque eso tuvo como consecuencias el libertinaje, la promiscuidad sexual, la pérdida del sentido de la autoridad, el abuso de las drogas o el aumento de los suicidios, aquellos valores quedaron grabados en la sociedad como modernos e imprescindibles. Nuestros jóvenes los asumen sin más, son otro derecho. También herencia de sus abuelos es la sociedad del bienestar que nuestros jóvenes han mamado de sus padres, por lo que creen en una vida sin apenas esfuerzo, con todo regalado y con exceso de ese todo. En cuanto a lo positivo, es común el deseo de un estilo de vida más sano, el deseo de viajar para conocer, el deseo de tener un buen trabajo que dé bastante dinero…
Del tiempo que les ha tocado vivir cabría decir, en primer lugar, el desmembramiento de la familia con su falta de estabilidad y, como consecuencia, la falta de equilibrio emocional y afectivo del niño y el joven. Por otra parte, les está tocando vivir una gran crisis económica no menos que de valores. Esto hace que nuestros jóvenes se hayan infantilizado como autodefensa para no asumir responsabilidades, y se hayan desilusionado del mundo que les ha llevado a esa situación. Solo les interesan “sus cosas”. Y a esto ha ayudado mucho la revolución informática y de las comunicaciones que les ha llegado en todo su esplendor. Nuestros jóvenes pueden ahora “desaparecer” de la vida real. En cuanto a lo positivo, es la época de la comunicación, la solidaridad, el ecologismo, el deporte, la apertura a todo (aunque sin el compromiso por algo)…
Parece, pues, que las únicas aspiraciones son, en general, que no les falte de nada, que no les molesten mucho y vivir lo más apaciblemente posible con sus amigos y su teléfono móvil.

¿Cómo son los jóvenes de hoy?

Con estos mimbres configurantes, ¿qué cestos (jóvenes) tenemos hoy? Muchas revistas católicas están tratando y reflexionando también últimamente sobre este tema. En los últimos meses han caído en mis manos: “Generación selfie: unos jóvenes abandonados a su suerte” (Mundo Cristiano, marzo de 2016), “Radiografía de los jóvenes de hoy” (Misión Joven, abril de 2016). Reproducido también en Boletín Salesiano, abril de 2016. En estas publicaciones se refieren en varios momentos al libro “Generación selfie” de Juan Manuel González-Anleo (SM, 2015)
Lo más significativo que leemos en todas estas publicaciones es que los jóvenes de hoy, en general, son conscientes de que van a vivir peor que sus padres, y aunque es posible que ellos estén pensando principalmente en aspectos materiales, también lo será en libertades, oportunidades y posibilidades de éxito. También se destaca en estos estudios y reflexiones que los jóvenes de hoy se han replegado sobre sí mismos y sus círculos más íntimos de amigos y familiares y no quieren saber casi nada de instituciones, de política o de religión. Están desencantados y ni siquiera tienen ganas de rebelarse. Viven muy cómodos en la casa familiar hasta los 30-35 años, pero con autonomía de horarios y vida, e incluso con dinero en el bolsillo de la paga que les dan sus padres. Parecen percibir que no tienen fuera nada interesante por lo que ilusionarse y entregarse y que el futuro que les espera es más bien oscuro, y por eso se vuelven sobre sí mismos preocupándose cada vez más de su propia apariencia y de sus cosas. Por otra parte, son incapaces de resolver sus propios problemas e insatisfacciones, y echan la culpa de ello al resto de la sociedad y exigen que sea ella misma la que se los solucione, no haciendo ellos nada por contribuir al desarrollo de esa sociedad. Gastan, pero no aportan.
Algunas manifestaciones de este estado lo leemos a diario en los medios:
  • “España no es país para jóvenes”: el 80% de los menores de 30 años sigue sin conseguir salir de la casa de sus padres. Casi la mitad de las personas menores de 25 años está en paro (El Mundo, el 9 de febrero de 2016).
  • En el yihadismo, la media de edad de los terroristas varones se sitúa en los 28 años, el de las mujeres, que cada vez son más, en 22 años. “Parece claro en que si no invertimos en nuestros jóvenes otros vendrán a llenar el hueco” (ABC, 23 de marzo 2016).
  • Se ha detectado que los adolescentes y los jóvenes son hoy en día más machistas que sus padres, pero no es que se hayan vuelto así por ellos mismos, es la sociedad la que ha construido este machismo a través de muchos factores: el cine, la música, la publicidad, los medios de comunicación… (El Mundo, 28 de marzo de 2016).
  • Los “fuerdai” chinos, son una generación de jóvenes mimados, arrogantes y tercos que saben que tienen dinero pero no entienden de dónde viene. Jóvenes que “muestran su riqueza pero no saben cómo crearla” (www.revistavanityfair.es).

La sociedad dice que quiere inculcar en los jóvenes unos valores positivos: solidaridad, tolerancia, democracia, ecología, pacifismo, igualdad…, pero la realidad es que lo que se va consiguiendo después de décadas de un tipo de educación y de una forma social de vivir es: aumento de jóvenes que se apuntan al yihadismo (ideales claros, aunque violentos), aumento del machismo (quizá por una necesidad de seguridades y falta de afecto), excesiva preocupación por la propia imagen y la sensualidad desatada (egolatría), aumento de gente no trabajadora (falta de cultura de esfuerzo para buscar trabajo o para inventárselo, y para mantenerlo), jóvenes en huida (que van a buscarse las lentejas donde sea más fácil, aunque suponga abandonar las propias tradiciones) o jóvenes mimados (que exigen que se les dé todo hecho).
Como elementos positivos, pero con contrapartida negativa, es que hay mucha gente apuntada en ONGs y eso está bien, pero es como si se consumiera solidaridad para acallar la conciencia; por el contrario, se vive de forma insolidaria gastando de más y explotando el planeta. Se es más tolerante en general y, sin embargo, ahora se hace más bullying, hay más agresividad verbal, y resurgen de nuevo el racismo y la xenofobia en Europa. La democracia es importante, pero los “jóvenes partidos” y sus jóvenes dirigentes no dudan en tirarla por tierra con tal de conseguir el poder. La ecología es bandera de todos, pero pocos piensan en cuidar y conservar el planeta para las generaciones futuras. El pacifismo está bien mientras nosotros estamos en paz y la guerra está fuera, pero se abandona a su suerte a las personas en lugares en conflicto, y si huyen de allí no los acogemos porque nos incordian. La igualdad está bien para los demás, pero a si a mí me dan un puesto de trabajo porque soy varón o porque soy la hija del amigo de mi padre, entonces no digo ni pío.
En este clima vive el joven de hoy. Se le ha vendido la moto de un tipo de juventud “ideal de la muerte” aunque ya no responda del todo a la realidad, y además no se le ha dotado de los valores instrumentales básicos: capacidad de esfuerzo, equilibrio afectivo y emocional, capacidad de reflexión y discernimiento, correcto equilibrio entre libertad y responsabilidad, respeto a las tradiciones compatible con la capacidad de emprendimiento y búsqueda de novedades…, y se le han escamoteado los verdaderos valores trascendentes por los que merece la pena entregar la vida.

Entonces, ¿se puede confiar en los jóvenes de hoy?

Comparto la afirmación: “no creo en la juventud, creo en los jóvenes”. Esa juventud genérica y mediocre que hemos descrito a grandes rasgos no son todos los jóvenes. Leamos otras noticias de estos meses.
  • Marta Gil (26 años) y Juan González (29 años), estudiaron la doble licenciatura de Derecho y Administración y Dirección de Empresas. Marta explica que su generación no ha tenido las cosas fáciles para encontrar empleo, incluso muchos jóvenes han tenido que irse fuera de España para trabajar, «pero eso es porque somos luchadores y no nos quedamos en casa con los brazos cruzados». Juan dice: “Mi generación está muy preparada y hemos sabido buscarnos la vida por nosotros mismos con formación accesoria. No somos unos vagos. Para conseguir un empleo y tener éxito profesional hay que ser muy exigente con uno mismo, buscar la excelencia, ser serio y honesto” (ABC, 10 y 17 de abril de 2016).
  • Amazon apuesta a largo plazo por España. Nuestra posición estratégica en el sur de Europa y «el talento y la actitud de los profesionales españoles» han llevado a la multinacional de origen estadounidense a anunciar la contratación de 1000 personas en nuestro país durante los próximos tres años (ABC, 22 de marzo de 2016).
  • Doce jóvenes colaboran con una misión en Perú durante el verano de 2015. Un equipo en ceja de selva, apoyando al sacerdote en arreglos materiales, seminario, catequesis y las visitas a las comunidades. Otro equipo apoyando a la Milicia de Santa María de Arequipa con un concierto, un campamento formativo, visitas misioneras en el Colca y en el santuario mariano de Copacabana (www.cruzadosdesantamaria.es).

No lo tienen fácil los jóvenes de hoy, pero en medio de todas las dificultades encontramos a jóvenes que son luchadores, que son más cosmopolitas, que tienen mucho talento y creatividad, que son curiosos, que cultivan valores trascendentes, que son inconformistas… Son pocos en comparación, es verdad, pero en estos sí podemos creer.
Cuando vemos brillar los ojos de un joven o de una joven al escuchar grandes ideales, entonces renace la esperanza. Hay muchas miradas limpias de jóvenes que siguen buscando, que se ilusionan ante un futuro por construir aunque cueste, que se emocionan ante un paisaje de montaña o ante el oleaje del mar y quieren lanzarse a volar o a navegar surcando cielos y aguas. Hay muchos jóvenes todavía, a pesar de lo que el mundo les dice, que creen que su felicidad no está en tener cosas, sino en ser mejor; que la felicidad no está en acumular riquezas sino en acumular horas de entrega y sacrificio. Hay jóvenes que, saturados de ordenador y tecnologías, desconectan sus dispositivos por tiempos cada vez mayores, para poder vivir con las personas que les rodean y no con las máquinas que les tuitean de ellas. Hay muchos jóvenes que se sorprenden ayudando a otros semejantes en situación de necesidad y siendo felices así; no se creían capaces de dar una moneda a un indigente y ahora le dan una tarde entera, un abrazo y hasta un “hasta mañana”.
Es verdad que todo eso lo viven con continuas idas y venidas de la comodidad y la dispersión hacia la austeridad y la concreción. De repente se les ve abducidos literalmente por el móvil, como ausentes, pero al rato se les puede ver entregados a la causa de la caridad. En un momento se les ve tumbados en el sillón, mientras su madre recoge los platos o les hace la cama, y al rato siguiente se les puede ver limpiando el cuerpo herido de un drogadicto que quiere salir de su dependencia.

¿Qué hacemos con estos jóvenes?

El joven sigue anidando en su corazón el deseo de grandeza, de entrega a algo que merezca la pena; siente en sus venas el bullir de la aventura, de la búsqueda de novedades y el deseo de una eterna novedad. Se le quiere acallar con doctrinas ramplonas, de tejas abajo, pero él quiere en el fondo entender, crear, participar libremente de buenas ideas, vivir de forma sana y vibrante aunque signifique cierta austeridad. Hace falta facilitarle que todo eso aflore, sabérselo presentar.
Cada joven es una reserva inagotable de fuerza, de primavera, de pujanza, de esperanza, de creatividad…, pero hay que ayudarle a que lo saque de dentro, a que no se deje anestesiar por la vida facilona y cómoda. Hay que dejarle crecer en lo que tiene de bueno, aunque los adultos apenas lo comprendamos. Pero también tenemos que ayudarle a entenderse y a fortalecerse. Tenemos que ayudarle a que entienda lo que es verdad y lo que es mentira; muchas veces con palabras, pero otras muchas veces solamente acompañándole en los desengaños de la vida, en el descubrimiento de los embustes del mundo.
Este próximo verano, en la JMJ de Cracovia podremos encontrar a muchos de los jóvenes que deseamos. El papa Francisco, como los papas anteriores, ha considerado en los jóvenes el futuro y la esperanza de la Iglesia. Cada generación de jóvenes necesita encontrarse con sus congéneres para, codo con codo con ellos, hacer crecer a la sociedad del futuro. Unos, serán jóvenes que formarán matrimonios que acogerán la vida como un don y la entregarán al mundo como agua fresca para seguir rejuveneciéndolo siempre. Otros, serán jóvenes que entregarán su vida en exclusiva a Dios, al hombre perfecto Jesucristo, cuya imitación y seguimiento radical es una formidable fuerza regeneradora del mundo.
Muchos de esos jóvenes, —ojalá también los nuestros—, volverán con grandes deseos de darse. Los tenemos que enviar con ilusión haciéndoles conscientes de la responsabilidad que adquieren con esta oportunidad, y los hemos de acoger a la vuelta con esmero para hacer crecer todo lo que se haya sembrado en sus corazones. Es labor de los educadores, de los padres, de las instituciones aprovechar esta energía que se genera en torno a las JMJs. Este mundo que va a trompicones como el motor viejo de un coche, y que corre el peligro de quedarse parado para siempre en cualquier momento, necesita de estos jóvenes para que le den un nuevo empujón. A cada generación de jóvenes le corresponde dar este impulso a la sociedad de su época. La fuerza de esta juventud del Papa, de esta juventud de Jesucristo de hoy, mantendrá a este mundo y a la Iglesia en marcha.
Estos jóvenes son, a mi entender, la esperanza de esa nueva primavera que la Iglesia y el mundo necesitan.

“Si quieres escuchar el canto de los pájaros...”

Por Juan Antonio Gómez Trinidad

Planteaba en mi anterior artículo la necesidad de abordar la calidad del profesorado como un problema no sólo clave, sino además urgente. De la importancia del mismo hablaba allá como condición para mejorar la calidad de la educación y, por consiguiente, del desarrollo del bienestar tanto personal como social.
Ilustración: José Miguel de la Peña
De la urgencia de esta tarea basta señalar que en la próxima década se necesitará renovar 200.000 profesores por el recambio generacional. Casi, la misma década que se necesita para sacar nuevas cohortes de profesores bien preparados según las propuestas más solventes de formación del profesorado.
Sin embargo, lanzaba entonces una pregunta previa: ¿en qué consiste un buen profesor? Lo cual nos lleva a otra previa, ¿en qué consiste una buena enseñanza? A esta podríamos responder de modo breve que consiste en lograr que los alumnos asimilen un patrimonio científico, técnico y cultural que les permita su desarrollo personal y su plena inserción en la sociedad contribuyendo de modo crítico a mejorarla.
Más difícil en cambio es definir al buen profesor en la medida en que el buen profesor es una persona única, que ha encontrado “su propio lenguaje”, es decir, aquel que ha encontrado maneras para valerse de sí mismo, de sus conocimientos, de sus capacidades y la de su entorno para estar razonablemente satisfecho, ya que logra mejorar a otras personas mediante la educación.
Parto de una tesis inicial: no es el método de enseñar el que hace bueno al profesor, sino el profesor el que hace bueno al método. Un buen profesor es ante todo una personalidad única. Pero si esto es así, podemos predecir desde el comienzo que el intento de encontrar un perfil común y uniformado del profesorado va a ser una tarea inútil. Habría que tener en cuenta esto a la hora de enseñar metodologías y darle el valor que tienen: ni ignorarlas ni sacralizarlas. Las modas, aunque sean pedagógicas, son las primeras que pasan de moda.
La primera condición de un buen profesor, neologismos y eufemismos aparte, es que tenga vocación, es decir, que le apasione la tarea de enseñar. Un docente sin vocación, sólo con resignación ante su tarea, no puede entusiasmar, no puede suscitar el deseo de aprender y por lo tanto le será más difícil enseñar. El buen profesor es aquel al que le gusta su materia, le apasiona enseñarla y le importan los alumnos.
Que tenga vocación es una cuestión personal, si bien la vocación, como la amistad y otras tantas cosas importantes en la vida, surge de modo espontáneo, pero es necesario cultivarla de modo consciente. Comprobar que un candidato a profesor tiene vocación por enseñar es cuestión más difícil, pero no imposible: existen métodos al alcance de la psicología, de la pedagogía, etc.
En segundo lugar, necesita el gusto y el dominio de la materia objeto de enseñanza. El interés por la misma supone una curiosidad intelectual que le permita buscar la actualización permanente, relacionar dicha materia con los aconteceres de cada día, con las ciencias y saberes próximos, etc. El saber, como la vida misma, es relacional: “El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe”.
Saber relacionar con el entorno esos saberes es hacer ver a los alumnos por qué es interesante conocerlos, qué repercusiones tienen en nuestro alrededor, en nuestra vida y en la de los demás; en definitiva es hacer pertinentes esos saberes. No olvidemos que en la enseñanza actual damos demasiadas respuestas a preguntas que no se han planteado previamente. Respuestas que no sean pertinentes, serán impertinentes, irrelevantes y absurdas para los alumnos —un “peñazo” en terminología estudiantil—.
En tercer lugar, el buen profesor debe conocer algunas destrezas y habilidades pedagógicas. Entre estas destacan el conocimiento de las características propias de la edad de los alumnos, técnicas de dinámicas de grupo, de intermediación, etc. Eso sí, teniendo en cuenta que “no existen enfermedades, sino enfermos”. Por lo tanto, los conocimientos generales sólo son válidos en la medida en que se cumplen en el caso particular.
Sólo entonces —y cuando se dominan y aplican estos conocimientos y habilidades— tiene sentido la didáctica de la asignatura. Creo que hemos asistido a una sobrevaloración de esta última, a una consagración de los métodos, según modas y tendencias, a veces de modo acrítico.
Como dice un aforismo oriental: “Si quieres escuchar el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol”. Hay que suscitar las vocaciones a la enseñanza y no enjaularlas con apriorismos metodológicos.

En definitiva, es el profesor el que hace bueno al método y no al revés. El buen profesor es, en cierta medida, más una obra de arte que un producto tecnológico… Nada más y nada menos.

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (III)

 Por Bienvenido Gazapo
3 ABELARDO, GUÍA ESPIRITUAL
Cuando Abelardo recibió la gracia de Duruelo, aquella mañana de febrero de 1981, estaba en su madurez humana y espiritual. Llevaba más de 15 años dando Ejercicios espirituales a jóvenes (dio a lo largo de su vida más de 200 tandas a grupos de entre 30 y 40 jóvenes). Dedicaba las tardes de los domingos durante el curso escolar a coloquios de perseverancia con grupos de jóvenes pertenecientes a la Milicia de Santa María de Madrid. Todas las primeras quincenas de julio las dedicaba a los campamentos de verano en Gredos, en los que si bien su actividad era fundamentalmente educativa, no dejó nunca de ser mentor espiritual. Dedicó durante muchos años consecutivos la primera quincena de agosto a “descansar” unos días en la casa de los padres jesuitas de Villagarcía de Campos (Valladolid) mientras dirigía las convivencias de formación de militantes de Santa María (casi un centenar de muchachos). A todo esto añadía el acompañamiento espiritual cotidiano de innumerables jóvenes.
Abelardo, contemplativo de la misericordia de Dios
Existen dos coordenadas que se entrecruzan en la vida de Abelardo: una, teológica, en la que mira a Dios y lo descubre vivencialmente como misericordia. La otra es la antropológica; desde ella mira al hombre (al joven) y lo percibe como ser perfectible que debe ser sometido a la fragua del cultivo de las virtudes humanas. Ambas coordenadas se dan inseparablemente unidas. En esta ocasión prestaremos atención a la primera de ellas.
Abelardo fue un contemplativo de la misericordia de Dios. Llegó a gozar de un profundo conocimiento vivencial —más que teórico— de Dios como Misericordia, que se le comunicó en la oración. Se revuelve ante la posibilidad de que dudemos del amor de Dios a cada uno de nosotros, tal como somos y estamos. Escribe:
¡Cuántas veces me piden oraciones personas que me dicen: A mí Dios no me escucha!… Yo querría gritaros que os quiere y su bondad no se la puede quitar toda vuestra maldad, ni aunque fuera mucho mayor de lo que es. Por eso decid al diablo y a cuantos pensamientos, personas y apariencias pretendan separaros de vuestra confianza en Dios, que vosotros habéis creído en el amor que Dios os tiene, y que vivís en la fe y en el amor de Jesús y de la Virgen María...
Ver nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestra maldad y nuestra miseria es cosa buena. Pero si nos quedamos ahí, nos engañamos; porque la mirada no podemos tenerla fija en nosotros. Es preciso mirarle a Él y confiar en que nos ama1.
¿Qué nos ofrece desde su vivencia espiritual? Como dos horizontes:
En el horizonte de Dios, la misericordia tiene un nombre: Jesucristo
Esta revelación del amor es definida también misericordia, y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo2.
Es el amor de Jesucristo hacia el hombre el que emerge permanentemente en sus escritos con una fuerza enorme. Glosando a san Juan de Ávila, comenta en una de sus charlas a los jóvenes:
A Jesús le entusiasma vernos buscando silencio, soledad para encontrarnos con Él. Pero más le entusiasma vernos buscándole confiados en su amor porque sabemos que nos ama, y el amor jamás olvida y menos desampara…
No hay olvido en Jesús y menos desamparo. Todo lo tuyo hace suyo, hasta tus pecados. Todo lo tuyo lo presenta al Padre como suyo. Ha obtenido para ti el perdón y la misericordia.
Y aunque es bueno sentir nuestra miseria y nuestra pobreza, éstas no debe llevarnos a desconfiar de su misericordia.
Entra, pues, en tu corazón y abrázate a Jesús que allí espera. Si perdiste la gracia, recupérala por la confesión. Pero no estés sin tan buen amigo. Si ya vives en Él y con Él, vuelve al fervor de tu primera caridad. Jamás te ha abandonado porque no es propio del que ama abandonar al amado; ni siquiera cuando el amado abandona y olvida al que tanto le ama3.
¿Por qué esta dependencia de Jesucristo? Porque así lo determinó el Padre de los cielos. Y así lo canta la Iglesia en el bellísimo himno de la noche de la Pascua con afirmaciones que pueden resultar exageradas y desde luego sorprendentes para nuestro sentido de justicia:
¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal redentor! (Pregón Pascual)
Es la generosidad del Padre de los cielos, no nuestra justicia, la que importa en este asunto. Y esa generosidad no tiene fin ni se gasta. Nos lo recuerda Abelardo, citando a san Juan de Ávila, de tal forma que resulta imposible separar las afirmaciones del santo de las suyas:
¿Tan presto habéis olvidado que la sangre de Jesucristo da voces (Hebr 12, 24) pidiendo para nosotros misericordia, y que su clamor es tan alto, que hace que el clamor de nuestros pecados quede muy bajo y no sea oído? Que es como decir, ¿no sabéis que la sangre de Dios hecho hombre clama al Padre con tantas voces por nosotros, que el clamor de nuestros pecados no es oído, como se pierde el murmullo de unas aguas que entran en el mar?
Según ordenanza de Dios, somos tan uno Él y nosotros, que o hemos de ser Él y nosotros amados, o Él y nosotros aborrecidos; y pues Él no es ni puede ser aborrecido, tampoco nosotros, si estamos incorporados en Él con la fe y amor. Antes, por ser Él amado, lo somos nosotros, y con justa causa: pues que más pesa Él para que nosotros seamos amados, que nosotros pesamos para que Él sea aborrecido; y más ama el Padre a su Hijo, que aborrece a los pecadores que se convierten a Él…4
El que la desconfianza nuestra nos tenga atados en el camino hacia la santidad… ¡qué tristeza debe de ocasionar al Corazón de Jesús!5.
En el horizonte del hombre, el amor a Dios no puede ser otra cosa que confianza en su misericordia
Advierte a los jóvenes:
Si no tienes una confianza inmensa, inquebrantable en el Corazón de Jesús, tú no puedes perseverar. El peso de tus miserias te agobia, te aplasta; pero, si tienes los ojos clavados en Él (que te dice Juan de Ávila que está de rodillas por ti… orando por ti), esa seguridad te la da a ti este Jesús que es tu abogado, que es tu defensor…, y que es el propio Padre quien te lo envía6.
Profundiza con Juan de Ávila en la causa de nuestra desconfianza:
Se conoce uno a sí mismo más que a Dios y por eso, lógicamente, tenemos más temor que esperanza. No da Dios su perdón ni misericordia sino a quien reconoce su miseria. Crea que como nosotros somos más malos de lo que alcanzamos, así Dios es más bueno de lo que entendemos... Los hombres saben muy mal perdonar porque saben muy mal amar. Por eso creemos nosotros que Dios es con nosotros como somos nosotros con los demás…
… Nosotros no sabemos amar. Y el Corazón de Jesús no ama, afortunadamente, como nosotros. Y por eso (necesitamos) más conocimiento interno de nuestro Creador y Señor7.
Comenta dos ejemplos evangélicos. El primero es de san Pedro, que desconfiando del poder de Cristo y mirándose demasiado a sí mismo, se hundía en el agua embravecida del lago, pero tuvo reflejos suficientes para pedir socorro a Cristo:
San Pedro, mirándose a sí, vio que se hundía. Pero tan pronto como recurrió a Jesús, encontró sus manos a las que agarrarse. Escuchó la reprensión: Hombre de poca fe ¿por qué has dudado? (Mt 14, 31). Reprensión de la que también somos nosotros merecedores, pero que jamás ha de hacernos dudar de Aquél que con los mismos ojos que fijó en Pedro y en nosotros, miró desde la Cruz al Padre para implorar misericordia.
Tengamos, pues, fe y confianza. Esa misericordia está pronta sobre nosotros en Jesús-confesión, en Jesús-Eucaristía, en Jesús-oración8.
Más impresionan las referencias que hace al ladrón arrepentido (que de bueno no tuvo nada, pues fue un asesino y un bandido), que fue capaz en pocos segundos de arrebatar el corazón de Cristo:
Dimas, mi Buen Ladrón… ¿Qué has hecho para alcanzar de Jesús la promesa inmediata de vivir y reinar con El eternamente?... Al olvido de ti siguió el reconocimiento de tu miseria: nosotros estamos aquí justamente condenados (Lc 23, 42). Reconocer que la cruz es justo castigo, supone aceptar toda la inmensa miseria de tu vida.
… Tu confianza llegaba a los límites de la audacia, y pediste un recuerdo de aquel rey coronado de espinas que tapaba su desnudez con manto de sangre… A tu confianza audaz respondió la misericordia infinita de quien te había escuchado, agradecido, compadecerte de él: pero éste, ¿qué mal ha hecho?
… Se volcó en ti. Miserable criminal le pediste un recuerdo y te prometió el Paraíso9.
Único camino de santidad
Esta actitud de aniquilación total del ladrón arrepentido debe ser la nuestra. No existe otro camino en el orden espiritual. Por ello Dios interviene en nuestras vidas, reduciéndonos a la “nada”, pero no como castigo, sino como regalo. Aquí aparece de nuevo en Abelardo la mística carmelitana de despojo absoluto, el “anihilarse” de san Juan de la Cruz:
Necesitamos que Jesús nos vacíe de nosotros mismos. Un alma no se agarra a la confianza total y absoluta en Dios —a esa confianza audaz, sin límites— hasta que no queda desposeída totalmente de sí misma… Es la infancia espiritual… hacer por virtud lo que el niño hace por instinto. El niño por instinto se abandona plenamente en sus padres. Cuando ya uno ni siquiera se siente capaz de ejercitar ninguna virtud, entonces, ¿qué hará? Pues hacer por miseria lo que el niño hace por instinto... Necesita todo… Cuando no eres capaz ni siquiera de tener esa virtud, ¡vuelve a ser más niño todavía! Refúgiate en tu incapacidad de niño, en tu miseria de niño…
El santo es el que se ha familiarizado con la miseria, con el vaciamiento total de sí mismo, y se ha abierto totalmente a Dios. Eso es la humildad… ¿Cómo puede Dios hacer que nos olvidemos totalmente de nosotros mismos, que nos vaciemos de nosotros mismos para abrirnos a Él? En los santos ha sido a través de las miserias10.
Apóstoles de la misericordia
Discípulo de san Ignacio, Abelardo no será nunca un pietista porque cuenta con toda la potencia de la misericordia de Cristo en nosotros, para lanzarnos a la acción apostólica: mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo11. Así, exhorta a los jóvenes:
Corazón de Jesús, en Ti confío… Fijaos, porque esto es una oración de la confianza hasta la audacia, sin límites: Puedo perderlo todo, aun la gracia; pero ¡jamás hasta la muerte, perderé esta confianza! Porque es en Ti y no en mis fuerzas, en lo que tengo fe… Corazón de Jesús en Ti confío, porque creo en tu amor para conmigo. Repítetelo esto muchas veces…
Pero, como las ideas no se entienden mientras no se viven, esta jaculatoria acompáñala con audacias… en el apostolado, en la caridad, en todo lo que vayas a hacer: apoyándome en Ti… En mi miseria… En mi debilidad… Cuando tengas que dar la cara. Cuando tengas falta de fuerzas para ponerte a estudiar: Corazón de Jesús en Ti confío, porque creo en tu amor para conmigo. Dulce Corazón de María, sed mi Salvación. Llévame Tú al Corazón de Jesús, y veréis entonces, la fuerza del Corazón de Jesús…
Tenemos que llevarle al mundo ese mensaje… Más lejos, no puede llegar el Corazón de Jesús para decir a los hombres que les ama, y necesita de nosotros para decírselo, pero tú, lo dirás a los demás, en la medida que veas las misericordias que tiene para contigo. Pídele todos los días: ¡Señor, hazme Apóstol de tu misericordia, precisamente por mis miserias! Porque viendo yo lo que haces con mi miseria… (comprendo que) también lo haces por los demás. Confianza sin límites en el Corazón de Jesús12.
* * *
Al terminar de leer estas líneas, quizá algún lector pueda pensar que esta doctrina expuesta, que animó espiritualmente a Abelardo, peque por una parte de “espiritualista” —al invitar al hombre a dejarlo todo en manos de Dios— y por otra, de pesimista —al no conceder recurso alguno a la acción humana, en forma de esfuerzo y lucha por la virtud—. Nada más lejano de la realidad. Abelardo fue un gran educador, formado en la fragua ignaciana del P. Morales, con una inmensa dosis de confianza en los jóvenes. Esta será la materia del próximo artículo.

Notas
1 ABELARDO DE ARMAS, Santidad educadora, p. 96-97.
2 JUAN PABLO II, Redemptor Hominis, 9).
3 ABELARDO DE ARMAS, Santidad educadora, p. 123-124.
4 S. JUAN DE ÁVILA, Cruz y resurrección, p. 67.
5 ABELARDO DE ARMAS, Convivencias Villagarcía. Meditación 5 agosto 1979 (alocución inédita).
6 Id. Meditación 14 agosto 1979 (alocución inédita).
7 Id. Meditación 17 setiembre 1979 (alocución inédita).
8ABELARDO DE ARMAS, Santidad educadora, p. 96-97.
9ABELARDO DE ARMAS, Agua viva, p. 210.
10ABELARDO DE ARMAS, Retiro espiritual, mayo 1985 (inédito).
11S. IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales, nº. 53.
12ABELARDO DE ARMAS, Convivencias Villagarcía. Meditación 14 agosto 1979 (alocución inédita).


El recuerdo de las Navidades en familia

Por Javier del Hoyo
Dentro de esta galería de escritos desconocidos o inéditos del P. Tomás Morales traemos hoy a colación la felicitación que envía a la familia por la Navidad de 1937 y Año nuevo del año 1938, teniendo como telón de fondo de toda la argumentación la figura paterna. La carta es un maravilloso ejercicio nostálgico de las navidades pasadas en familia en los años veinte, en su niñez y adolescencia. Ante la posibilidad de que realmente sea la última Navidad de su padre, como realmente lo fue, va extrayendo del arcón de la memoria los preparativos que hacía para que todos vivieran una Navidad distinta; el personal de servicio, etc.
Todos aquellos desvelos para hacer disfrutar de la Navidad a los suyos han de ser ahora motivos que el Señor tendrá muy en cuenta. Don Antonio no había practicado nunca la religión, aunque fue respetuoso con la vocación de su hijo. En esta última enfermedad, sin embargo, el sufrimiento le sirvió de acicate para acercarle a la fe y a los sacramentos. Tomás, estudiante de filosofía en la Compañía, le da consejos concretos para recibir los sacramentos en determinadas festividades del año.
La carta es manuscrita, con buena caligrafía, en dos cuartillas con membrete del Collège Pignatelli de Les Avins-en-Condroz, escritas totalmente por los dos lados. En Les Avins-en-Condroz había un château muy elegante, que había pertenecido a la familia del jesuita Cornelio Alápide. Estaba situado a treinta kilómetros de Lieja, y allí pasó Tomás el curso 1936-37 con otros ochenta y tres jesuitas y, a juzgar por los membretes de sus cartas, permaneció hasta fines de enero de 1938. También es posible que conservara en Chevetogne algunas cuartillas con membrete de Les Avins, pero era costumbre en este caso sobremontar el domicilio actualizado sobre el anterior, como vemos en la que escribe a su madre el 28 de enero de 1938, ya desde Chevetogne.
Estos cambios se debieron a una redistribución de casas motivada por la repatriación de bastantes jesuitas que habían regresado a España para alistarse en el bando nacional en posiciones de retaguardia; las distintas casas habían quedado medio vacías. Tomás, debido a su deficiente vista, había quedado exento de cumplir este servicio militar y siguió estudiando la filosofía.
* * *
J.H.S.
Les Avins-en-Condroz, 21 diciembre 1937
Inolvidables padres y muy queridos hermanos:
Desde hace días estoy esperando carta de uds. para seguir al corriente del estado de salud de papá. Hasta ahora no la he recibido, y por eso, dada la poca distancia que nos separa del gran día de Navidad, me he decidido a ponerles estas líneas para abrazarles a todos en ese día de tanta alegría en que conmemoramos la venida de Jesucristo al mundo.
Una íntima alegría nos debe invadir en esa noche del 24 tan preñada de inefables encantos, tan llena de recuerdos de familia. ¡Cuántos años celebramos juntos todos en Madrid el día 25 y con él, y con la noche de Pascua, recordábamos el Nacimiento del Señor! En cambio, ahora estamos muy distanciados: unos en Alemania1, otros en Canarias…, el pobre papá sufriendo resignadamente esa enfermedad con que el Señor le está purificando, ¡él, a quien tanto le gustaba celebrar aquel día de Navidad! ¡Cuántas veces le acompañé a las “históricas” compras el día anterior! ¡Con qué gusto y amor lo preparaba todo, desde la expulsión de las moscas del comedor, servilleta en mano, hasta la excursión vespertina a la sierra en el “abierto”2 con merienda en El Escorial!... Quizá sin saberlo preparaba con todo eso nuestros espíritus para la celebración del gran día en que el Señor se hizo hombre por nuestro amor. Yo estoy seguro que el Niño Jesús contemplaba con singular amor todos esos preparativos, todas esas alegrías con que festejábamos al recordar su venida al mundo para salvar a los hombres.
¡Cómo ha cambiado el panorama en pocos años! De aquella casa, de aquella “Villa Margarita” que presenció los “apartaditos” del “pedido” para Rafaelita, doña Emilia, Cecilia, Florencia, aquellos “apartaditos” efectuados con singular cuidado por la bondad proverbial de “la Señora”; de aquella casa,… quizá ya no quedan ni los escombros3. Sin embargo, sepamos bendecir los designios de ese Divino Niño que nace en Belén en la pobreza de una gruta abandonada. Él es Dios y vino a enseñarnos a nosotros, los pobres hombres, el camino del Cielo y por eso nace en el abandono más absoluto, para mostrarnos ese desprendimiento absoluto de todas las riquezas y bienestar del mundo que debemos tener para entrar en su Reino.
Y ahora, después de tantos años, yo le pido a ese Nuestro Dios que al conmemorar su nacimiento en Belén nos bendiga con esas manecitas divinas de un Dios hecho niño por amor nuestro. Y le pido, por intercesión de esa bendita Madre, la Virgen que está a su lado contemplándolo con indecible amor, que bendiga en primer lugar a papá, que lo contemple en medio de los dolores y sufrimientos que Él, para purificarle y para prepararle para llevarlo al cielo, le ha enviado. Y para obtener esa bendición para papá le recordaré todos aquellos preparativos, todas aquellas fiestas de Navidad celebradas desde hace tantos años por nosotros, y no dudo que ese Jesús, que es todo amor, sabrá consolar, alentar, alegrar los sufrimientos de papá y sabrá también confortarnos a todos, a uds. y a mí, para que sepamos verle sufrir con una resignación cristiana de quien sabe que es el Señor quien dispone los acontecimientos siempre para nuestro bien, aunque a nosotros nos parezca otra cosa.
Y en ese día 25 que no deje de recibir al Señor en la Comunión, con todo el afecto que pueda. Esto se me pasó decírselo cuando estuve ahí. Además de los padrenuestros al uso podría comulgar en días de fiesta tan grandes como este 25 de diciembre, la Inmaculada, Jueves Santo, Sagrado Corazón, Corpus…
Un abrazo muy fuerte para todos presentes y ausentes unido a mi felicitación del 1938. ¡Que en el Nuevo Año el Señor nos conceda ver el final de una guerra que será el comienzo de una España reciamente cristiana, paladín ardiente del Corazón de Cristo; que el Señor nos conceda la salud para papá, si esto es lo que más le conviene para su alma.
Tomás SJ.
 Notas
1D. Antonio había enviado desde niños a sus hijos a Alemania y Suiza para estudiar. En esos momentos, 1937, dos hermanas (Aida y Catalina) se habían casado con alemanes y vivían allí. Su hermana Olga vivía en La Palma desde 1921, donde también se había casado; y allí iba también su hermano Álvaro Antonio con mucha frecuencia. Nostalgia por una unidad física difícil de restaurar.
2D. Antonio Morales era el representante de la firma de coches Packard en España. Tenían tres coches, uno de ellos era descapotable, al que en casa llamaban familiarmente “el abierto”.

3En efecto, Villa Margarita, el chalé donde había vivido la familia desde 1914, situado en Fernández de los Ríos 19, fue destruido completamente en la guerra civil.

¿Amigos?

Por Antonio Rojas
Cada nuevo amigo es un pedazo reconquistado
de nosotros mismos.
—Christian F. Hebbel—


Dos amigos atravesaban un bosque cuando apareció un oso. El más rápido de los dos huyó sin preocuparse del otro, que, para salvarse, se tiró por tierra, como muerto.
El oso, creyéndolo muerto, lo olió y se fue. Parecía como si le hubiese dicho algo.
—¿Qué te ha dicho? Preguntó el huidizo.
—Sólo me ha dicho que no me fie de los amigos como tú.
El amigo que no es capaz de arriesgar su vida por el amigo, no es amigo. No podemos resolver todos los problemas o dificultades de nuestros amigos, pero debemos poner en juego todas nuestras facultades.
Si vemos en un amigo un fallo y no lo corregimos, por el miedo a que le parezca mal o no nos haga caso, en esa situación damos más importancia al quedar bien que a la amistad.
El verdadero amigo piensa antes en el bien de su amigo que en el suyo propio; por eso decía Aristóteles que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas.
En este sentido hay investigaciones que afirman que las buenas amistades nos hacen vivir más tiempo. Y nos señalan algunos detalles:
Cada amigo representa un mundo dentro de nosotros; un mundo que tal vez no habría nacido, si no lo hubiéramos conocido.
Cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida nos perfecciona y enriquece, más aún por lo que de nosotros mismos nos descubre, que por lo que de él mismo nos da.
Quien tiene un verdadero amigo sabrá que, cuando sus pasos sean herrados, su amigo le dará un buen consejo lleno de amor, no con tono juzgador, más bien con ese sentimiento de desear lo mejor para él. El mejor amigo es el que enmienda nuestros errores o reprueba nuestros desaciertos.
La amistad no es una empresa fácil de tomar. Y por esa razón, si no estamos preparados para dar recíprocamente de nosotros mismos, debemos prepararnos y, cuando estemos listos, volver a retomar el camino a la amistad. Hoy puede ser un buen día para analizar ¿cuántos amigos tengo? El número no es importante, pero sí es importante cuán significativos sean para nosotros.
Y una vez que nos interroguemos sobre cuántos amigos tenemos, deberíamos pensar por un momento: ¿qué clase de amigo soy yo?

Dice un refrán: Manos que no dais, ¿qué esperáis? Desde este punto de vista, ¿qué clase de amigo soy? Porque de eso dependerá, normalmente, la clase de amigos que merezco.

Una anécdota junto a la laguna de Gredos

Extracto del discurso de clausura de la XXI reunión de Amigos de la Ciudad Católica (1982) por Abelardo de Armas.
Hoy, que la gente no entra en los templos, hay que convertir en templos nuestros centros de trabajo, de estudio, nuestras calles, viviendo a lo Cristo. Es verdad que soy frágil, pero soy consciente de que Él va conmigo y le repito: «Tú que amas a los hombres como no soy capaz de amarlos, hazlo Tú».
Quisiera narraros una anécdota que me aconteció este verano. Supone el triunfo de Cristo en mi alma. Con 130 jóvenes llego a la laguna del Circo de Gredos. Buscamos acampar en la pradera colindante al desagüe de la laguna, pero al llegar hay ya varias tiendas montadas. Un pequeño grupo de chicos y chicas está junto a sus tiendas, y nos miran extrañados.
Casi junto a ellos iniciamos el montaje. Aunque falta la mayor parte del grupo, su representación destaca por su lenguaje de tacos, insultos, bromas, vocabulario soez a veces. Al atardecer tenemos la Misa y entonces parece que la convivencia puede acabar en «fiesta». Van llegando los ausentes. En el silencio destacan perfectamente las alusiones contra nosotros: irónicas unas, faltas de gusto otras, irrespetuosas las más.
Siento que me está hirviendo la sangre y se me ocurre que cuando concluya el tiempo de silencio voy a aclarar las cosas: «O hay convivencia pacífica o vais con las tiendas a la laguna. ¿No veis que somos 130, y muchos son mayores que vosotros?». De pronto algo me cambia por dentro y digo: «¡Oh, Jesús! ¿Cómo se me pueden ocurrir estos pensamientos contigo dentro? Ese soy yo. Pues bien, ahora vas a ser Tú el que actúe». Y me acerco al grupo vecino sonriendo. Casi la totalidad del grupo viene hacia mí.
—Vengo dispuesto a que me hagáis una “rueda de prensa”, porque estoy seguro de que estáis intrigadísimos con estos muchachos. Se inicia un montón de preguntas: ¿De dónde somos? ¿Por qué ese rato de silencio, la Misa? ¿Qué vamos a hacer?, etc. Me doy cuenta de que son muy jóvenes; sus miradas son limpias y francas. Satisfaciendo su curiosidad voy sintiendo un inmenso cariño por todos, porque me dan la sensación de andar como ovejas sin pastor.
Me invitan a cenar, aunque lo van a hacer de pie por tener poca comida. No acepto para no menguar sus viandas y así se lo digo, añadiendo en broma:
—Por lo de comer de pie, ya sabéis: Vale más comer de pie que pasar hambre tumbado.
Se ríen todos y yo con ellos. Les siento muy míos y muy dentro de mí. Me despido, y algunos de nuestros acampados me ofrecen alimentos para que se los lleve. A la mañana siguiente nos levantamos en silencio y procuramos no turbar su sueño.
Al regreso, ya atardeciendo, vuelven todos a agruparse junto a mí. Siento una compasión inmensa por ellos y por tantísima juventud en la misma situación.
[El día que regresan] voy hacia el grupo, que está desmontando las tiendas. Se apiñan a mi alrededor. Siento que les quiero mucho, y se debe reflejar en mis ojos, pues también ellos se despiden muy efusivamente.
—Mañana nos vamos nosotros —les digo.
Al día siguiente, cuando en solitario desciendo, pienso en ellos. Antes de llegar me encuentro con seis de los chicos. Se me acercan corriendo. Nos cuesta despegar. Cuando al fin nos vamos, mi acompañante me dice:
—¿Qué les has dado para que te hayan cogido tanto cariño?
—Es Cristo, que les ama mucho.

Recuerdo mi primera reacción violenta hacia ellos y el triunfo de Él en mí. Es Jesús que se prolonga en mi vida de laico consagrado para llegar mejor a los hombres alejados de la Iglesia.