viernes, 1 de abril de 2016

Mal de escuela

Por Juan Antonio Gómez Trinidad
Catedrático de Filosofía de instituto.
Ilustración José Miguel de la Peña
Lo bueno de la sociedad de la información, que no del conocimiento, es que a través de los medios de comunicación y de las redes sociales se consigue, de repente, poner de moda un problema. Lo malo es que con la misma facilidad se olvida.
Así ocurrió cuando a principios de 2010 toda la sociedad española percibió como uno de los principales problemas el educativo, y uno de sus más eficaces medios de solucionarlo, el pacto de Estado. Bastó su fracaso en términos políticos para que desapareciera de los medios tanto el problema como la solución.
Ahora, felizmente, estamos de nuevo, aunque con menor intensidad, en la necesidad de “darle una vuelta al tema de los profesores”. La elaboración de un libro blanco, las propuestas de los partidos y otros tantos agentes nos ayudan a tomar conciencia de la gravedad del problema, porque de lo que estamos hablando no es de una parte del programa electoral. De lo que hablamos es de un problema de Estado o, mejor dicho, de un problema de la sociedad española, de cuya solución dependerá su futuro bienestar. El bienestar está supeditado al desarrollo económico y a su justa distribución, pero ambas cosas a su vez dependen del capital humano que es consecuencia de la educación. Difícil será sostener un grado de bienestar y de “bienser” con los indicadores educativos actuales, y con la sensación de malestar antes mencionada.
El desajuste entre los niveles formativos y las demandas del sistema productivo, el fracaso escolar, la falta de implantación de una FP, su dicotómica existencia entre las redes educativas y laboral, el desgaste de modelos pedagógicos y de formación del profesorado y un largo etcétera, producen una permanente preocupación en las mentes más informadas y, cuando lo estiman oportuno los medios de comunicación, en la sociedad en general. No quiero pasar por alto el que el problema educativo no es meramente escolar y debiera abordarse también con las familias, los medios de comunicación o el ambiente social.
Con mucha acidez, y un poco de razón, circula por las redes la siguiente reflexión: “¿Cómo le explico yo a mi hija que el modelo no es la choni que se forra en la tele o el licenciado que atiende en McDonald´s?” Existe un cierto consenso entre los que nos preocupa la educación: nunca la calidad de la educación puede estar por encima de la del profesorado. Dicho de otra forma, tras las características personales de los alumnos y sus habilidades intelectuales, lo que sabe el profesorado y la calidad con la que lo transmite, explica hasta el 30% de los resultados, muy por encima de otros factores. Por tanto, parece existir un acuerdo sobre la necesidad de aumentar la calidad de los docentes a través de la formación, de la selección y de la evaluación.
Para conseguir dicho acuerdo es necesario inteligencia, voluntad y generosidad. No podrá llegarse a un consenso si solo se atiende a las propuestas políticas, contagiadas con frecuencia de electoralismo y populismo. Otro tanto debiera de decirse de las pretensiones sindicales, legítimos representantes laborales, pero la cuestión en juego va más allá de las cuestiones económicas y de promoción.
Lo mismo debemos decir de las universidades que, encerradas a veces en su torre de marfil, siguen impartiendo formación con frecuencia ajena a las necesidades del sistema y de la sociedad. No es fácil encontrar algún papel serio donde la academia pedagógica haya realizado una rendición de cuentas de su responsabilidad en el fracaso formativo del profesorado y, en consecuencia, del escolar.
Son miles los estudios realizados sobre la formación docente y miles de millones los invertidos en ella. Sin olvidar los estudios nacionales, merece la pena recordar los de la OCDE, entre los cuales destaca el Informe Talis, los de la consultora McKinsey, la Unión Europea, el Banco Mundial, la OEI o la Unesco. Bastaría consultar algunos para obtener una serie de recomendaciones, casi todas basadas en evidencias empíricas, ajenas a los enfoques partidistas y sectoriales. Pero tal vez antes, y al final de dichos estudios, debamos plantearnos una pregunta básica: “¿qué es un buen profesor?” Y esta nos lleva a una segunda: “¿Qué es una buena enseñanza?”
Dejo la respuesta en el aire para un segundo artículo. Ojalá del debate salgan conclusiones acertadas y compartidas. Mientras tanto, adelanto una conclusión extraída de una de las más antiguas investigaciones al respecto y que puede resultar paradójica, pero sugerente: No es el método de enseñar el que hace bueno al profesor, sino el profesor el que hace bueno al método. Un buen profesor es, ante todo, una personalidad única. Pero si los buenos profesores son individuos únicos, podemos predecir desde el comienzo que el intento de encontrar una unicidad común no va a tener resultado. ¿Pesimista? No, todo lo contrario. Daniel Pennac, mal estudiante y prestigioso escritor francés, nos recuerda en Mal de Escuela que: basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos a nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás.