viernes, 1 de abril de 2016

Evangelizar las culturas

La imperiosa necesidad de evangelizar

Por Mons. Melchor Sánchez de Toca
Mons. Melchor Sánchez de Toca es el subsecretario del Consejo Pontificio de la Cultura, experto en el diálogo fe-cultura en muy diversos contextos culturales. En este artículo expone sus reflexiones sobre la acción evangelizadora en el actual contexto cultural.
 Una acción personal
En su exhortación Evangelii gaudium el papa Francisco ha escrito: Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio (n. 69). Evangelización de la cultura, evangelizar la cultura, al igual que inculturación, con el que están estrechamente emparentados, han entrado sólo recientemente en los documentos oficiales del Magisterio, con notable fortuna diríamos.
Sucede, sin embargo, que evangelizar es, ante todo, una acción personal: una persona que anuncia la buena noticia del amor de Dios a otra persona para que acoja en su vida esta palabra de salvación, se convierta y viva. ¿Cómo es posible entonces evangelizar la cultura, que es una realidad impersonal? Tiene que ser una analogía, aunque no por ello menos real ni menos eficaz, respecto a la evangelización personal1.
Desde el comienzo de la predicación, el Evangelio se ha ido extendiendo a ambientes cada vez más amplios, que desbordaban el ámbito meramente individual. No olvidemos que el mismo Cristo en sus últimas instrucciones a los apóstoles los envía a evangelizar a toda criatura (pásei tei ktísei, Mc 16,15), pero también a todas las naciones o pueblos (pánta ta ethne, Mt 28,19), lo cual presupone una dimensión colectiva o suprapersonal del anuncio del evangelio2.
Pablo VI, recogiendo las indicaciones del Sínodo de la Evangelización de 1974, lo expresó así: lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen estos términos en la Gaudium et spes3. Aparece así por primera vez la expresión «evangelizar la cultura» de la pluma magistral de Pablo VI.
¿En qué consiste?
Ahora bien, ¿en qué consiste propiamente evangelizar la cultura? ¿Cómo se lleva a cabo? El mismo Pablo VI ofrece ya una primera aproximación cuando dice que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. Y, algo más adelante, que no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación4.
De manera análoga a lo que ocurre en el encuentro entre la Palabra de Dios y la persona, se trata de trasformar todo el complejo mundo simbólico e imaginativo que articula el sentido de una comunidad y se convierte en principio de acción, es decir, la cultura. Evangelizar la cultura significa, pues, incidir mediante el Evangelio en los «nodos» o puntos de fuerza de una cultura para transformarlos con la fuerza del Evangelio, que para san Pablo es potencia y energía que viene de Dios.
Podríamos decir que se trata de trasformar con la fuerza de la gracia el «ethos» de un pueblo. Ethos es palabra griega que se halla en el origen de términos como ética o etología y significa costumbre, uso. De lo que se trata es de incidir en los patrones de conducta y de pensamiento de una comunidad. Para ello, antes es necesario ponerse a la escucha, y captar cuáles son los valores culturales susceptibles de ser enriquecidos, purificados y perfeccionados por la fuerza del Evangelio5. Esta operación exige un trabajo de discernimiento, hace falta estudiar mucho, pero sobre todo el don de discernimiento espiritual, siguiendo el consejo de Pablo: examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1Tes 5,20). El mismo san Pablo repite esta exhortación a los filipenses invitándolos a tener en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito (Flp 4,7-9), venga de la cultura que venga, aunque aparezca revestido de formas y lenguajes extraños o desconcertantes. Por eso los verdaderos evangelizadores de la cultura son los santos, no los estudiosos.
Iluminar los nuevos modos
La sabiduría espiritual, profundamente humana, es la que lleva a inventar sencillos gestos, nuevas costumbres, que van transformando poco a poco la cultura de un pueblo6. San Francisco de Asís, movido de amor a la pobreza de Cristo, «inventa» una representación de Belén, y, sin pretenderlo, da lugar a la costumbre de poner el belén o pesebre.
A este propósito el papa Francisco, en Evangelii gaudium, hablando del desafío que plantean las nuevas culturas urbanas a la evangelización, escribe:
Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades.
En otras palabras, la evangelización debe alcanzar también el imaginario de una comunidad, los nuevos relatos y paradigmas, los núcleos más profundos del alma de la ciudad han de ser iluminados y sanados con la luz del Evangelio.
La expresión recuerda, incluso en su misma formulación, el pensamiento de Pablo VI en Evangelii nuntiandi, en quien se inspira claramente. En otras palabras, es necesario llegar al núcleo profundo, a menudo inconsciente, donde están presentes expectativas, imágenes, símbolos y también emociones, que orientan el pensamiento y la acción, y purificarlo, elevarlo y transformarlo con la fuerza del Evangelio. Es mucho más que las simples ideas: una idea, por muy buena que sea, no mueve a la acción. Una imagen o un símbolo, sí. Por eso tiene tanta fuerza el lenguaje emocional y simbólico. Con un lenguaje diferente podríamos decir que un simple cambio de estructuras es inútil sin un cambio profundo, no sólo de las ideas y las disposiciones, sino también de ese fondo, a menudo inconsciente, que motiva y determina nuestras actitudes y tomas de posición.
Naturalmente, esto es algo que ya habían intuido los grandes dictadores, los cuales hicieron de la publicidad el instrumento de control de masas más eficiente, —como mostró Orwell en sus distopías Animal Farm y 1984—, la manipulación consciente del imaginario a través del lenguaje imaginífico. Lo saben también las grandes multinacionales y los gobiernos y toda organización con pretensiones totalitarias.
Y es claro también que la Iglesia no puede ponerse a este nivel, el de los manipuladores de la conciencia, aunque sea con un fin bueno, como mostró Dostoievski en el relato del Gran Inquisidor. Se debe llegar ahí con la sola fuerza de la verdad, que se impone por sí misma, a iluminar y sanar las heridas profundas de nuestro imaginario y a llenarlo con la luz que llega de la Palabra de Dios, de Cristo, imagen de Dios invisible.
Cultura: dinamismo de trascendencia
Toda cultura porta consigo un dinamismo de trascendencia, una aspiración hacia una plenitud, una orientación, la mayor parte de las veces inconsciente, incluso negada, hacia Cristo. Es este el sentido más profundo de los signos de los tiempos que el Concilio invitó a escrutar y a descubrir. A veces bajo la apariencia de disvalores, de un rechazo hacia la Iglesia, se esconde un dinamismo oculto, confuso, hacia una plenitud soñada.
El fenómeno de la Nueva Era, por ejemplo, en toda su complejidad, es a la vez el síntoma y la respuesta equivocada a una sed de espiritualidad, de religiosidad auténtica y profunda. Toda la habilidad del evangelizador ha de consistir en saber excavar debajo de una costra de aparente rechazo o perversión de valores.
Por último, recordemos que la evangelización de la cultura no se limita sólo al ámbito de las artes y el pensamiento. Tiene que ver con el pleno desarrollo del hombre. Las bases de esta afirmación se hallan ya en la constitución Gaudium et spes, en el n. 53: es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Juan Pablo II, en su discurso ante la Unesco, decía que la cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, “es” más, accede más al “ser” […] Todo el “tener” del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su “tener”, puede al mismo tiempo “ser” más plenamente como hombre, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia, en todo lo que caracteriza su humanidad 7.
Purificar, elevar y transformar
Evangelizar la cultura significa purificar, elevar y transformar el ethos de un pueblo, potenciar sus costumbres y conductas, no atrofiarlas. A lo largo de la historia de la Iglesia hemos visto cómo en muchas ocasiones una experiencia de auténtica evangelización se convierte en una explosión creativa de humanidad, no sólo en la expresión artística, sino en las instituciones sociales, en las costumbres, en una nueva vitalidad. Incluso podríamos decir que la prueba de una verdadera evangelización de la cultura debería ser la fecundidad creativa en todos los ámbitos: la fuerza del Evangelio desencadena la capacidad creativa e imaginativa del hombre, no la reprime, según el conocido adagio gratia non destruit naturam sed perficit eam (la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona).
El beato Federico Ozanam, laico, padre de familia, profesor en la Sorbona y fundador de las Conferencias de San Vicente de Paúl, nos invita a esta tarea. Él solía repetir que “había que pasar a los bárbaros”, como hizo la Iglesia a la caída del Imperio Romano. Él también es quien nos dice: El fallo de muchos cristianos es esperar poco. Es creer, frente a cualquier ataque, a cualquier obstáculo, en la ruina de la Iglesia. Son como los apóstoles en la barca durante la tempestad: olvidan que el Salvador está en medio de ellos. De una cosa podemos estar ciertos: Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar (Gaudium et spes, 31).

Notas

1 Sobre este punto véase H. Carrier, Evangelio y culturas, 121
2 Nótese que en el texto griego, ta ethne es el objeto directo del verbo, y no un simple partitivo (haced discípulos de todas las gentes) o complemento circunstancial (en todos los pueblos).
3 Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 18-19.
4 Ibidem.
5 Ibidem.
6 Véase, por ejemplo, lo que el papa Gregorio Magno sugería a los misioneros enviados a Inglaterra: «Los templos de los ídolos de ese país no deben ser destruidos, sino solamente los ídolos que están en ellos: pues si esos templos están bien construidos, es de necesidad que se transformen del culto de los demonios al servicio del verdadero Dios; pues la gente no debe ver sus templos arruinados, para que más de corazón abandone su error y esté mejor dispuesta a acudir a los lugares que acostumbra a conocer y a adorar al verdadero Dios... Pues es sin duda imposible arrancar de una vez todos los abusos de unas mentes endurecidas, y así también el que tiene que subir a un sitio muy alto lo hace por grados o por pasos, y no a saltos...». M.A. Ladero Quesada, Historia universal. Edad Media, Barcelona 1987, 146.

7 Juan Pablo II, Discurso ante la Unesco, 2 de junio 1980. Página web oficial de la Santa Sede.