viernes, 1 de abril de 2016

El reto de abrir horizontes

Reflexiones en la madurez de una comunidad
Por Juan Rodríguez

El Grupo Santa María (GSM), vinculado a la familia de los Cruzados, ha cumplido recientemente 20 años. El autor nos ofrece este comentario en el contexto de un proceso de reflexión que el GSM abre en estos momentos de plena madurez del grupo. Una reflexión válida también para cualquier comunidad, grupo o institución llamada a insertarse en el mundo.

Un aspecto clave en la vida es la capacidad para estar abiertos a la realidad del mundo ampliando los horizontes de existencia y aceptando con valentía los retos que ello conlleva. En el extremo opuesto estarían quienes pretenden que la realidad se adapte a sus costumbres, fabricando espacios “de confort” reducidos, donde se sienten seguros, evitando mirar al mundo cara a cara por si acaso no coincide con sus necesidades, y estrechando así los horizontes de su propia vida.
Desde el punto de vista espiritual es algo tan clave como estar dispuestos a que Dios trastoque nuestros planes, nuestras seguridades, nuestra comodidad, atreviéndonos a mirar y a querer la realidad del mundo en que vivimos, el mundo de Dios, y arriesgándonos a que Dios nos llame por caminos que no son los que conocemos, pero caminos que hacen más grande nuestra vida, al fin y al cabo.
María es claro ejemplo de apertura a los planes de Dios y de valentía para aceptar el reto de una vida con un horizonte más grande del que nunca hubiera podido sospechar. María es ejemplo de renuncia a vivir en la estrechez de su bienestar; tan comprometida con su mundo que, aceptando ese reto tan inesperado y sorprendente, colaboró decisivamente a traer la Salvación a su tiempo y a todos los tiempos.
Los cristianos estamos llamados a responder desde el Evangelio a las dudas, incertidumbres y retos que encontramos en la vida. Pero cuando vivimos encerrados en nuestra comodidad pocas dudas e incertidumbres hay. Y retos, menos aún. Salir de nuestros límites de seguridad y de confort nos enfrenta a lo desconocido, a situaciones nuevas, a la posibilidad de dudar y equivocarnos, a comprobar cómo nuestra vida se engrandece, pero también a palpar con más claridad nuestras limitaciones.
Quien vive aburguesado pocas veces duda o experimenta esas limitaciones, pero son éstas precisamente las que nos permiten encontrarnos con la Misericordia de Dios que nos quiere con y en nuestras miserias. La mística de las miserias, propia de nuestra institución, supone la llamada a vivir abiertos a la exigencia del Evangelio y a los planes de Dios, que siempre son más grandes que los nuestros. Son las dos caras de una misma moneda.
Realmente es mucho más fácil limitarse a lo que conocemos y dominamos, viviendo como si lo demás no existiera, evitando aquello que nos interpela. Pero no es lo mismo comodidad que felicidad. En cierto modo pueden incluso tener matices contrarios.
El reto de ensanchar los horizontes
La tentación de creer que una vida feliz es una vida cómoda y aburguesada, aparece no solo a nivel individual sino también en muchos grupos, incluso comunidades cristianas. Los grupos cristianos, asociaciones o instituciones, no son fines en sí mismos, sino vehículos, ayudas, para que sus miembros puedan ser felices siguiendo el camino que Dios soñó para cada uno. Pero el peligro es que funcionen más bien como espacios colectivos “de confort”, generando dinámicas y rutinas que favorecen más la comodidad de sus miembros que una verdadera exigencia evangélica.
En ese caso dejarían de servir a su razón de ser, que es precisamente animar a sus miembros a vivir la grandeza de la vida cristiana. Podemos sospechar que algo de esto ocurre cuando se absolutizan, por ejemplo, formalismos o rutinas, cuando humanamente quienes vienen de fuera se sienten extraños, cuando cuesta ver lo bueno que hay fuera o cuando se tiene contacto solo con una parte reducida del mundo que nos rodea
Para cualquier comunidad cristiana la tarea de ensanchar los horizontes de nuestras vidas es un reto apasionante, de la mano de la Virgen. A ella Dios le cambió su horizonte de repente. Con nosotros quizás sea poco a poco, o quizás no. Pero debemos vivir en esa disposición. También la Iglesia nos llama a eso. ¡Qué bien se entienden en este contexto las palabras del Papa, que ha repetido tanto: preferir una Iglesia que se atreve a salir a las periferias del mundo, aunque eso pueda suponer dudas y heridas, a una Iglesia pulcra, sin rasguños, pero encerrada en sus “espacios de confort”!
El mundo que nos rodea no debe sernos un extraño. Es el mundo que Dios nos ha regalado, el mundo que Dios ama con locura. El primer paso para saber qué quiere Dios de nosotros es salir al mundo y mirarlo como Él lo mira. No dejar de mirar ciertas cosas, lugares o personas porque no nos gusten, o porque nos generen inseguridad o miedo, o porque nos interpelen, sacándonos de nuestra comodidad. No todos estamos llamados a hacer lo mismo, ni de la misma manera. Mirar, tener contacto con el mundo real, no significa que uno tenga que responder haciendo o viviendo algo que no está llamado a hacer o a vivir.
Si sentimos rechazo ante determinadas personas, proyectos o ambientes puede significar que no estamos llamados a estar ahí, pero también simplemente que hay barreras que debemos superar. En el camino que recorremos en la vida, ese soñado por Dios, muchas veces hay reticencias iniciales, e incluso rechazo, pero Dios nos hace ver luego con claridad qué quiere de nosotros. Y ese camino es el de nuestra felicidad. Y si tiene que ser que no, pues será que no, y será otra cosa, otro proyecto, otro camino.
Pero vivir como si el mundo fuera diferente al que es, como si determinadas cosas no existieran, rehuyendo aquello que no nos cuadra, es vivir una vida irreal, y no dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Las instituciones o comunidades, por tanto, no deben ser un espacio “burbuja”, donde se vive en un ambiente “ideal” alejado de la realidad, sino que deben promover contacto con lo real, con lo cotidiano que nos rodea, con la riqueza y diversidad de nuestro mundo y también con la miseria y el sufrimiento que hay en él, de todo tipo. Y luego deben enseñarnos y ofrecernos cauces para poder escuchar cómo quiere Dios que respondamos ante eso.
Abiertos a las realidades cotidianas
Una primera forma de concretar todo esto sería estar abiertos al contacto con realidades cercanas, cotidianas, o quizás más alejadas a nuestro entorno, con las que no solemos rozarnos. No solo hablamos de pobreza material, que también, sino de todos los lugares o personas que no son como nosotros, no viven como nosotros, no piensan como nosotros. En cualquiera de los sentidos posibles.
Quizás donde más fácilmente se entienda es con ámbitos de pobreza material, exclusión y sufrimiento. Como dice el Papa, atender y acompañar a los pobres es vocación de todo cristiano, por lo que acercarnos a estas personas debemos verlo como algo irrenunciable, y como una carencia importante si hemos estado alejados más de la cuenta de ellos. Por eso, las oportunidades que surjan para que un grupo pueda acercarse, rozar, palpar esas realidades debemos verlas como un regalo y no como una carga o como una amenaza. Es más, acogerlas preferencialmente. Más aún, caminar poco a poco hacia un escenario en el que sea el propio grupo quien vaya a buscarlas, a buscar al mundo diferente, a las “periferias” del papa Francisco.
Este mirar a las realidades deberíamos hacerlo desde la mirada de Dios. Podemos tender a plantearnos esa salida a la periferia en clave de cierta superioridad. Yo voy a “ayudar” al pobre, al alejado… Sin duda todos tenemos riquezas que compartir con otros y debemos hacerlo, empezando por nuestra fe, el mayor regalo, pero es otro signo de estrechez de miras la dificultad que a veces tenemos para ver al necesitado, o al que es diferente, como una riqueza para nosotros.
En el mundo muchas personas no viven como nosotros, no creen, no practican, no siguen las enseñanzas de la Iglesia en algunos temas, etc. (Pienso en quienes defienden la ideología de género, por ejemplo). Tenemos que saber distinguir entre el error que subyace en determinados planteamientos, que debemos evitar, y la relación con las personas, que debemos propiciar. Esas son también personas de la “periferia”, que viven fuera de nuestros espacios de confort, con las que nos cuesta relacionarnos, a veces incluso rehuimos, porque se nos hacen incómodas sus ideas, su forma de vida. A veces nos referimos a ellas con expresiones de distancia, cuando no de hostilidad. Pero quizás pocas veces pensemos en lo bueno que nos pueden aportar o en que algunas de esas personas, por ejemplo en otros aspectos de la vida, igual o más importantes, podrían darnos lecciones.
Sabemos lo estupendo que es tener una comunidad donde nos relacionamos con personas o familias que son y viven “como nosotros”. Es verdad que eso es necesario y bueno. ¡Pero no puede dar lugar a una burbuja! No perdamos nunca la mirada de Dios. La clave está en preguntarnos cómo mira Dios al mundo. Cómo mira Dios a las personas. Nosotros miramos desde nuestras limitaciones y condicionantes. No juzguemos nunca la cercanía o alejamiento a Dios de los demás. Hacerlo, genera barreras, aunque sea inconscientemente, que no nos permiten acercarnos a los demás con la actitud de Dios. Y así cerramos también la posibilidad de que se sientan atraídos por lo que podemos ofrecerles.
Como dice el Concilio Vaticano II: Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo [Gaudium et spes 28].
El papa Francisco nos ha enseñado cómo debe ser nuestra mirada a quienes viven en nuestra periferia. El amor verdadero siempre detecta y valora mucho más lo bueno. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras que el Padre mira el interior… No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo [Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia].

Es un reto grande, pues consiste no solo en entrar en contacto con el mundo y las personas que viven fuera de nuestro entorno, sino hacerlo con la mirada de Dios, que les ama y nos pide que les tratemos como hermanos, enriqueciéndonos mutuamente. Es una salida hacia fuera, pero una batalla que se libra sobre todo internamente, superando nuestras propias reticencias, pero que ensanchará nuestra vida y la de nuestros grupos y comunidades, abriéndonos seguros a nuevos horizontes que Dios nos tiene reservados.