viernes, 1 de abril de 2016

Carta a la muerte de su padre

Traemos hoy a colación la carta que Tomás Morales, un jesuita que se encontraba en 1938 estudiando la filosofía en Bélgica porque la Compañía había sido expulsada de España en 1932, escribe a su familia con motivo de la muerte de su padre. Para quienes lo conocieron y siempre pensaron que el P. Tomás Morales era un hombre seco, que no tenía sentimientos, o sí los tenía pero nunca los dejaba traslucir, podrán ver qué siente y cómo lo expresa por escrito ante un acontecimiento crucial en su vida.
La familia Morales Pérez poco después de volver de Venezuela. Tomás, en el centro, de la mano de su madre.
Lo decisivo al leer la correspondencia de una persona es percibir que cuanto allí se escribe no salió de la pluma de su autor con la idea de ser editado o divulgado; sus líneas son una efusión de la intimidad, brotan espontáneamente, y ello da a todo lo que se escribe un sello de veracidad y credibilidad. El lenguaje epistolar no se escribe para la galería. No hay público, solo hay destinatario. Así Tomás escribe lo que le dicta el corazón, alternando el usted y el vosotros, con algunas incorrecciones por el estado emocional del momento. Recuerda de algún modo algunas cartas que escribe Cicerón, desde el destierro, a su familia, en que les dice que tiene que dejar de leerlas para no borrar con sus lágrimas las letras del papiro.
Tomás escribe porque no ha estado al pie de la cama de su padre en esos momentos decisivos. Y es que la situación de España, tras año y medio de Guerra Civil, era entonces extremadamente delicada. Tomás había visto por última vez a su familia, y por lo tanto a su padre, en agosto de 1937, en un viaje de Bélgica a España que terminó siendo toda una aventura, sobre todo para salir del país. Le salió bien por tener el pasaporte de súbdito venezolano, ya que él había nacido en Venezuela y tenía doble nacionalidad. Ahora, en marzo de 1938, no podía entrar en el país, pero los superiores le permiten un encuentro con la familia al sur de Francia.
La carta es manuscrita, con buena caligrafía, en dos cuartillas sin membrete, escritas totalmente por los dos lados. Hemos respetado en lo posible su grafía y sus abreviaturas.
* * *
J.H.S.
Chevetogne, 18 marzo 1938
Mi queridísima madre y mis inolvidables hermanos y hermanas:
Esta mañana a las 7 recibo el primer telegrama anunciándome la gravedad de papá y esta tarde a las 4 el segundo anunciándome la muerte de nuestro queridísimo e inolvidable papá que tanto nos quiso y que tanto se sacrificó siempre por nosotros. A ambos telegramas les contesté y supongo que recibirían los dos que les puse.
La noticia, aunque esperada, después de la copia de carta a Bauce1 que me remitió Gonzalo hace dos días, me ha impresionado fuertemente. Todavía lo he sentido más por no poder compartir al lado de ustedes estos instantes tan dolorosos que nos ha enviado el Señor. Créanme que hubiera marchado enseguida, más aún, volado, para encontrarme al lado del lecho de papá en los últimos momentos. No sin causa comprenderán ahora cómo no pude terminar de rezar el Rosario aquel último día q. pasé con uds. en casa2. Presentía entonces, lo que ahora ha sucedido y veía, que era la última vez que lo vería sobre la tierra y que ya no me volvería a encontrar con él hasta el momento en que a mí me llegase el momento de rendir mi alma a Dios.
Supongo la tristísima impresión que les habrá causado a uds el terrible desenlace, que aunque necesario y previsto, no por eso se hace menos doloroso. Y sobre todo comparto especialísimamente el dolor de mamá. Díganle que me tiene muy cerca; que aunque no me vea corporalmente, estoy a su lado, encomendándola a Dios Nuestro Señor con toda el alma, consolándola y queriéndola más que nunca. Que se ponga toda en las manos del Señor y que en ese Corazón de Cristo, que tanto la ama, encuentre el consuelo que nosotros, como hombres, no podamos darle. Él, que es la única fuente de consuelo, le comunique en esos momentos toda la resignación necesaria.
Y, para uds., queridísimas hermanas, y para ti, querido Gonzalo, los mismos sentimientos de dolor y compasión. Serenidad y confianza en medio del intenso dolor. Serenidad, para ver en todo la mano adorable del Señor, para acatar su divina voluntad aunque, como en el caso presente, nos pida un sacrificio tan costoso. Confianza en Él, que es nuestro verdadero Padre, que nos ama como a hijos y que es más Padre de hoy en adelante, en que sus designios divinos han dispuesto llevar hacia sí al que hizo sus veces en la tierra. Con cuanta más razón podremos decirle de hoy en adelante: “Padre Nuestro que estás en los cielos”. Padre que nos amas con todo el amor de un Dios, Padre en cuya presencia está —piadosamente hablando— aquel que nos disteis por padre natural aquí abajo. Así cuando nos acordemos de nuestro queridísimo papá, pensemos que no ha muerto, que vive en el cielo en la presencia de Dios y ya para siempre y que no morirá jamás. Pensemos también que allí nos uniremos todos a él conforme Dios Nuestro Señor vaya disponiendo que le entreguemos esta vida corporal que nos ha dado. ¡Qué fuente más grande de consuelo tenemos los cristianos en estos momentos de la vida en que solo la creencia en un Dios que nos ve, que nos ama, que es más padre de los que lloran como nosotros la muerte de un ser tan querido como nuestro inolvidable padre!
Como se hicieron cargo, mi marcha a España era imposible en los presentes momentos y síguelo siendo por ahora. No obstante, tendría gran consuelo en verles y, ya que ello no puede ser dentro, mis superiores no tienen inconveniente en que si uds. pudiesen hacerlo, compartiríamos mucho este dolor tan grande en alguna ciudad del sur de Francia, Lourdes, p. e. Me hago cargo de que quizá esto, por parte de uds., no se puede realizar por el momento, por dificultades que se opondrán de todo género. Pero sepan que por parte de mis superiores no hay inconveniente, y que aunque no fuese inmediatamente podríamos juntarnos cuando les viniese bien en tanto permanezcan estas circunstancias difíciles y dolorosas para todos3. Uds. me dirán lo que piensan. Yo sobre todo querría estar con ustedes por mamá.
Reciban un abrazo muy fuerte, más cariñoso que nunca de un hermano e hijo que en este día triste lo es especialísimamente. Tomás.
N. B. Toda esta comunidad con el P. Rector a la cabeza, encomiendan el alma de papá y piden al Señor que nos consuele a todos en los momentos de dolor que atravesamos.


 Notas

1Se refiere a Ecurie de Bauce, a las afueras de Namur, capital del distrito en el que estaba integrado el monasterio benedictino de Chevetogne, en el que los jesuitas españoles completaban su período de formación desde abril de 1932.
2Tomás estuvo con la familia en la casa que ocupaba en San Sebastián durante la guerra civil, en agosto de 1937. En esos momentos estaba ya muy enfermo su padre.
3La Guerra Civil.