viernes, 1 de abril de 2016

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (II)

Por Bienvenido Gazapo

2. Las manos vacías

Una gélida mañana de febrero de 1981. Un pequeño y pobre conventico perdido en el campo abulense. Cumplía Abelardo 51 años y, pese al frío glacial, eligió para celebrar su aniversario el rincón de Duruelo, un caserío diminuto, cercano a Peñaranda de Bracamonte, reducido prácticamente hoy al convento de Madres Carmelitas Descalzas. Allí, cuatro siglos antes, un joven fraile inició la reforma del Carmelo masculino, viviendo tan austeramente que “espantaba” a su animadora Teresa de Jesús. Lo llamaban fray Juan de Santo Matía. Hoy lo conocemos como san Juan de la Cruz.
Abelardo se alimentó permanentemente de la espiritualidad del Carmelo (“savia carmelitana”, la llama el P. Morales) que revitalizó su “tronco ignaciano”, pues ambas líneas de espiritualidad son inseparables en los Cruzados de Santa María. Por ello fue un seguidor entusiasta de la doctrina de los grandes místicos españoles, y también muy en especial de santa Teresa de Lisieux (como lo fue del Maestro Ávila). Meditó mucho la doctrina de esta santa, ayudándose de varios comentarios sobre sus escritos1. Hizo vida propia la doctrina de la “manos vacías” de la santa carmelita.
En el momento que narramos, era priora de la comunidad de Duruelo la madre Carmen, una religiosa santa con quien Abelardo tenía una enorme afinidad espiritual. Se sentía muy acogido por aquella comunidad de religiosas, por eso, se me ocurrió ir a celebrar mi cumpleaños al convento de carmelitas de Duruelo. Y en el momento de la comunión ellas cantaban “grande es, Señor, tu ternura para con tus criaturas”, de música y letra de la M. Carmen2.

La gracia de Duruelo

Allí, sin sospecharlo, Abelardo vivirá una experiencia “límite”. Le llegó la luz que iluminará el resto de su vida. Poseemos varios testimonios escritos y orales de este acontecimiento, que ofrecemos a nuestros lectores como una primicia.
El primero de ellos es una carta circular escrita por él a los cruzados una semana después del acontecimiento, agradeciéndoles sus felicitaciones:
Quiero comunicaros que todas vuestras oraciones y sacrificios ofrecidos con motivo de mi cumpleaños debieron caer en mi alma cuando la mañana del 17 de febrero ofrecía la Misa con cuatro hermanos míos, en el Carmelo de Duruelo.
Era la gracia de ver mi nada en el momento de nacer. Cuando por no tener carecía hasta de la vida de la gracia. Vi mi cuerpecito sucio de niño recién nacido, atendido y acariciado por la ternura de una madre que, hasta el cariño que volcaba en mí, era puesto por Dios en su corazón.
Y deseé morir como nací. Nacer a la vida eterna como a la temporal. Si el ser se me dio gratis y la gracia del bautismo sin merecimiento alguno, así en la plenitud de mi nada deseo entrar con las caricias de la Madre del cielo en el regazo del Padre. Por pura gracia y con las manos vacías. Ser pura, purísima alabanza de Dios, Autor de todas mis obras que ha obrado Él en cuanto hayan sido buenas. Y glorificador de las auténticas mías, las malas, que su misericordia lavó con la sangre derramada por mi Salvador en la Cruz3.
Ve su “nada” y a la vez la ternura de Dios en un corazón de madre, que ama desinteresadamente. Desea morir como nació, sin nada, con las manos vacías. Para dar gloria exclusivamente a Dios. Meses después, repetía estos mismos datos enriqueciéndolos con nuevas pinceladas:
En aquella acción de gracias, bajo el influjo de esa canción, Dios me iba haciendo a mí sentir un deseo inmenso… de que me dejase manejar en mi nada, y comprender entonces que toda la vida (no solo la mía, sino la de cada uno) es un milagro de exquisita misericordia de Dios. Y yo me iba diciendo aquel día: “Señor, hoy hace 51 años que nací. Yo no hice ningún mérito para nacer. Yo no me escogí a mí mismo; me escogiste tú, me sacaste desde la eternidad. Y hoy nací yo, por pura misericordia, por pura gracia tuya. Y entré en la tierra por tu pura gracia.
Y lo primero que encontré fue una madre, que me cuidaba y que tenía puesto ese instinto maternal que es tu amor de Padre de los cielos puesto en las madres de la tierra para que te cuiden. Porque es mi madre quien me está amando, pero es Dios quien ha creado a mi madre para que me ame. Y al poco tiempo, enseguida, me bautizaron, y entraste en mi corazón. Yo no hice ningún mérito para recibir la gracia del bautismo.
Entonces, Señor, si mis primeros pasos fueron pura gracia, ¿por qué mi nacimiento a la eternidad no tendría que ser también pura gracia? Y entrar en el cielo como entré en la tierra: con las manos vacías… ¡Qué bonito sería vivir así, siempre con las manos vacías!4.
Ocho años después completaba esta información preciosa exponiendo las consecuencias en su día a día: vivir permanentemente con las manos vacías, inasequible al desaliento. Ha pedido que esta gracia se les conceda a todos los miembros de su Institución:
No me daba cuenta de lo que pedía… Desde entonces la gracia que yo he recibido es que veo mis manos totalmente vacías. No tengo ningún acto de virtud… Y no sólo no tengo actos de virtud, es que no los quiero. No quiero tener virtudes. Quiero que mi única virtud sea la confianza que nace de la virtud de Él.
A partir de ese momento la gracia mayor para mí ha sido quedar inasequible al desaliento. Por mucha miseria que contemple en mí; ésa sí que es mía... Sentí un gozo grande al pensar que se cumplía lo de mis manos vacías, que entraba en el cielo por pura misericordia, para estar en el último rinconcito…
Y aquello era tan grande para mí, una gracia tan inmensa, que la pedí para toda la institución, y tengo la confianza de que se me concedió5.
Es preciso meditar despacio, todo lo que hay encerrado en estas confidencias de Abelardo, porque no hay duda de que aquel día de su cumpleaños, Jesucristo se dignó elegirle de nuevo para “entrar más adentro en la espesura” (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual). Reparemos en algunas de sus afirmaciones:
1ª. “Ver mi nada en el momento de nacer… nací yo… por pura gracia tuya.
¿Qué entendió Abelardo en aquel momento de oración? Una verdad aplastante, rotunda, evidente incluso, que se nos olvida con demasiada frecuencia en el día a día. Experimentó en lo más profundo de su corazón, tres cosas: 1ª, que era “nada”; 2ª, que fue escogido por Dios para ser amado (no al revés); 3ª, que ese amor fue y es gratuito y primero que el suyo. Se dejó “primerear”, en lenguaje de nuestro papa Francisco: La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe… brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva6.
2ª. Y deseé morir como nací. Nacer a la vida eterna como a la temporal… Por pura gracia y con las manos vacías…
Cuando la Luz del Espíritu penetra la inteligencia, incendia inmediatamente el corazón y mueve la voluntad a la acción: Es el “deseo”
—inscrito tanto en la mística teresiana como en la ignaciana— de agradar a Dios en lo que Él más quiere: en su misericordia.
¿Qué sucedería entonces? Que yo en la eternidad sería pura gloria de Dios. Ninguna de las almas de los santos que estén en el cielo me podría mirar y hacer otra cosa a través de mí que ensalzar la gloria de Dios, porque en mí no hay nada. Y entonces, así, Señor, no te quito nada de gloria, nada en absoluto, ni un ápice, porque toda te corresponde a ti. ¡Qué bonito sería vivir así, siempre con las manos vacías!7.
Se encuentran en estas afirmaciones de Abelardo resonancias de santa Teresa de Lisieux:
A la tarde de esta vida, me presentaré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis obras… Quiero, por tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos (Ofrenda al Amor misericordioso).
3ª. Desde entonces la gracia que yo he recibido es que veo mis manos totalmente vacías... Quiero que mi única virtud sea la confianza que nace de la virtud de Él… A partir de ese momento la gracia mayor para mí ha sido quedar inasequible al desaliento.
“Inasequible al desaliento”. Una conclusión desconcertante y fuera de toda lógica, porque toda persona humana está hecha a imagen y semejanza de Dios para proyectarse, autoafirmarse al darse… Pero si esa persona se experimenta como “nada”; si se siente inútil, incapaz, vacía, su autoestima se hundirá y concluirá que su vida no tiene sentido. Es el momento en que acecha el suicidio8.
Pero en Abelardo la conclusión es opuesta. Se hace indestructible en su nada, porque tiene la vivencia de que es amado por Dios y no puede dejar de serlo. Se ha hecho niño evangélicamente hablando, como Teresa de Lisieux, a la que, en los últimos días de su vida, su hermana Paulina le preguntó qué significaba para ella permanecer niño ante Dios. Le respondió:
Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niño lo espera todo de su padre; es no preocuparse de nada… Es también no atribuirse a uno mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro de la virtud en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite, pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse por las propias faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño (Últimas conversaciones, 6.8.8).
Vienen a la memoria también las máximas lapidarias de ese ganapierde que propone san Juan de la Cruz a aquellos que buscan a Cristo:
Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada (Síntesis de la subida al Monte Carmelo).
4ª. “Y aquello era… una gracia tan inmensa, que la pedí para toda la institución, y tengo la confianza de que se me concedió”.
La gracia recibida por Abelardo se convierte a petición suya en una misión que supera su propia persona. Un legado, una herencia, que el Instituto que él fundó junto con el siervo de Dios P. Tomás Morales custodiará como un tesoro, dando un rostro concreto a la Misericordia. Así lo pedía insistentemente:
Señor, ¡haznos apóstoles de tu misericordia! De tu misericordia, el atributo que más tenemos que predicar. Porque es el que más has puesto en ejercicio. Porque, de todos tus atributos, Señor, es el que más sabe de tu esencia, que eres amor…
Sin revelaciones… Sino que yo sea apóstol de tu misericordia por la fe. Porque estoy viendo tu infinita misericordia para conmigo. Y de ahí nace el predicar a los demás, el ir acercando a los hombres, metidos entre ellos, como uno entre ellos. No sintiéndome redentor, sino sintiéndome miserable9.
* * *
Es preciso terminar esta reflexión. Escribe san Juan de la Cruz con inmensa elegancia y notable veracidad: Acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza, y entonces espera más cuando se desposee más, y cuando se hubiera desposeído perfectamente, quedará con la posesión de Dios en unión divina (Subida al Monte, lib. III, c. 7).
Desde mi torpeza he intentado describir algo muy grande que ocurrió entre Cristo y Abelardo aquel día 17 de febrero de 1981. Dios escuchó su deseo y no se hizo esperar. La catarata de sufrimientos interiores y exteriores que se precipitó sobre él a partir de ese momento, reduciéndole poco a poco a nada, fue inmensa: los sufrimientos físicos provocados por la artrosis de cadera; los sufrimientos morales, por las defecciones dolorosas de miembros cualificados del Instituto; el desamparo y la soledad interior; su progresiva e implacable debilitación neurológica.
Pero Abelardo no dejó de hablar y escribir sobre la misericordia de Dios para con cada uno de nosotros. Con su sensibilidad poética (que era mucha) acertó a hacer de su mensaje canción (a alguna de sus canciones nos referiremos en su momento). Y lo más grandioso, de su experiencia de vida supo hacer también estilo educativo.
(Continuará)


Notas
1Entre los que destacaron: C. de Meester, Las manos vacías. El mensaje de Teresa de Lisieux (Monte Carmelo, Burgos 19812); J. Lafrance, Mi vocación es el amor, Ed. Espiritualidad, Madrid 1985), Teresa de Lisieux, guía de almas (Ed. Espiritualidad, Madrid 1997).
2Abelardo de Armas, Retiro noviembre 1981, 5ª meditación (audio inédito).
3 Circular inédita a los cruzados (25.02.1981).
4 Retiro noviembre 1981 (5ª meditación).
5 Audio inédito, 18-VIII-1989.
6Evangelli gaudium, 24.
7 Ret. cit. Noviembre 1981.
8 Drama de nuestra sociedad occidental, al constituirse en primera causa de muerte no natural en España y segunda de muerte entre nuestros jóvenes entre los 15 y 29 años.
9 Retiro 25 abril 1982.