lunes, 1 de febrero de 2016

Renovación y forcejero

Portada Estar 296
Dice el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium en el nº 31 que con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.
Y afirma en ese mismo número que a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.
En el nº 35 pide que “salgan a las periferias” a proclamar el reino del Padre con entusiasmo, decisión, atractivamente y sin complejos: no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos.
Porque los laicos incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo.
El P. Morales en su obra Hora de los Laicos en la 2ª edición publicada por Ediciones Encuentro, en la página 23 dice que hay que imprimir en ellos (los laicos) tensión misionera. Es necesario hacerles vivir la fe bautismal. Deben caer en la cuenta de que “cuando un católico toma conciencia de su fe, se hace misionero” (Juan Pablo II, 6 nov. 1982).
El decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos indica que es preciso que los seglares avancen en la santidad decididos y animosos por este camino, esforzándose en superar las dificultades con prudencia y paciencia, porque nada en su vida debe ser ajeno a la orientación espiritual, ni las preocupaciones familiares, ni otros negocios temporales.
Normalmente no se nos pide “descubrir América”, aunque no hay que renunciar a ello, pero sí evangelizar nuestro entorno viviendo con sencillez y humildad asidos de la mano de la Madre para que nuestro corazón arda en amor a Cristo. Y con ese fuego interior los reclamos mundanos nos seguirán deslumbrando, pero palidecerán como la luz artificial cuando amanece.
Vivimos en medio de un mundo atractivo al que debemos sublimar sin salir de él. Por eso hay que rezar. Y mucho. Pero nuestra vocación laical, además, nos empuja a extender el Reino con innovación y brega; nada de comodidad mediocre a la sombra de las sacristías.
Era en 1965 y ya marcó el camino el Concilio Vaticano II: renovación y forcejeo.