lunes, 1 de febrero de 2016

Levántate y echa a andar

Aquel hombre sigue postrado, pegado a su camilla (cf. Jn 5). Los escasos centímetros que le separan de la piscina de Betesda suponen para él una frontera insuperable. Agarrotado, entumecido, inmovilizado, así un día y otro, 38 años. Hasta que un día pasa algo; mejor Alguien. Es Jesús que pasa a la brisa de la tarde... Y le pregunta: ¿quieres quedar sano? El paralítico mira en la mirada de Jesús —percibe que va muy en serio— y contesta: Señor, nadie me lleva a las aguas cuando se remueven... Pero Jesús, misericordiosamente, hace más por él: lo remueve por dentro y le manda con voz imperiosa: ¡levántate y echa a andar!
Un vigor insospechado recorre ahora sus miembros atrofiados y desde entonces su movimiento testimonia dónde está la fuente de la sanación.
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¡Cuánto se parece nuestro entorno a una nueva piscina de Betesda! Allí estaban echados multitud de enfermos, cojos, ciegos y paralíticos, dice san Juan. Cuántos cristianos inmovilizados esperan que alguien pase y les remueva las aguas con las que fueron bautizados, quizás 38 años atrás. Cristianos paralizados por el miedo: al qué dirán, a ser tildados de arcaicos o “ultracatólicos”, en cuanto se pongan a fructificar sus talentos en la vida pública. Cristianos atrofiados por la vida comodona: por vegetar tanto tiempo sin salir del perímetro estrecho de sí mismos. Cristianos estancados por las dudas, el desencanto y las miserias, incapaces de ponerse en marcha.
Y esta postración generalizada se vuelve contagiosa. Asegura resueltamente el P. Tomás Morales que la raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo hay que buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de ser fermento para convertirse en masa amorfa. Y afirma, como consecuencia, que la movilización del laicado con ímpetu misionero es quizás el problema pastoral que más acucia a la Iglesia para la evangelización valiente y eficaz del mundo.
Pero hoy, como ayer en Betesda, para ser curados necesitamos primero percibir nuestra incapacidad y avivar en nosotros el deseo de ser rehabilitados, sin evadir responsabilidades echando las culpas a otros. Y para ello, hoy como ayer, precisamos —en medio de tantos ruidos— escuchar a Jesús que nos pregunta: ¿Quieres ser curado? Necesitamos hacer silencio para percibir su presencia, para captar su mirada, para descubrirle nuestras miserias y para captar por fin su voz imperiosa que nos dice: ¡Levántate y echa a andar!
Y después de haber sido puestos en movimiento, ¡qué misión tan hermosa y necesaria!: ir a cuantos nos rodean y remover —con energía y con audacia— las aguas del bautismo estancadas en el hondón de su alma (en ello consiste la pedagogía del P. Morales, como escribe Abilio de Gregorio). Ese es el sentido de nuestro Movimiento de misericordia: laicos que indiquen, como enfermos que han sido curados cuando hablan con pacientes aún postrados, cómo recobrar la salud. Laicos que sean movidos por Jesucristo para que siga diciendo a nuestro mundo: ¡Lévantate y echa a andar!