lunes, 1 de febrero de 2016

Laicos que salen del refugio

Sabemos que el concepto de persona exige relación y el servicio; pero nuestro ego —raramente excéntrico— patina dando vueltas sobre sí mismo y, casi sin darnos cuenta, tenemos mil razones para encerrarnos en nosotros mismos. “Señorita, —le decía un pequeñín a su maestra— usted a lo mío”. Eso es. Las sociedades en descomposición olvidan fácilmente el sentido comunitario y echan mano del lema de los naufragios: sálvese el que pueda.
No es eso lo que nos enseña Don Quijote. En este año del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, quizás nos animemos a releer las motivaciones y aventuras de aquel hidalgo, de mediano vivir —con ama, sobrina, discreto vestir, sobrio comer, dedicado a la caza y, mayormente, a la lectura, a la entretenida tertulia con el cura, el barbero y el bachiller, y a cumplir lo que la Santa Madre Iglesia ordene—. Tenía además un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. A este hidalgo de la Mancha los vecinos le pusieron el apodo de “el bueno” por sus costumbres.
¿Qué necesidad tenía de meterse en un berenjenal tan de poco provecho y seguro riesgo? Tenía la vida hecha y ordenada. Si se hunde el mundo, que se hunda. Qué bien se lo advirtió la sobrina: Pero, ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados? (Cap. VI de la 1ª parte).
Harta prudencia humana tiene el consejo de la sobrina. Pero, ¿qué ocurre si te reconcome que este mundo no va bien, que está apartándose de los bellos ideales de un mundo mejor, de una sociedad que anteponía el bien común y la verdadera libertad al interés egoísta, al medrar a costa de los débiles, de los menesterosos, de los desvalidos? En El Quijote se percibe la nostalgia de un paraíso terrenal perdido. Su error, creer que con los ideales de la caballería andante podía restablecerse el mundo perdido (quizás lo anhelado por la sociedad cristiana en la era de las catedrales y cruzadas —Daniel Rops—).
Leed en el capítulo L de la primera parte, la disputa con el canónigo y entenderéis por qué Don Quijote creyó que el remedio estaba en las novelas de caballería. Lagos fétidos bajo cuyas aguas se encuentra la civilización perdida. En medio, la voz de una doncella que pide angustiosamente ayuda. Desde entonces el caballero Don Quijote se siente: “De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos…”
Alma gigante en estrafalario y frágil cuerpo, inasequible al desaliento, capaz de descubrir a Dulcinea en Aldonza Lorenzo y estar dispuesto a morir por ella, de la misma manera que a la Molinera y a la Tolosa las había convertido en damas.

De nuevo, el pintor canadiense Rob Gonsalves. La fantasía y la realidad construyen la escena. Son los niños los que perfeccionan la ciudad con sus juegos o sus audacias. Otra manera de presentar a Don Quijote.