lunes, 1 de febrero de 2016

Dame tu corazón por que soy médico…

Por José Luis Acebes
Las imágenes de la misericordia tomadas de la experiencia humana por el P. Morales
En el número anterior veíamos en esta sección cómo el P. Tomás Morales extraía de la naturaleza imágenes para mostrar cómo es la ternura de Dios. Pero también acude a experiencias humanas muy diversas para hacernos comprender los perfiles y la profundidad de su Amor misericordioso. Vamos a adentrarnos en estas sugerentes imágenes presentadas por el siervo de Dios, para más conocer al Corazón divino, y para más amarlo y seguirlo.
El niño
El P. Morales —sobre todo mediante anécdotas— nos ha descrito cómo fue su infancia: se sentía querido, acogido y protegido por sus padres, que le rodeaban de gestos sencillos de amor. Y en su vida espiritual, fue sintiéndose cada vez más como niño querido en los brazos de Dios. Por ello recurrirá frecuentemente a la imagen del pequeño para desvelarnos este amor misericordioso de Dios. Así, se confidencia en una ocasión: ¡Cuánto le gusta a Dios que confesemos nuestra flaqueza, nuestra miseria! Es que se queda embobado, como un padre cuando un niñito pequeñín no puede ni levantarse del suelo y quiere arrastrarse para ir a abrazar a ese padre. Se conmueve mucho más que si ya es un chico mayor que viene andando por sus dos pies. ¡Naturalmente que sí!1.
¿Qué cabe esperar de un crío que apenas sabe andar? ¿Cómo se tomarán los padres las caídas de su niño? Así lo describe el P. Morales: Como Él conoce mi buena voluntad y sabe el buen deseo que tengo de quererle, se apiada mucho más de mí al ver que fallo. Como ese padre o esa madre con el niñito que no tiene más que unos meses y empieza a hacer los primeros pinitos para andar: viene y se cae muchas veces, y ni la madre ni el padre se indignan, sino que, al contrario, más cariñosos salen a su encuentro para cogerle en sus brazos y llevarle2. Y es que Dios nos contempla con mirada de misericordia, como la madre que al tener un hijo minusválido le quiere, le mima, le atiende más que al que está normal3.
Y reflexiona: ¿qué es lo que le duele más a un padre? Pues eso mismo será lo que más le apene a Dios respecto de nosotros: A un padre no le molestan para nada las trastadas que hace el hijo entreteniéndose en sus juegos y diversiones sencillas, y, en cambio, que ese hijo pueda dudar de que su padre le quiere bien, eso destroza el corazón del padre. El pecado que más destroza el Corazón de Cristo es la falta de confianza4.
¿Cómo vencer la desconfianza? Su mejor antídoto es la sencillez. Por ello la misericordia es patrimonio de los pequeños. Así lo comenta el P. Morales: Hay una palabra encantadora en el Libro de la Sabiduría: «La misericordia se concede a los pequeños»5. Escríbela con mayúscula: «A Los Sencillos». No a los listos, no a los ricos, no a los simpáticos, no a los que tienen éxito aparentemente. La misericordia, —y Dios es misericordia—, se concede a los sencillos6.
El mendigo
El hombre orgulloso se estrella en su autosuficiencia. Sin embargo, el que es sencillo y consciente de su pobreza acude a su Padre, que todo lo puede, consigue cuanto necesita. Este es el mensaje del P. Morales: Somos pobres, desvalidos, miserables. ¿Qué hace un pobre para mover la compasión a los que le pasan delante de él? Extiende sus manos, presenta sus harapos, exhibe su miseria; no se avergüenza, sabe que es indispensable para que se le socorra. Nuestra miseria reconocida y aceptada sin amargura es lo que conmueve el corazón de Dios. Nuestra miseria confesada a Cristo atrae su misericordia. Le mueve el corazón7.
E invita a recurrir a la Virgen para conseguir el auxilio preciso: Te necesito, Madre querida, para que tú me ayudes y yo no haga otra cosa que la oración del pordiosero, del miserable, del mendigo que pide, persuadido de que no tiene para comer, para seguir viviendo, para subsistir. La oración humilde y confiada8.
El artista
La expresión artística brinda múltiples imágenes para entender el mundo del espíritu. El P. Morales disfrutaba del arte en general, y de la pintura en particular, y así grababa en su retina cuadros que le impactaban, para después traerlos a colación en sus mensajes. Veamos algunas imágenes que toma prestadas del arte para orientarnos en el camino de la Misericordia. A propósito de la humildad como clave para conocer a Jesucristo comenta: Cuando tú contemplas Las Hilanderas ahí, en el Prado —o en la Pinacoteca de Munich cualquiera de esos cuadros que hay ahí—, te tienes que situar en el punto de vista adecuado. Para el Evangelio, no hay más que un punto de vista: la humildad. Porque si no, no sintonizas con el cuadro, que no va a ser solo la Encarnación, sino todo el misterio Cristo Jesús. «Se anonadó» (Flp 2, 7). Y todo para convivir con mis miserias. ¡Creo en Jesucristo, conviviendo con mis miserias!9.
La aceptación de la propia miseria es ya un canto de alabanza a la Misericordia divina. Así lo expresa bellamente, recurriendo de nuevo a Velázquez: Muy relacionados andan pecado y misericordia, humildad y confianza, hombre y Dios. Cuando reconocemos nuestra debilidad y miseria, implícitamente estamos cantando la omnipotencia, la sabiduría, la santidad, la bondad de Dios. Lo mismo que tú cuando contemplas Las Lanzas de Velázquez, y te quedas pasmado de la belleza de líneas, de colorido, de ese cuadro en equilibrio. Entonces, sin saber que es de Velázquez, ya estás glorificándole, aunque no le conozcas. Pues en tus faltas, en tus caídas estás glorificando a Dios, porque reconoces tu nada, te aceptas como eres10.
Y para cerrar este apartado, traemos una imagen procedente del arte musical. Dios es el pianista que sabe cómo tocar para conmovernos: Cuando es el Dios de la misericordia el que te envuelve en su suavidad y en su perdón, ya no te puedes resistir. Porque el hombre, por pervertido que sea y por soberbio que sea, todavía tiene un poquito de corazón, y si se le toca esa tecla, qué bien suele responder, aunque sea gran pecador. Entonces Dios, que lo sabe, nos quiere tocar con la tecla de la suavidad, del perdón, de la misericordia11.
El médico
El P. Morales se fija también en el mundo profesional para acercarnos, por analogía, al Amor misericordioso. Así, Dios será el médico de las almas que nos cura de nuestras enfermedades, y pone en su boca: «Busqué consolador y no lo hallé» (Sal 69, 21). Dame tu corazón. No te paralicen tus apegos, tus miserias, tus pecados; no importa. Dame tu corazón, porque soy Médico, y el Médico ha venido a buscar a los enfermos, no a los sanos. Mientras más bloqueado estés con miserias, apegos, pecados —mortales, gravísimos, lo que sea, me es igual—, con mis lágrimas borro tus pecados. Y mientras más miserias y pecados tengas, más apto eres para consolarme, dándome tu corazón12.
Pero para intervenir, el Médico divino necesita que nos reconozcamos enfermos. Comenta así: ¡Abrirse al amor misericordioso! Porque reconocer que estoy tísico o tuberculoso es ya el primer paso para curarme y encontrar un Médico que cura todas las enfermedades: Jesucristo13. Y la curación requiere además nuestra colaboración: La humildad consiste no en reconocer que tengo apegos, miserias, caídas, sino en alegrarme de tenerlas para que el Médico divino pueda intervenir —quirúrgicamente si hace falta, o médicamente, sin cirugía, según a Él le parezca14.
Y cuando el Sanador me tome a su servicio, ¿cómo le agradaré? El P. Morales lo expresa con esta original comparación: Un cirujano, aunque tenga un bisturí que esté ya un poco pasado, si es buen cirujano, hace una magnífica operación, se luce. Ahora, si realmente el bisturí es excelente, recién salido de fábrica, y está en unas condiciones estupendas, no hace falta mucha habilidad quizá para hacer una buena operación (siempre hará falta). Pero si tú coges un instrumento inadecuado para el fin que se pretende, resplandece mucho más la virtud del artista. Y concluye: me alegraré en mis debilidades y miserias, en mis impotencias, para que resplandezca en mí la fuerza de Cristo15.
El torero
La imagen del bisturí la complementa con esta tan gráfica tomada del arte taurino: Un buen torero con un mal toro hace una faena espléndida y a cortar rabos y orejas. Ya está: se luce mucho más el torero mientras peor es el toro. Pues aquí de lo que se trata es que se luzca Cristo siendo el toro como soy yo: barredura del mundo16.
Y por recoger otra imagen tauromáquica, sirva ésta tan simpática sobre la concreción del amor en la prosa diaria: Amar es desaparecer en cosas inesperadas, en disgustos, en toros que ese día te parece a ti que no tienes que lidiar y que de pronto van a constituir el programa y el horario del día. Todo el día lidiando toros que no te esperabas. Así se forman toreros. Porque lo otro es una corrida prefabricada: ahora un torito, luego el siguiente…; eso es muy fácil. El torero se luce cuando hay que salir allí como se pueda. Y como el Padre de los Cielos es el que desde arriba dirige la fiesta taurina, no hay problema ninguno: sé a quién me he entregado, sé de quién me fío (2Tim 1, 12)17.
El astronauta
Para acabar citaremos algunas imágenes procedentes del ámbito aeroespacial. El Corazón de Jesucristo es comparado a una nave espacial, veamos cómo: Te hace falta una cápsula. Los astronautas se meten en una cápsula y así permanecen insensibles a los cambios de presión y de temperatura. Tú estás experimentando continuamente cambios de presión y de temperatura: dentro de ti por los estados de ánimo; fuera de ti por un mundo cuya ola creciente de humanismo va inundándolo todo. Tú necesitas una cápsula protectora. ¿Sabes cuál es? El Corazón santísimo de Jesús, que te permitirá navegar por los caminos del amor18. Más tarde vuelve sobre esta imagen: Lo que quiere hacer el Corazón de Jesús es dejarte prisionero de su amor, preparándote para que te metas en la cápsula, que es la única manera de que no te atomices como el astronauta volando por ahí19. Y es que el Corazón de Dios no late al ritmo del nuestro; tiene su movimiento propio: el de su eterna misericordia, que se extiende todos los momentos de mi vida, que se dilata de edad en edad, y no envejece jamás20.

Que nuestros latidos se acompasen al ritmo de este movimiento propio del Corazón de Dios: el de su misericordia. Para ello acudamos a la Virgen María. Que exclamemos con el P. Morales: Me alegro de tener estas miserias para que la Madre me quiera más, me cuide mejor, para ser más hijito para mi Madre querida. Me alegro21. Eres mi Madre. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, ¡ayúdame!22

Notas
1 Ejercicios Espirituales  a los Cruzados de Santa María (EEC) 1972, Oronoz (Navarra).
2 Id.
3 EEC 1984, Santibáñez de Porma. (León).
4 EEC 1968, Ejercicios de mes  24.8-24.9, Villagarcía de Campos (Valladolid).
5 Sb 6,6. La traducción según la Biblia de la Conferencia Episcopal Española es: Al más pequeño se le perdona por piedad, pero los poderosos serán examinados con rigor.  Santa Teresa de Lisieux recoge esta misma cita para ilustrar su caminito de infancia espiritual (Historia de un alma IX, Manuscrito B 1), y también es utilizada por san Juan Pablo II en la carta apostólica  Divini Amoris Scientia (1997) por la que proclama a santa Teresita Doctora de la Iglesia universal.
6 Retiro a los Cruzados de Santa María (RC), febrero 1987.
7 RC, festividad de Cristo Rey, noviembre 1986.
8 RC, festividad de Cristo Rey, 21-22 noviembre 1987.
9 EEC 1971, Oronoz.
10 EEC, 25.8.1983, Santibáñez de Porma.
11 EEC 1981, Villagarcía de Campos.
12 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
13 EEC, 23.8.1983, Santibáñez de Porma.
14 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
15 EE, octubre 1965, Casa de EE S. Pablo, Madrid.
16 Id.
17 RC, festividad de Cristo Rey, Noviembre 1978. Los Negrales
18 EEC 1970, Oronoz.
19 EEC 26.9.1968, Ejercicios de mes (24.8-24.9, Villagarcía de Campos).
20 EEC, agosto 1982, Santibáñez de Porma.
21 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
22 RC, 25-26.5.1974.