lunes, 1 de febrero de 2016

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (I)

En homenaje al hombre que subió bajando

Por Bienvenido Gazapo


A lo largo de este año de la Misericordia abordaremos, siquiera sea de manera incipiente, uno de los aspectos más relevantes de la espiritualidad de Abelardo de Armas, cofundador de los Cruzados de Santa María. Lo haremos en varias entregas.
En el mes de octubre de este año jubilar 2016 se cumplirán cincuenta años de aquellos días en que un joven quinceañero hacía en tierras cacereñas sus primeros ejercicios espirituales con Abelardo en la que quizá fuera la primera tanda impartida por él. Aquel chaval de entonces —autor de estas líneas hoy— ha tenido la fortuna de seguir muy de cerca, al menos con el deseo, las huellas del que fue y sigue siendo su maestro de vida.

1. “SUBIR BAJANDO”

Es una afirmación con sabor montañero, poética incluso, pero contradictoria. Porque en la montaña se sube subiendo y se baja bajando. No hay otra alternativa posible. Pero en el orden espiritual las cosas son distintas. San Pablo en la carta a los Filipenses habla de que el Verbo encarnado, Jesucristo, semetipsum exinanivit (se vació a sí mismo, se anonadó), por lo cual fue elevado (exaltavit) por el Padre.
Esta es la espiritualidad de Abelardo, veterano montañero de botas gastadas y muleta de aluminio que, cojeando, con mucho esfuerzo, pero siempre pacífico y sonriente, recorrió cientos de veces los senderos y atajos pedregosos del Circo de Gredos (y de la vida) acompañando a los muchachos del Campamento de Santa María. Llamaba la atención un cojo caminando por la montaña.
La misericordia se fue convirtiendo en el eje central de su vida de unión con Dios y de su acción apostólica como educador de jóvenes. Supo hacer de ella no sólo un camino hacia Dios sino un estilo de vida y de relación con los demás. Algo que merece la pena conocer y vivir. Vamos a intentar comprender y gustar esta filigrana que Dios fue haciendo en su vida, unas veces a través de mediaciones y otras, irrumpiendo directamente.
Una primera advertencia que nos puede facilitar claves de interpretación: en Abelardo se produce una síntesis de extremos aparentemente contradictorios pero complementarios. “Subir bajando” fue para él una actitud espiritual de aceptación de sí mismo sin paliativos, es decir, con todas sus contradicciones, pero a la vez fue una actitud permanente de lucha y superación en un estilo de vida fuerte y exigente, por vivir entre jóvenes a los que educó con su vida. Esto es como el filo de una navaja, constituye un punto de equilibrio difícil entre un espiritualismo que negara la eficacia de la acción del hombre y un voluntarismo que la afirmara como excluyente, porque Abelardo no fue un espiritualista sino un luchador, realista, que conoció la grandeza y pequeñez del hombre; tampoco fue un voluntarista, porque supo abandonarse y se dejó hacer por un Dios misericordia, que tiene nombre propio: Jesucristo.

1. Los fundamentos del edificio

Se perciben en su trayectoria espiritual tres influencias básicas fundantes (antes de 1980, año en que recibió una gracia especialísima). Intentamos perfilarlos:

1.1. Tronco ignaciano

Abelardo se convirtió a Dios en una tanda de Ejercicios espirituales realizada en su juventud (año 1951) con el P. Morales, S. I. El primer fundamento de su espiritualidad consistió, por tanto, en ese “conocimiento interno” de Jesucristo (que es un conocimiento de amor, más que intelectivo), que pretende san Ignacio en todo ejercitante y que nace de la contemplación de un Dios que quiere establecer relaciones íntimas con cada uno de nosotros a través de la persona de Jesucristo.
Esta llamada resuena insistente en las impresionantes meditaciones de la Segunda Semana los Ejercicios Espirituales, de los que Abelardo se hizo un experto transmisor a los jóvenes (se calcula que dio en su vida alrededor de 215 tandas): el Rey Temporal y Dos banderas.
Pone Ignacio en boca de Jesucristo, Rey eternal, esta llamada:
Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria (EE, 95).
“¡Venir conmigo! ¡Trabajar conmigo!” ¡Nada sin Él!
En la meditación de Dos banderas se repite la escena, pero las cosas se concretan más, porque para Ignacio la vida cristiana es una batalla sin cuartel, que no admite términos medios:
cómo Christo llama y quiere a todos debaxo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debaxo de la suya (EE, 137).
La bandera de Cristo consiste en:
Traerlos, primero a summa pobreza spiritual, y si su divina majestad fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; segundo, a deseo de oprobrios y menosprecios, porque destas dos cosas se sigue la humildad” (EE, 146).
Ignacio invita a la generosidad: “Los que más se querrán afectar… harán oblaciones de mayor estima y mayor momento” (ofrecimientos del máximo valor y de la mayor importancia, diríamos nosotros), pero al descubrir su impotencia, concluye con una pincelada llena de ternura espiritual. Se hace pequeño:
Un coloquio a nuestra Señora, porque me alcance gracia de su Hijo y Señor, para que yo sea rescibido debaxo de su bandera, y primero en summa pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y rescibir, no menos en la pobreza actual” (EE.147).
“Me alcance gracia… para que yo sea rescibido… en summa pobreza espiritual… no menos en la pobreza actual”. Estas exhortaciones encendidas de san Ignacio vibraron permanentemente en el corazón de Abelardo: ¡Subir bajando!

1.2. El retoque moraliano

El Siervo de Dios P. Tomás Morales, hijo y discípulo entusiasta de san Ignacio, hizo suya esta espiritualidad de los Ejercicios Espirituales (que fueron y son “savia de la Cruzada”, Instituto Secular fundado por él) y grabó a fuego la devoción al Corazón de Cristo en los miembros del mismo. Les escribe:
Uno de los soldados con una lanza le abrió el costado” (Jn 19, 34). ¿Por qué dice el Evangelio le abrió y no le traspasó?... Para que no te escapes y quedes dentro… Revolotea, si quieres, alrededor de manos y pies, pero anida en el Corazón (San Agustín). Haz allí tu morada (Comentario a la Regla 28).
Conforme maduraba en santidad, crecía en confianza y no cesaba de invitarnos a ese conocimiento interno de Cristo misericordia:
Creer en el amor de Dios para conmigo. ¡Qué difícil se nos hace, sobre todo cuando nos vemos llenos de lepra, de miseria!... Y entonces ya creemos que Dios nos desahucia en su amor. ¡Como hemos fallado, como fallamos mucho!...
Tengo que creer en el amor de Dios para conmigo a pesar de mis miserias y precisamente por mis miserias. ¿Por qué precisamente por mis miserias? Pues porque como Él conoce mi buena voluntad y sabe el buen deseo que tengo de quererle, se apiada mucho más de mí al ver que fallo…
Hasta que no veamos a Dios así con nosotros, creyendo en el amor de Dios para con nosotros a pesar de todos estos fallos y miserias, nada. Otra vez el mensaje del amor: no me importan vuestros fallos, lo que quiero es confianza. No me importan vuestras miserias, lo que quiero es amor… (Ejercicios Espirituales a los Cruzados, 1972).

1.3. El Maestro Ávila

Abelardo asumió plenamente esta tradición ignaciana, transmitida por el padre Morales y fue profundizando en ella, enriqueciéndola con su genio inconfundible desde que se encontró con los escritos de san Juan de Ávila1. Ya en el año 1979, glosando al gran doctor de la Iglesia, decía esto a los militantes de Santa María reunidos en convivencias de formación:
Si no tienes una confianza inmensa, inquebrantable en el Corazón de Jesús, tú no puedes perseverar. El peso de tus miserias te agobia, te aplasta; pero, si tienes los ojos clavados en Él, que te dice Juan de Ávila que está de rodillas por mí… Él, que como abogado para la defensa de la causa, presenta dos recursos infalibles: la oración, que no falla… y el precio de su propia sangre… Esa seguridad que me da a mí este Jesús, que es mi abogado, que es mi defensor… y que es el propio Padre quien me lo envía.
Dice san Juan de Ávila: el Padre mira al Hijo, y el Hijo mira al Padre. El Hijo mirando obedece; el Padre mirando al Hijo, manda; y en esa obediencia de uno, y en ese amor del otro, está mi salvación. ¡Miraos Padre e Hijo, no dejéis de miraros jamás, porque allí está el fruto de Mi salvación! (Puntos de oración; 14.08.1979).
Aunque Abelardo en ese verano de 1979 estaba ya muy adelantado en el camino de la confianza, se encontraba solamente en el vestíbulo. Necesitaba todavía un toque especialísimo de Dios para entrar más adentro. Y ese momento llegó, inesperado, pocos meses después, en una gélida mañana de febrero del año 1980, en una pequeña iglesia carmelitana perdida en los encinares del campo abulense.
Nota
1Fueron libros de cabecera para él: Tratado del Amor de Dios (en san Juan de Ávila. Escritos sacerdotales, BAC Minor, Madrid 1969), la recopilación de cartas del santo, titulada Cruz y Resurrección. Cartas sobre Jesucristo (Ed. Narcea, 1973) y las dos ediciones del P. Esaú de Mª. Díaz, tituladas Ya han florecido las granadas (Casals, S.A, 1983) y Vino nuevo (Casals, S.A, 1984).