jueves, 1 de diciembre de 2016

Libro de villancicos II

Les ofrecemos en formato pdf el Libro de villancicos II entregado con la revista Hágase Estar 301 de diciembre de 2016.

Si lo desean adquirir en papel pueden hacerlo llamando al tfno. 91 543 70 00 o por e-mail: administracionestar@gmail.com. El precio es de 2€/ejemplar.

Libro de villancicos II


Apóstoles de barrio. Ser buenas personas, ¿solo?

Portada Estar nº 301
El Concilio Vaticano II en la introducción al decreto sobre el apostolado de los seglares, en el capítulo I, nº 2, dice: La vocación cristiana es vocación al apostolado, el cual la Iglesia ejercita por medio de todos sus miembros. Es en el mundo donde los seglares están llamados a ejercitar su apostolado.

En la actualidad, quizás por la audacia de los enemigos y el encogimiento de los amigos, vivimos en una cultura descristianizada, en un ambiente impregnado de antivalores que contradicen frontalmente el Evangelio. Estamos inmersos en una sociedad que ha experimentado un cambio histórico-cultural profundo, provocando una crisis de valores ético-morales, y la consiguiente crisis en el ámbito familiar, laboral, social, político, económico, así como en la pseudovivencia de una fe no comprometida y la superficialidad en el obrar humano.

Crece la deshumanización de la persona y de las estructuras, la pobreza, la injusticia social, el desempleo, la violencia y los ataques a la vida. Se promueven la anticultura de la muerte, una sexualidad irresponsable y permisiva y un hedonismo exacerbado.

En este panorama, la presencia activa de los laicos en el mundo es indispensable. Su protagonismo exige la participación de manera decidida en todos los campos: la evangelización, la promoción humana, la inculturación del Evangelio. Su tarea primordial e inmediata consiste en vivir todo el Evangelio a partir de la opción por los pobres, y aplicarlo desde el amor, la familia, la educación, el trabajo, la enfermedad… hasta la política, lo social, la cultura, la ciencia, la comunicación, pues toda realidad del ser humano, está abierta a la evangelización.

Poco a poco los laicos bautizados se están haciendo más conscientes de su labor y de su responsabilidad; viven y afrontan su realidad con un mejor criterio cristiano. Empieza a renacer una mayor organización, participación y compromiso de los laicos como miembros activos de una Iglesia renaciente. Asimismo va creciendo lentamente el número de laicos que, por vocación cristiana, participan en la acción política y social.

Los laicos han de vivir la fe con autenticidad y convicción, como en la Iglesia primitiva, movidos por la pasión de seguir a Cristo. Este es el laico que tiene que estar en el horizonte de la Iglesia.

Vivimos en un momento coyuntural en el que no basta con ser buenas personas; es necesario, en expresiones del papa Francisco, colocarse las zapatillas, dejar de balconear, mancharse con el barro del camino, salir a las periferias y convertirnos en apóstoles del barrio.

Transformación ideológica subliminar

Por Santiago Arellano
Freud, que espía (Oleg Shuplyak) 2011
La contemplación de la obra del joven pintor ucraniano Oleg Shuplyak (nacido en 1967) me ha suscitado indirectamente asunto tan peligroso como el de la manipulación del ser humano por el uso sutil del lenguaje o el empleo torticero del mundo de la comunicación. El mensaje del artista es inocuo. Su dominio del dibujo y de la pintura en la escuela de Dalí, le permite presentarnos dos cuadros en uno. Normalmente, un paisaje es al mismo tiempo el retrato de un personaje conocido o viceversa. Son cuadros dobles. Un paisaje se convierte en retrato de personajes anónimos o conocidos como Vincent van Gogh, Sigmund Freud, Dalí o John Lennon, etc.
A mí no me gusta. Admiro la habilidad técnica, pero el contenido se me reduce a simple juego como el que en la forma de las nubes descubre los más exóticos animales o personajes mitológicos como ejercicio de la fantasía. Todo lo más tendría como mensaje que los sentidos nos pueden engañar, que una cosa es la apariencia y otra la realidad y, en una cultura relativista, sería echar leña al fuego. El arte es algo más que dominio técnico o simple juego. Las obras que he visto, aun empleando la misma técnica, no tienen nada que ver con ese descubrir la verdad por ejemplo, de la muerte en la escena de una joven acicalándose ante un espejo. Aquí no hay verdad, sino juego. Por analogía, sin embargo, me lleva a otra reflexión.

Una de las amenazas más poderosas de nuestro tiempo contra la libertad del ser humano es la existencia de medios sofisticados en manos de gente sin escrúpulos que pueden incidir en el espacio más íntimo de la conciencia hasta conseguir modificar la conducta. No me cansaré de recordar las palabras proféticas de san Juan Pablo II, en el apartado “Fuentes de inquietud”, dentro de la encíclica Dives in misericordia, en continuidad con la visión descrita en la Gaudium et spes, “Así pues, junto a la conciencia de la amenaza biológica, crece la conciencia de otra amenaza, que destruye aún más lo que es esencialmente humano, lo que está en conexión íntima con la dignidad de la persona, con su derecho a la verdad y a la libertad [...] Está lleno de amenazas dirigidas contra la libertad humana, la conciencia y la religión, explica la inquietud a la que está sujeto el hombre contemporáneo”. No se trata de una visión pesimista, ni de hablar por hablar. Está en peligro nuestra identidad.

El Movimiento se demuestra... ¡corriendo!

¿Quién dijo que el movimiento se demuestra andando? ¿Os habéis fijado en que muchos niños no aprenden a andar: pasan de marchar a gatas a correr? Pues algo así ocurre con las cosas de Dios: cuando el Señor aparece, el hombre corre.
Aprendamos de los primeros testigos del Nacimiento. ¿Qué hicieron los pastores tras recibir el anuncio del ángel?: ¡Fueron corriendo! Era de noche, y no tuvieron miedo a tropezar por el camino, o a perderse; no esperaron a la mañana… Se decían unos a otros: ¡Vayamos a Belén, y veamos lo que el Señor nos ha comunicado! ¡La fe no quiere esperar! Corrieron.
Cuando María Magdalena al amanecer del primer Domingo de la historia vio la losa quitada, echó a correr y fue adonde estaban Pedro y Juan. Éstos, al recibir el “notición” corrían juntos. No tuvieron miedo a ser reconocidos y apresados por los judíos. ¡La esperanza no debe esperar! Los tres corrieron.
Cuando el padre de la parábola vio a su hijo pródigo, todavía lejos, echó a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. No reparó en su reputación, ni en su edad avanzada, ni en el ridículo que haría si se caía… Se le conmovieron las entrañas. ¡El amor no sabe esperar! Corrió.
Cuando María recibió el anuncio del embarazo de Isabel, se puso en camino deprisa hacia la montaña. No reparó en su propia gestación, ni en el qué dirán si ven a una joven correr. Jesús le abrasaba en su seno. ¡La evangelización no puede esperar! Fue deprisa.
Jesús también corre. En cuanto amaneció el tercer día, resucitó. No quiso, no pudo esperar. Tiene los ojos puestos en sus hijos. Escribe el P. Tomás Morales: “Nos deja caminar un poquito solos; y cuando ve que la desolación nos perturba haciéndonos perder la fe y la esperanza, viene corriendo para consolarnos”.
Se hace camino al correr. Correr es un estilo de vida. Supone salir de uno mismo, dejar la comodidad y los propios intereses, y avanzar hacia una Meta, ligeros de equipaje. Esa es la dinámica de nuestro Movimiento: correr, como los pastores, al encuentro del Señor, y correr, como María, al encuentro de los hombres, cumpliendo la máxima que José María Pemán pone en boca de Francisco Javier: “Soy más amigo del viento, Señora, que de la brisa… ¡y hay que hacer el bien deprisa, que el mal no pierde momento!”.
El camino de la santidad es más para correrlo que para andarlo. Escribe Abelardo de Armas que “los fracasos no entorpecen la santidad, más bien nos hacen correr hacia ella”. Y la Carta a los Hebreos nos impulsa a esta aventura: corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en Jesús (Heb 12, 1-2).

El Adviento es una carrera de amor. ¡Pongámonos las zapatillas y salgamos juntos a correr! La meta de nuestro Movimiento será la que alcanzaron los pastores, la que representa Murillo, cuyo centenario celebraremos en 2017: Fueron corriendo… y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. ¡Feliz Navidad!

Católicos y vida pública

Lo que el alma es al cuerpo 

·        Señor, ¿por qué no haces algo para que el mundo cambie y mejore?
·        Te he hecho a ti, respondió el Señor.
 Vivimos en una época en la que los dioses han muerto y aún no ha nacido Dios. Margarita Yourcenar trata así de describir el ambiente cultural y moral que impregna la sociedad romana apenas cien años después de la muerte de Cristo. La falta de esperanza, la pérdida de valores, la capacidad de sacrificio que habían caracterizado al pueblo romano empezaba a descomponerse.
Un clima similar respiramos en este comienzo del siglo XXI. Los principios sólidos sobre los que habíamos asentado nuestra existencia parecen haberse disuelto. Ya no hay instituciones, valores, ni criterios sólidos. Es una sociedad líquida, donde lo más sólido de nuestras creencias y valores se ha tornado escurridizo, difícilmente aprehensible y mucho menos demostrable. Hoy no sabemos qué es la patria, qué es el matrimonio o la diferencia natural entre hombre y mujer. No solo eso, se condena a quien se atreva a proclamar el simple deseo de averiguarlo, y, más aún, a manifestarse en contra de la dictadura de lo políticamente correcto.
Junto a esta niebla del pensamiento está la atonía de la voluntad. Ya no es habitual el compromiso sólido y duradero que mantiene la palabra dada por encima de las dificultades. La hipocresía de la virtud ha sido sustituida por la hipocresía del vicio. Antes, quien no era virtuoso, debía parecerlo. Hoy, quien no es libertino debe fingir serlo. Antes, quien no era católico, debía simular. Hoy, quien es católico, debe disimularlo.
Hoy podríamos decir que Dios ha muerto y no tenemos esperanza de que vuelva a nacer. Peor aún, como señaló Nietzsche: Hemos matado a Dios y miles de dioses ocupan su lugar.
Hace ya algunas décadas que los espíritus más despiertos nos alertaron de la anestesia espiritual de Occidente. Decía Chesterton que lo malo de esta época no es que el hombre no crea en Dios sino que cree en cualquier cosa. Han vuelto los ídolos de barro, el becerro de oro, pero también, la soberbia y sus compañeros capitales. El hombre actual ha perdido la conciencia de pecado y está orgulloso de ello.
Resulta también preocupante la fuerza con que irrumpe, unas veces de modo pacífico y otras violento, el Islam. Desengáñese, el hombre no puede vivir sin ideales. Europa no puede vivir sin Dios. Ustedes han perdido su vitalidad, se han vuelto descreídos, sus mujeres estériles, sus creyentes descreídos, sus iglesias son aburridas y no atraen. Es nuestra hora. Somos la respuesta que Europa necesita por vitalidad, por firmeza, por creencia. Es la hora del Islam.
Quien así hablaba, apenas hace unos años, es un clérigo islámico, moderado y con gran predicamento en su comunidad, incluso en la vida pública española. Sus palabras en aquel momento sonaban a bravuconadas, hoy deben ser, cuando menos, motivo de reflexión y, para un cristiano, una llamada de alerta.
Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? El grito evangélico es más actual que nunca; por ello urge despertar del largo letargo en el que estamos sumidos los cristianos. Así lo señalaba hace más de treinta años el P. Morales: La raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo, de la inseguridad que nos amenaza en todo momento y nos asedia por todas partes, hay que buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de ser fermento para convertirse en masa amorfa (Hora de los laicos, 1984).
Dificultades del despertar de los laicos
No es fácil que los laicos cristianos asuman el protagonismo que les corresponde, la mayoría de edad, la capacidad de pensar y actuar por cuenta propia. Las llamadas de alerta se suceden desde el Vaticano II en distintos documentos: Lumen gentium (nn. 31-37), Christifideles laici, Evangelii gaudium, entre otros. A pesar de ello, no se ha producido el deseado despertar del laicado.
Parte de la dificultad está en la propia Iglesia, en su clericalismo paralizante. En nuestra historia reciente parece que la costumbre es siempre ir detrás de los curas: o con palos o con velas. Es el clericalismo español que, aunque en vía de extinción, aún permanece en algunas parroquias y en muchos cristianos. El lugar del laico no es la sacristía, sino el sagrario para “cargar las pilas” y la vida ordinaria, la sociedad civil, para gastarlas. Los cristianos no debemos oler a incienso sino a ovejas, como ha señalado, de un modo plástico, el papa Francisco.
El otro peligro es el laicismo que, como nueva religión, implanta su modo de pensar único y despótico en todos los ambientes. Se respeta la religión en lo que tiene de etnográfico, de cultural —no siempre es así—, con tal de que no se tome en serio y no sea un modo radical de transformarse y de transformar la sociedad en la que vivimos.
La expresión común más aceptada, y en parte asimilada por muchos católicos, es que la religión pertenece al ámbito privado. Cualquier manifestación externa y, por supuesto, la evangelización intrínseca que se exige a todos los cristianos, queda prohibida. Ni siquiera en los centros de identidad cristiana y, a veces, en acciones de pastoral y de caridad se permite exteriorizar esos signos.
Como acertadamente ha señalado recientemente una política no creyente: ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas (Pilar Rahola. Discurso del Domund, 2016).
Con ser fuertes estas dificultades externas, tal vez las tentaciones más peligrosas provienen del propio interior: el miedo a confesar la fe, la incoherencia entre nuestras creencias y el modo de comportarnos. Los miedos, las inseguridades, la falta de fe profunda nos esterilizan.
Motivos para la esperanza: católicos en la vida pública
Bastaría la palabra del evangelio, saber que el Señor estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, para llenarse de esperanza. Pero así como la creación en cierto sentido es incompleta esperando la participación del hombre, también la corredención requiere de nuestro esfuerzo. Dios quiso que fuéramos semejantes a Él también en la creación y la redención. Por eso es necesario nuestro esfuerzo.
A veces lo que nos debilita en nuestra misión es asumir la evangelización como comerciales de una ideología en cuya cuenta de resultados debemos anotar cuántos actos piadosos hemos organizado, asistido o a cuánta gente hemos convencido de ello. Convertirse en organizador de diversiones o manifestaciones de carácter cristiano, aun siendo a veces necesario, no es la clave de la presencia del católico en la vida pública.
El Cristianismo no es una ideología sino un acontecimiento personal: el encuentro con Cristo, una persona histórica, pero a la vez Hijo de Dios que desde la eternidad nos amó, pensó en nosotros, sabía de nuestras debilidades, de nuestras miserias, pero que por eso, tiene debilidad por nosotros. Este encuentro personal hay que revivirlo cada día en la oración. Cuando se parte de esa radicalidad de amor gratuito ya nada ni nadie puede preocuparnos. Me llamaste y quebrantaste mi sordera… gusté de ti y ahora siento hambre y sed de ti. Me tocaste y desee con ansia la paz que procede de ti” (San Agustín. Confesiones X, 27).
Santa Teresa de Jesús, fascinada de la humanidad de Cristo nos recuerda la facilidad con que podemos mantener ese contacto personal a través de la oración y la eucaristía: ¿Quién nos quita estar con Él después de resucitado pues tan cerca le tenemos en el Sacramento?
El laico cristiano necesita, cada vez más, volver a la fuente del encuentro personal si quiere irradiar su alegría y convertir los corazones de los que le rodean.
Una vez fortalecido con la oración y la eucaristía, el laico cristiano es un poste repetidor de la gracia y del amor de Cristo. En primer lugar, con la ejemplaridad en el lugar de trabajo ordinario, ya sea el oficio más humilde o anodino o en el de mayor responsabilidad y notoriedad. No es la grandeza del oficio sino el modo de ejercerlo con alegría, con entrega, lo que da valor al trabajo.
El ámbito laboral o profesional es, para la mayoría de los laicos, el modo, a veces discreto pero eficaz, de evangelizar; donde, con frecuencia, el encuentro personal da ocasión a abrir horizontes, a ayudar a que este mundo se convierta de salvaje en humano y de humano en divino (Pío XII).
Evangelizar las estructuras
El laico cristiano vive en el mundo sin ser del mundo (P. Morales). Debe cristianizar las realidades temporales porque nuestro mensaje no es sólo de salvación trascendente sino de transformación de este mundo, dando preferencia a los pobres y necesitados, tanto materiales como espirituales.
La primera realidad que evangelizar es la propia familia, reflejo de la Trinidad (Amoris laetitia, n. 11). La familia, a pesar de todo y de los ataques sistemáticos que sufre, sigue siendo la institución más valorada. Es el nicho ecológico, donde mejor se desarrolla el ser humano, el lugar natural y espontáneo donde mejor se evangeliza, aunque a veces, temporalmente, no sea vean los frutos. Al igual que la herencia genética, también la herencia cultural forma parte del ADN de nuestros hijos y el Señor hará brotar, en tiempo oportuno, la semilla que en la familia reciben.
La defensa de la familia requiere además una defensa pública de sus derechos. Por ello el laico cristiano tiene que exigir de los poderes públicos no sólo el respeto a sus derechos sino las protecciones de la misma a través de cuantos recursos sean necesarios, como la pieza clave, que es, del desarrollo personal y social.
A partir de ahí, el laico no puede ni debe estar sólo. Más que conveniente es necesario que participe en comunidad de su fe. Ya sea la parroquia, medio habitual, las asociaciones apostólicas, los movimientos cristianos o los distintos voluntariados, el laico comparte, fortalece y expande la gracia recibida.
El laico debe estar presente en cuantas realidades temporales, instituciones o ámbitos crea necesario y estén a su alcance. Entre el miedo paralizante y la imprudencia temeraria, el laico cristiano que vive en democracia sabe que, como demócrata comprometido, tiene el derecho de exponer sus convicciones, a la vez que, como católico adulto, tiene el deber de comunicarlas. Convencido de que la concepción del mundo y de la sociedad que ha recibido es la mejor para la organización de la vida en común, está en la obligación de comunicarla y de organizar la sociedad a la luz de esos principios.
Su presencia en cualquiera de estos ambientes debe manifestar la humildad propia de un hombre de bien, pero con el sano orgullo de quien se siente seguro de que su condición de cristiano es una propuesta llena de júbilo para cualquier persona y para la sociedad. El laico cristiano debe recordar las palabras de San Ignacio: El demonio se muestra fuerte con los débiles y débil con los fuertes. La sana fortaleza, el saber de quién me he fiado, es fundamental para el cristiano en medio de un mundo indiferente, cuando no hostil, al cristianismo.
Muchos son los instrumentos que se ofrecen al laico católico: asociaciones, sindicatos, partidos políticos…; ninguna institución es ajena a la acción de un católico que debiera participar en cuantas les sea posible. Especial interés tienen hoy día las redes sociales, donde el laico cristiano debe estar presente, en la medida de sus posibilidades, generando opinión, apoyando las iniciativas que considere beneficiosas, difundiendo las buenas prácticas, documentos, realizaciones audiovisuales, etc., que ayuden a humanizar este mundo y a difundir el evangelio.
Conclusión
Hoy no vivimos en una época de cambios sino un cambio de época, ha señalado el papa Francisco. La gravedad de nuestros tiempos es que parece que se han disuelto los pilares fundamentales sobre los que se ha asentado Occidente: vivimos sobre los restos de un naufragio producido por la muerte de Dios.
Para ello se necesita que nosotros, laicos católicos, seamos capaces de despertar del largo letargo, asumamos la alegría de nuestra condición de bautizados y comuniquemos la buena nueva. De nosotros depende más que nunca una sociedad más justa y una nueva evangelización más sencilla pero más profunda y auténtica.

Dicho en pocas palabras: Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo…Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado; del que no les es lícito desertar (Carta a Diogneto).

Imagina un musical Contigo

Por Samuel García
Imagínate sentado en una butaca de esas de teatro, con los brazos cómodamente apoyados y mirando al techo. ¡Quién te iba a decir a ti que te harías dos horas de viaje en tren a Aranjuez y que estarías un 16 de octubre asistiendo a lo que te han dicho que es…!
¡Chist!, dice la de la butaca de al lado para que dejes de mirar a las musarañas y de decir tonterías en voz alta, porque acaban de apagar las luces y empieza la función. Y, después de calmar a la pobre señora de 60 años a la cual has molestado con tu alocución, te das cuenta de que no le faltaba razón.
Empiezas a oír los acordes de una melodía en Fa Mayor que parecen ser la obertura. Y te fijas en un señor de americana tocando el piano que, de momento, es el único que está en escena. Pero esto es una obra de teatro de esas que tú conoces tan bien y, por supuesto, el telón se abre dejando ver unas mesas cubiertas por una vajilla. La orquesta parece concentrada en sus partituras en el lado derecho del escenario; al fondo, se deja ver la bella silueta de un arpa.
Mientras suceden los primeros diálogos recuerdas con cariño lo que, más que probablemente, está pasando tras el escenario. Conoces muy bien ese ambiente, tanto como que en mayo de 2009 estabas entre muchos de esos que, entre bambalinas, esperaban en Getafe el estreno de otro de aquellos… ¿Cómo se llamaban? Esas obras de teatro con canciones… ¡Ah, sí! ¡Musicales!
Razón no te faltaba, imagínate ahora sentado en el poyete que hay al lado de esas escaleras que llevan al escenario, eres un actor más, haces de policía y no sabes por qué estás más nervioso, si por que se te olvide el papel que tienes que interpretar o porque el que se encarga del atrezo no hace más que llamarte la atención de que te calles. Que la obra ya ha empezado, pero tú estás en ese estado de seminconsciencia que se debe a que no has dormido mucho, a que llevas más de 80 horas de ensayos (sí, es lo que tiene montar un musical con cerca de 90 participantes) y que ya es la segunda vez en dos días que estás representándolo. Acaba de salir de escena el mendigo tras la canción —ésa tan pegadiza con la que te levantas cantando todos los días—, señal de que te tienes que ir preparando, que vas a salir…
Entonces ocurre lo de siempre, no lo puedes evitar, te pasaba incluso en los ensayos generales, es cuando empiezas a recordar qué haces allí. Te llamaron para representar un musical de guion y música originales, que iba a tratar sobre el Año de la Misericordia y que era netamente evangelizador.
Al principio te resististe, pero cuando te dijeron que tenía mucho de Abelardo de Armas y su vida, no pudiste decir que no. No llegaste a conocerle en persona, pero sus textos eran extraordinarios, no habías oído hablar a nadie así del Amor de Dios en toda su radicalidad. No podías negarte.
La experiencia hasta ahora no podías tampoco dejar de reconocer que había sido muy enriquecedora, sólo la ilusión de las personas que trabajaban por sacarlo adelante ya te ilusionaba a ti. Había familias completas colaborando como actores, la Delegación de Enseñanza de Getafe se había volcado con el proyecto y muchos de tus amigos militantes estaban allí arrimando el hombro. Algo, bueno, Alguien había detrás que lo movía todo y que quería llegar a los que estaban ahí fuera escuchando.
Deja al pobre policía que está nervioso y pon ahora que eres un músico, el trompetista ese que está escondido detrás del telón y al que sólo se le ve la campana de su trompeta. Tampoco sabes si estás nervioso por dar las notas o porque ves delante de ti la sala abarrotada de gente, calculas que unas 800 personas os han ido a ver entre las dos sesiones. La verdad es que tu posición ahora mismo en el escenario te permite ver a los técnicos de sonido y luces nerviosos por un problema con los focos centrales, ves al pobre hombre que se dedica al atrezo preocupado de aquí para allá en el otro lado del escenario, al director de actores concentrado en la escena…
La verdad —piensas mientras el mendigo dice algo de pedir dinero—, es que hay muchos trabajos escondidos tras los actores y músicos que la gente de ahí fuera no ve pero que sin ellos no saldría adelante el Musical…
¡Eh! Atiende.
El saxofonista te recuerda que en la próxima canción tocas y te dice que espabiles, que qué haces que no estás concentrado. Como tendrías que explicarle demasiado casi que te ahorras contarlo y te dispones a tocar la introducción de ese Rock’n Roll tan molón.
¡Uy!, te preguntas (en voz baja, que si no la señora de al lado se molesta, claro) ¿qué hace ahora el director de la orquesta?
Se está acabando la representación y ves desde tu butaca que empiezan a salir a escena los actores de todo el musical y los cantantes. Has llorado de emoción, has vibrado con las canciones, has sentido la tensión en el ambiente, has palpado la alegría de la Misericordia. Es imposible —piensas— que este musical deje indiferente a nadie.
El policía y el trompetista, desde el escenario, te ven entre la sala abarrotada de aplausos y con el público en pie. Sin duda, el musical llega a los corazones. Como aquel de 2009. Pero tú, hábil y perspicaz, te das cuenta de un detalle mientras aplaudes: falta un plato.

Ah, por cierto, lo primero que haces tras salir de la sala es ir a Facebook y buscar “Musical CONTIGO”, porque no piensas perderte la próxima representación.

Un padre-abuelo y un hijo-nieto están Contigo

Por redacción Estar
En el VI Encuentro Laicos en marcha que se celebró en Aranjuez, se presentó el musical Contigo. En él participaron dos protagonistas: el abuelo y el nieto, que han dado vida al musical más misericordioso, antes de concluir este Año de la Misericordia que nos ha propuesto nuestro querido papa Francisco.
Son, Miguel Ángel Toraño López, —más conocido por Michel para sus familiares y amigos, sobre todo después del nacimiento de su cuarto hijo, Miguel Ángel— y su hijo Antonio Toraño Rosado. Michel tiene cuatro hijos y es el séptimo de nueve hermanos.
Michel y familia nos reciben en su casa y, grabadora en mano, comenzamos la entrevista.
¿Cómo te apuntaste, Michel, al musical “CONTIGO”?
Javier Lorca me comentó hacia marzo que tenían idea de sacar un musical sobre la misericordia y que necesitaban gente. El compromiso se concretó en junio, al hacernos una visita a casa, y me apunté sin dudarlo porque me encanta cantar. Evidentemente con la imprescindible aprobación de mi mujer, Gema, porque todos nuestros trabajos extras recaen, de una forma u otra, sobre ella.
¿Tus hijos también participan?
Al ser un musical de familias, les preguntamos a los dos mayores, Antonio y Joaquín y aceptaron con gusto. Participan también mi hermana Mª Carmen, mi cuñado Iván, mis sobrinas Miriam y Marta y mi sobrina segunda Inma. Una buena representación familiar ¿verdad?
Ciertamente. ¿Qué ha supuesto para ti preparar este musical?
Sinceramente mucho esfuerzo en aprenderme el papel (ya la memoria no es la de antes, jejeje) y también mucho tiempo: escuchando las canciones durante las vacaciones familiares en la playa y en la oficina; ensayando mi papel y ayudando a mi hijo Antonio a interpretar el suyo; ensayos en la calle Écija… Incluso confieso que alguna noche me he despertado soñando con él.
¿Ha merecido la pena el esfuerzo?
¡Por supuesto! Ha sido un “chorreo” de gracias. Vivir intensamente las obras de misericordia mediante la música. Compartir horas de ensayo con gente formidable, totalmente entregadas sin nada a cambio.
Doy gracias a Dios porque el Espíritu Santo ha iluminado para este proyecto a los “Javieres” (Segura y Lorca) y por el apoyo que en todo momento, he tenido de mi querida y amada esposa, Gema.
¿Qué es lo que más te ha tocado?
Hay mucha gente desfavorecida, viviendo en la calle, sin nada que comer, beber, vestir…; nos lo recuerda mucho mi hermana Lola, misionera de la caridad de Santa Teresa de Calcuta: no se os olvide saludar siempre a los pobres por la calle, que no se sientan repudiados, despreciados, inhumanos. Hay que cuidar de los enfermos. Me planteo seriamente que algo concreto tengo que hacer.
¿Es complicado tu personaje?
La verdad que representar a un anciano con principio de Alzheimer no es fácil, pero poco a poco me fui metiendo en el papel y me ha encantado. Es un personaje que a pesar de su soledad está muy rodeado de cariño y amor por parte de la familia.
¿Qué ha supuesto interpretar la canción “Manos Vacías”?
La verdad que cada vez que la canto se me ponen los pelos “como escarpias”. Haber conocido al autor, Abelardo, desde hace muchos años y que Dios le haya concedido esas manos vacías, me deja sin palabras. Una confianza total en Dios. Poderme transformar en él, al cantarla, ha sido muy emocionante, y sobre todo que la gente capte ese sentimiento que viene del Señor, no de mi persona. Yo me considero un mero instrumento.
¿Con qué momentos te quedas?
La Eucaristía todos juntos: directores, músicos, bailarines, actores… el fin de semana antes del gran estreno. La acción de gracias fue muy especial. La víspera del estreno al visitar a Abelardo. La mirada de paz, serenidad, amor se me quedó grabada.
¿Cómo resumirías brevemente las enseñanzas de este musical misericordioso?
Todos debemos perdonar, todos debemos ser perdonados, aunque no entiendas nada, estés en soledad, te encuentres fracasado, desnudo, frágil. Descubrí que Dios había estado siempre allí. Que mis manos estaban vacías para que Él las llenase con su Amor.
Al terminar la entrevista con el padre-abuelo, pasamos la grabadora al hijo-nieto. Y Antonio, cariñosamente Toto/Toñete, es el primogénito de una familia numerosa. Bautizado así en honor a sus abuelos Antonio y Toñi.
¿Qué es lo que más te ha costado aprenderte del musical?
Lo que más me ha costado… ha sido el epílogo.
¿Qué ha supuesto para ti participar en este musical?
Que las obras de misericordia no están sólo para actuar y cantarlas sino para hacerlas.
¿Con qué personaje has disfrutado más?
Con el personaje del abuelo y el mendigo Dimas.
¿Qué canciones son las que más te han gustado?
Enseñar al que no sabe porque la cantan los niños y me gusta mucho cómo queda. También la del Tic, es muy graciosa.
¿Qué escena ha sido más especial para ti?
La segunda escena, cuando invito al mendigo Dimas a cenar a mi casa con mi familia en Navidad. Empecé así a conocer al mendigo y me hice amigo suyo.
¿Alguna canción que te haya tocado especialmente?
La de rezar a Dios por vivos y difuntos porque es muy importante rezar. Además de por los que estamos vivos, por nuestros familiares y amigos que ya no están vivos.
¿Te emocionaste en algún momento?
Sí, cuando el abuelo canta Manos Vacías al ver que él se emocionaba.
Ambos están de acuerdo en que no es un musical que deje indiferente tanto para el que participa como para el que lo ve. Hay momentos en los que se llora de risa y otros de emoción. Y, puesto que así lo quieren, terminamos la entrevista con esta estrofa:

Contigo” llega al corazón para que no te mires el ombligo / sino para que te salga un “yo te sigo”, / porque, Señor, confío plenamente en Ti, y te digo: / “yo solo no puedo. Virgen María, te necesito”.

Gotas de agua en el lodo

Se buscan educadores

Por Juan Antonio Gómez Trinidad
Aquel día me encontraba desanimado tras leer varios informes sobre la situación educativa de España y sin esperanza de poder llegar a un acuerdo político y social que diera solución a la misma. Por otra parte, cansado de las tareas propias del trabajo, y harto de las constantes quejas de mis compañeros sobre el mismo, bajé a la máquina de café.
 En esos instantes, un hombre mayor, con cara alegre que reflejaba la satisfacción con que ejercía su labor, realizaba las tareas de mantenimiento. Me confesó que lo hacía por vocación, ya que tenía la suficiente edad y ahorros como para retirarse, pero seguía enamorado de su oficio. A continuación me explicó los distintos pasos y detalles para conseguir un buen café, como si de una tarea artesanal se tratase.
Subí de nuevo al trabajo con la alegría de conocer a un hombre apasionado por la tarea bien hecha, por sencilla que fuera y por el buen servicio a los demás. Pero lo más importante: había conocido un educador que me enseñó que la tarea más humilde debe hacerse con la misma pasión y espíritu de servicio que las extraordinarias.
Este encuentro casual me dio la respuesta al problema planteado en el artículo del número anterior. Aportaba algunos datos de la crisis escolar, formativa y educativa. Concluía que la educación es siempre un problema, un reto permanente de la humanidad, pero la educación actual lo es mucho más. La crisis es más profunda porque, aunque tenemos más información y recursos que nunca, no sabemos muy bien cuál es el lugar que ocupa cada elemento.
En definitiva, basta poner oído a cualquier conversación en la que se aborde el tema para ser consciente de la preocupación que existe por la educación, como también lo es la superficialidad con que se aborda su solución: la culpa es de otros y, por lo tanto, también la solución. ¿Existen motivos para la esperanza? Por supuesto, pero lo primero es ser conscientes de la enfermedad, del diagnóstico. En segundo lugar, saber que esto tiene solución. Se necesitan educadores, y educadores somos todos, si estamos dispuestos a hacer algo más que quejarnos.
El problema es de tal magnitud que, si alguien resiste al pasotismo o a la indiferencia, inmediatamente le asaltan al menos dos tentaciones: la primera es creer que la tarea es tan inmensa que requiere de recursos extraordinarios. La segunda es la famosa y habitual: “Total ¿para qué? No podemos hacer nada por mucho que queramos”.
La primera tentación es razonable y, hasta cierto punto, creíble. Es mucha la tarea que requiere la situación actual. Pero si bien hay que pensar en lo universal, en los ideales, hay que actuar en lo concreto, pasar a la acción. San Ignacio se propuso cambiar el mundo bajo el impulso de Ad maiorem Dei gloriam, pero exigía a los suyos la mayor perfección en cada una de las tareas diarias, para lo cual el examen de conciencia diario era imprescindible. De nada servirían los grandes pactos políticos, los acuerdos legislativos si cada profesor, cada padre o madre, cada alumno no asume su responsabilidad.
La segunda tentación es más peligrosa aún: “¿para qué sirve todo mi esfuerzo si no es más que una gota en el océano de la mala educación?”. Si fuera cierto, quedaría justificada nuestra pasividad, incluso calmada nuestra conciencia. Algo similar le dijeron a santa Teresa de Calcuta respecto a la insignificancia de su esfuerzo diario y el de todas sus hermanas para erradicar el mal del mundo. Con la humildad propia de la Santa, contestó: “Sí, es verdad. Lo que hacemos es sólo una gota en medio del océano. Pero sin nuestro trabajo, el océano sería una gota más pobre”.
El padre Morales insistía en que no hay crisis de jóvenes sino de educadores. Así es, en efecto, pero educadores lo somos todos por el hecho de vivir en comunidad. El profesor de matemáticas, por ejemplo, educa desde el momento que entra en clase. No solo cuando enseña su materia, sino también con su forma de ser, de presentarse, de mirar, escuchar y atender a los alumnos. Pero también educa, cuando, como ciudadano anónimo saluda al vecino al salir de su casa, camina por la ciudad, conduce, paga los impuestos, se informa o expresa su opinión respecto de la situación política con respeto, pero con el rigor y valentía que necesita una sociedad plural.
Todos, queramos o no, somos educadores, con independencia del estado civil, profesión, religión, situación social, económica o estado de ánimo. El hombre es por naturaleza un ser educador, todos educamos con lo que decimos, con lo que callamos, con lo que hacemos y con lo que omitimos pero, sobre todo, con el ejemplo. Somos educadores permanentemente y no sólo cuando oficiamos de padre, madre, profesor o director de un centro escolar.
Muchos padres comentan preocupados cómo pueden educar a sus hijos en medio del ambiente tan adverso, de la ceguera moral imperante y de la falta de criterios. La respuesta es sencilla: siendo padres ejemplares —que no es lo mismo que padres perfectos, ya que los defectos de los padres también educan—, siendo testigos de que aún tienen vida los valores sobre los que hemos basado nuestra existencia. No podemos esperar al consenso social, a las medidas políticas u otros milagros.
Por lo tanto, y sólo desde una perspectiva humana, bastaría recordar que sin la aportación de cada uno, el problema no se puede solucionar. “Si cada chino barre su puerta, la calle estará limpia”. Ya sabemos que los españoles pensamos que si la calle está sucia, la culpa es del Ayuntamiento y de la falta de educación de la gente.
Pero existe un motivo más que comparto con la madre Teresa. Ante la misma cuestión antes planteada de la pequeñez de sus obras frente a la inmensa tarea, respondió con sencillez: “Yo nunca he querido cambiar el mundo. Sólo he procurado ser una gota de agua pura en la que el amor de Dios pueda reflejarse”.

Siempre son necesarias las gotas de agua pura pero, más aún, cuando hay lluvia de lodo. La sociedad, la educación actual, necesita muchas cosas, pero algunas imprescindibles y urgentes: educadores que, como gotas de agua, reflejen la necesidad de bien, de verdad y belleza que anida en el fondo del hombre por mucho lodo que inunde nuestra sociedad.

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (y VI)

Por Bienvenido Gazapo

En homenaje al hombre que subió bajando

FLOR ESCONDIDA
Cerramos estas reflexiones sobre el estilo de vida de Abelardo de Armas con un apunte sobre la aportación poética que hizo a su doctrina. En su personalidad se entrecruzaron dos componentes: su temperamento poético y su vocación educativa, concretada en ese permanente “entrenamiento” de los jóvenes para perseverar en el arduo camino de la santidad. Por eso, además de exponer su doctrina en cientos de charlas y meditaciones, lo hizo también a través de la canción.
Aunque Abelardo escribió un buen número de canciones en los años sesenta y setenta, fue a partir del año 1981, momento de la gracia de Duruelo cuando comenzó a volcar el interior de su alma en letras elaboradas al hilo de la vida. En ellas nos abre su corazón, expresando situaciones interiores por las que atravesó: la soledad, el desamparo y la pobreza, unas veces; la confianza y alegría, otras. Muchas las escribió en el entorno de Gredos, donde él se encontraba más inspirado. Les puso música propia, unas veces; otras, utilizó melodías de sus años jóvenes.
La década de los ochenta fue de gran creatividad. Según el cancionero inédito que poseemos, escribió 16 canciones entre los años 1981 y 1989. Las dos últimas, dedicadas a la Virgen de Gredos, son de los años 1992 y 19931. Incide en los tres temas sobre los que hemos venido reflexionando: 1. Las manos vacías: el descubrimiento de su pobreza y sus consecuencias; 2. Subir bajando: el camino; 3. “Flor escondida”. La Virgen. Un tema permanente, al que dedica sus dos últimas canciones
1. Manos vacías, el descubrimiento de su pobreza.
En el año 1986, Abelardo compuso en Gredos una de las canciones más bellas de su colección: “Dios de mis manos vacías”, con letra y música suyas. Es la declaración de la paciencia de Dios para con él, desde antes de nacer hasta el momento actual; la insistencia de Dios, que no se rinde ante su pobre respuesta y la victoria final de Dios con el milagro de su transformación en él. Escribe y canta:
Dios de mis manos vacías, que de nada me creaste y eternamente me amaste aun cuando yo no existía… Mas el pago que te di fue el de mis manos vacías… Mas tu amor que nunca acaba, nuevas gracias concebía. Y al fin venciste Señor, pues en mis manos vacías, puse tu propio dolor, mis miserias y mi nada, y tú pusiste tus llagas… Manos así transformadas colman todo de tu amor; ya no las tengo vacías, las ha llenado mi Dios.
Ante esta realidad, en Abelardo triunfa la confianza, actitud que refleja en “La cumbre de la Humildad”, escrita en 1981 con resonancias carmelitanas:
La cumbre de la humildad es vivir en confianza, creer que la nada alza. Bajar por esta escalera peldaños de confianza, tanto cuanto espera alcanza. Subir bajando no es sueño ni loca imaginación; es gloria de lo pequeño que encuentra en la humillación la grandeza de aquel Dueño que, en la pobreza de un leño de todo se hizo Señor.
Intuición de Abelardo, avalada por la grandiosa afirmación de Juan de la Cruz:
En esta desnudez halla el alma espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad; porque cuando algo codicia, en eso mismo se fatiga (1 Subida 13,13).
2. Subir bajando es el camino. Aquí es donde Abelardo aparece como gran guía de los montañeros del espíritu.
En 1984, escribió “Montañero”, la canción juvenil más familiar y repetida por nuestros acampados:
Montañero que vienes a Gredos buscando las cumbres de un gran ideal, mira al cielo y en la noche cuajada de estrellas, las luces de ellas de Dios te hablarán. No te canses de ver en la altura, modelo y figura tu meta a alcanzar, pero piensa que bajando se suben las cumbres más altas que existen que son de humildad.
¡Cuánto cuesta creer que miserias son gracias muy serias que matan el yo! Y que el alma se hace grande si se ve pequeña con tal de que busque los brazos de Dios.
¡Qué alegría pensar que María es la madre buena que en cruz se nos dio! Y que en ella, si te sabes hacer como un niño, serás otro Cristo gozando su amor.
Tres afirmaciones muy suyas: Primera, volar alto: Mirar al cielo. No cansarse de los grandes ideales… Pero piensa que bajando, se sube. Segunda: las miserias, nuestras debilidades, no son accidentes desgraciados, sino son gracias, que “matan el yo”, que nos hacen grandes, si nos abandonamos en las manos de Dios. Tercera: la Virgen hará el milagro de hacernos otros Cristo, si somos niños, en los brazos de Dios. Ser pequeños. Santa Teresa de Lisieux.
Pero ¿cómo hacer?, ¿cómo bajar subiendo? En 1987 escribió “La cumbre está más abajo”. Toda una lección sobre el “ganapierde”, sacada de la entraña misma del Evangelio:
Si quieres ganar perdiendo, si quieres morir amando, si quieres gozar sufriendo, si quieres subir bajando, has de vivir padeciendo y la santidad buscando, no en cumbres de exaltación mas por cruz de humillación, seguir a Jesús callando…
Y aunque parezca locura, buscar la cumbre en lo hondo y renunciar a la altura, fue la Cruz pozo sin fondo al que Jesús descendió y en ella todo se salva y todo se unificó…
¡Salve, Cruz, donde se baja a la cumbre del amor!
“Ganar, perdiendo”; “gozar, sufriendo”; “subir, bajando”… “buscar la cumbre en lo hondo”… Contradicciones lógicas. Es el lenguaje místico de san Juan de la Cruz: “abatíme tanto, tanto, que fui tan alto, tan alto, que a la caza le di alcance” (Poesías; otras del mismo a lo divino).
No pueden faltar las advertencias del maestro espiritual. En su canción “Para vivir la santidad”, escrita en 1989, a la que puso la música de “Los niños del Pireo”, nos abre horizontes:
Para vivir la santidad es preciso creer que la nada es la verdad, más la soberbia te dirá que es virtud el tener muchos dones para dar.
Y si te dejas confundir, pensarás que subir es cumbre de santidad, pero es el Niño de Belén y el Jesús de la Cruz tu modelo a imitar…
Y cuando quieras comprender que bajar es subir la cumbre de la humildad, pon tus ojos en la mujer que por Madre Jesús en la Cruz te quiso dar.
Y es María, causa de tu alegría, porque se hizo pequeña la que es madre de Dios. Y en abajarse y hacerse pobre esclava la gran lección te daba de amar la humillación.
Pobreza y humillación. Esta vez es el eco de san Ignacio de Loyola en la meditación del Rey eternal: “Que quiero… imitaros en pasar todas injurias… y toda pobreza así actual como espiritual”.
3. Flor escondida. La Virgen María: pilar, fortaleza, firmeza, paciencia, ternura… Todo un estilo de vida para los Cruzados y el movimiento de Santa María.
Comenzaba la década de los noventa. Abelardo tuvo que renunciar a las cumbres de manera real, porque su salud ya no se lo permitía. Pese al esfuerzo de años subiendo con su muleta al Circo de Gredos, ya no puede más. En julio de 1991 se instaló una imagen de la Virgen del Pilar en una grieta del Circo de Gredos. Él estaba lleno de ilusión y se hizo eco de ello. Escribió a finales de junio, unos días antes de este hecho:
Y en toda esta escuela… de una espiritualidad educadora que se expresa en un estilo de vida, con más fracasos —eso sí, aparentes— que éxitos, es la Virgen María… el pilar, la roca en que nos asentamos. Por eso, dentro de una semana, en una concavidad entre riscos de su y nuestro santuario del Circo de Gredos, colocaremos una imagencita de ella en su advocación del Pilar. Su HÁGASE-ESTAR es divisa inseparable de nuestras vida2.
Presente para nosotros, pero ausente (inexistente, de hecho) para los miles de montañeros que pasan a escasos metros de ella, a lo largo del año, la Virgen de Gredos vela por todos. A esa Virgen Abelardo dedicó en 1992 una canción, llena de nostalgia, pero con un mensaje indiscutible: Ella es la flor llena de belleza femenina, pero es fuente, vida, faro, contemplativa en la acción…
Adiós, Virgen de Gredos, que oculta en la montaña como una flor del campo te abres sólo a Dios. Sin nadie que te mire, sin nadie que te cuide. Estás y eso te basta, esclava del Señor...
Has convertido Gredos en un templo gigante, donde se rinde culto al olvido del yo...
El Hágase y Estar será nuestra oración. El momento presente, contemplación y acción.
De ti brota la vida que mana de esa herida, al convertir tu gruta en corazón de Dios”.
Flor del campo. Solitaria. Estás. Gruta pétrea, corazón de Dios… ¡Cuántas resonancias en los corazones de cada uno de los que han vivido a lo largo de estos veinticinco años junto a ella!
Un año más tarde compuso “Flor escondida” con la música de “Adiós Mariquita linda”. La invitación aquí es imitar a esa flor escondida, haciendo de su estilo de vida, el nuestro: pequeños, abandonados, mirarla permanentemente:
En Gredos hay escondida una flor que no es fácil encontrarla porque vive oculta en Dios…
Si quieres ser flor del campo y vivir solo en Dios abandonado y olvidado de tu yo, mira a la Virgen que en Gredos vive oculta, escondida y en silencio, abierta tan sólo a Dios.
Ella es tu mejor modelo de saber ganar perdiendo… Aquí tienes el sendero que la Virgen, flor del campo en Gredos te descubrió.
* * *
Es difícil transmitir al lector la belleza de este mensaje, porque estas canciones se crearon para cantarlas y oírlas con su música. Pero meditar esas letras en el silencio de la oración o por los caminos de la vida (en el día a día, al contacto con nuestras dificultades y las de los hombres) acaso nos haga mucho bien.

Agradecemos a nuestro Abelardo todo lo que recibió de Dios y acertó a transmitirnos de forma tan bella.

Notas
1 La acertada previsión de Rogelio Cabado, le hizo no sólo armonizar y arreglar estas canciones con ayuda de profesionales de la música, sino llevar a Abelardo al estudio de grabación. Gracias al trabajo de varios amigos pudieron grabarse tres CD, con sus libretos adjuntos, titulados “Manos de Dios”, “Hijo del Hombre”, “Flor escondida” (Ediciones EDIBESA), y conservar así sus canciones. Desde aquí nuestro agradecimiento permanente por esta labor inestimable.
2 Impresiones marcha a los Pinares San Rafael (22-23.06.1991).