martes, 1 de diciembre de 2015

Rincones de la misericordia

Por Santiago Arellano
Con ojos de Providencia hemos de acercarnos al gran Jubileo de la Misericordia. Ahí andamos, cada cual con la obra de misericordia que se nos haya encomendado. La mía, a pesar de los claros del bosque de mi ignorancia, enseñar al que no sabe.
Bartolomé Esteban Murillo.
Niño riendo asomado a la ventana, hacia 1675,
Londres, National Gallery.
Cuando contemplo a un niño como el del conocido óleo de Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana, me bulle la cabeza con mil inquietudes: ¡Madre mía, que maravilloso proyecto de ser! ¡Cuántos peligros le amenazan! ¿Adónde acabará esa candorosa sonrisa? ¿Quién se la borrará para siempre? Ahora mira con curiosidad, desde la ventana. ¿Quién le enseñará a ponerse en acción, a entrar en la vida y usar sus manos y toda su persona al servicio del bien? Este niño está necesitado de que alguien le saque lo mejor de sí mismo, le adiestre en la virtud como opción segura de libertad.
No me es posible ofrecer, en el espacio de esta página, el texto completo de la carta que le dirige Juan Rufo a su hijo. Buscadla en internet. Juan Rufo, secretario de Don Juan de Austria, vive lejos de su familia. Le escribe esta carta a su hijo cuando está a punto de cumplir tres años, en cerca de cuatrocientas redondillas. El epílogo resume en cuatro versos la visión de la vida de un español verdadero, presagio del barroco ya en 1570:
La vida es largo morir,y el morir, fin de la muerte:procura morir de suerte,que comiences a vivir.

La primera parte es un catálogo de juegos; la segunda, hermoso tratado de educación católica. En letras de oro copiaría nada más que estas tres redondillas en el zaguán de nuestros hogares y en la puerta de los departamentos didácticos:
Mas cuando sufra tu edadtratar de mayores cosas,con palabras amorosaste enseñaré la verdad,no con rigor que te ofenda,ni blandura que te dañe,ni aspereza que te extrañe,ni temor que te suspenda,antes con sana doctrinay término compasado,conforme soy obligadopor ley humana y divina.

No a la indiferencia o al escepticismo. El padre sabe que tiene que despertarle el amor a la verdad, porque solo la verdad nos hace libres. No sirven rigores que exasperan ni blanduras que destruyan. Requisitos: palabras amorosas; palabras adecuadas a la edad; sana doctrina. Y finalmente conciencia de que se está cumpliendo un deber doble: ley humana (esa es nuestra condición) y divina (esa es nuestra grandeza).
El resto, virtudes humanas y desprecio de los vicios. Siempre conciencia del tiempo.
Y con tino se te acuerde

de que el tiempo bien gastado,
aunque parezca pasado,
no se pasa ni se pierde.

Tres recomendaciones finales: con Dios, la familia y el prójimo. Y tras esto ya puede uno echarse al ruedo de la vida:
Oye misa cada día,y serás de Dios oído;témele, y serás temido,como un rey decir solía.Ama su bondad, y en Élamarás sus criaturas,y serán tus obras purasen este mundo y aquél.Téngate Dios de su mano;y, para que el bien te cuadre,sirve a tu hermosa madre,ama a Juan tu dulce hermano,y no me olvides. Tu padre.

Una última recomendación: leer Los miserables de Víctor Hugo y saludar a Monseñor Bienvenido.