martes, 1 de diciembre de 2015

El padre, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente (Lc 15, 20)

Abelardo de armas, Agua viva, junio 2001
La anécdota que transcribo y da lugar a esta reflexión, se atribuye a A. J. Cronin, famoso novelista escocés, convertido al catolicismo.
Viajaba en una ocasión en un tren. En su departamento viajaba también un muchacho que parecía estar muy nervioso. Cronin le preguntó si le pasaba algo.
Vengo de la cárcel —respondió el joven—. Durante nueve años he vivido encerrado entre rejas, lejos de mi familia. Cometí unos delitos que avergonzaron a mis padres… Ahora me han dado la libertad y vuelvo hacia ellos. En todo este tiempo no he sabido nada de mi familia. Si bien ahora, al darme la libertad, les he escrito una carta pidiendo perdón. Les decía que, si me perdonan, cuelguen en el manzano que hay en la huerta de mi casa, una cinta blanca. Va a pasar el tren por delante de casa. Si veo esa cinta en una rama visible, entenderé que me perdonan. Si no, pasaré de largo. Ya faltan dos pueblos para que lleguemos al mío, y estoy muy inquieto.
Hubo una pausa angustiosa mientras el tren se acercaba implacable a su destino. Entonces el muchacho le hizo una petición:
Por favor, la próxima tapia que viene es la finca de mi padre. No me atrevo a mirar, ¡no puedo! Tenga la bondad de mirar usted…
El muchacho recogió la cabeza entre sus manos mientras el tren comenzaba a rebasar la tapia. Cronin miraba tenso por la ventanilla. Dio un salto y cogió al muchacho por los brazos. Le sacudió y dijo:
¡Hijo, mira! ¡Mira el manzano!
El muchacho levantó la cabeza y miró. No daba crédito a lo que veía.
Colgadas de cada una de las ramas del manzano, había una cinta blanca. Eran docenas de cintas. Sus padres le perdonaban y le perdonaban con generosidad desbordante.
Dios perdona así. Arrojémonos en sus brazos. Está deseando comunicarnos su perdón. Y nos lo dará. Vayamos a Él sin miedo.
Aunque el panorama interior de nuestras vidas te empuje a la desconfianza, ¡mira la estrella! ¡Invoca a María! Mira al crucificado que te espera con los brazos abiertos.

Y si por gracia divina tú no estás en esta situación, a tu alrededor muchos hombres se encuentran alejados de Dios. Anímalos a volver a la casa del Padre. Te lo agradecerán inmensamente y tú gozarás con el gozo de ello.