martes, 1 de diciembre de 2015

Educadores misericordiosos como el Padre

Por Javaier Segura
Quiero pedirte una cosa: ayúdame a vencer mi timidez.
Miré con una sonrisa agradecida a ese joven, y en él vi reflejado a tantos que, como guía espiritual, nos piden que les ayudemos a crecer, a madurar. Cada uno con nuestro talón de Aquiles, todos necesitamos vencer las fuerzas que nos empujan hacia abajo, y dar un salto hacia arriba para salir de nuestra mediocridad. Pero de una forma especial los jóvenes, por su fragilidad y por la propia etapa de crecimiento en la que se encuentran, buscan una mano amiga que les ayude a vencer sus defectos, a dar lo mejor de sí mismos.
El educador debe tener ese corazón de padre que le exija al joven y le muestre el camino para ser su mejor yo. Que no se conforme con mediocridades. Que le anime a levantar la mirada y le aliente en la lucha contra sus defectos de carácter, en la pugna por vencer la impureza y en la pelea para sobreponerse al ambiente cómodo y blandengue.
Pero a la vez, —y aquí viene la segunda parte que aprendimos en la Milicia de Santa María magistralmente de la mano de Abelardo de Armas—, a la vez que se exige, hay que saber acoger al joven en su fragilidad y en su debilidad. Hay que alentarle en sus caídas. Hay que hacerle conocer y amar el barro frágil y quebradizo del que estamos hechos. Hay que enseñarle el camino de la santidad en el combate contra sus miserias, alegrándose de verse y sentirse pequeño.
Hay que tener, en resumen, un corazón misericordioso como el Padre.
Inevitablemente cuando pienso en ese padre, que sabe amar a la vez con ternura y exigencia, me viene a la memoria el recuerdo de Abelardo. Él sabía conjugar esa amalgama que debe tener todo educador: ternura de madre y firmeza de padre.
Abelardo nos lo enseñó con sus palabras y con su vida de una manera muy especial en el campamento. Allí nos hacía contemplar la suavidad del musgo recubriendo el duro granito. Y mirándolo nos enseñaba a ser educadores de otros, a ser guías que conjugasen ese amor exigente con los educandos, que pide y acoge a la vez. ¡Y nos lo enseñó también con sus canciones! Subiendo a las cumbres de Gredos, repetíamos esa estrofa de la canción ‘Montañero’ que compuso Abe con la melodía de la canción ‘De colores’.
Cuánto cuesta, cuánto cuesta creer que miserias, / son gracias muy serias que matan el yo. /
Y que el alma se hace grande si se ve pequeña, / con tal de que busque los brazos de Dios.

Sí, el educador ha de tener el corazón del Padre. Pide, marca el camino correcto, pero sabe que el auténtico crecimiento se dará sólo si brota de dentro, si respeta la libertad del educando. Y por ello, también está pronto a acoger con misericordia, con entrañas de padre y madre, cuando el hijo regresa roto de las experiencias de la vida, de sus propios errores y caídas. Y frente al instintivo ‘ya te lo decía yo’ sabe acoger con un abrazo, levantarle del suelo con una voz de ánimo, con una invitación a seguir caminando.
Exigencia y misericordia no se pueden, no se deben separar. Una sin la otra desemboca en una educación deshumanizada, por dura o por consentida. Una y la otra, mano a mano, unidas en el corazón del educador, ayudan al joven a crecer libre, robusto, seguro. Porque las dos son reflejos del mismo rostro, el del amor incondicional de Dios.
Y es que la misericordia es, en sí misma, tremendamente exigente. De entrada para el propio educador.
Amar con misericordia es lo contrario a un amor sentimental y blando. Amor de misericordia es una amor activo, un amor que se preocupa por el que está al lado, que no se queda mirándole diciendo simplemente “mira: ¡qué pobrecito!”. Es un amor eficaz, que pone remedio, que saca al otro de su agujero. Es un amor que no tiene nada de sensiblero, sino que tiende la mano para ayudar al joven y se implica con toda la vida.
Un amor de misericordia obliga a hablar con verdad al joven:
—He estado pensando en lo que me dijiste y me hizo reflexionar. No puedo ir detrás de las chicas como una babosa. He decidido cambiar mi forma de mirarlas.
Un amor de misericordia marca metas concretas:
—Entonces, ¿qué tengo que hacer para mejorar mi relación con los demás? ¿No pelearme con mis hermanos en casa?
Un amor de misericordia enseña al joven a ser él mismo misericordioso y preocuparse por los demás:
—¿Lo que dices es que deje de mirarme a mí mismo y sea menos egocéntrico?
En fin, un amor misericordioso es un amor expropiado de uno mismo. Como lo es el del Padre.
Llevo días pidiéndole a Dios que ponga en mi camino alguien que me ayude, me decía un joven en una tanda de Ejercicios Espirituales.
Yo mismo había sentido en mi interior que Dios me pedía estar cerca de ese joven y echarle una mano, pero me resistía, porque sabía lo que implicaba de entrega, preocupaciones, dejarse el corazón. Pero el Señor sabe vencer siempre esas dificultades.
—¿No he de escuchar la petición de mis hijos más pequeños?, me susurró en la oración.

Sí, para ser educador es necesario tener un corazón como el del Padre, rico en misericordia.