jueves, 1 de octubre de 2015

Desafío a la familia: Algunos retos actuales

Por Abilio de Gregorio
Al reflexionar acerca de los retos actuales de la familia, parto de la afirmación, quizás un tanto estridente en ambientes en que se ha utilizado el concepto de familia como tótem ideológico, de que la familia no tiene su razón de ser en ella misma, sino en las funciones y servicios que presta a sus componentes, unidos entre sí por lazos de sangre, afecto o por vínculos jurídicos.
La familia no es un fin en sí misma, sino un medio o status al servicio de la persona. El verdadero final que está llamada a servir la organización familiar es el desarrollo del ser humano como persona. Y esto lo lleva a cabo a través del amor. Lo que nos cuestionamos en este excurso es, pues, cómo pueden afectar al núcleo germinal de la familia algunas de las transformaciones y retos en cuyo trance se encuentra actualmente la familia.
a) La pérdida de fuerza de los lazos institucionales sustituidos por el consenso emocional
Nunca lo institucional fue soporte único y sustancial del matrimonio y de la familia. Sin embargo, lo institucional, lo formal, fue adquiriendo con el paso del tiempo tal relevancia y primacía, que pudo llegar a asfixiar en muchos casos el amor que estaba llamado a vivificarla. En las relaciones familiares fue tomando especial protagonismo lo debido sobre lo gratuito hasta situar el mundo afectivo en un ámbito colateral o efecto secundario, al que era preciso vigilar, se decía, para que no desnaturalizase la institución. Ello pudo dar a la organización familiar una apariencia de fingimiento social, de trato contractual que ya se encargaron de ridiculizar los clásicos de nuestra literatura del realismo decimonónico.
Los giros de pensamiento de las últimas décadas han conducido reactivamente al matrimonio y a la familia a un nuevo status de soportes inestables. Dice Lipovetsky: Lejos de ser un fin en sí, la familia se ha convertido en una prótesis individualista en la que los derechos y los deseos subjetivos prevalecen sobre las obligaciones categóricas (...). Ya no se respeta la familia en sí, sino la familia como instrumento de realización de las personas, la institución “obligatoria” se ha metamorfoseado en institución emocional y flexible1.
A la vista de las repercusiones que va teniendo poner las bases del matrimonio y de la familia en arenas tan movedizas como es la simple emotividad, bueno será retornar la vista hacia los “bona” agustinianos del matrimonio a los que presenta no como obligaciones, sino como valores que conducen a la realización de la persona en la sociedad conyugal: la prole, la fidelidad y el vínculo irrompible2. La procreación, la fidelidad conyugal y la indisolubilidad no son, pues, mandatos, imposiciones o cargas que, a modo de factura por la satisfacción de las apetencias naturales, haya que pagar.
San Agustín, nos presenta estos tres bienes como los signos de la fusión del eros con el ágape, de la elevación del bien del amor concupiscente al amor oblativo, verdadero destino del amor y momento en que éste adquiere auténtica densidad humana. Son los bienes que no sólo dan calidad al amor del matrimonio, sino que dotan de dimensión transitiva a todo el amor de las relaciones interpersonales en la familia, desde las relaciones en la gestación y crianza de los hijos hasta las relaciones con los progenitores en la ancianidad.
Enfrentarse a este reto hoy supone ir contra corriente de una concepción exclusivamente “emocionalista” y pulsional del amor. Muchos de nuestros contemporáneos tienen asumido que enamorarse es algo tan pasivo como coger una enfermedad, que decía M. Proust, algo que a uno le acontece fatalmente porque pasaba por ahí, y no le cabe más remedio que seguir los dictados de su corazón. El espectáculo de los medios de comunicación y de las vigencias sociales parece conducir a un vaciamiento de contenidos humanos de la idea del amor para reducirlo a una concepción puramente zoocéntrica. ¿Se trata de la trivialización del fenómeno del amor o se trata de la trivialización de la misma condición humana?
b) El ejercicio de la “paternidad responsable”
Es ésta una expresión que, sobre todo a partir de su reiteración en la célebre encíclica Humanae vitae,3 adquirirá carta de naturaleza social hasta convertirse en una expresión comodín. Curiosamente, este concepto comenzará a circular por las rutas sociales de la mano del concepto de planificación familiar y, junto con él, el de la limitación de la procreación, como si planificar fuera sinónimo de impedir, evitar, incluso en su versión más perversa, eliminar… Lipovetsky describe con contundencia el panorama actual al respecto: No asistimos al resurgimiento del orden familiar sino a su disolución posmoralista, no es el deber de procrear y de casarse el que nos caracteriza, es el derecho individual al hijo, aunque sea fuera de los lazos conyugales4.
Nos apetecía ya ser padres…. Este bebé viene a colmar nuestro anhelo de maternidad-paternidad, ahora que ya hemos alcanzado otras metas profesionales o sociales…, son expresiones que se nos suelen comunicar con la naturalidad de quien nos anuncia haberse dado el capricho de comprar un todoterreno o un chalet en la playa. La resonancia ética de tales actitudes es profundamente reduccionista.
En último análisis, se viene a decir al hijo que su valor radica en la capacidad que tiene de satisfacer nuestros deseos. No posee valor en sí, que es el valor que le corresponde en tanto que persona, sino que el valor se lo doy yo dependiendo de su capacidad para responder suficientemente a mis apetencias, por sublimes que éstas puedan parecer.
Afirma G. Marcel: La familia captada en su realidad excluye todo matrimonio que sólo sea una asociación de intereses, o incluso de gustos individuales; es necesario, parece, que el matrimonio se ordene en cierta manera por sí mismo a la idea de una posteridad cuya venida hay que preparar; pero no es menos cierto, y esta nota tiene aquí la mayor importancia, que un matrimonio firmado simplemente en vistas a una procreación no sólo corre el riesgo de degenerar porque no reposa sobre una base espiritual sólida, sino que constituye una ofensa al orden específicamente humano en lo que tiene de más venerable. Hay algo ultrajante para la dignidad misma de la persona en el hecho de que un ser afronte a su cónyuge como simple instrumento de reproducción5.
Así las cosas, y, como quiera que desde el más rancio freudismo nos han convencido que la salud mental depende de la satisfacción del deseo, si se presentase un hijo a la vida sin desearlo, se elimina alegando riesgo para dicha salud mental. Y cuando, recibido al hijo, el ejercicio de la maternidad-paternidad no resulta gratificante porque entra en conflicto con otros apetitos, deseos o necesidades apremiantes, se renuncia al ejercicio responsable y se buscan sustitutos o se proyecta sobre ellos las propias insatisfacciones. Probablemente una de las manifestaciones más actuales de esta relación cosificadora sea el miedo y la renuncia a ejercer de padres. La permisividad no deja de ser una forma de abandono para no perturbar ese fondo de deseos.
En contraste con esa falsa perspectiva de amor materno y paterno, se sitúa la ética de la aceptación. Encarar, pues, la paternidad y la maternidad con responsabilidad suponen ejercer la libertad plenamente humana en la decisión de decir sí, o de tener que decir no para poner un hijo en la vida. Un hijo puede anunciar su venida en momentos en que no se desea, no se apetece, no responde a la satisfacción de necesidad alguna. La aceptación consciente y decidida es tanto como afirmar su valor solamente porque es persona-hijo y está ahí. Vale por sí, porque es un fin en sí mismo, porque es un valor absoluto. Solamente por eso es digno de todo el amor materno y paterno, aunque haya sido inoportuna su llegada o haya llegado mermado de talentos. La aceptación, no el deseo, es la respuesta que corresponde al valor persona. Este es el amor que personaliza.
Pero también, por otra parte, hay circunstancias en que lo que hay que aceptar, a pesar de todos los deseos e impulsos, es el no tenerlos. Por eso afirmamos que el derecho de los hijos a tener padres que les den la seguridad afectiva que les personaliza, es anterior al derecho de los padres a tener hijos. Como dice la Humanae vitae, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones (10).
Esa paternidad responsable se extiende más allá de la gestación y procreación de los hijos. Se despliega la responsabilidad de los padres hasta la asunción de la dirección y protagonismo en todo el trayecto de educación de los hijos para ayudar a que se configure en ellos una personalidad libre.
Convendría reflexionar acerca de uno de los cambios que se ha producido en las relaciones paterno-filiales, según señalaba G. Marcel en su magnífica conferencia sobre El misterio familiar: mientras los padres se sentían entregados a esa fidelidad creadora en un compromiso con la vida, los hijos se sentían deudores de sus padres. A partir del momento en que la procreación es producto de un cálculo al rebufo del deseo de la felicidad de los padres, los hijos actúan más como acreedores.
c) El derecho a la felicidad individual
“El único matrimonio legítimo es el que dispensa felicidad”, parecería ser el lema del pensamiento del posdeber en relación con el matrimonio. Mas esta proposición no es sino la manifestación de un cambio ético radical en el ámbito de la familia. La ética del sacrificio y de la renuncia o la ética del deber que apareció siempre como ética consustancial a la familia, ha ido paulatinamente dejando lugar a la denominada ética de la felicidad individual6.
Ello ha venido de la mano de la protesta reactiva por épocas y concepciones en las cuales para la mujer, sobre todo, el matrimonio y la maternidad eran un destino más que una opción. En consecuencia, se aceptaban las circunstancias y cargas que ello supone con la estoica entereza de quien se enfrentaba a un sino al que había que responder con un inquebrantable sentido del deber, más cerca de la épica que de la lírica.
En contraste, hoy asistimos a unas vigencias sociales en las que la felicidad individual se ha convertido en un derecho prioritario, en un supuesto previo, y se formula en términos de satisfacción inmediata de tendencias y apetencias. Así las cosas, se convive con el otro o la otra en virtud de la expectativa de que sea causa de la felicidad individual a la que se aspira. Y se tienen hijos porque se prevé que vendrán a dar respuesta a la necesidad de felicidad. Como expresaba recientemente un sociólogo, hoy no se tienen esposos-esposas, sino compañeros; no se tienen hijos: se tienen niños.
Esta búsqueda compulsiva de la felicidad individual por la vía de la satisfacción subjetiva de deseos lleva  a lo que se ha dado en denominar los “amores mercuriales” en los que el principio vigente parece ser una emocionalidad inestable y una fidelidad en precario que se formula: “todo, sí, pero no para siempre”.
Conviene retornar al fino análisis de San Agustín que define el amor como un “anhelo”, como un tipo de movimiento, y todo movimiento va hacia algo7. Anhelo ¿de qué? Movimiento ¿hacia dónde? Sin duda hacia la felicidad. Pero él distingue claramente lo que es el amor a las cosas y lo que es el amor a las personas. No cualquier amor lleva a la felicidad. Diferencia entre querer un bien para mí y querer el bien del amado.
La felicidad que es todo lo contrario del aislamiento, está siempre fuera de la esfera de la posesión, única relación posible con las cosas. Solamente surge cuando el amado se torna parte del ser del amante. En consecuencia no hay posibilidad de felicidad cuando el amor se queda anclado en el eros (“cupiditas”, para san Agustín), sino cuando ese eros se despliega en amor oblativo. Es decir, cuando hay transitividad. Amor de personas, no de cosas. Recuérdese aquello que ya nos enseñaba Aristóteles: a las cosas las amamos para nosotros; para las personas queremos el bien que las perfecciona.
El reto, pues, de la familia en este momento de “eudocentrismo” hedonista consiste en descubrir el camino, a veces árduo, de acceso a esa felicidad.
d) Unas relaciones fundamentadas en la libertad y en la igualdad
Se ha convertido ya en un lugar común la afirmación de que la gran revolución del siglo XX ha sido la correspondiente a la denominada “liberación de la mujer” y su incorporación a la vida social activa. Pero se ha convertido en un lugar común porque cada vez es más común que las relaciones entre hombre-mujer estén dirigidas por los principios de la libertad y de la igualdad. Es quizás este aspecto de nuestra vida social una de las visualizaciones más claras del progreso colectivo conseguido en lo que a dignidad de la persona se refiere.
Un sedicente amor que pretenda afirmarse en el control, posesión o dominio del supuesto amado habría que preguntarse si es algo más que mero apetito sensitivo. Pero un amor que se reduce a negociación contractual de libertades y de roles en la convivencia, que excluye la gratuidad tampoco puede ser digno de llamarse amor. Santo Tomás nos enseñó que el verdadero amante busca siempre la perfección (el mayor bien) del amado. Y el mayor bien del ser personal reside en la plenitud de su “esse” constituido por la libertad.
Conviene vigilar de cerca a todos los movimientos denominados de emancipación, (como se han de vigilar muy de cerca ciertas místicas de la gratuidad que esconden sometimiento y alienación) puesto que, a través de ellos, se puede colar una libertad sin vínculos, una libertad descomprometida. En otras ocasiones, con la celada de la emancipación se introduce la dialéctica de la lucha de clases en la relación familiar. Dicha emancipación, frecuentemente, camufla un nuevo tipo de dominio y unos nuevos agentes dominadores.
En todo caso, también  aquí es preciso afirmar que no podrán nunca entenderse los derechos individuales como derechos autónomos sino en una relación mutualista con los derechos de los demás miembros del organismo familiar. La libertad y la igualdad de los cónyuges-padres se han de convertir en instrumentos de construcción de una personalidad equilibrada y armónica de todos los hijos; la libertad de un esposo ha de ser instrumento de perfeccionamiento de la libertad de su partenaire. Un síntoma de libertad patológica es precisamente una libertad que se exhibe y se ejercita a costa o en contra de otro.
e) La cultura del bienestar
Es notorio que, al menos hasta ahora, el salto de unas generaciones a otras ha venido determinando una línea continua de bienestar. La sociedad de las carencias que vivieron muchos de los que hoy peinan canas ha ido dando lugar progresivamente a la sociedad de la abundancia, de tal manera que se ha ido creando una conciencia colectiva según la cual basta tener deseo de algo para que nazca un supuesto derecho a ello que se demanda con exigencia a los poderes públicos. Tal demanda de bienestar concede a las administraciones un protagonismo en nuestras vidas y una capacidad de intervención como nunca se pudo sospechar, incluso en los casos de los denominados estados liberales.
El Estado del bienestar parece ser una conquista y un dogma que nadie está dispuesto a poner en cuestión puesto que se presenta ante nosotros como la virtud civil de la solidaridad, de resonancias cristianas. En esta cultura del bienestar se convierte en obsesiva la preocupación por el bienestar de los hijos. Jamás los padres han estado tan preocupados por el saludable crecimiento de sus hijos. Pero jamás han estado tan poco ocupados, o bien porque han de ocupar su tiempo en proporcionarles bienestar, o bien porque entregan en manos de las instancias públicas funciones que habrían de serles propias.
Esta actitud claudicante golpea hoy a los educadores profesionales que se encuentran con una población escolar creciendo en la superabundancia de bienes, en la ausencia de normas y en la superprotección, como si de una especie en extinción se tratara.

Hay otros retos de los que tendremos ocasión de tratar en próximos números de ESTAR.