jueves, 1 de octubre de 2015

Charlene Andersen

Por Jesús Amado

Mes de octubre, mes del Rosario. ¿Cómo no dedicar a la Virgen esta sección de ESTAR en este mes?
Hace años escribía el literato protestante Max Yungnickel: Hace mucho frío en la iglesia luterana. Tenemos que calentarla un poco. ¿Cómo? Trayendo una Madre: María. Entonces sin duda estaremos mejor. Volvamos a los cánticos a María; adornemos nuestras iglesias con las flores del campo. Hagamos fiestas, como por la vuelta de una Madre, porque una Madre haya reaparecido en nuestra Iglesia. Sí, una Madre, María, nos hace falta. Venid. Vamos a traerla. Que Ella embalsame de nuevo nuestra Iglesia. María, llena de gracia, yo te saludo.
No ha perdido actualidad. Ella, junto al sagrario, caldea nuestras iglesias y capillas. Y Ella nos lleva siempre a Jesús.
Traemos hoy a nuestros lectores el relato autobiográfico de una conversión, la de Charlene Andersen. Detestaba de modo especial el rezo del Rosario entre los católicos, y sin embargo, —como ella mismo reconoce—, fue María la que le condujo hacia Jesús-Eucaristía. Leamos:
Nací en una casa incondicionalmente luterana. Mi padre era un pastor luterano, y nuestra vida familiar giraba en torno a la iglesia. Mis padres eran muy dedicados a su fe, a sus cuatro hijos, y a las personas a las que servían en sus parroquias rurales en Alberta y Saskatchewan, Canadá. Pero las finanzas eran extremadamente estrechas en aquellos días, y mis padres apenas podían ganarse la vida.
Cuando tenía ocho años, mi padre decidió convertirse en capellán militar. Así, podría ser un pastor luterano en un contexto diferente, pero sería más capaz de mantener a su familia. La vida militar le ofrecía la oportunidad de vivir en Europa con las Fuerzas Armadas canadienses (de 1969 a 1974).
Aunque fomenté una fe personal durante mi infancia, esta situación cambió durante nuestros años en Alemania en el ejército canadiense. Me involucré con compañías nada recomendables, y me convertí en una muy adolescente rebelde y agitadora. Mis padres pensaron que sería mejor para mí enviarme a un internado privado luterano en Canadá. Durante mi último año de escuela secundaria, regresé a la fe, y deseé vivir mi vida para Dios.
Terminé una licenciatura en Educación, y encontré mi hogar espiritual como evangélica protestante. Cinco años más tarde conocí a Peter, mi marido. Él se había convertido al catolicismo, pero no era realmente practicante en ese momento. Nos mudamos a la costa oeste, asistiendo a varias iglesias Bautista, Anglicana, Luterana y la Alianza Cristiana Misionera, pero no nos sentíamos como en casa en cualquiera de ellos. Peter quería asistir a una iglesia católica, pero como yo no estaba cómoda allí, buscamos una iglesia protestante en la que ambos nos sintiéramos como en casa. Oramos duro y continuo, pero con el tiempo nos empezamos a sentir desanimados y desilusionados. Nuestra asistencia a la iglesia decayó.
En 2001 pasé por una crisis. Peter perdió su trabajo y cayó en una profunda depresión que duró siete meses. Durante este período, Peter comenzó a volver a Misa —a Misa diaria—. Comenzó a salir de su depresión, que atribuyó exclusivamente a la sanación por la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesús todos los días. Dios lo bendijo con una nueva posición en un hospital católico como trabajador pastoral. Continuó asistiendo a Misa todos los días, comenzó a participar en nuestra parroquia, y dedicar más tiempo a la lectura espiritual y oración. ¡Me sentí excluida, y le supliqué que no fuera tan lejos como para llegar a rezar el Rosario! El Rosario era para mí la mayor herejía. El pensamiento de verle siendo devoto de María era muy preocupante para mí. Estoy segura de que rezaba el Rosario en privado, pero nunca me lo decía.
Aunque yo seguía en busca de un hogar espiritual en las iglesias evangélicas, sentía una pesadez y vacío, sin duda agravada por el hecho de que nosotros asistíamos a iglesias distintas. Peter creció en su fe y devoción, y yo me sentía dentro de una creciente frustración. Por último, a regañadientes, decidí ir a la iglesia con él, al menos para poder estar sentados juntos. Pero la separación que sentía al no recibir la Santa Comunión se me hacía muy difícil de soportar. Peter nunca me obligó a venir a la iglesia con él para convertirme en católica. Él sólo me dio un libro para leer (Roma, Dulce Hogar, de Scott Hahn) que no toqué durante meses. Me sentía rechazada por el título. Me di cuenta de que había mucho sentimiento anti-católico en mí, en particular en torno a la devoción a María, los santos, el purgatorio, la oración por los difuntos, la penitencia y la autoridad papal.
En septiembre de 2002, asistí a un curso de catequesis en la iglesia católica sólo para “probarlo”. Le dije a mis amigos que si me convertía católica, sólo sería para poder recibir la Comunión con mi esposo. El dolor de no recibirla en común era cada vez más difícil de soportar. Insistía en cambio en que yo nunca aceptaría las enseñanzas de la Iglesia católica.
El equipo de la parroquia católica se componía de varias personas llenas de fe, de gente encantadora. Les hice algunas preguntas difíciles acerca de la fe católica, pero la gente, tan maravillosa como eran, no poseían la preparación suficiente para las preguntas que en mi formación teológica llegaba a plantearles.
Al tiempo que aumentaba mi lucha contra las tradiciones y la doctrina católica, también crecía mi deseo de la Eucaristía. La Eucaristía, el verdadero Cuerpo y la Sangre de Cristo, elevado, ofrecido, venerado y adorado en el altar me atrajo con tanta fuerza que pensé que no podría vivir sin ella. ¡Era tan bello! Pero yo estaba en un punto muerto, porque no podía aceptar o comprender las doctrinas de la fe católica, las que separan del protestantismo. No sabía a quién recurrir para obtener ayuda.
Una amiga anglicana me habló de la realidad de la “Comunión de los santos” y cómo tenía sentido así pedir y rogar unos por otros, entre los vivos de la tierra y con los santos del cielo. Y entendí entonces cómo por tanto no era ilógico orar y suplicar de modo especial a la Virgen María. Y comencé a pedirla que me hiciera ver y comprender.
A la altura de mi dilema, el Señor me dio la gracia de conocer a un sacerdote maravilloso, el padre John Horgan. Un santo varón. Él se tomó mucho tiempo para escucharme y para explicarme con rigor todos los tópicos que me atormentaban, desde la devoción mariana y el rosario hasta el celibato sacerdotal. También me dio una pila de libros para leer, que yo devoraba. Él oraba por mí día a día en el altar. Como yo leía, hablaba, rezaba y asistía a Misa, mi mente y mi corazón comenzaron a abrirse a la riqueza y la belleza de las doctrinas que antes había despreciado. Me encontré con la suficiente confianza para poder defender estas doctrinas y tradiciones frente a mis amigos evangélicos. Y no solo defenderlas, sino aceptarlas y amarlas.
Por supuesto, el P. Horgan me explicó bellamente todo lo concerniente al Rosario, haciéndome ver que al rezarlo uno medita sobre la vida de Jesús. Me hizo ver que la intención de María es llevarnos más cerca de Cristo. Yo antes pensaba que los católicos adoraban a María, y descubrí que no es así. Al acercarnos a María, nos acercamos a Cristo. Y en el rezo del Rosario uno se acerca a Cristo.
Pero el gran impacto para mí fue descubrir el capítulo 6 de san Juan. Para mí la Eucaristía es la fuente, la cumbre y el corazón de la fe católica. Es Jesús que está siempre presente en nuestros sagrarios. No solo espiritual sino también físicamente.
Y así en la Pascua de 2002, con gran paz y alegría de corazón, fui recibida en la Iglesia. Yo estaba dispuesta a abrazar la fe católica de todo corazón. Este fue un momento de enorme renovación de la fe y el amor de Dios. Fundamental en mi crecimiento espiritual ha sido santa Teresa de Lisieux, a quien he elegido como mi santa patrona. Ella me ha enseñado y mostrado muchas cosas. Tres meses después de ser católica, tuve la oportunidad de visitar Lisieux con Peter, y allí absorber su vida, mensaje y el amor quemante por Cristo.
Al hacerme católica puedo afirmar cuán feliz me siento y cuán cerca me siento del cielo.

Estoy sorprendida por la gran profundidad y los tesoros de la fe que yo no sabía que existían, y que abrazaré para descubrir y entender cada día más. Por encima de todo, tengo un profundo sentimiento de gratitud y de paz al estar “en casa” al fin