sábado, 1 de agosto de 2015

Se tapan los ojos

Por Antonio Rojas

Lamentarse de las cosas que hicimos puede ser
aminorado con el tiempo; lamentarse por las cosas 
que dejamos de hacer puede ser inconsolable.

—Sydney J. Harris—
Recuerdo de pequeño que las huertas que había junto al pueblo, se montaban en torno al pozo, y del pozo se sacaba el agua con la noria; la noria estaba movida por un burro con los ojos tapados que daba vueltas y vueltas.
Un día, ya de mayor, me dijo un profesor:
—Que tus días, Antonio, no sean como las vueltas de una acémila alrededor de la noria con los ojos tapados, sin luz, para que no advierta que sólo da vueltas y no avanza. Así, con los ojos vendados, cree que progresa y lo soporta. Hasta las acémilas sienten el deseo natural de caminar hacia adelante, hacia alguna dirección; de avanzar.
Ilustración: Juan Francisco Miral
Hay muchos hombres que se limitan a dar vueltas alrededor del pozo del que sacan la poca agua de su mezquino placer diario. Y ellos mismos se tapan los ojos con doctrinas falsas y con soluciones absurdas de conformidad, y así resisten ese andar sin avance. Pero esa conformidad con el más o con el menos no supone perfeccionamiento.
Lo que importa es que no pases un día sin haber mejorado y adelantado. «Ser y saber cada día un poco más». Esta es la fórmula maestra de todos los que avanzan.
Me acuerdo muchas veces de aquel profesor y de los burros de las norias cuando veo a personas, jóvenes y mayores, que viven rutinariamente. Se educaron (deseducaron) así, sin adiestrarse en el arte de la proyección hacia nuevos horizontes, sin crecer fuera de sí mismos volcando su interés y su afán en tantas posibilidades que la vida ofrece.
Viven dándose vueltas, sin aspiraciones nobles, sin una ilusión verdadera y capaz de poner en movimiento todas las propias fuerzas del ser; constreñidos en sí mismos, entre las frías paredes de un egoísmo primitivo, cicatero y mezquino que desmocha toda ilusión. Seres reservados y avaros de su propia pobreza personal.
Hay, por desgracia para ellos y para quienes les rodean, corazones quietos. Totalmente vueltos hacia sí mismos, sin calibrar las consecuencias del formidable pecado de egoísmo. No tienen ojos más que para mirar al entorno de su ombligo. Sin pensarlo, están traicionando la ley más fundamental de la existencia humana: nuestra innata tendencia a crecer. Y la vida, antes o después, pasa factura: tristeza, aridez espiritual, soledad interior.

Sustancialmente, la existencia humana es un discurrir, un fluir y pasar de un punto a otro sin que jamás pueda definirse un instante quieto en la existencia. Sería la muerte. Una muerte que nos gobierna cuando, imitando a los burros de noria, nos damos vueltas y vueltas tapándonos los ojos. Sin luz