sábado, 1 de agosto de 2015

Realidad... y orientaciones (y II)

Por Javier del Hoyo

Continuamos en este número el ensayo del P. Tomás Morales iniciado en el número anterior, sobre la realidad religiosa de la España de los sesenta. En esta segunda parte expone algunas ideas para la eficaz evangelización de un país oficialmente católico, pero en la práctica muy alejado de la vida de la Iglesia. Algunas de estas ideas las desarrollará más tarde en sus obras Laicos en marcha (1967), y sobre todo Hora de los laicos (1985). Son de destacar porque es la primera vez que las escribe
realidad... y orientaciones (y ii)
Una realidad: la descristianización progresiva de nuestra sociedad, a pesar de los beneméritos esfuerzos que vienen haciéndose durante largos años.
Unas orientaciones. Para atajar esta descristianización bastaría poner en práctica dos principios insinuados por las encíclicas pontificias y la legislación de la Iglesia: 1. Movilización de los laicos. 2. Coordinación de fuerzas.
1.- Movilización de los laicos
Jornadas de Oración y estudio Valladolid  1984
Algunos sacerdotes y religiosos van cayendo en la cuenta de que esa movilización es urgente e indispensable. Pero lo inaplazable del problema exige mayor rapidez. Cuentan que un día salió de un consistorio san Pío X. Era en 1908. Hablaba con varios cardenales. Les preguntaba por el problema más urgente, a juicio de cada uno, planteado entonces a la Iglesia. Uno respondió: «Multiplicar las vocaciones sacerdotales». Otro dijo: «Mejorar la formación del clero». El Papa contestó: «Me parece que el problema más urgente es que cada sacerdote forme diez seglares que trabajen a una con él».
En un libro publicado no hace muchos años por un obispo extranjero, se dice que esta movilización es el problema más urgente de la Iglesia actual. Hay que poner al laico en tensión misionera para que, colaborando con los sacerdotes, se pueda atajar la descristianización de países que fueron cristianos.
La necesidad de esta movilización viene impuesta por un hecho: el exiguo número de sacerdotes en comparación con la masa enorme que hay que evangelizar. En países muy escasos de clero, la necesidad es más urgente. Pero aun en los mismos en que las vocaciones son más numerosas, se impone. Un solo sacerdote en un populoso suburbio de nuestras ciudades. Otro, tratando de alcanzar con su empuje a miles de obreros en un centro fabril. Un tercero, perdiéndose en la masa de miles de estudiantes...
Una apreciación superficial lleva a la conclusión falsa de que en algunas ciudades con muchos sacerdotes se bastarían éstos para evangelizarlas. En realidad, sin embargo, esos sacerdotes, por numerosos que sean, aunque multipliquen su actividad elevándola al máximum, no llegarían a ponerse en contacto con la gran masa.
Y es que para conseguirlo, le hacen falta al sacerdote brazos que alarguen y ensanchen su acción. Esos brazos son los laicos, que gustosísimos se prestarán a esta tarea si se les sabe interesar.
El mundo se va complicando de tal forma, se va descristianizando en tal grado, que casi va resultando, para su evangelización, tan necesario el sacerdote como el laico. Ambos a una se complementan en su acción. Ambos van sintiendo cada vez más la necesidad de caminar juntos en una tarea que les es común.
No hace muchos años me contaban que un joven universitario, al acabar sus estudios, decía a un sacerdote: «Padre, he sentido la llamada de Dios y estoy dispuesto a seguirle. Me consagraré a él». El sacerdote le preguntó: «¿Piensas hacerte sacerdote o religioso?» Respondió: «No, Padre, seré sacerdote con el ejercicio de mi profesión de médico. ¿No le parece a usted que el médico puede salvar muchas almas haciendo de su profesión un sacerdocio?» Cuando me lo contaron me acordé de lo que hacía unos años dando una misión por un pueblo de Andalucía, me decía un párroco anciano: «Durante veinte años, un médico santo que tuve en el pueblo fue conmigo otro sacerdote. Gracias a él, mi acción sacerdotal llegaba al último de los feligreses».
Hay más. Aunque el número de sacerdotes fuese hoy muy crecido, no lograría, sin el concurso de los laicos, adquirir con la masa ese contacto vital indispensable para evangelizarla. La razón es muy sencilla. El laico inmerso en la masa, y precisamente porque lo está, sabe más, mucho más que los sacerdotes de los procedimientos para conquistarla. Seamos humildes y reconozcámoslo. En muchos casos tenemos que aprender de ellos. Por mucha teología que sepamos. Aunque dominemos intrincadas cuestiones de filosofía, aunque oigamos decir que nuestra formación sacerdotal nos capacita para adaptarnos a todo, los laicos nos aventajan en el conocimiento exacto de la realidad, en saber los resortes que hay que tocar para ponerse en contacto con la masa, en procedimientos y técnica para influir en el corazón de sus hermanos. A veces, también, en espíritu combativo, en energía y vitalidad, audacia y decisión. Claro es que todo esto hay que encauzarlo. Para eso está el sacerdote unido con ellos, orientando, dirigiendo y sobre todo, comunicando vida divina.
Por no ser humildes, por no reconocer que el laico en algunos aspectos nos aventaja, renunciamos a su colaboración, queremos que nuestras actividades u obras sean exclusivamente nuestras. Obrando así reducimos nuestro influjo en la masa, pues bloqueamos en ellas a sacerdotes que rodeados de seglares eficientes pueden llevar obras análogas. Pero además, los laicos de la masa, para dejarse convencer, necesitan ver el Evangelio vivido no sólo en los sacerdotes, sino principalmente en otros seglares.
Al sacerdote se le considera siempre por la mayoría como un ser extraño, con el que no interesa encontrarse. Al tomar el tren, una sotana o hábito se instala en un departamento. Observad cómo una buena parte de los viajeros que llegan, al verlos, pasan a ocupar otro departamento, aunque esté más lleno. Ésta es la reacción de la gran masa ante el sacerdote.
Por eso, el testimonio de su vida, con ser inapreciable, para la mayoría pasa desapercibido; o porque rehúye sistemáticamente el contacto con él o porque piensa «es natural que proceda así, es su profesión, de eso vive». En cambio, cuando el testimonio de Evangelio vivido, lo da un laico que trabaja en la misma fábrica, que es arquitecto como él, que tiene mujer e hijos, y que sin embargo vive sin rendir culto al dinero, sin hacer un dios de la vida cómoda, entonces el efecto que produce en la masa es incomparablemente mayor, el impacto es más profundo.
Aprendamos a ser humildes. Reconozcámoslo. Ni somos los únicos portadores del Evangelio, ni a veces los más eficaces. Grupos selectos de laicos profesionales, estudiantes, empleados u obreros, a veces nos superan en virtud. Conocí a uno de 32 años, con dos hijos. Ocho horas trabajando en una fábrica. Con ansias de superación había empezado el bachillerato al cumplir los 26. Después del trabajo, tres horas en un Instituto nocturno. Y al día siguiente a las seis en pie, para oír misa antes de comenzar a trabajar. Sábados y domingos estudiaba en medio del alboroto que armaban sus chicos... y así, seis años. Casos parecidos de entrega al deber he encontrado en médicos e ingenieros.
A pesar de esto, existen ciertos recelos por parte de sacerdotes y religiosos para movilizar a los seglares. No se fían de ellos por una parte. Creen por otra, equivocadamente, que los sacerdotes y religiosos se bastan. No se fían porque no los conocen. Se creen suficientes porque no se dan cuenta de las proporciones de la masa que vive alejada. Es natural que así suceda. Una buena parte de esos sacerdotes, incluso los que ocupan puestos de gobierno en diócesis o casas religiosas, no han tenido contacto con seglares eficientes y, por tanto, no pueden hacerse cargo de lo decisiva que sería la movilización del laicado. No lo tuvieron porque empezaron su formación eclesiástica a una edad muy temprana. Después de ordenados sacerdotes, por distintas circunstancias, absorbidos por tareas inaplazables, no han tenido ocasión de formar laicos, llevando con ellos obras de gran penetración en la masa.
En cambio, los que han hecho esta experiencia se quedan maravillados del influjo logrado en la masa por un pequeño grupo de laicos bien formados bajo la dirección de un sacerdote. En noviembre de 1952, un jesuita francés, el P. Fraysse, hizo una experiencia muy curiosa. Ante la negativa de las autoridades alemanes de ocupación en Francia, impidiendo que los capellanes de la J.O.C. acompañasen a los obreros internados en las fábricas de Alemania, se disfrazó de obrero, llegó a Frankfurt y allí formó un «grupo de amistad», una pequeña célula en la fábrica en que trabajaba. A los seis meses escribe: «he comprobado la arrolladora influencia que tiene una pequeña comunidad cristiana, si está compuesta de personas que viven su cristianismo en forma integral».
No hace falta remontarse veinte años, ni salir fuera de España para constatar este influjo de los laicos. Todo el mundo palpa en nuestra Patria la eficacia de un Instituto Secular integrado por laicos y sacerdotes íntimamente compenetrados, en el campo universitario profesional. Esos laicos, casados o no, son los brazos largos de unos pocos sacerdotes que así multiplican prodigiosamente las energías de Cristo en la Sociedad.
Cuando en septiembre de 1959 la Santa Sede retiraba definitiva y totalmente a los sacerdotes obreros franceses de las fábricas, les exhortaba a formar Institutos Seculares con trabajadores, es decir, a rodearse de grupos escogidos de laicos. Ellos, incrustados en la masa, harán penetrar la semilla evangélica con más facilidad que el sacerdote, considerado siempre, a pesar de sus esfuerzos de adaptación, como elemento ajeno al mundo obrero.
No basta con caer en la cuenta de la necesidad de movilizar seglares. Hace falta saber y querer formarles. Esto supone una larga tarea de dirección. El sacerdote tiene que renunciar al apostolado aparatoso de la masa, para sepultarse en una vida de catacumbas durante años, Además, tiene que forjar la voluntad de sus militantes, formándoles en una ascética exigente. Y esto no puede hacerse sin sufrir ni hacer sufrir. Tiene que resistir pacientemente los ataques que desencadenarán las fuerzas del mal. Tiene que soportar, quizás esto es lo más sensible, las incomprensiones de los «domésticos», es decir, de algunos de sus hermanos de sacerdocio y de los mismos laicos que trata de formar.
Al formarles así, cumplirá el programa que Pío XII trazó a los católicos suizos en el mensaje de mayo de 1954: «En la lucha contra el materialismo, se ha de lanzar esta consigna obligatoria: volvamos al Cristianismo de los orígenes. Los cristianos de los primeros siglos se opusieron a una civilización pagana y materialista que enseñoreaba sin oposición. Se atrevieron a atacarla y, al final, se impusieron gracias a su tenacidad constante, y mediante gravísimos sacrificios».
Si el sacerdote quiere renovar el mundo moderno hará suya con decisión la divisa del gran Papa1 y preparará, sin miedo a la exigencia, a esos laicos que conquistarán el mundo para Dios, si se les imbuye la mística combativa y radical de un cristianismo consecuente.
En la primera siembra cristiana, a lo largo de los tres primeros siglos, fue decisivo el papel de los laicos. Así lo será hoy también si acertamos a movilizarles con ímpetu. Para ello, hay que interesarlos, y esto no se logra si no se les trata como hombres. Si se pretende tenerlos siempre sujetos a nosotros, si se les trata como niños, si no se les permite moverse sin nuestro consentimiento, se aburrirán y acabarán marchándose. Tratarlos como a hombres quiere decir que ellos tengan iniciativa y responsabilidad, único medio de que consideren el movimiento como cosa propia y se interesen por él hasta el sacrificio heroico.
Cuando a los laicos se les forme de esta manera para ser eficaces en la Iglesia, no nos debe extrañar que lleguen a una madurez tal, que tiendan a independizarse de los sacerdotes que los formaron, para vivir por cuenta propia con sacerdotes también propios. No puede extrañarnos este fenómeno por ser natural. Se da con los hijos en la familia, con los pueblos colonizados, que se emancipan de la metrópoli. Es el fruto maduro que espontáneamente se desprende del árbol para comunicar nueva vida. Lo mismo pasa con los movimientos laicos organizados por sacerdotes. Llega un momento en que surgen nuevos sacerdotes de entre ellos mismos y para ellos mismos. Entonces, lo prudente es aprovechar los cauces jurídicos creados recientemente por la Iglesia para darles estabilidad y permanencia. Este fenómeno natural debe alegrarnos, aunque la primera inevitable reacción sea dolorosa. Solemos decir entonces que se nos escapan de nuestras manos, como los hijos del hogar al constituir nueva familia.
Aunque así sea, quedan encuadrados en el marco de la Iglesia, con autonomía jurídica para gobernarse. Por tanto, sería pequeñez de espíritu apurarse por ello y no mirar el bien de la Iglesia universal. Además, los sacerdotes iniciadores del movimiento quedarían liberados para roturar otros campos, todavía vírgenes, al surgir este clero indígena con capacidad suficiente para llevar el movimiento. Y nuevas vocaciones surgirán con abundancia estimuladas por el ejemplo y generosidad de aquellos compañeros que llevaron su entrega a las almas hasta consagrarse sacerdotes sin salir del mundo a que pertenecen.
Cuando la iglesia quiere conquistar un país de infieles, envía misioneros sacerdotes extranjeros. Trabajan incansables hasta que entre sus nuevos cristianos florecen vocaciones sacerdotales y se consagran obispos. Sembrado ya el campo, lo entregan a la Jerarquía indígena para que los gobierne con autonomía, mientras ellos se dirigen a otros continentes para ensanchar la Iglesia, que sólo se consolidará cuando la Jerarquía aborigen surja. Es la táctica eficaz para dilatar la Iglesia con nuevas conquistas.
La misma táctica debe seguirse, sin concesión a miedos o particularismos, si queremos evangelizar esos grandes sectores misioneros españoles que son la Universidad, la fábrica, el Ejército y cuarteles, la oficina, el mundo de las letras, el de las técnicas de difusión de pensamientos, el de los pueblos y ciudades de muchas regiones. En algunos de esos sectores ha surgido un potente movimiento de laicos ensamblados con sacerdotes propios del ambiente que se trata de conquistar. En este maridaje sacerdotal–laico está la clave de su eficacia ejemplar, que debería servir de pauta para la cristianización de esas importantísimas zonas de la vida nacional.
Claro es, que para conseguir esta movilización, hay que saber fiarse de los laicos. Algunos son profesionales que ejercen delicadas funciones, con gran tacto y responsabilidad; otros actúan en las Empresas como técnicos o jefes; todos, por lo menos, son jefes de familia. Esas funciones rectamente desempeñadas les hacen aptísimos para tomar parte en la movilización de que hablamos.
No nos solemos fiar de ellos porque no los conocemos suficientemente, por falta de contactos vitales. También por no reconocer que en algunos aspectos nos pueden aventajar.
A estos hombres, como decimos, no se les puede tratar como a menores de edad. Hace doce años, el Director Nacional de una gran organización católica, ingeniero con 50 años, padre de tres hijos, me decía: «Padre, ustedes nos tratan como niños, y así nuestra acción es lánguida, quizás inoperante, y apenas podemos influir en la Sociedad que nos rodea». No supe qué contestar. Le sobraba razón. Me acordé de la frase de Pío XII: «El laicado ha salido de su minoría de edad». Y seguramente, de ese laicado puesto en tensión misionera, esperaba el gran Papa «la primavera que vendrá sobre la Iglesia», cuyo advenimiento todos debemos acelerar cumpliendo las directrices pontificias.
2.- Coordinación de fuerzas
La movilización del laicado sólo será eficaz para la recristianización de nuestra Sociedad si se integra en un plan de conquista en el que todas las fuerzas católicas actúen a una para conseguir el objetivo concreto que se pretende.
Es el principio elemental para ganar una guerra: unidad de mando, y de fuerzas. La legislación de la Iglesia lo preceptúa.
El movimiento del Mundo Mejor2 va logrando esparcir ideas fecundas en este sentido. Hoy en España, para cualquiera que conozca la descristianización creciente de ciudades y campos, no es un secreto que ninguna Congregación religiosa, por meritoria y eficaz que sea, es capaz de hacer frente por sí sola a este mal. Ni siquiera basta la acción conjunta de todas las Congregaciones entre sí. Es necesaria la estrecha colaboración entre ambos cleros, Institutos Seculares, todos los laicos movilizados bajo la dirección del que en nombre de Dios gobierna la diócesis.
El movimiento del Mundo Mejor, con una orientación muy certera, va creando el clima propicio a esta concentración de fuerzas. Pero todos debemos colaborar, quitando recelos, olvidando menudencias, sacrificando actividades propias en bien de la Iglesia universal. El ejemplo de sincera colaboración de todos los sacerdotes, produciría inmediatamente una unión íntima entre ellos y el laicado, deseoso de actuar. Quizás este se mantenga, en parte, en actitud expectante e indecisa por el mal efecto que le causa la desunión entre el elemento dirigente de la Iglesia.
Badajoz, 21 noviembre de 1961
(Notas del documento)

1Se refiere con este título a Pío XII.

2El Movimiento del Mundo Mejor fue fundado en Roma por el jesuita P. Lombardi en 1952 como respuesta a la llamada de renovación dirigida por Pío XII a la Iglesia con el mensaje radiofónico conocido como “Proclama para un Mundo Mejor”. El P. Morales fue un entusiasta promotor del mismo, idea que propagó al movimiento naciente del Hogar del Empleado, y a los Cruzados y Cruzadas de Santa María.