sábado, 1 de agosto de 2015

¿Por qué no defendéis?

Por Jesús Amado
La reciente celebración el 25 de julio de la festividad de Santiago Apóstol nos hace pensar en la ingente multitud de peregrinos que en el recorrido del Camino de Santiago, o ante su tumba, han ido encontrándose con sus raíces cristianas.
Es el caso de una periodista alemana que hace quince años publicó el relato de su conversión. Y que no pierde actualidad. Dejemos la pluma a su narración autobiográfica:
Procedo de una familia protestante del norte de Europa donde la gente es históricamente luterana desde hace siglos.
Ser protestante allí no significa sólo pertenecer a una iglesia determinada. El hecho tiene también una fuerte connotación sociológica.
En Alemania ocurre como en Inglaterra o en Estados Unidos: ser protestante es, además y más bien, formar parte de un determinado estrato social, de un status. Y, por lo común, significa estar activamente en contra de los católicos. A estos se los suele catalogar como un rango social inferior, como gente inculta e hipócrita. Según piensan los protestantes, un católico puede pecar lo que quiere; luego va, se confiesa... y ¡listo! Puede parecer exagerado, pero eso es lo que yo he oído de mis mayores desde mi infancia.
No me interesaba ninguna iglesia
Por eso me sorprendió y me produjo cierta vergüenza cuando, a mi llegada a España, descubrí que —salvo excepciones— los católicos normalmente no hablabais mal de los protestantes, sino que soléis rezar por su conversión, por la unión de las Iglesias, y habláis de “nuestros hermanos separados” cuando os referís a ellos. Tal vez la razón sea que aquí prácticamente nunca ha habido protestantes y no ha habido fricciones.
Sea lo que fuere, a mí no me gustaba el protestantismo; “pasaba” completamente de él, sobre todo tras sufrir alguna decepción con pastores luteranos. Pero esto no era razón suficiente para convertirme al catolicismo, ni mucho menos. Yo tenía las cosas claras: podía vivir al margen tanto del protestantismo como del catolicismo.
Más tarde, cuando ya estaba en España y en contacto con muchos católicos practicantes, me empezó a parecer racionalmente sospechoso que alguien se hubiese atrevido a fundar una iglesia, que emergía de la Católica, pero al margen del Papa de Roma, sin la confesión y sin culto a María. Esto, quince siglos después de que Jesucristo fundara la Iglesia.
Sin embargo, yo estaba segura de que, aún así, nunca me iba a interesar la religión católica. Tenía mis propias ideas y una especie de compromiso social con mi familia: aunque no practicara la religión, yo estaba anclada en el mundo del que procedía. Mi padre y toda su familia eran luteranos; mis vecinos y amigos, también.
Viviendo en España entre los católicos, podía tolerarles o respetarles, siempre que a mí me dejaran en paz. Eran una realidad en mi nueva patria, pero no me atañían. De modo parecido a que por ser alemana era “diferente”, también era libre de pensar lo que quisiera.
En 1964 fui a Madrid, a estudiar. Enseguida conocí al que hoy es mi marido, católico practicante. Para casarnos, tuve que comprometerme a que mis hijos fueran educados en la religión católica. Mi marido, otros miembros de la familia y los colegios se ocuparon discretamente de la educación religiosa de nuestros cuatro hijos. Yo me mantuve al margen, consintiendo pero sin participar.
Seguramente he podido convertirme, después de vivir veintinueve años en España, gracias a que mi marido nunca hizo la menor presión sobre mí, respecto a la religión, asistir a misa, etc. Su exquisita discreción, su respeto hacia mí y su tolerancia lo hicieron posible.
Dios te ronda
Lo que hay que hacer, sobre todo, es rezar. He vivido durante muchos años al lado de personas practicantes, que seguramente han rezado a diario por mí, por mi conversión, sin que yo lo supiera. He visto y vivido auténticas muestras de fe viva por parte de estas personas, que depositaban toda su esperanza en Dios y en la Virgen María.
Sin que me diera cuenta, tanto roce, tanta perseverancia en la fe de las personas que me rodeaban, me han ido limando y moldeando imperceptiblemente, como el oleaje constante moldea las rocas.
Soy periodista, corresponsal extranjera para Alemania, y viajo bastante. Una vez tuve que hacer un reportaje cerca de Santiago de Compostela y me alojé en el Hostal de los Reyes Católicos, junto a la Catedral. Por la mañana, antes de nada, decidí hacer una visita turística a la catedral que no conocía.
Fui casi directamente a la tumba del Apóstol. Sabía que allí había estado rezando el Papa Juan Pablo II, arrodillado. Estaba completamente sola y quise copiar al Papa, por pura curiosidad, cuando entró un sacerdote y me preguntó si le podía asistir en las lecturas, porque —me dijo— había venido como peregrino, desde Perú, ex profeso para celebrar misa delante del túmulo del Apóstol. Le dije que yo no era católica.
En aquel momento entró otra señora que, sin decir palabra tomó mi lugar. Por una extraña razón yo permanecí de rodillas, y empezaron a saltárseme las lágrimas, que fueron en aumento. El sacerdote celebró la misa, que parecía para mí. Y yo, llorando como una Magdalena, de rodillas, clavada allí delante del Apóstol durante toda la Misa. Salí de la catedral profundamente tocada, como transformada.
Cuando, a continuación, fui a realizar mi trabajo, la persona que iba a entrevistar se negó. Es la única vez, en toda mi carrera de periodista, que no he podido hacer un tipo de reportaje después de un viaje tan costoso. Al parecer esta vez tenía que ir a Santiago sólo para asistir a la misa de aquel sacerdote peruano.
Ahora no me extraña el suceso: el apóstol Santiago, ¿por qué no iba a cristianizarme también a mí? El suceso de la Catedral me ha dejado marcada de por vida. Después de esto pedí a Dios que me diera la fe.
De todas maneras, recuerdo especialmente un día de mayo de 1992 en que fuimos mi marido, algunos de mis hijos y yo a Colmenar Viejo, a la ermita de la Virgen de los Remedios. Yo iba porque me gusta ir al campo con mi familia. Una vez allí, un sacerdote que nos acompañaba me invitó a rezar con todos. Yo le respondí algo así como: “Por favor, no malgaste sus esfuerzos, porque ¡yo nunca me haré católica!” Once meses después me convertía.
Tres sacramentos
Mi padre falleció en noviembre de este año. A partir de este momento me invadió el deseo de hablar con un sacerdote, para contarle mi vida y pedir consejo. No quería nada más. No pensaba en convertirme; quería solamente “soltar lastre” y comentar las cosas que me habían ocurrido.
Ahora ya podía hacerlo, porque mi padre había muerto. Ya no podía defraudarle, pasándome al “enemigo”; aunque —insisto— yo sólo quería hablar, o tal vez encontrar ayuda. Sin embargo, en muy poco tiempo vi todo claro: quería entrar en la Iglesia Católica.
Empecé a ir normalmente a misa, llorando prácticamente desde el principio hasta el final, sin poderlo remediar. Cuando le dije a mi marido que iba a convertirme, no se lo creía; solamente me preguntó si lo había pensado bien y sabía lo que iba a hacer.
Ahora hace ya más de siete años que me convertí. El 17 de abril de 1993 recibí la Confirmación y la Primera Comunión en Madrid, después de una, también primera, confesión de los pecados de toda mi vida.
Como he dicho, me emociono y, sin poderlo remediar, lloro a lágrima viva durante la misa. Ese día de la Confirmación, como tenía que leer el Credo, el sacerdote tenía muy fundados temores de que mi llanto no me dejaría leer. Pero estaba pletórica: sentía dentro de mí la fuerza viva del Espíritu Santo, que me llenaba y me llena todavía. Rezaba el Credo con una seguridad, un júbilo interior, una felicidad y un convencimiento tales, que me tuve que aguantar, al final, para no gritar, de forma rotunda: “¡Y lo digo y lo creo con todas mis fuerzas y con todo mi corazón”! Fue un momento glorioso, increíble.
A los católicos de España
Voy a permitirme el atrevimiento de deciros algo que siento respecto a la situación de la Iglesia Católica en España: tenéis el gran privilegio de haber sido cristianizados en el siglo primero. Y eso es un privilegio extraordinario.
En España el mensaje de Cristo fue defendido frente al Islam y otras influencias, y ha podido extenderse desde España al Nuevo Mundo. ¿Por qué no defendéis este tesoro con más convencimiento, más entusiasmo, más energía, más unión, más entrega, más pureza, y más sentido de responsabilidad?
¿Por qué permitís las dudas, las componendas, el “descafeinado”, el camino —en definitiva— hacia un protestantismo encubierto? ¿Por qué no defendéis a la Iglesia de Cristo con más vehemencia, con más audacia y más amor? Espero que sepáis perdonar mi atrevimiento, pero sentía la necesidad interior de decíroslo.
Barbel Martens de Marina