sábado, 1 de agosto de 2015

El cristiano es como la luz…

(Extracto de Hora de los Laicos, 2ª ed., pp. 147-150)
Luminarias en la noche (cf. Flp 2,15). «Es difícil encontrar una metáfora evangélica más adecuada y bella para expresar la dignidad del discípulo de Cristo y su consecuente responsabilidad», dice Juan Pablo II.
La vida cristiana laical es «la luz del mundo» (Mt 5,14) que disipa las nieblas de confusionismo ideológico que lo envuelven. La luz penetra e ilumina todo. Es el más espiritual de los elementos de la naturaleza. Ni aire, agua o fuego le aventajan en transparencia y sutilidad.
El cristiano es así. Rasga tinieblas, disipa tópicos y sofismas, analiza, distingue, precisa, da nitidez a los conceptos e imágenes, aclara palabras de doble sentido, capta lo que hay de verdad en frases ambiguas. Pone orden en lo confuso. Coloca cada cosa en su sitio. Es luz que lo llena todo de claridad y alegría.
La transformación de la noche en día, por radical y revolucionaria que sea, la hace la luz con una naturalidad y sencillez encantadoras. Sin ruidos ni estridencias, sin cortes bruscos que desconciertan, sin oscilaciones rápidas que perturban, con paciencia incansable, con exquisita suavidad, triunfa la luz de las tinieblas, cambia la noche en día.
El bautizado-luz actúa así irradiando a Cristo con plácida serenidad, derrochando delicadeza. Sin agitaciones estériles, sin convulsiones aparatosas, sin activismo infecundo, sin teatralidad espectacular. Es neófito, nueva luz nacida en la pila bautismal. Ilumina con tacto y tenacidad sin perder la calma, sin prisas que matan el amor.
El cristiano es como la luz al clarear del día. La noche envuelve y confunde todo: montañas, mesetas, valles, ríos, prados, caseríos, hombres y mujeres, chicos y grandes. La luz, en cambio, pone orden en lo confuso, abre perspectivas, diferencia planos, perfila personas y cosas. La aurora ilumina serena el paisaje. El bautizado se mantiene como ella imperturbable ante las pasiones de los hombres. No le inmutan los comentarios al vaivén de la moda reinante o de la ideología de turno.
Antorcha que brilla en la noche es la vida del laico comprometido. Es la valentía e intrepidez de la luz. No retrocede ante las tinieblas, pero con suavidad encantadora disipa la oscuridad.
La vida cristiana en el mundo pretende agradar a sólo Dios, pero no puede ocultar el brillo de sus virtudes. Jesús la compara a las lamparillas de arcilla que entonces se utilizaban. Descubiertas hoy a millares en Palestina, se colocaban en candeleros para alumbrar a todos los de la casa (cf. Mt 5,15).
Una ciudad construida sobre la montaña no puedes hacerla invisible. Es Jesús quien te lo enseña. Contemplaba entonces con sus discípulos desde el monte de las Bienaventuranzas, a unos 850 metros de altura, a Safed encaramada sobre una de las últimas estribaciones del Líbano. La ciudad mostraba a las miradas de todos su blanco y reluciente caserío.
Mira a Cristo, Luz del mundo (Jn 8,12). Acostúmbrate a enamorarte mucho de su Sagrada Humanidad y traerla siempre contigo, y tu vida será para todos reflejo de esa luz que canta el salmo: «En Ti está la fuente de la Vida, y en tu Luz veremos la luz» (Sal 35,10).

Ama, pues, esta Luz. Desea vivirla. Agárrala, no la sueltes. Si sientes sed de ella, te conducirá. Llegarás por fin a poseerla. Déjate iluminar por ella para que siempre brille ante los demás, vean tus buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos (Mt 5,16). Si puedes ser una estrella en el cielo, ¡sé una estrella en el cielo! Si no puedes ser una estrella en el cielo, ¡sé una hoguera en la montaña! Si no puedes ser hoguera en la montaña, ¡sé una lámpara que a todos ilumine!