sábado, 1 de agosto de 2015

¡Alégrate, el Señor está contigo!

Por José Luis Acebes
¿Tienes el Evangelio a mano? Ábrelo, por favor, por el pasaje de la Visitación (Lc 1, 39 ss). Encontrarás un tesoro escondido inagotable.
Verás que María entra en casa de Zacarías y saluda a Isabel. ¿Qué tiene el saludo de María que desencadena tres acontecimientos sorprendentes, inesperados? Juan el Bautista salta de alegría; Isabel se llena del Espíritu Santo; y prorrumpe en una gran exclamación.
¿Cuál es ese saludo de María, que libera tal energía? El evangelio no lo explicita, pero aporta unas claves para identificarlo.
La Virgen pocos días antes había recibido un saludo que había cambiado su vida. El ángel le había dicho: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Y comenta el evangelista que Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. María había quedado afectada por el saludo de Gabriel, y lo había interiorizado. (El saludo era una de “estas cosas” que conservaba meditándolas en su corazón —cf. Lc 2, 9 y 51—). Y por eso, al encontrar a Isabel, la saludaría con estas palabras: “¡Alégrate, el Señor está contigo!”. Isabel (ayudada posiblemente por el tono de voz y el gesto de María, que llevaría sutilmente la mirada hacia el vientre), intuiría que “el Señor está contigo” era mucho más que una fórmula: era una realidad palpable por primera vez en la historia. El Señor, entrañado en María, revolucionaba así la vida de Isabel, llenándola del Espíritu Santo. Comenzaba así la revolución de la Encarnación.
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El saludo de María no afecta solo a Juan y a Isabel. Nos alcanza a ti y a mí, a la Iglesia y a toda la humanidad. ¿Qué ocurre cuando tomamos conciencia hoy del saludo de María: “¡alégrate, el Señor está contigo!”? Al percibir la presencia del Señor se disipan nuestros temores, como le ocurre al niño agarrado de la mano de su padre. Además, reconocemos nuestra propia dignidad: no somos seres anónimos; el Señor vive con nosotros. Y nos invade la confianza porque su presencia es permanente: el Señor ha estado, está y estará conmigo. ¿Qué consecuencias tiene esto para nosotros? Las mismas que señala el pasaje evangélico:
Nos hace saltar de alegría. No es una alegría cualquiera; se exterioriza, no te deja quieto. Juan saltó (literalmente se movió, se con-movió) de alegría en el seno de Isabel. La presencia del Señor en nosotros nos conmueve, nos impulsa a mostrar nuestra alegría.
Nos llena del Espíritu Santo. Es la misión de María: llevar a Jesús y abrir el alma para recibir el Espíritu Santo. Cuando abrimos una rendija de nuestro ser, por ella entra a raudales la luz del Espíritu Santo.
Nos hace levantar la voz y exclamar. A impulsos del Espíritu Santo este grito de entusiasmo se dirige, en primer lugar, como el de Isabel, a María portadora de Jesús, y le decimos: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Este grito unánime pervive en la Iglesia desde antiguo en el avemaría). Y después la exclamación va dirigida a todos: nos hacemos propagadores de la buena noticia.
Se cuenta que san Bernardo al rezar paseando por el jardín del monasterio, solía detenerse ante una imagen de la Virgen, hacía una reverencia y decía con cariño: “Yo te saludo María”. Así lo hizo mucho tiempo. Un día, al saludar así a la Virgen, escuchó una voz apacible que le respondía: “Yo te saludo Bernardo”. ¡Qué sorpresa se llevó Bernardo!

Dejémonos sorprender y transformar al escuchar el saludo de María (p.e. al rezar el avemaría): nos llenaremos del Espíritu Santo, y comunicaremos la alegría y la buena noticia a todos