sábado, 1 de agosto de 2015

2015: Año internacional de la luz

Jesucristo luz del mundo

Por Jesús Amado
Las obras de Dios, las obras del hombre y las obras de Dios en el hombre
“Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero” (Gen 1, 3).
Así se abre la Sagrada Biblia, el Génesis, y la génesis de la creación. Con la luz. Coincidiendo con la propuesta teoría científica del Big Bang, que postula un principio del universo. Frente a juicios previos que exigían un Universo eterno, es la ciencia la que nos obliga a aceptar un comienzo antes del cual no hubo antes. Y aquella materia inicial se expandió vertiginosamente en un primer día cósmico. Y de aquella luz primigenia del Big Bang, aún han podido detectar y analizar los científicos (Arno Penzias y Robert Wilson, premios Nobel 1978) el tenue calor de aquella gran hoguera que marcó el comienzo de la historia cósmica, hace 13.700 millones de años.
Un universo evolutivo. Con un pasado, un presente y un futuro. El filósofo griego Heráclito de Éfeso (540-475 A.C) expresó que “El universo no es nombre, sino un verbo”. Un verbo, pues, que admite tiempos.
Las obras de Dios. Y el hombre, —la obra maestra de Dios—, ha ido descubriendo cada vez en mayor profundidad las maravillas de las obras de Dios. También en la naturaleza. Como en la luz, esa maravillosa realidad física. Pero como creyentes, trascendamos cuanto la ciencia nos va exponiendo acerca de la luz, de sus propiedades, de sus aplicaciones. Serán en cierta manera “meditaciones”, consideraciones espirituales que partiendo de la ciencia se elevan hacia la fe.
La luz
Comencemos con la definición que los físicos hacen de la luz: La luz (del latín lux, lucis) es la clase de energía electromagnética radiante capaz de ser percibida por el ojo humano. En un sentido más amplio, el término luz incluye el rango entero de radiación conocido como el espectro electromagnético. La ciencia que estudia las principales formas de producir luz, así como su control y aplicaciones se denomina óptica.
“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa” (Mt 5,14).
Puesto que Jesús era el sol de justicia, con razón llama a sus discípulos luz del mundo, pues ellos fueron como los rayos a través de los cuales derramó sobre el mundo la luz de su conocimiento. Ya que tenemos la dicha de haber sido liberados de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como hijos que somos de la luz.
La luz se refiere al gozo y a la felicidad, en contraste con la “oscuridad” del dolor y la tristeza. “Nace la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón” (Sal 97,11).
La luz representa la esperanza que trae Cristo, en contraste con la oscuridad de los que no tienen esperanza. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 27,1). “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Jn 3, 19-21).
La sal tiene un efecto secreto, sutil, casi clandestino. Por el contrario, la luz tiene una función abierta, “pública”. La sal opera internamente; la luz externamente. Nuestro deber es no ocultar esta lámpara de la ley y de la fe, sino ponerla siempre en alto para que ilumine a todos los creyentes.
El Señor espera que todos cuantos hemos sido beneficiarios de sus bendiciones, seamos ahora transmisores de las mismas para los demás. “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminarias del mundo” (Filip 2,15).
Ondas electromagnéticas
Se nos ha dicho que la luz es una onda electromagnética. Nuevamente acudimos al texto de Física, que nos indica que una onda electromagnética es la forma de propagación de la radiación electromagnética a través del espacio. A diferencia de las ondas mecánicas, las ondas electromagnéticas no necesitan de un medio material para propagarse.
Estamos inmersos en un mar de ondas electromagnéticas; entre otras muchas, las procedentes de emisoras de radio y televisión. Basta poseer una simple antena y un receptor adecuado para poder captarlas y convertirlas en imagen y sonido.
Del mismo modo hay un emisor, Dios, que constantemente está enviándonos mensajes y señales. ¡Cuántas personas, sobre todo jóvenes, se cuestionan problemas tales como el de su vocación! “¿Qué querrá Dios de mí?... Ojalá pudiera escuchar su voz”. ¡Y resulta que Dios les está hablando a voces! El problema es que no disponen del receptor adecuado. ¿Cuál es este?: La oración. A través de ella es como podemos ponernos en sintonía con Dios.
Puede que un día, hace años quizás, en sintonía con la voz de Dios viéramos clara nuestra vocación. Y dimos un paso al frente entregando nuestra vida en pos de ese ideal que es Cristo. Pero no acaba ahí la comunicación de Dios hacia nosotros. En todo momento, en todo instante quiere comunicarnos su voluntad. Y se dirige a nosotros mediante inspiraciones, sugerencias, mociones del espíritu. Tarea nuestra es detectarlas, captarlas y —por supuesto— secundarlas con nuestro obrar. Y no es tarea baladí.
San Ignacio de Loyola en el punto 22 de su libro Ejercicios Espirituales, marca las reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en la ánima se causan: las buenas para recibir, y las malas para lanzar. Las deberíamos leer de vez en cuando para sintonizar más fácilmente con la voluntad de Dios sobre nuestras vidas.
Propagación de la luz
Y hablemos de la propagación de la luz. Nos dicen los científicos: la luz es una radiación electromagnética. La velocidad de la luz en el vacío (300.000 km/s) no puede ser superada por la de ningún otro movimiento existente en la naturaleza. En cualquier otro medio, la velocidad de la luz es inferior.
La materia se comporta de distintas formas cuando interacciona con la luz:
Transparentes: Permiten que la luz se propague en su interior en una misma dirección, de modo que vuelve a salir. Así, se ven imágenes nítidas. Ejemplos: vidrio, aire, agua, alcohol, etc.
Opacos: Estos materiales absorben la luz o la reflejan, pero no permiten que los atraviese. Por tanto, no se ven imágenes a su través. Ejemplos: madera, metales, cartón, cerámica, etc.
Translúcidos: Absorben o reflejan parcialmente la luz y permiten que se propague parte de ella, pero la difunden en distintas direcciones. Por esta razón, no se ven imágenes nítidas a su través. Ejemplos: folio, tela fina, papel cebolla, etc.
“Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Así se definió Cristo. La luz ilumina el mundo para que el hombre pueda ver y orientarse. Él es la luz, a cuyo brillo se esclarece la gloria de Dios y el sentido del mundo y que brilla desde el principio de la creación.
Y ante la luz de Cristo nosotros podemos mostrarnos como transparentes, como opacos, o como translúcidos. Como transparentes aceptando total e íntegramente la luz de Cristo, aceptando en plenitud su gracia, sus mociones e inspiraciones. Podemos, en cambio, mostrarnos como cuerpos opacos, rechazando esa misma luz. O, finalmente, como cuerpos traslúcidos, permitiendo sólo en parte el paso de su gracia a nuestras almas. Es la tibieza que puede apoderarse de nosotros, el querer y no querer, el aceptar pero no querer llegar hasta las últimas consecuencias.
Pero, alternativamente, también nosotros somos portadores de la luz de Cristo, y ante cuantos nos rodean podemos ser transparentes, opacos, o translúcidos. Somos transparentes cuando a través de nuestras palabras y acciones hacemos visible a Cristo en medio de nuestros ambientes. Somos opacos cuando actuamos con un género de vida incoherente con nuestra fe, no somos consecuentes con cuanto creemos o decimos creer. Finalmente, somos traslúcidos cuando, nuevamente, arrastrados por el parásito de la tibieza o por el demonio mudo de la cobardía reducimos nuestra fe al reducto único de lo personal.
Presión de la luz
Y una maravillosa propiedad, desconocida por muchos: la presión de la luz. Leemos: Cuando una onda luminosa incide sobre un cuerpo, le transmite una cierta energía o, como se dice en Física, una cierta cantidad de movimiento, ejerciendo así una presión. Una aplicación astronáutica de la presión de la luz está dada por la astronave a vela solar. Se trata de un verdadero velero cósmico que se mueve en el espacio no en virtud del empuje de un motor a cohetes, sino al de la luz.
El hecho de que la radiación electromagnética ejerce una presión sobre cualquier superficie expuesta a ella fue deducido teóricamente por James Clerk Maxwell en 1871, y demostrado experimentalmente por Piotr Lebedev en 1900. La presión, aunque es muy débil, puede ser detectada.
Algo inherente a la luz: rasgar la oscuridad, ejercer presión sobre los cuerpos que halla a su paso. Es lo propio de su naturaleza. Y Jesús se definió a Sí mismo como “la luz del mundo” (Jn 8,12).
Dios está siempre saliendo en nuestra búsqueda. Al que está en las tinieblas del pecado le ilumina, le exhorta a la conversión según aquello de san Pablo: “Nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al Reino de su Hijo amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Col 1,14).
Al que se vuelve hacia Él con corazón contrito y humillado le anima con sus palabras: “Vosotros sois la luz del mundo… Brille, pues, vuestra luz delante de los hombres para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).
Al que, quizás adocenado en una vida tibia y de medianía se resiste a la gracia, le recuerda el aviso paulino: “Despiértate tú que duermes, levántate de los muertos y te alumbrará Cristo” (Ef 5,14), sintiendo la responsabilidad de “anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (I Pe 2,9).
Láser
¿Acaban aquí las curiosas propiedades científicas de la luz y con ello nuestras consideraciones espirituales? ¡Ni mucho menos! Vamos a entrar en el campo de la denominada Física Moderna. Y comencemos hablando del láser. Se nos dice que: el láser es un dispositivo que utiliza un efecto de la mecánica cuántica, la emisión inducida o estimulada, para generar un haz de luz coherente espacio-temporal de tamaño, forma y pureza controlados.
Estamos inmersos en un mundo esclavo de la moda, de las apariencias, del mimetismo, del qué dirán. No singularizarse, guardar las formas, no desentonar, no chocar con el ambiente circundante. Y en consecuencia acabamos dominados por el espacio y por el tiempo.
Esclavizados por el espacio. Aquí muestro un comportamiento, una forma de ser, vestir y pensar acorde con el entorno. Viajo, y en ese nuevo ambiente claudico quizás de mis criterios y de mis valores para no chocar ni llamar la atención.
Esclavizados por el tiempo. Hoy vivo con unas convicciones concretas, con unos principios determinados. Pasan los años, y todo aquello ha quedado difuminado, relativizado, olvidado quizás.
El rayo láser, en cambio, ¿no es una bella imagen del cristiano? Un hombre coherente con su fe espacio-temporalmente, es decir, en cualquier lugar donde se encuentre y en cualquier momento de su vida. Una persona que no se encuentra a merced de cualquier viento de doctrina, sino que fijado el norte de su vida —Cristo— trata de orientar hacia Él todas sus acciones, palabras y pensamientos.
Si pensamos en patrones técnicos de energía, saber que podemos obtener temperaturas superiores a los 6.000ºC, concentrando haces de láser en puntos concretos. Obsérvese que la luz solar no puede concentrarse más allá de 500 W/cm², mientras que con el láser pueden obtenerse concentraciones energéticas superiores a los 100 millones de W/cm².
Pues bien, la coherencia espacio-temporal entre lo que creemos o pensamos, y lo que vivimos o decimos, es lo que comunica energía insospechada a nuestras vidas, capaz de romper las barreras de lo material para irrumpir en la vida eterna, y capaz de atraer gracias de vida eterna sobre nuestras vidas y las de cuantos nos rodean.
Cuando Ernesto Psichari, nieto de Renán, tras intensa, sincera y apasionada búsqueda de la verdad se encontró con Cristo, exclamó: “Señor, que yo sea lógico”. Que no era más que una forma alternativa de decir: “Señor, que yo sea coherente”.
Holograma
Y una última consideración acerca de una aplicación del láser. La holografía es una técnica avanzada de fotografía, que consiste en crear imágenes tridimensionales. Para esto se utiliza un rayo láser, que graba microscópicamente una película fotosensible, a la cual denominamos holograma. Para observar el holograma, se le ilumina con un haz luminoso similar al haz de referencia original. Curiosa propiedad del holograma es que cada fragmento del mismo contiene toda la información de la escena desde el ángulo en que fue grabada.
En cuatro detalles podemos fijar nuestra atención. El primero de ellos, que al examinar a simple vista un holograma no observamos nada en absoluto. Una película plástica semejante a una diapositiva con imagen indefinida de tonos oscuros. Segundo detalle, que para ver la imagen grabada en el holograma hemos de iluminar este con un haz de luz láser de la misma frecuencia que aquella con que fue impresionado el holograma. Tercer detalle, la imagen que observamos en estas circunstancias no es una imagen bidimensional como la de una diapositiva o fotografía cualquiera, sino tridimensional. Finalmente, y como cuarto detalle, el arriba señalado: que cualquier trocito de película del holograma conserva la totalidad de la información. Podemos iluminar ese trozo de holograma con la luz láser apropiada, y veremos la imagen que encierra.
¿No resulta admirable y, al mismo tiempo, sugerente? De inmediato acude a nuestra mente la comparación con la Eucaristía. Una a una podemos ir señalando las analogías entre ese invento de la técnica moderna, y esa divina invención que fue el regalo de quedarse Cristo en nuestros sagrarios, presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Para descubrir la realidad oculta en esa Sagrada Forma hemos de ser iluminados con la luz apropiada la de la fe. Sigamos el texto del Adoro te devote: “Pero basta con el oído para creer con firmeza. Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más cierto que esta palabra de Verdad”. En efecto, “la fe viene por el oído” (Rom 10,17), y creemos, pues, en su fórmula: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo; esta es mi Sangre”.
Finalmente, sabemos que en cada fracción o partícula de la Forma consagrada está Cristo realmente presente. ¿Nos extraña tras verlo ejemplificado en el holograma?
Las obras de Dios en el hombre
Vemos las obras de Dios en la creación; hemos visto las obras del hombre en la Ciencia. Finalicemos viendo las obras de Dios en el hombre. En un hombre concreto que supo aunar en sí la Fe con la Ciencia: Charles H. Townes. Sea esta breve semblanza suya un homenaje póstumo a su persona, pues falleció el pasado 27 de enero a la edad de 99 años. Inventor del láser, —cuyos rudimentos tecnológicos barruntó en 1951—, no fue hasta 1960 cuando realizó las primeras pruebas de su funcionamiento. Mereció por ello recibir el Premio Nobel de Física en 1964.
Townes era miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias y un cristiano confeso que había recibido el Premio Templeton en 2005 por sus contribuciones a la comprensión de la religión. En la ceremonia de entrega del galardón (un millón y medio de euros, la mitad de cuyo premio económico entregó a iniciativas católicas de caridad), explicó que el desarrollo concreto de la ciencia fue posible gracias a la religión monoteísta, y que el mismo concepto de un universo gobernado de forma ordenada por un Dios es un presupuesto para el desarrollo de las leyes científicas.
La ciencia y la religión son ambas universales, y básicamente muy similares... El hecho de que el universo tuviese un principio es algo muy chocante. ¿Cómo explicar ese evento único sin Dios? (Revista The Times, 1996).
Creo firmemente en la existencia de Dios basándome en la intuición, en las observaciones, en la lógica y también en el conocimiento científico (Carta a T. Dimitrov, 24 de mayo de 2002)