lunes, 1 de junio de 2015

Realidad... y orientaciones (I)

Por Javier del Hoyo

Siguiendo la publicación de escritos inéditos del P. Tomás Morales, la revista Estar saca a la luz en este número la primera parte de un ensayo redactado en noviembre de 1961, recién llegado a Badajoz, que tiene dos partes casi del mismo tamaño. Por ello, y dada su extensión, saldrá en dos números, siguiendo la división natural del contenido.

Se trata de uno de los escritos más interesantes que escribió y que, inexplicablemente, ha permanecido inédito hasta ahora. Revela al apóstol clarividente que yendo contra­corriente es capaz de decir, frente al común sentir de la Iglesia, que las cosas no iban tan bien como parecía y que España no era tan católica como se decía, en contra de las apariencias. A pesar del contenido, no hay ni una sombra de pesimismo, sino más bien de realismo, como corresponde al título. Hay datos, hay anécdotas, hay constataciones, hay mucho sentido común.

El escrito no se cierra con un mero diagnóstico de la situación de la Iglesia en España (primera parte), sino que propone unas orientaciones para la acción, basadas en toda su experiencia apostólica (segunda parte, que veremos en el siguiente número). Ahí es donde desarrolla toda su visión de movilización del laicado, prescindiendo de la acción de cada grupo y asociación. Es bueno que haya multitud de movimientos, pero coordinados y organizados desde la jerarquía, o desde una cabeza que ella marque.

En todo el escrito aparece el hombre de profunda oración, pero con los pies en la tierra, que aprende de la realidad y no se deja influir por lo que ve. Se percibe al apóstol no teórico, sino con muchos años de rodaje. Abre los ojos a tantos apóstoles que se dejan llevar de las apariencias.

Enclave histórico

Situémonos históricamente. Estamos a fines de 1961. España, bajo el régimen de Franco, ha salido del aislamiento internacional, y está comenzando un importante momento de ascenso y recuperación económica. Hay un catolicismo oficial; España es un país confesional; hay muchos grupos emergentes; hay congregaciones que tienen llenos sus noviciados, aunque no sepan que por muy poco tiempo. El español es católico por la gracia de Dios y porque, si no, no puede acceder a muchos sitios donde lo primero que se le pide es la partida de bautismo. Hay un sector católico convencido, cierto, pero la mayoría de los varones y jóvenes no frecuentan los sacramentos.

En el mundo hay señales de apertura. La elección en Estados Unidos del primer presidente católico, John F. Kennedy, y en Iglesia de Juan XIII marcan nueva ruta internacional. Hay aires de cambio en la Iglesia universal, la primera sesión del Concilio Vaticano II está a punto de comenzar1.

Él, por su parte, acaba de ser apartado de la obra que ha fundado, el Hogar del Empleado, y de ser enviado a Badajoz por su provincial, octubre de 1961. Habiéndole dado a elegir entre las dos casas más distantes de Madrid, Murcia y Badajoz, el P. Morales eligió Badajoz. Alejado de su misión, hace un parón obligado en su frenética actividad apostólica, y tiene ahora tiempo para reflexionar y dar forma a tantas ideas como ha ido acumulando durante estos últimos años. Apenas había escrito nada durante los años de actividad del Hogar (1946-1960). Saca ahora conclusiones de sus múltiples vivencias, que va hilvanando al hilo del discurso.

Redacta, pues, un ensayo sobre el estado del laicado en España a la luz de su riquísima experiencia pastoral en los últimos quince años, y del conocimiento de la vida empresarial de primera mano, no por lo que le han contado o ha leído, sino por lo que él mismo ha vivido. El resultado es este informe de quince holandesas mecanografiadas que titula «Realidad... y orientaciones». Poco más tarde (febrero de 1962) saldrá publicado parcialmente —recortado a la mitad, no sabemos si por él mismo o por la propia revista— con el título de «Una triste realidad de España y su remedio» y bajo el pseudónimo de José Rodríguez, en la revista Hechos y dichos, XXXIX, nº 315, pp. 102-107. El pseudónimo, correspondiente al de su cuñado, lo utiliza por prudencia y por la situación delicada en la que se encontraba en esos momentos.

El documento es muy interesante no sólo por el contenido, sino por aportar algunos datos biográficos únicos, de los que no dudamos que sean ciertos, aunque en algunos casos haya podido camuflar lugares y fechas. «Viajaba en tren hace pocos meses. Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón». Lástima que no sepamos ni el nombre del pueblo ni la época ni los días que estuvo en ese pueblo2. «Cuando me lo contaron, me acordé de lo que hacía unos años, dando una misión por un pueblo de Andalucía [...]». Es probable que esta misión por Andalucía se encuadre en el período inmediatamente posterior a la salida del Hogar del Empleado (abril - junio 1960), cuando estuvo en Cádiz y San Fernando, y se encontraba liberado de toda labor pastoral ligada a una obra concreta.


Nos ha llegado con algunas correcciones de su puño y letra, hechas a pluma, con huecos para completar algunas citas que ha ido rellenando posteriormente a mano, si bien una ha quedado en blanco, quizás por no dar con el pasaje exacto. Hemos respetado en la medida de lo posible las grafías y el estilo. Las notas explicativas son nuestras.


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Realidad... y orientaciones (I)

Una descristianización lenta pero progresiva va trabajando imperceptiblemente, a primera vista, en la sociedad española, sobre todo en las grandes ciudades. Decimos de una manera imperceptible, a primera vista, porque la apariencia es una y la realidad, por desgracia, es otra. La apariencia es que nuestras ciudades se mantienen a cierta altura religiosa, a juzgar por síntomas externos: iglesias abarrotadas los domingos, concurrencia de fieles en la Semana Santa, colegios religiosos hasta los topes... La realidad, sin embargo, es que la gran mayoría de la población —supera quizás a un 70%— se mantiene al margen de este movimiento. Sólo un tanto por ciento muy bajo, sobre todo de jóvenes y hombres, cumple con el precepto dominical y recibe Sacramentos en Pascua. El ambiente pagano de la ciudad lo envuelve todo: diversiones, trabajo, negocios, etc.

Adentrarse en fábricas y oficinas, donde se hacinan miles de hombres y mujeres, produce verdadero pánico al considerar la degradación moral y el estado religioso en que se encuentran.

Sin querer vienen a la memoria aquellas frases de Pío XI en una de sus encíclicas: «La materia sale de las fábricas ennoblecida, pero los hombres se degradan y envilecen»3. Un obrero de 17 años me decía: «Ustedes, Padre, los sacerdotes, no pueden imaginarse lo que es aquello: conversaciones, gestos, fotografías, folletos...». He recibido muchas confidencias de trabajadores jóvenes de oficinas y talleres. Gracias a mi contacto con ellos he podido captar algo que yo ignoraba: la impresionante descristianización de nuestros trabajadores desde muy jóvenes.

Paseaba un día por la ciudad Universitaria de Madrid a última hora de la mañana. Miles de jóvenes abandonaban sus facultades. He hablado mucho con ellos y algo con ellas. ¡Impresionante! Muchos, la mayoría, casi sin fe. No es que hayan abjurado del Catolicismo para hacerse mahometanos, budistas o protestantes —algunos casos también he conocido—. Es que ya no creen más que en el dinero, en el placer, en la manera de trabajar y estudiar lo indispensable para acabar una carrera y disfrutar de la vida. Y disfrutar no de lo espiritual del hombre: del entendimiento cultivado, de la voluntad desarrollada, sino de lo material, del goce de los sentidos. ¿Verdaderos deseos de estudiar y formarse sin interés crematístico exclusivo? Hay muy pocos. No brilla el ideal de engrandecer una Patria con el estudio primero y por la profesión después. No aletea el anhelo de servir a Dios en el cumplimiento del deber, proyectándose generosamente hacia los demás. Un egoísmo demoledor destruye las últimas reservas de generosidad. Ahí está, un estudiante de Derecho en el segundo año de Facultad ya está asegurándose un puesto antes de acabar su carrera, embotellándose los temas de un programa de oposiciones lucrativas.

Juventud universitaria y trabajadora alejada ya de Dios en un grado impresionante. Conozco un universitario de veinticuatro años. Ha coronado brillantemente sus estudios de ingeniería. Durante varios años ha estado en contacto con sus compañeros de escuela y con estudiantes de otras facultades, muchos de ellos condiscípulos suyos en el mismo colegio religioso donde se educó. Me dice quiere ser sacerdote, aunque le atrae mucho el matrimonio. Al preguntarle la razón me indica: «Veo a la juventud sin fe, el mundo desquiciado, la vida materializada, los pueblos sin Dios. Y pienso que sería un pecado gordo si me desentendiese de todo esto, refugiándome en mi ingeniería, haciendo de la fe heredada huerto cerrado; mi mujer, mis hijos».

Hablaba hace cuatro años en una ciudad del norte de España con un muchacho de 19 años. Desde hacía cuatro trabajaba en una fábrica rodeado de miles de obreros. «Son unos doscientos compañeros los que me rodean en el taller donde trabajo. Después de unos años de convivencia continua los conozco a casi todos. ¿Quiere usted creer que de todos ellos sólo tres frecuentamos semanalmente la iglesia? Y de esos doscientos, la mayoría son menores de treinta años».

Viajaba en tren hace pocos meses. Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón. En mi departamento un hombre de treinta años. Oficinista de una importante empresa de Madrid, cuyas filiales se extienden por toda España. Como fuimos solos hasta Zaragoza pudimos hablar a nuestras anchas. Inteligente, de buen juicio, con muy poca formación religiosa, pero con gran inquietud de descubrir y vivir la verdad. Al principio hablamos un poco de todo. Muy pronto la conversación se centró en la empresa en que trabajaba desde hacía diez años y de la cual era ya jefe de contabilidad. La conversación, larga, sin prisas, interesantísima. Confieso que me hizo aterrizar en la realidad. Yo desconocía, a pesar de mis treinta y cinco años4, la manera de vivir y de pensar de ese mundo de hombres y mujeres que se amontonan en las empresas de nuestras ciudades. ¡Cuánto tenemos que aprender los sacerdotes escuchando a seglares, que por no pertenecer a ninguna cofradía o asociación religiosa, viven más inmersos en la misa y nos trasmiten con más fidelidad el estado real en que se encuentra, en punto a fe y moral, la mayoría de los españoles!

Me decía mi interlocutor: «Trabajo en una empresa cuyas oficinas centrales radican en Madrid, con sucursales en casi toda España. La nómina de personal se eleva a unos seis mil trabajadores. Sólo en Madrid, entre hombres y mujeres, unos quinientos, oficinistas en su mayoría. Estoy muy en contacto con ellos, por razón de mi cargo. Entre los chicos, la casi totalidad viven al margen de toda preocupación religiosa. Al llegar a la oficina como botones, a los catorce años, tienen algo de fe, pero la pierden antes de pasar a auxiliares». Le interrumpí. «¿Qué porcentaje cree usted que frecuenta la Iglesia, por ejemplo, los domingos?» Rápido, pero con segura precisión, respondió: «Padre, entre ellos casi el tres por ciento; entre ellas algo más», y me añadió otros datos escalofriantes acerca de la moralidad de ellos y ellas incluso de los que están ya casados, que no reproduzco por razón de brevedad.

Podría citar muchos casos más que he ido captando en mis viajes continuos con toda clase de personas de distintas edades. Estos contactos con la realidad me han dado mucho que pensar. Antes de tenerlos había leído una frase de Pío XI: «Nos encontramos con un mundo que ha recaído casi en el paganismo». Cuando esta frase, de la Quadragesimo Anno5, me hirió, tuve que hacer un acto de fe para creerla. Hoy, después de vivir varios años en contacto con nuestro pueblo, no necesito creerla, palpo su exactitud.

Y así, al releer la Summi Pontificatus, puedo asentir plenamente a las palabras de Pío XII: «El laicismo ha hecho aparecer, cada vez más claras, las señales de un paganismo corrompido y corruptor»6.

La situación real de la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos es alarmante. El virus materialista, la concepción pagana de la vida, invade, no sólo a las grandes masas alejadas de la Iglesia, sino en buena parte a las que frecuentan dominicalmente los templos, es decir, aquellos que han reducido su catolicismo a la misa del domingo, mejor, a la media hora de ese día, pero que en el resto de la semana piensan y viven como esa gran masa ausente.

Pero hay algo más grave que la enfermedad misma. El ignorar que existe. Por aguda que sea la dolencia, si el enfermo cree que está muy sano, entonces sí que no queda flotando ninguna esperanza.

Algo parecido sucede en el fenómeno de la descristianización progresiva que venimos comentando. Lo peor no es la enfermedad misma, por grave que sea. Lo peor es que no nos damos cuenta de que existe. Nos contentamos diciendo que se está haciendo mucho en estos veinte años de postguerra. Esto es certísimo, gracias a la abnegada labor de ambos cleros, el celo de los Obispos y Superiores religiosos, a la colaboración cada vez más entusiasta de los laicos. Pero también es certísimo que las fuerzas del mal, adueñadas casi exclusivamente de la calle, del cine, de la moda, etc., desvirtúan en gran parte ese benemérito esfuerzo. También lo es, que algunas ciudades, creciendo a ritmo veloz, se escapan a la acción de los buenos, impotentes para hacer llegar su influjo a las populosas barriadas que surgen. Todo ello demuestra que no basta con lo hecho, con ser muchísimo. Hay que hacer más y, sobre todo, mejor.

Lo que sucede es que los mejores, los que más abnegadamente trabajan por la difusión del Evangelio, se ven de tal manera bloqueados por las almas, que no tienen ni tiempo ni tranquilidad para contemplar el panorama real y pensar un plan eficaz de conquista. En la parroquia, párroco y coadjutores entregados febrilmente a su santo ministerio. Administran sacramentos, celebran misas, organizan y llevan el peso de la Acción Católica, visitan enfermos... y como se entregan a todos, les acosan unos cuantos feligreses que llenan quizás la iglesia en las misas dominicales. Tan acosados están que pueden padecer una especie de espejismo: creer que la gran masa frecuenta la iglesia, cuando en realidad está ausente. Algo parecido le sucede a un religioso. En la iglesia de su residencia se celebran cultos con frecuencia y gran afluencia de gente. Los confesonarios rodeados de penitentes. Los comulgatorios, en ciertas misas, bastante nutridos. Las novenas son lucidas. Múltiples cofradías florecen... y aquí se produce el espejismo: no darse cuenta de que la gran masa, sobre todo de hombres y jóvenes, ni se acerca siquiera.

Con un ejemplo lo comprenderemos mejor: El jefe de un partido político se encarama en el edificio de más altura de la ciudad. Desde allí contempla, apiñándose en las cuatro calles que lo encuadran, una multitud de correligionarios que lo aclaman con frenesí. Se llena de satisfacción y exclama: la ciudad está conmigo. El espejismo se produce por no mirar más que a la masa que se congrega a sus pies, por no extender su vista en derredor, abarcando con ella toda la demografía de la ciudad. Parecido espejismo es el que padecen esas religiosas que en un suburbio educan dos centenares de niños y niñas. Abarrotadas sus clases, insuficientes los patios de recreo, llena la capilla a distintas horas del día. Veinte religiosas abnegadas, bloqueadas por un quehacer continuo. Influyen eficazmente en su formación. Pero al margen quedan varios millares. Ese espejismo toca también en las alturas. Obispos y superiores religiosos están absorbidos por las grandes responsabilidades anejas a sus difíciles cargos. Velan por sacerdotes y religiosos con abnegación paternal. Esta tarea apenas les deja tiempo, máxime si problemas económicos inaplazables les acosan. El esfuerzo de reconstrucción económica de diócesis y provincias, después de una guerra, consume casi en su totalidad las energías todavía disponibles.

Todo ello hace que estén a veces muy al margen de la realidad que venimos comentando. Careciendo de tiempo para convivir largas temporadas con las distintas clases sociales, disponen de una zona de observación muy limitada para poder apreciar el grado de descristianización real de nuestra sociedad. Es verdad que indirectamente, a través de sus súbditos, conocen algo. Pero aparte de que los conocimientos indirectos se prestan a equívocos, ya hemos visto que aun estos súbditos, sin que se den ellos del todo cuenta, tienen un tanto deformada la visión de la realidad. Así se explica que cuando uno de ellos que está más en contacto con la masa, les transmita sus impresiones, no le crean del todo, le juzguen, sin pretenderlo, como extremoso, acostumbrados como están a no oír generalmente más que apreciaciones agradables.

Es verdad que estos superiores eclesiásticos tratan con algunos laicos que les pueden suministrar datos que les aproximan a la realidad. Pero no se debe olvidar que estos laicos que ellos conocen y estiman, son sólo esos cristianos destacados que con limosnas o consejos les favorecen. Y a estos, que muchas veces también por sus negocios u ocupaciones, están desvinculados de la masa, tampoco les interesa mucho informar con datos precisos de una realidad incómoda para todos.

Para acabar, apuntamos una de las posibles causas de esa ilusión: a nadie le interesa ver las cosas tal como la realidad nos las presenta, si el verlas así supone un cambio de postura, un romper con la cómoda rutina de unos moldes ya hechos, un exponerse a fracasos al iniciar y continuar por una senda nueva fuera de los caminos trillados. Es cómodo seguir como hasta el presente. Por tanto, es mejor seguir imaginándose que España sigue siendo católica y renunciar a adoptar tácticas misioneras.

Badajoz, 21 noviembre de 1961.

Notas del documento

1El Vaticano II tuvo cuatro sesiones. La primera comenzó el 11 de octubre de 1962. En los momentos en que el P. Morales escribe este documento, ya había sido convocado (25 de enero de 1959), aunque no se había iniciado.
 2No sabemos cuándo pudo ocurrir esta vivencia ni si esconde tras estas ciudades otras reales. La anécdota no tiene por qué ser ficticia. Aun perteneciendo Barcelona a otra provincia jesuítica (Aragón), sabemos que a finales de septiembre de 1962 estuvo en Barcelona y quedó muy impresionado con la trágica riada que arrasó la ciudad (ocurrió el 25 de septiembre y murieron más de mil personas). Él salió en tren hacia Madrid el 26. En la tanda de ejercicios dirigida a jóvenes, que comenzó el 11 de octubre de 1962 en Yuste, hace cuatro referencias a la misma. Nunca más hablaría de ello. Es posible, pues, que haya estado más veces.
 3Quadragesimo anno (15-V-1931) nº 135.
 4Puede referirse a treinta y cinco años de labor pastoral, ya que su conversión y toma de conciencia de un catolicismo activo se produjo en 1926. O bien es una cifra ficticia, para camuflar su persona.
 5Quad. Anno (15-V-1931), nº 141.
 6Sum. Pont. (20-X-1939), nº 23.